Capítulo I
I. Avisa que el presente libro no contiene materias tan gustosas como las demás que siguen.-II. Trata de los retóricos, tanto griegos como romanos.
I. Supuesto hemos ya tratado de la esencia y fin de la retórica, y hemos hecho ver, según nuestras fuerzas, la utilidad y ventajas de esta arte, señalando por materia suya todo aquello de que puede tratar, hablaremos ahora de su origen, de las partes que la componen, de la invención de las cosas y del modo de tratarlas; lo que estuvieron tan lejos de tratar los autores que escribieron de retórica que Apolodoro sólo se ciñó a las causas judiciales .
No ignoro que los aficionados a la oratoria aguardan que trate de la diversidad de opiniones en esta materia: obra tan dificultosa como desagradable a los lectores, según me temo. Porque ésta es una materia, donde no se trata más que de preceptos y reglas. En los demás libros he procurado mezclar alguna cosa que diese brillo a la obra, y esto no por hacer alarde de mi ingenio (pues para esto hubiera escogido materia de más campo), sino para aficionar más por este medio a los jóvenes al conocimiento de lo que pienso interesarles para su estudio; pues engolosinados, y movidos de lo sabroso de la lección, aprenderían con más gusto aquellas cosas, las que tratadas fría y secamente me temía que fastidiarían sus ánimos y oídos delicados. Razón que movió a Lucrecio a tratar en verso de la filosofía, valiéndose de esta semejanza a todos notoria:
Cual madre cariñosa,
Cuando al infante ajenjos dar intenta, Si la lombriz dañosa
Le roe el intestino siempre hambrienta, Para que menos sienta
De la fatal bebida la amargura,
Unta el borde del vaso de dulzura, etc.
(Libro 4, II)
Pero lo que yo me temo es que este libro tenga poco de miel y mucho de ajenjos para el paladar de algunos; aunque será más útil para el estudio que sabroso al paladar.
También me temo, que dé menos gusto, porque la mayor parte de lo que trata, no son cosas inventadas por mí, sino enseñadas ya por otros; y porque contiene opiniones de muchos, que sienten entre sí muy distintamente; puesto caso que muchísimos autores, aunque caminen al mismo
fin, siguieron caminos distintos, por donde quisieron llevar a otros. Ellos aprueban el camino que siguieron, cualquiera que sea, y no es fácil en los niños hacerles mudar de rumbo, y desimpresionarlos de las opiniones en que los imbuyeron: porque no hay ninguno que quiera antes olvidar lo que aprendió, que aprender de nuevo. Andan muy encontrados los autores, como manifestaré en el discurso de este libro; primeramente, porque los escritores quisieron añadir algo de suyo a aquellos primeros principios imperfectos y toscos; y después mudar aun lo bueno, porque pareciese que ponían algo de su casa.
II. El primero que, después de aquéllos de que hicieron mención los poetas, trató algo de retórica, fue Empédocles, según dicen. Los más antiguos escritores de sus preceptos fueron Corax y Tisias, sicilianos; a quienes siguió Gorgias Leontino, también siciliano, quien dicen fue discípulo de Empédocles. Éste por beneficio de la larga edad de ciento y nueve años que vivió, floreció con otros muchos; fue émulo de los que arriba nombré y vivió más que Sócrates. Juntamente florecieron Trasímaco de Calcedonia, Pródico de Quíos, Protágoras de Abdera, quien dice que enseñó a Evatlo por diez mil denarios el arte que dio a luz, Hipias de Élide y Alcidamante Eleata, llamado por Platón Palamedes. Antifonte fue el que comenzó a escribir oraciones retóricas, y escribió también un arte: de quien se dice que peroró muy bien en defensa de su persona. Júntase a éstos Polícrates, el que compuso, como dije, una oración contra Sócrates; y Teodoro Bizantino, uno de aquéllos a quienes Platón llama Logodaidalous 106 . Los primeros que comenzaron a tratar de los lugares oratorios, fueron Protágoras, Gorgias, Pródico y Trasímaco. Cicerón en el Bruto dice que antes de Pericles no se compuso ninguna oración retórica y que en nombre suyo andaban algunas composiciones. Mas yo no encuentro cosa que corresponda a la fama de tan grande orador. Por donde no me admiro digan algunos que no escribió una letra y que esas obras fueron compuestas por otros.
A éstos sucedieron otros, pero el más insigne fue Isócrates, discípulo de Gorgias, aunque no concuerdan en esto los autores; pero yo creo a Aristóteles. Aquí comenzaron en cierto modo diversas sectas. Porque los discípulos de Isócrates se distinguieron en todo género de estudios; pero habiendo éste envejecido (pues llegó a noventa y nueve años), comenzó Aristóteles a enseñar retórica por las tardes, repitiendo frecuentemente aquel verso de Filoctetes 107 de Sófocles:
106
Voz griega, que significa: el que lima la oración con demasiado esmero . [Según noticia de] Rollin.
107
El que Isócrates hable, y nos callemos, Cosa es, si bien se mira, vergonzosa 108 .
Uno y otro escribieron su arte, pero Aristóteles lo comprendió en más libros. Floreció en el mismo tiempo Teodectes, de quien hablamos arriba. Teofrasto discípulo de Aristóteles, escribió de retórica con bastante esmero. Y después trataron la materia los filósofos con más cuidado que los retóricos, principalmente los corifeos de los peripatéticos y estoicos. Después Hermágoras tomó distinto rumbo, que siguieron muchísimos; de quien parece que Ateneo fue émulo, y aun le igualó. Escribieron en adelante a la larga Apolonio Molón, Areo, Cecilio y Dionisio de Halicarnaso.
Entre todos se llevó la atención Apolodoro de Pérgamo, que enseñó a Augusto en Eriso; Teodoro Gadareo, que quiso ser tenido por natural de Rodas, de quien aprendió, según dicen, Tiberio César, cuando fue a aquella isla. Éstos siguieron opiniones diversas, de donde dimanaron las sectas de apolodorianos y teodorianos al modo de las de los filósofos. Pero los preceptos de Apolodoro se conocen por sus discípulos, de los que los mejores fueron G. Valgio, que enseñó en latín, y Ático, que enseñó en griego, del cual se conoce ser el arte que escribió y dirigió a Macio; porque en la carta a Domicio no reconoce los demás que le atribuyeron. Mucho más escribió Teodoro, a cuyo discípulo Hermágoras conocieron algunos que hoy viven.
El primero de los romanos, que yo sepa, que sobre esta materia compuso alguna cosa, fue Marco Catón el Censor, después del cual comenzó Marco Antonio. Ésta es la única obra que nos quedó de él y está truncada. Siguiéronse otros, pero de menos nombre, de los que hablaremos cuando ocurra. Pero el principal en dar lustre a la elocuencia, ya con sus preceptos, ya con las oraciones retóricas que compuso, fue Marco Tulio Cicerón, singular maestro en la oratoria; después del cual ninguno debería tener la arrogancia de escribir, a no confesar él mismo que sus libros retóricos los compuso de mozo; y si no hubiera omitido de intento, como dice, en los del orador estas menudencias, que echa de menos la mayor parte de los aficionados. De lo mismo escribió a la larga Cornificio, algunas cosas Estertinio y Galión el padre: pero con más cuidado que todos Celso y Lenas, anteriores a Galión, y en
108
El verso de Sófocles dice a la letra: Ai)xro\n siwpa=|n, barba/ruj o)\ e)a=|n legein . Pero Aristóteles, émulo de la gloria de Isócrates, como de su maestro Platón, sustituyó a la palabra bárbaros la de Isócrates, no sin injuria de este orador, cuyo mérito quiso abatir. ¿Qué orador de nombre hubo antes de Isócrates, ni después de él, entre sus oyentes y discípulos? - Veleyo Patérculo, libro 1, capítulo 16, número 5.
nuestros días Virginio, Plinio y Rutilio. Hay también hoy en día excelentes maestros de retórica; los que si no hubieran omitido nada me hubieran ahorrado el trabajo. Pero no hago mención de los que viven al presente; tiempo vendrá que los alabe, pues la posteridad los apreciará y no tendrá envidia de su mérito 109 .
No me avergonzaré yo de dar mi voto después de tantos y tan consumados autores. Porque no me he propuesto el seguir supersticiosamente ninguna secta: y quise dejar a cada cual la libertad de seguir lo que más les acomode. Pues yo solamente he cuidado de juntar en uno lo que muchos discurrieron; ya que no hubiere lugar de poner algo de mi cosecha, me contentaré con merecer la alabanza de este trabajo.
109
Por aquellos tiempos antes y después vivieron los españoles Gayo Julio Higinio, liberto de Augusto; Porcio Ladrón, gran retórico; Turanio Grácula, hombre erudito; Cornelio y Clodio, oradores de quienes habla Séneca.