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Del exordio

In document INSTITUCIONES ORATORIAS QUINTILIANO (página 140-167)

I. Los griegos con más fundamento lo llaman proemio. Pónese para conciliarse la benevolencia, atención, y docilidad.-II. La benevolencia concíliase de tres modos. Por las personas, que son cinco. 1.ª El defensor de la causa. 2.ª El contrario. 3.ª El litigante. 4.ª Su contrario. 5.ª El juez. Por la causa, o por las circunstancias de la causa, o de las personas.-III. De la atención.-IV. De la docilidad.-V. Estas tres cosas se usan con variedad según los cinco géneros de causas.-VI. Cuándo nos valdremos del exordio de insinuación y cómo.-VII. Del modo más fácil de formar los exordios. Puede tomarse de la parte contraria. Conviene que sea modesto. No se ha de hacer alarde del artificio retórico y se ha de huir de las expresiones atrevidas.-VIII. Qué estilo, modo y figuras convienen al exordio. Sus principales vicios.-IX. No siempre tiene cabida, pues las demás partes pueden hacer lo que el exordio.- X. De la transición o paso del exordio a la parte que sigue.

I. Lo que llaman los latinos principio o exordio, llamaron con más propiedad, a nuestro entender, proemio los griegos; porque la palabra latina principio es general; pero la griega da a entender con bastante claridad que es la entrada del asunto que vamos a tratar. Pues o ya se haya llamado así, porque oime significa canto y los citaristas llamaron proemion a aquello que cantan de antemano antes de entrar en la contienda sobre el canto formal, para ganarse el favor de los que oyen, de donde tomaron el nombre los oradores para conciliarse al auditorio en el principio de su oración; o sea porque oimon significa en griego lo mismo que camino, lo cierto es que se llama proemio todo aquello que se dice para prevenir al juez antes de entrar al conocimiento de la causa.

Porque no hay otro motivo para este principio, sino el preparar los ánimos de los oyentes para lo restante de la oración. Esto se logra haciéndolos atentos, dóciles y benévolos, como dice la mayor parte de los autores. No porque no se haya de cuidar de esto en lo demás del discurso, sino porque al principio se necesita más, para insinuarnos en el ánimo del juez y seguir adelante.

II. Nos ganamos la benevolencia, o por medio de las personas, o por la causa. Las personas no son solamente el litigante, el contrario y el juez, como los más pensaron.

1.ª Porque a veces el exordio se toma de la persona del orador o defensor de la causa: pues aunque debe ser escaso en hablar de sí mismo, hace mucho al caso que sea tenido por hombre bueno. Con lo cual parecerá que no habla como abogado, sino como testigo abonado. Y así debe dar a entender que le ha movido a tomar aquella causa la obligación de amistad o parentesco y (si es probable) el bien de

la república u otro semejante motivo. Con mucha más razón cuidarán de esto los mismos litigantes, haciendo ver que les ha movido a la querella o defensa algún razonable motivo, y aun la necesidad.

Pero así como la principal razón para conciliarse autoridad el orador es el que esté muy lejos de que se sospeche haber tomado la causa por motivo de interés, odio o ambición, así también tácitamente hará recomendable su persona si dice que es inferior en el talento y poder a los contrarios, en lo que funda Mesala la mayor parte de sus exordios. Pues naturalmente favorecemos al caído y un juez escrupuloso oye con gusto al defensor que confía en su justicia. De aquí nace aquel disimular los antiguos el artificio retórico, tan distinto de la ostentación y arrogancia de nuestros oradores.

Hemos también de procurar el que no parezca que deshonramos, que tenemos mala intención y que injuriamos en nuestro razonamiento a algún hombre o clase de personas, principalmente a los que no podemos ofender sino ofendiendo también a los jueces. Porque el encargar que no se diga cosa alguna que sea directamente contra la persona del juez o que tenga asomos de ello, sería insulsez, pues vemos que todos así lo practican.

2.ª El defensor del contrario nos dará a veces materia para el exordio, ya honrándole si hiciésemos sospechosa su persona a los jueces, fingiendo que nos tememos de su elocuencia y mucho poder, ya con algún género de desprecio, aunque esto ha de ser muy rara vez. Así vemos que Asinio, que defendía el derecho de los herederos de Urbinia, pone entre los demás argumentos de la mala causa del contrario el tener por abogado a Labieno.

Cornelio Celso niega ser propiamente exordios los que no se toman del fondo de la causa. Mas yo, siguiendo la autoridad de los más consumados autores, digo que todo cuanto pertenece a la persona del que habla pertenece también a la causa; pues es cosa natural que el juez fácilmente crea a los que oye con gusto.

3.ª De la persona del litigante se hablará también con variedad. Unas veces se alega su dignidad, otras se recomienda su abatimiento y algunas se hace relación de sus méritos; aunque el que cuenta los suyos propios lo hará con más modestia que cuando los ajenos. Mucho va a decir también el alegar las circunstancias del reo, su edad, su condición, si es mujer, pupilo, anciano o hijo de familia, pues sola la compasión natural mueve a un juez recto. Estas circunstancias se tocarán en el exordio, pero sin detenerse mucho en ellas.

4.ª Al contrario, le impugnaremos por estos mismos medios, pero volviendo el argumento al revés. Porque si es poderoso, le persigue la envidia; si está en abatimiento, el desprecio; si es infame y está

culpado, el odio; las cuales tres cosas son muy poderosas para torcer la voluntad de los jueces. Ni basta el echar mano de aquello que ocurre aun a los ignorantes; es necesario ponderarlo o disminuirlo, como el caso lo pidiere. Porque esto último es propio del orador; lo primero lo lleva consigo la causa. 5.ª Nos ganaremos la benevolencia del juez no solamente alabándole, lo cual es común a las dos partes y debe hacerse con moderación, sino juntando esta alabanza con la utilidad de nuestra causa; esto es, alegando su valimiento en favor de los buenos; su justicia en favor de los caídos; su misericordia para con los infelices; su severidad para vengar a los ofendidos, y así de lo demás.

Si es posible, conviene también conocer la condición del juez. Porque según fuere, o desabrido o apacible, festivo o grave, riguroso o indulgente, así o nos valdremos de su índole natural conveniente a nuestra causa, o procuraremos mitigarle si fuera contraria.

Acaece también alguna vez que el juez es contrario a nosotros o amigo de la parte contraria; entonces cada cual debe aprovecharse de la persona del juez, y no sé si con particularidad el que le tiene propicio. Pues los malos jueces suelen a veces sentenciar a favor de un enemigo o contra algún amigo, cometiendo injusticia con disimulo para que no aparezca que otras veces han obrado con ella. Algunas veces los jueces han sentenciado también en propia causa. En alguna semejante a éstas fue juez Cicerón, como dice Septimio en sus observaciones 137 ; y yo mismo defendí una de la reina Berenice 138 , siendo ella misma juez. Aquí debe observarse lo mismo, porque el contrario blasona con cierta confianza de su causa, y el abogado que la defiende teme y tiene contra sí la vergüenza del juez en sentenciar a su favor 139 .

137

Semejantes casos tenemos en las oraciones en defensa de Marcelo, de Ligario y Deyótaro, siendo juez el mismo César, contra cuya vida habían conspirado. [Según noticia de] Turnebo.

138

Berenice, mujer de Ptolemeo, rey de Egipto, hija de Herodes, rey de Judea, y hermana de Agripa, a quien amaba Tito, hermano de Domiciano. [Según noticia de] Turnebo.

139

Esto mismo es lo que pondera Cicerón en la defensa de Deyótaro, y en lo que más se esfuerza: «También me altera una cosa, ¡oh César!, aunque considerando tu condición, se me desvanece el miedo. Una cosa que, mirada en sí, es contra razón; pero tu sabiduría la hace más justa. Porque refrescar la memoria del delito delante del mismo contra quien uno es convencido haberlo intentado, si bien se mira, es cosa dura. Pues hablando comúnmente no hay juez ninguno que en causa propia no incline más hacia sí que hacia el reo la balanza de la sentencia. Pero tu generosa condición me disminuye este miedo; pues no tanto temo la sentencia que vas a dar a Deyótaro, cuanto estoy viendo

Además de lo dicho conviene desimpresionar al juez de la opinión que ya traía de su casa, o confirmarle en ella. A veces es necesario desvanecer el miedo, como lo hizo Cicerón en la causa de Milón, para que no creyese que Pompeyo tenía dispuestas las armas contra él; a veces excitarle y ponerle delante, como lo hizo en la de Verres.

Pero hay un modo común y útil de excitar el miedo; verbigracia: cuando se dice y encarga que no conciba alguna mala opinión el pueblo romano, que no se apele a otro tribunal . Otro modo hay más fuerte y menos usado, como cuando se amenaza a los que han sido sobornados de acusarlos en presencia de una concurrencia más numerosa, como cosa más segura; porque esto sirve de freno a los malos y de consuelo y gozo a los buenos. Pero no aconsejaré yo este último medio cuando hay un solo juez, a no ser que falten otros auxilios. Y si lo pide el caso, no será ya precepto de la oratoria, así como la apelación; aunque esto muchas veces también es útil o también el acusarle del soborno antes de comenzar la defensa; porque el amenazar a alguno o delatarle, cualquiera puede hacerlo sin ser orador. Cuando la causa diese pie para conciliarnos la benevolencia del juez, convendrá tomar de ella cuanto ofrezca de favorable para el exordio. Qué cosas sean éstas, ocioso es el decirlo, ya porque entendida la causa se presentarán por sí mismas, ya porque el referir cuantas pueden ocurrir en tanta multitud de pleito no tiene guarismos. Pero digo que así como el encontrar y ponderar esto lo enseñará la causa, así también el refutar o disminuir lo que nos daña.

La misma causa algunas veces dará fundamento para mover la compasión, o ya nos haya sucedido alguna calamidad, o ya la temamos. Ni sigo la opinión que muchos de que el exordio se distingue del epílogo, en que en aquél se cuentan las cosas pasadas y en éste las venideras, sino mucho más en que en aquél se ha de mover la misericordia con más tiento y moderación; pero en el epílogo se han de excitar todos los afectos de compasión; aquí introducir hablando a otras personas; aquí hacer que hablen los mismos muertos; aquí poner delante las prendas más amables del reo 140 , lo que no

el concepto que quieres formen los demás de tu clemencia». En el exordio . De semejante medio se vale en la confirmación de la oración de Ligario: «Mira ¡oh César! cuán sin miedo estoy. Considera cuánta luz de tu liberalidad y sabiduría me ilumina para hablar en tu presencia. Esforzaré la voz cuanto pueda, para que lo oiga esto el pueblo romano. Tomé las armas contra ti, lo confieso. Pero ¿delante de quién digo esto?», etc.

140

A esta semejanza, Cicerón en el epílogo de la oración de Ligario no solamente le hace al César una viva pintura de la infelicidad del reo, de la esperanza que tenían sus amigos, sino que le presenta

cuadra tan bien en los exordios. Y no sólo no se han de mover en el exordio semejantes afectos, sino aun apartarlos del todo. Pero así como es útil el hacer creer que nuestra parte se ha de ver oprimida de miseria si el contrario vence, así diremos que nuestro adversario se hará más orgulloso con la victoria. Suelen también tomarse los exordios de las circunstancias de la causa y de las personas. A las personas pertenecen, no solamente los parientes, como acabamos de decir, sino las amistades, los países, las ciudades y todo cuanto puede contribuir para triunfar en la causa. A la causa pertenece también extrínsecamente el lugar, como el exordio en la oración en defensa de Deyótaro; el tiempo, como en la de Celio; el traje, como en la de Milón. La opinión en el exordio de la oración contra Verres; y para no recorrerlo todo, el honor de los tribunales y la expectación del vulgo. Todo esto está fuera de la causa, pero mira a ella.

Añade también Teofrasto que se toma el exordio de la misma acción o defensa de la causa. Así Demóstenes, defendiendo a Tesifón, pide que se le permita hablar a su arbitrio y a gusto del reo que lo pedía, y no según el método establecido antes por el acusador.

A veces la misma confianza suele pecar de arrogancia 141 . También concilian el favor aquellas cosas comunes a todos, cuales son el manifestar los buenos deseos, el abominar del contrario, el suplicar y portarse en todo como solícito defensor; cosas que no deben omitirse, aunque no sea sino con el fin de que no se aproveche de ellas el contrario.

III. Con esto mismo se gana la atención de los jueces, haciendo ver que la causa es nunca vista, de suma importancia, atroz, y que puede servir de ejemplar: principalmente cuando el juez se halla movido de la calamidad, o porque mira a él o a la república; cuyo ánimo es preciso que el orador se lo gane con la esperanza, miedo, avisos, súplicas, y aun con vanas alabanzas si no hay otro medio.

delante toda la parentela de Ligario, aguardando la sentencia de la boca del César, o para vivir siempre confiados en su clemencia si usaba de misericordia, o para morir en el abatimiento y desventura si le condenaba a la muerte. Todos estos afectos los avivaba, mucho más que la imaginativa y pincel del orador, la presencia de los amigos, interesados y parientes, que permitían las leyes romanas asistiesen vestidos de luto al tribunal para este fin.

141

La invención de estas ideas con lo que acaba de decir hace sospechar a Rollin, y con fundamento, que este lugar está muy defectuoso.

Importa mucho para conciliar la atención el que vean no hemos de ser largos ni salimos fuera del asunto 142 .

IV. Con tener atentos a los oyentes los tendremos también benévolos, así como proponiendo breve y claramente lo que vamos a tratar: lo que practican Homero y Virgilio al principio de sus poemas. Debe cuidar el orador de hacer una simple reseña de su asunto, de modo que más parezca proposición que exposición, diciendo no cómo cada cosa sucedió, sino lo que va a tratar. No encuentro ejemplo mejor que aquél de Cicerón en la defensa de Cluencio: Veo, oh jueces, que el contrario dividió su acusación en dos partes; en una de las cuales me parece que estriba y funda toda su confianza, el odio envejecido del juicio de Junio: en la otra, siguiendo la costumbre, tan solamente toca por encima la cualidad del delito de los hechizos, pero con timidez y desconfianza, por lo cual esta controversia ya está terminada por la ley . Lo cual es más fácil al que responde que al que propone: en lo primero basta insinuar la cosa, cuando en lo último hay que informar al juez.

Ni soy de parecer (aunque grandes autores digan lo contrario) que no siempre conviene llamar la atención y docilidad del juez; no porque ignoro que, como ellos dicen, esto sucede cuando la causa es mala (aunque no sabemos cuál sea ésta), sino porque esto acaece no por descuido del juez, sino por engaño. Por ejemplo: peroró primero nuestro contrario, y acaso logró persuadir al juez. En este caso necesitamos imbuirle en otra opinión distinta; y esto no puede hacerse si no le hiciéremos atento y dócil a lo que vamos a decir. ¿Pues qué remedio? Tenemos que disminuir algunas cosas, rebajarlas y aun despreciarlas, para hacer que el juez afloje en la opinión que favorece al contrario, como lo practicó Cicerón en la causa de Ligario. Pues ¿qué otra cosa hacía con aquella entrada irónica, sino que el César no hiciese mucho alto en una acusación que nada tenía de nueva? Y ¿qué en la oración en defensa de Celio, sino el que tuviese la cosa por menor de lo que se esperaba?

V. Pero de todo cuanto he dicho, algunas cosas se omiten, según la naturaleza de la causa. Muchísimos cuentan cinco géneros de causas, lo honroso , lo despreciable , lo dudoso , lo admirable y lo oscuro : que llaman los griegos endoxon , adoxon , amphidoxon , paradoxon , dysparacoloutheton . Algunos admiten lo indecoroso ; pero otros lo reducen a lo despreciable y otros a lo admirable . Por admirable entienden cuanto está fuera de la opinión de los hombres. En lo dudoso conviene hacer benévolo al juez; en lo oscuro, dócil; en lo despreciable , atento.

142

¿Quién detendrá a un auditorio, aun el más devoto, cansado ya tal vez de esperar al predicador, si éste divide su razonamiento en tres, cuatro o cinco puntos?

Porque si la cosa es honrosa y buena, ella por sí basta para conciliarse a los oyentes. En lo extraño e indecoroso es menester valerse de auxilios.

VI. De aquí es que muchos dividen el exordio en dos partes: principio e insinuación . De forma que en el principio captemos la benevolencia y atención. Y como esto no puede hacerse a cara descubierta en los asuntos indecorosos, es menester que por insinuación nos ganemos los ánimos, principalmente cuando la causa no presenta buen aspecto, o porque de suyo es mala, o porque no es de la aprobación del auditorio y cuando alguna circunstancia daña para su defensa; como si tenemos presente al contrario o defensor suyo, o cuando vamos contra nuestro mismo padre, contra un anciano, un ciego, un niño.

Algunos enseñan con un largo rodeo de palabras los modos de salvar este inconveniente, fingiendo diversos casos, y los tratan acomodándose a la costumbre de los tribunales; pero dimanando éstos de las mismas causas, que son innumerables, el referirlos todos sería cosa infinita. Por donde considerada bien la causa, ella misma presentará el camino para allanar los inconvenientes que se nos ofrezcan en ella.

Ahora decimos en común que huyendo de lo que nos perjudica, aleguemos lo que nos favorece. Si la causa es mala, valgámonos de la persona y al revés. Si no tenemos nada de donde asirnos, echemos mano de lo que perjudica al contrario. Porque así como deseamos merecer el mayor aplauso, así también el no merecer tanto odio como el contrario. Si el hecho no se puede negar, probemos a lo menos no ser tanto como lo pintan, que se hizo con otra intención; que no pertenece al asunto presente, que si se cometió algún delito, ya se resarció con el arrepentimiento esta falta, o que ya queda borrada y satisfecha con el castigo. Todo lo cual cae mejor en boca del abogado que del reo, porque puede alabar sin sospecha de arrogancia y a veces podrá reprender la acción con utilidad. Entretanto podrá fingir que se halla conmovido, como lo hizo Cicerón defendiendo a Rabirio Póstumo, ya para

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