Tienen, y no sin razón, por una de las cualidades de un maestro, el inquirir con todo cuidado el ingenio de sus discípulos y el saber por dónde le llama a cada uno su naturaleza. En lo que hay tanta variedad que no son los semblantes más diversos que lo son los ingenios. Esto aun en los oradores lo podemos ver; de los cuales ninguno se conforma con otro en el estilo, por más que la mayor parte de ellos se haya propuesto imitar a los que merecieron su aprobación. Por tanto pareció útil a los más el enseñar a cada uno conforme a lo que pide su ingenio, ayudándole a aquello mismo adonde principalmente le llama la naturaleza. Así como si un hombre muy práctico en la palestra entrase en la escuela, en que hay un gran número de niños, hecha experiencia de sus fuerzas corporales y de su valor, conocería a qué género de ejercicio se le debía aplicar a cada uno; a esta manera, cuando el maestro de retórica hubiere empleado su sagacidad en discernir el talento de cada discípulo, viendo quién gusta de un estilo conciso y limado, y quién del vehemente, grave, dulce, áspero, florido y agraciado, se acomodará tanto al genio de cada uno, que les vaya llevando por donde cada cual sobresale. Pues la naturaleza ayudada del cuidado puede más; y el que es guiado contra su inclinación, no podrá lograr lo que no frisa con su ingenio, y perderá sus fuerzas por abandonar aquello para lo que parecía haber nacido.
Todo lo cual lo tengo por cierto en parte; pues siguiendo la razón natural, libremente defiendo mi opinión contra las ya admitidas por algunos. Porque ello es que debemos indagar la naturaleza de los talentos; y nadie negará que aún se debe hacer elección de los estudios en que deben emplearse. Unos habrá acomodados para escribir historias, otros para la poesía, otros para la jurisprudencia, y quizá habrá algunos que no sean más que para cavar viñas. Lo mismo pues hará el maestro de retórica que hizo el de la palestra, que va destinando a quién a la carrera, a quién al pugilato, a quién a la lucha, a quién a otra manera de contienda de los juegos sagrados 78 : bien entendido que, el que se aplicare al estudio de la jurisprudencia, no ha de trabajar en una sola cosa de las que miran a este ejercicio, sino en todas universalmente, aunque sienta alguna repugnancia. Porque si sólo bastase la naturaleza, ociosa por cierto era la enseñanza.
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Cuatro eran los juegos sagrados entre los griegos, en que competían en honra de los dioses: nemeos , olímpicos , isthmios y pithioa , en los que había varias suertes de contienda, que fueron asunto de las odas de Píndaro.
Por ventura (dirá alguno) si cae en nuestras manos un niño de gusto estragado y de estilo hinchado, como son los más, ¿hemos de consentir pase adelante? Y si hay algún ingenio árido e infecundo, ¿no le fecundaremos y le adornaremos con ideas? Porque si es necesario a veces cercenar algunos vicios, ¿por qué no se ha de conceder el añadir a alguno lo que le falta? Respondo que yo no voy contra la naturaleza en esto: pues no pretendo el quitar y desarraigar lo bueno que ella tiene, sino aumentarlo y ayudarla en lo que falta. Aquel insigne maestro Isócrates, cuyos libros no acreditan más su oratoria que sus discípulos su buena enseñanza, cuando decía que Éforo necesitaba de freno y Teopompo de espuela, ¿por ventura no creyó que con sus preceptos debía espolear la pereza del uno y contener la viveza (digamos así) desbocada del otro, pensando que debía atemperar el genio de aquél con el de éste?
Debe acomodarse de tal suerte a los ingenios limitados que los guíe únicamente por donde los llama la naturaleza: pues así harán mejor aquello que sólo pueden. Pero si hubiere alguno de ingenio más despejado, del que podamos concebir grandes esperanzas en la oratoria, no se deberá omitir con él ninguna de las bellezas del arte. Pues dado caso que tenga más inclinación a una cosa que a otra, como es forzoso, pero no se mostrará repugnante a lo demás: y su mismo cuidado hará que no sobresalga menos en uno que en otro. A la manera que aquel otro maestro de la palestra en el ejemplo propuesto no enseñará solamente a su discípulo a que hiera al contrario con el puño o con el pie; ni solamente le enseñará a doblar y hurtar el cuerpo de una manera, sino de todos los modos posibles.
Si hay alguno que no tiene ingenio para todo, aplíquese a aquello que puede. Dos cosas se han de tener presentes en esto: la primera, el no ponerse a aquello que no puede lograrse; la segunda, que no se le aparte a ninguno de aquello en que puede ser sobresaliente, para aplicarle a otra cosa a que no se siente inclinado. Pero si el discípulo fuere como otro Nicóstrato 79 , a quien yo siendo joven conocí de edad ya avanzada, empleará con él todas las fuerzas de la enseñanza; y hará que en todo sea sobresaliente, así como aquel otro era invencible en la lucha y en el pugilato, pues en ambas cosas consiguió a un mismo tiempo la corona. Y ¿con cuánto mayor empeño deberá practicar esto un maestro con quien ha de ser orador? Porque no basta el que el estilo sea conciso, agudo o vehemente; así como para ser maestro excelente de música, no es suficiente el sobresalir sólo en la voz de tiple,
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Con este Nicóstrato que, como dice Pausanias, era igualmente diestro e invencible en la lucha y en el pugilato, compara muy bien Quintiliano al que pretende ser orador consumado: pues como los oficios de éste son diversos, así como lo eran los ejercicios de la palestra, debe desempeñarlos todos con igual habilidad, si quiere triunfar de los corazones de los jueces y auditorio.
de tenor, de bajo, o en cualquier parte de estos tonos. En la perfección del razonamiento sucede lo que con la cítara, la que en todas sus cuerdas, desde la primera hasta el bordón, debe estar bien templada.