Hoy quiero decirte que, después de pensar una y mil veces que sería imposible, llegó el momento en el que no tuve que seguir recorriendo ese camino de esclavitud y muerte. Dios quiso que mi vida no acabara en el abandono, ni en la derrota, al final de una calle sin salida como en la que vivía y en la que se escribió la historia de mi abuso sexual cuando era un niño de cinco años. ¿Sabes cómo ocurrió? Te lo contaré.
Un día, Dios me dio la capacidad de soñar sus sueños. Entonces, me atreví a soñar sueños que eran increíbles para mí. Allí me vi libre del acto sexual «esclavizante». Me vi feliz en medio de una familia y de amigos que me amaban. Me vi atesorando una fidelidad y una pureza que nunca había alcanzado en mi vida. Me vi hablando sin temor sobre mi historia. A decir verdad, me vi al lado de un Dios que me amaba, que me levantaba y que nunca me había abandonado, aun en el momento más oscuro y doloroso de mi historia.
Poco a poco, cambié las fantasías de esclavitud sexual por los sueños de Dios que me permitieron ser un hombre puro y libre. Y así, paso a paso, comencé a creer
en mis propios sueños o, mejor dicho, comencé a creer los sueños de Dios en mí. Comencé a creer que si yo lo anhelaba de verdad y le daba a Dios una oportunidad real en mi vida, esos sueños de pureza y libertad se llevarían a cabo.
Ahora, no dejo de soñar. Incluso quiero soñar todos los sueños que Dios quiera poner en mí. Por eso me veo sirviendo y ayudando a muchos otros seres que se encuentran postrados en la esclavitud sexual. En este momento, me veo victorioso y libre con todos mis dragones derrotados y abrazando a mi familia en el umbral de un castillo celestial que me ha preparado Él.
MIS ARGUMENTOS SOBRE EL TEMA
61. ¿Utilizaste la fantasía sexual para esconderte en tu propio mundo y olvidar el dolor de tu casa?
Ahora no tienes que vivir en un mundo inventado. Dios es real. Él anhela relacionarse contigo. Si se lo permites, Él te mostrará sueños extraordinarios.
62. La fantasía sexual te aisló de aquella realidad que te amenazaba. En tus fantasías sexuales tú eres
amado y aceptado. Ahora, Dios será suficiente. Él te acepta y te ama como eres. No puede ser de otra manera... Él te creó. 63. A medida que crecías, la fantasía sexual se convirtió en compañera de la masturbación para construir la prisión de la lujuria sexual. Hoy, puedes dejar atrás la prisión y creerle a un Dios verdadero. Él tiene la llave para liberarte. ¿Le creerás? 64. Dejaste atrás la niñez, pero la fantasía sexual no te abandonó. En tu juventud, la fantasía sexual se tornó más intensa. Ahora, junto a la masturbación, la fantasía sexual tendrá otro aliado: la pornografía. Tu mundo fantasioso se tornará cada vez más torcido. Sin embargo, Dios no se rendirá contigo. Su pureza te alcanzará. 65. De joven, la fantasía sexual te acompañaría a todos sitios. Ya no sería una compañera de cuarto, sino una sombra inseparable. De ese modo te convertiste en un astronauta permanente en el espacio lujurioso. A pesar de eso, Dios quería que aterrizaras. Ahora, con su pureza, puedes regresar a tu realidad; puedes regresar a casa.
66. No pienses que la fantasía sexual es inofensiva debido a que pasa en la mente. Cristo censuró la
fantasía sexual: la llamó adulterio del corazón: «Han oído el mandamiento que dice: «No cometas adulterio». Pero yo digo que el que mira con pasión sexual a una mujer, ya ha cometido adulterio con ella en el corazón» (Mateo 5:27-28, NTV).
67. La fantasía sexual fue esa llave que te permitió abrir puertas lujuriosas con las maestras, con las
mamás y las hermanas mayores de tus amigos. Entrega la llave y, a cambio, recibe de las manos de tu Creador una vida pura y libre de fantasías.
68. La mente tiene la capacidad de crear las escenas y las historias más sublimes. No obstante, si se lo
permitimos, esta misma mente podrá crear la fantasía sexual más perversa y detestable. Todo dependerá de quién tenga las riendas para dirigirla. ¿A quién le darás las riendas de tu mente?
69. La fantasía sexual es darle rienda suelta a tu mente para que se excite sexualmente. Es el primer
paso para salir a la calle y hacer realidad lo que fantaseaste. Caminar en esa dirección solo te llevará al precipicio. 70. La fantasía sexual te da licencia para crear una película mental de lo que tu carne desea hacer con sus apetitos. Una vez que hagas la película, te será mucho más fácil actuarla en la realidad. ¡Cuidado con quitarle el freno a tu carne mediante la fantasía sexual! 71. La fantasía sexual y la masturbación se alimentan la una a la otra en la rueda de la lujuria sexual. Una persona atada a la fantasía sexual acabará atada a la masturbación y viceversa. Ambas son eslabones de la misma cadena que te esclavizará, si se lo permites.
72. La fantasía sexual convierte tu mente en un cine de películas pornográficas. Mientras estás allí
tus metas. Clausura el cine pornográfico y dale paso a las películas de Dios para tu vida. ¡Atrévete a soñar como Dios sueña sobre ti! Si la fantasía sexual te tiene prisionero, si vives esclavo de los cuentos que la lujuria sexual ha plantado en tu mente, te tengo buenas noticias: no tienes que huir más. Regresa a casa, pues Dios anhela que experimentes sueños increíbles que solo se alcanzan mediante su gracia y su amor. Así que pídele que plante sus sueños en tu mente. Pídele que llene tu corazón de su amor.
Entonces, cuando la lujuria sexual venga a atacarte, se encontrará con una mente y un corazón llenos de los sueños de Dios, llenos de su amor. Es más, la lujuria sexual no encontrará un espacio dentro de ti para plantar sus fantasías venenosas.
capítulo 4
¿La televisión y el cine
matan tu pureza?
M
ientras viví en casa con mis padres y mis hermanos, nunca tuve un televisor en mi cuarto y solo había uno en el cuarto de mis padres. El cine, por lo general, era una actividad familiar donde íbamos todos juntos. Sin embargo, cuando me fui a la universidad, cambió todo eso. Entonces experimenté lo que era vivir sin las reglas ni los frenos de mi casa y me enfrenté a una nueva libertad que no sabía cómo manejar. Así comenzó mi vida universitaria en la capital de los Estados Unidos, una ciudad que se me ofrecía de manera seductora, llena de impuras posibilidades, con un interminable menú de lujuria sexual para alimentarme. A pesar de eso, siempre di la impresión de ser un joven bastante tímido e incapaz de entregarme a conductas peligrosas hasta altas horas de la noche en la zona pornográfica de Washington, DC.Mi vida en los Estados Unidos
En mi primer año de universidad, siempre mantuve la imagen de un joven tímido, serio y bastante solitario. Aun cuando aparentaba ser un joven de diecisiete años tranquilo y equilibrado, una guerra silenciosa se libraba en mi interior. El caos de un apetito sexual descontrolado reinaba dentro de mí sin que nadie lo supiera.Esclavizado a la lujuria sexual en cuerpo y alma, me sentía golpeado por un mundo desenfrenado y erotizado que, como yo, le rendía culto a la pornografía y a
todo lo que estimulara la sexualidad. Ese era un mundo con el que no podía lidiar y que empeoraba el descontrol que llevaba en secreto por dentro.
En mi lucha para contrarrestar la lujuria sexual, pensé que el sacerdocio sería la mejor alternativa. De ese modo, escondido bajo una sotana y viviendo una vida de celibato religioso donde me abstuviera de los actos sexuales, mi problema desaparecería por completo. Hablé sobre mi decisión con mis padres, lo que causó tremenda conmoción que se extendió durante meses. Al final, acordamos que me iría un año para los Estados Unidos para ver si en ese tiempo de libertad «allá afuera» cambiaba mi manera de pensar sobre el asunto de ser sacerdote.
Así fue que llegué a Washington a mi primer año en la Universidad de Georgetown. Allí aprendí lo que era vivir una doble vida, donde las calles de esta ciudad me ofrecían una gama interminable de sexo en el anonimato, sin que ninguno de mis amigos lo supiera.
Descubrí los cines pornográficos de la ciudad, que primero me sedujeron con sus encantos y que después amenazaron con devorarme en el laberinto de calles lujuriosas del centro de la ciudad. Estos cines parecían más bien clubes de mala muerte, donde las películas pornográficas eran parte de un rito atado al exhibicionismo, a la masturbación y al encuentro sexual con parejas anónimas.
En las oscuras salas de estos lugares, se seguía oscureciendo mi vida... una vida que solo alcanzaba los dieciocho años de edad y que ya sentía tan dañada y tan envejecida. En mis adentros, un niño perdido seguía clamando por ayuda y nada podía hacer para ayudarlo, para detener su caída por el precipicio.
Aún puedo recordar escenas dolorosas de esa vida descontrolada, cuando después de haber estado toda la noche en los cines de pornografía, llegaba a mi apartamento de estudiante embriagado de sexo y alcohol y me sentaba frente al televisor a intentar ver los canales bloqueados de películas pornográficas.
Aunque nada se veía en el vaivén de las imágenes distorsionadas, permanecía inmóvil como un robot, con tal de escuchar los sonidos eróticos que salían de aquel televisor. Así intentaba acompañar mi soledad y anestesiar mi dolor. Sin poderlo entender, buscaba el amor y la protección que me habían robado.
Al igual que esas películas, mi vida seguía distorsionándose, perdida en una confusión que me enmudecía y me aislaba cada vez más. Sin hacer otra cosa, me pasaba la madrugada hasta que salía el sol, preguntándome por qué no podía detenerme, por qué me seguía destruyendo ante mis propios ojos sin poder hacer algo para evitarlo.