Las advertencias, los miedos y las culpas nunca tuvieron un efecto en mi conducta. Una vez que descubrí la masturbación, esta me permitió «moverme» por mi infancia y mi adolescencia como el manco que recibe una muleta. Sí, la masturbación sería mi muleta. Con ella me dormiría por las noches, cobraría valor para enfrentarme al nuevo día, apaciguaría mis tristezas, celebraría mis alegrías, desahogaría mis rabias, calmaría mis temores, llenaría mi soledad, anestesiaría mi
dolor y, con ella, todo estaría mejor... Por eso es que no podía aceptar ningún mensaje dirigido a erradicarla de mi vida. Eso sería como si me pidieran que abandonara a mi mejor amiga.
Mi primer esfuerzo por poner algún control a la masturbación ocurrió en la intermedia, durante la celebración de la Semana Santa. Mi escuela me enseñaba que la llamada «Semana Mayor» involucraba gran solemnidad y sacrificio, donde no se comía carne roja, ni se hacían juegos de cartas, ni se salía de la casa para divertirse en la calle. Además, los maestros de religión nos preguntaban sobre qué sacrificio adicional podíamos hacer durante esta semana. Las respuestas usuales salían a la luz: «No voy a comer dulces». «No voy a tomar Coca-Cola». «No voy a ver muñequitos en la televisión». «No voy a pelear con mi hermana». «No voy a comer postre». «Voy a limpiar mi cuarto». Mi respuesta de costumbre era la de no comer dulces. Sin embargo, para mis adentros, me hacía la promesa de no masturbarme durante la Semana Santa. Recuerdo que me plantaba frente al televisor por horas interminables viendo todas las películas mexicanas y españolas sobre Moisés y los Diez Mandamientos, David y Goliat, la Pasión de Cristo, los apóstoles, los primeros cristianos, entre otras. Este tipo de bombardeo visual de religión me mantenía enfocado en la promesa secreta que me había hecho. Aunque traté con todas mis fuerzas de cumplir con esa promesa año tras año, nunca lo lograba. Mi amiga la masturbación siempre venía a buscarme antes de que llegara el Domingo de Resurrección. Entonces, la rabia por haber fallado en mi promesa desataba el descontrol de masturbarme para mutilarme. Al final, me sentía como el Judas que entregó a Cristo, como el apóstol Pedro después que cantó el gallo: ¡como el más vil de los seres! Aun así, nada podía hacer para evitarlo. Entonces, la vergüenza mayor llegaría el próximo sábado en la mañana cuando el cura me esperaba en el confesionario. ¿Cómo atreverme a decirle que me había masturbado o, mejor dicho, que había abusado y vuelto a abusar una y otra vez de mi propia carne durante la Semana Santa? La vergüenza, la culpa y el miedo por el regaño que iba a caer sobre mí me agobiaban mientras hacía la fila a la espera de mi turno.
Las bombillas rojas encendidas en la parte superior de los confesionarios anunciaban cuántos curas estaban escuchando confesiones. Según avanzaba la fila, mi plegaria se intensificaba, pero por razones ajenas a la absolución que se daba allí.
porque ese me aterrorizaba y me daba tremendos regaños cuando le decía que me había masturbado. ¿Cómo lo diría para que no se oyera tan horrible, tan sucio y tan vergonzoso?
Así entraba con paso tembloroso a aquella jaula de madera, abriendo la cortina que adornaba su puerta. Allí me dejaba caer de rodillas frente a la oscura y misteriosa ventana. Una vez que me arrodillaba en el cojín rojo, eran agonizantes los primeros segundos del: «Perdóneme padre, porque he pecado...». Se me quebraba la voz, se me secaba la boca y, sudoroso, comenzaba mi confesión: «Padre, comí dulces durante la Semana Santa, he dicho mentiras y creo que caí en otros pecados que no recuerdo». Un suspiro de alivio salía de mí al escapar del confesionario con la absolución en latín y la asignación de los rezos que tenía que repetir. Mi mentira, al omitir de la confesión todo lo relacionado con mis masturbaciones de Semana Santa, me había librado de la vergüenza y del regaño. Tenía diez años de edad.
Las palabras de mi Padre
Mis luchas por dominar la carne y controlar a la lujuria sexual no fueron más sencillas en mi vida adulta. La muleta de la masturbación echaría profundas raíces en mi corazón al mezclarse con la pornografía, el descontrol de los ojos, la fantasía sexual y la jungla del sexo en la calle. Pasarían casi tres décadas para intentar ponerle freno de nuevo a mi carne, como traté en aquellos años de Semanas Santas manchadas por la masturbación y la amnesia selectiva del confesionario.
Entonces, comenzó mi vida cristiana y, con ella, las batallas por controlar a este gigante de la lujuria sexual. Y al intentar ponerle freno, al intentar caminar sin la muleta, recibí el rudo golpe de una carne que se reveló al quererla separar de su entrañable amiga.
Allí quedaría yo, postrado en una cama por días interminables y noches de insomnio, sudoroso, temblando como si fuera una hoja en medio de una ventisca, con un cuerpo descompuesto, deprimido, ansioso e incapaz de hacer nada al perder su medicina.
Allí entendería que estaba encadenado a los químicos naturales de mi cuerpo que se disparaban por mi torrente sanguíneo a la hora de consumir cualquier tipo de sexo. Mi carne se negaba a funcionar sin su muleta y la lujuria sexual me clavaba sus garras para dejarse ver tal cual era. Yo era su esclavo y ella no me dejaría ir con mucha facilidad.
Finalmente, un día en aquel cuarto que presenció mis primeros pasos de libertad, Dios me tenía preparada una cita divina con unas palabras que Él escribió para mí. Por primera vez en mi vida, un pasaje de la Biblia me hablaba al corazón y a mi vida de una manera que nunca antes había experimentado.
aquel momento, para mi momento, y que Dios sabía que ese preciso día las leería y que me marcarían para siempre. Leí de Isaías 62:4 (lbla) lo siguiente:
Nunca más se dirá de ti: Abandonada, ni de tu tierra se dirá jamás: Desolada; sino que se te llamará: Mi deleite está en ella, y a tu tierra: Desposada; porque en ti se deleita el
SEÑOR.
Cuando leí esas palabras, sentí en mi corazón cómo me las decía mi Padre celestial. Su amor me cubrió como un abrazo afectuoso. Con sus palabras de amor, Él comenzaba a sanar las heridas de abandono y desolación de mi pasado. Isaías me decía que mi Padre me daba un nuevo comienzo, que Él estaba contento con los cambios que estaban sucediendo en mi vida.
A través de esas palabras, mi Padre comenzó a sembrar las primeras semillas de pureza sexual dentro de mí. ¡Mi Padre nunca me había abandonado! ¡Yo era su hijo y Él cuidaría de mí!