La p u l s i ó n sea ñ a d e a ia p e r c e p c ió n a n t e s d e v o l v e r s ec o n s c i e n t e (s is t e m a p e r c e p c i ó n-p u l s i ó n/c o n c i e n c i a)
Los animales están dotados de un sistema percepción-conciencia. Es necesario prestar atención a lo que perciben para sacar de allí las consecuencias: sus percepcio nes no son directas. En cuanto a las percepciones del hombre, además están investi das por sus pulsiones, de las que es necesario protegerse. Lejos de ser una sensación pura, la percepción primera ya está siempre doblada por la pulsión y responde de la demanda materna. Esta demanda inviste todo objeto percibido, fuente así de angus tia: tal es el primer afecto de los niños ante el mundo. De modo que un pensamien to de lo que perciban será para ellos la condición de conciencia. Se podría creer que un proceso tal no interviene sino luego de la adquisición del lenguaje, pero es desde el comienzo de la existencia que funciona un proceso análogo al pensamiento en un punto, cuando los sonidos se asocian con otros sonidos. Un niño que llora quizá tie ne primero una razón. Después llora porque sus lágrimas le hacen llorar.1 El llanto concierne tanto a una experiencia dolorosa actual com o al recuerdo de llantos ante riores. El llanto se acuerda de otro llanto, al igual que una palabra es cualificada por otra que cualifica así al objeto, “ mientras que de otro m odo y a causa del sufrimien-
I . Para Freud, el nacimiento del pensamiento resulta de un proceso psíquico doble: un primer pro ceso llamado “primario” compara una percepción actual con las que el sujeto recuerda. Como la identidad de percepción no hace más que desplazar el problema, se pone en marcha un “proceso secundario” según el modelo de una “ identidad de pensamiento” (“esto es eso” ). Esta puesta en marcha se produce gracias al sonido. S. Freud, “Proyecto de psicología”, en Obras completas, Bue nos Aires, Amorrortu, vol. 1 , 1988
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to no podríamos tener ninguna noción cualitativamente clara”.2 l a asociación de un llanto con otro cualifica a un objeto ya diferente del de las sensaciones directas. Este desvío del sufrimiento gracias a las asociaciones sonoras es particular de la concien cia humana, la cual, desde entonces, difiere de conciencia directa. La represión de la sensación pulsional gracias al habla se vuelve así una cuestión de supervivencia. Una vez cumplida la entrada en el habla, la “ sensación pura” se vuelve aquello de lo que nos exilamos: abandonamos el mito de un paraíso original, el de nuestra improba ble animalidad. Conservamos la convicción de que existen sensaciones inmediatas, olvidando que esta certidumbre es proporcional a la represión.
La conciencia coloca una pantalla frente al mundo y corta el sujeto de percepcio nes, en adelante “ intelectualizadas” por el lenguaje. Nuestras sensaciones se vuelven conscientes al mismo tiempo que el pensamiento que las cualifica nos protege de ellas, de m odo que el exilio del mundo del que hablamos se vuelve nuestra vivencia ordinaria. Vivimos en una retirada del goce inmediato del cuerpo y las percepcio nes. El cuerpo mínimo, siempre adecuado a sí mismo, que aprovechan los seres vi vos más pequeños, falta en el ser humano. La conciencia del mundo de los anima les se contenta con un sistema percepción/conciencia. Para el hombre, la represión de la pulsión impone un sistema percepción-pulsión/conciencia.
Alc o m i e n z o eselv e r b o. Pe r o, ¿q u é es elv e r b o?
Gracias a un modesto parloteo, el nacimiento del “ yo” [je] de la enunciación re prime la violencia del cuerpo pulsional. ¡Pero esta represión no significa una des aparición! El cuerpo pulsional, que primero empujó al organismo hacia la humani dad, mantiene sus objetivos. Pintonees, aunque que esté reprimido, este yo ideal bus ca imponerse cada vez que el “ yo” [je] tiene un problema allá arriba, en el mundo donde se hacen frases. Este yo de origen continúa exigiendo todo, al igual que cuan do representaba lo absoluto de la demanda materna. Se comporta com o este alien que, desde el origen, se pegó al organismo y lo forzó a crecer. Después, permanece com o la placa giratoria entre el exterior, donde se “ habla bien”, y la máquina orgáni ca, que él vampiriza. Continúa reclamando lo no le fue concedido. De m odo que a cada momento se impone un trabajo de represión. Para proteger a su organismo de un cuerpo psíquico más grande que él, el sujeto asocia las huellas mnésicas de soni dos que el habla transforma en sentido. El golpe de Estado permanente del pensa miento asegura el control del “yo” [je] sobre el arlequín pulsional.3
2. Ibid. Ereud llama “neuronas motrices de la vía de lenguaje” al llanto que se acuerda del grito: “ha sido creada la primera clase de recuerdos concientes”.
3. Se crea asi el universo nuevo de la realidad psíquica, portador de su propio mundo de sensacio nes y su propia objetalidad.
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Desde el momento de nacer, la cuestión del ser se plantea al mismo tiempo que la cuestión de la nada, porque se intima al sujeto a “ ser” en el lugar de un falo que no es. Pero, ¿cóm o “ ser” al mismo tiempo que “ no ser” ? La formación de las frases soluciona con elegancia este dilema. Esta contradicción, sufrida por un cuerpo in capaz de resolverla sin parcelarse, se traslada a las frases que la reconducen a la pro gresión infinita de la verborrea. Cada frase se origina en torno al verbo ser (com o lo mostraron los gramáticos de Port-Royal). Se estructura según el modelo de un “esto es eso”, y así hace copular una palabra con otra. La palabra no designa una cosa sino cuando es definida por otra palabra en una frase organizada por un verbo, dis locada de cualquier m odo del verbo ser. Si usted dice por ejemplo: “ Yo com o”, este verbo se descompone entre el “yo” [je] y el término que completa el ser: “Yo soy co miendo”. En el habla, el verbo “ ser” se elide fácilmente. Com o el falo, es correlativo de la nada. Yo puedo decir tanto: “ El cielo es azul”, com o: “ El cielo, azul”. La totali dad del ser, al que el hombre no sería capaz de alcanzar pasionalmente sin explotar, se duplica en sonido hablado: su habla es su ser desplazado. Presenta una totalidad del ser más económica, aunque de menor goce, que el cebado pulsional o la descar ga sexual.4 El exceso de goce del “ser”, primero rechazado al exterior, luego tapado por la pantalla de la palabra, se reencuentra finalmente en el verbo “ ser”, que une una palabra con otra. El ser fálico, que amenazaba al sujeto, se encuentra de ahora en adelante atado entre dos palabras (“esto es eso” ). La nada del ser fálico rechaza do se ha hecho verbo, y así su sujeto le sobrevive. De este modo, la gramaticalidad de la frase pone en tensión externa la represión originaria.
En un psicoanálisis, la translación de la angustia de castración del cuerpo al ni vel del cuerpo de las (rases se mide por el estremecimiento del inconsciente en la superficie de las palabras, en sus rupturas, sus lapsus, sus síncopas. No se pueden aislar dos procesos que serían, por un lado, el consciente, y por otro lado, el incons ciente. El inconsciente busca realizar el ser fálico gracias a la gramática, y actuar sobre el cuerpo de las frases, esto es, actuar sobre el cuerpo. Inútil ir a buscar el in consciente en áreas corticales “afectivas” ni, por otra parte, en las huellas mnésicas de sonidos del área de Broca: sus ingredientes se presentifican en la tensión gra matical, cuando eso habla a alguien, en el entrechoque de las palabras, en eso que las ata al poste del verbo ser. Al hablar, cada uno olvida el exceso de ser de su cuer po, al mismo tiempo que el exceso de ser de las sensaciones que reflejan este cuer po. Es por eso que toda sensación se traduce automáticamente en pensamiento:5
4. Es por este motivo que el habla es el instrumento de goce más ordinario, cuyo primer mensa je es decir “yo soy”. Se sabe que en un sentido análogo Descartes dedujo el ser de cualquier pen samiento (siguiendo en esto a sus amigos, los gramáticos de Port-Royal). Un pensamiento, es el Ser puesto al abrigo del exterior, entre las palabras. El “yo” [je], aliviado, se refleja aquí.
5. No existe una “conciencia primaria” del hombre semejante a la de los animales. Si hubiese que describir una “conciencia primaria” del hombre, ésta sería la de un caos angustiante, de objetos
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la significación incestuosa, que correría peligro de anonadar el cuerpo, de ahora en adelante fluye a toda velocidad en las autopistas del pensamiento. Los neuro- transmisores del hombre carburan con la nada. ¿Se encontrará el rastro de tal pro pulsión en las neuronas?6
El“ s u j e t o ” s u r g e d e l a i n t e r l o c u c i ó n
Para escapar de la pulsión, “eso” piensa solo, alguien piensa. El sujeto aparece en la línea de fuga de este pensamiento en el m om ento en que habla a alguien. Un úni co signo acústico entra en la com posición de una gran cantidad de significantes, que toman sentido en función de estar dirigidos al semejante. El sonido [li], por ejem plo, puede representar un mueble (cama [lit]), un sedimento en un tonel de vino (poso [lie]), una modalidad del verbo atar [lier] o el imperativo del verbo leer [lire], según el contexto. También puede ser la sílaba de una palabra en el curso de su for mación. Esta anfibología cae cuando [li] se ata en una frase dirigida a alguien, in
praesentia o in effigie. Efectiva o mental, la presencia del otro actualiza los sonidos
en significantes. El otro del habla nos revela lo que pensamos.7
El sujeto avanza com o un funámbulo sobre el hilo de las frases. Las palabras cal man su angustia y transforman la nada de su cuerpo en ser del verbo. El que habla se libera a medida que se expresa de la cortapisa de la significación fálica. El pensamien to se prorroga a medida que reabsorbe la angustia: su par ordenado nivela la contra dicción entre el ser y la nada que lleva toda sensación. El pensamiento entrega un su jeto a sensaciones que, de no haber estado el verbo, lo habrían anulado. Las palabras que lo liberan no son de él, no son de nadie: pertenecen a una lengua utilizada por un conjunto de semejantes. El semejante hacia el cual corre el pensamiento libera a la percepción de su potencialidad onírica. Si contemplo un objeto bello o un paisaje impresionante, su belleza podría cautivarme hasta angustiarme si permaneciese como su testigo solitario por demasiado tiempo. En cambio, si alguien me acompaña y le hablo de mi emoción o de otra cosa, entonces mi percepción se civiliza. La dimensión excesiva de la belleza se reprime en proporción directa esta transferencia.
fóbicos, de monstruos devoradores, primeros testimonios del rechazo de la pulsión, mundo se mejante al de los niños o al de ciertas formas de locura.
6. “En el comienzo era el Verbo”, se lee en el Génesis. Un materialista podría burlarse de este aforis mo, porque el universo no aparece porque es nombrado. Pero no habría considerado la diferen cia entre la palabra y el verbo. El universo aparece gracias al verbo, porque quien nombra nace él mismo como sujeto cuando habla.
7. En La Parole intérieure (Paris, 1881), M. V. Egger escribía: “Antes de hablar, apenas se sabe lo que se tiene intención de decir, pero [ ...] enseguida se está lleno de admiración y sorpresa por ha berlo dicho y pensado correctamente”.
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Eli n t e r l o c u t o r c a r g a e n t o n c e s c o n elp e s o d o b i.ed e lsery l a n a d a, d e l
AMOR Y EL ODIO
El ser del sujeto, desplazado por la enunciación de las frases, depende del modo o de la temporalidad de sus vínculos con los otros. Ver el mundo sin hablar de él o sin oír hablar de él se vuelve rápidamente una experiencia dolorosa. Si el hombre cesase de dirigirse a sus semejantes, en algunos días perdería los reparos espacio- temporales de este cuerpo del que no es locatario sino gracias al habla. El alquiler se paga con palabras. Si un hombre ya no encontrase a quien dirigirse, caería en su imagen, a riesgo de ahogarse en ella. Al ponerse a hablar, la cuestión del ser y de la nada se juega de ahora en adelante entre el locutor y el receptor. El habla lleva con sigo este desafío mortal hegeliano: prorroga la represión en el m om ento mismo en que se dirige al semejante. La nada que duplica la percepción de las cosas se dialec- tiza así en agresividad respecto al semejante. Pero, en el mismo momento, el seme jante a quien se dirige el habla autentifica el proceso de la represión gracias al cual existe el sujeto. Es por eso que hablar exige una forma de reconocimiento que, com o implica el ser, cualifica la especie de amor abstracto profundamente ambivalente que liga al hombre con el hombre.
La dialéctica de esta ambivalencia tiene una consecuencia: el incremento del sa ber. Cuando alguien habla con alguien, al mismo tiempo habla de algo. Hablar de manda el amor, y esta reclamación sólo se efectúa hablando de otra cosa, según una vía indirecta. Se habla de otra cosa que del amor que motiva el habla.8 Esta duplici dad genera una extensión de la denotación. Hace decir siempre más, puesto que al hablar de otra cosa todavía no se habrá hablado de lo esencial: del amor. Quien ha bla se empeña en describir en detalle un objeto cualquiera, mientras que un pensa miento totalmente distinto le obsesiona. De m odo que la acumulación de cualidades de la cosa efectivamente descrita va a dar una información más grande que la que habría sido proporcionada por un simple signo. El lenguaje humano parece menos directo y menos práctico que un sistema de signos unívocos. Pero finalmente acarrea un almacenaje de informaciones más extenso, en el orden del saber consciente.
Eso no es todo, porque con esta extensión de los conocimientos otro conocimien to, el inconsciente, también se revela hablando. Cuando buscamos expresarnos, nues tro hablar dice más que lo que quisiéramos decir. Formulamos opiniones que pueden sorprendernos a nosotros mismos. A veces forjamos por completo versiones novela das de eventos y de nuestra vida, o incluso mentimos sin intención previa, o creyen do que dijimos la verdad. Además de esta proliferación inventiva que el habla añade a nuestras rumias interiores, hay que contar los lapsus, los errores de gramática, los
8. El amor es uno de los destinos de la pulsión (véase S. Ereud, “Trabajos sobre metapsicología”,
op. cit.).
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errores involuntarios, así com o las agudezas, las burlas, burlarse de uno mismo, las quejas, las agresiones más o menos abiertas: estas manifestaciones se nos escapan. No forman parte de nuestros pensamientos solitarios. El habla añade pues al pensa miento este montón de informaciones que a menudo siguen siéndonos enigmáticas una vez proferidas. Sentimos claramente que, en estos excesos, pequeños y grandes, se encuentra agazapada nuestra intención más profunda: nuestras ficciones, nues tros errores y nuestras mentiras dicen nuestra verdad inconsciente. Inútil buscar una localización cerebral del inconsciente, ya que se encuentra en el acto locutorio de los pensamientos ordinarios.9 Sacamos la importante conclusión de que el acto de for mar palabras no lleva a cabo más que el primer tiempo de la represión. Un segundo tiempo se riza en el momento en que el habla se dirige a alguien.
9. El psicoanálisis experimenta cotidianamente el retorno de lo reprimido por medio de la pala bra. El dispositivo psicoanalítico suelta dos amarras habituales de la conversación: el analista no es visible, y se expresa con parsimonia. Gracias a esta baja de tensión de la palabra, lo reprimido retorna a través de lapsus, de errores de gramática o de lógica. En la medida en que estas forma ciones del inconsciente son equivalentes a los síntomas, la acción por la palabra los alivia.
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