Los m alentendidos de la palabra inconsciente
IX. Particularmente, el sujeto de la psicosis duda constantemente de su nombre Habla, esto es se guro, pero puede experimentar bruscamente que lo que dice o lo que piensa le viene de afuera,
como un eco del pensamiento, como un pensamiento forzado, o cuando alucina y se desdobla entre sus pulsiones y su conciencia. Más a menudo, las mujeres más que los hombres, tienen la intuición de que la posesión de un nombre no está tan asegurada, dado que pueden querer per derlo por amor.
19. El don más difícil y de mayores implicancias para un padre consiste en aceptar la violencia de esta toma de nombre, latente durante la infancia, pero más sensible en la adolescencia. Esta acepta ción significa que el padre deja actuar, o que incita a actuar: que autoriza los juegos, que impul sa a estudiar, que acepta la vida sexual exogámica de sus hijos, etc.
20. La ley francesa autoriza a una madre a dar su nombre a un niño, que llevará entonces el nom bre del padre de esta madre. Por cierto, ella puede darle este nombre, pero no es seguro que él lo tome, porque ¿qué motivo edípico tendrá para hacerlo? Por el contrario, la rivalidad con un pa dre da un sentido a la toma de su nombre
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varias personas. Ése fue el caso de Edipo en el mito tebano: él tiene dos padres, uno para el odio, otro para el amor.21
Esta articulación entre dos funciones paternas constituye un “com plejo”, es decir, un conjunto contradictorio, pero solidario y covariante, rizado según un ciclo deter minado. Así, en la mayor parte de casos, el odio es reprimido en provecho del amor. Pero este amor al padre se vuelve entonces un enorme problema porque, com o todo amor, genera un deseo sexualizado. O, más exactamente, este deseo produciría con secuencias sexuales si no fuese reprimido. El solo pensamiento de estas consecuen cias genera un “ traumatismo sexual subjetivo”, producto final y núcleo de la repre sión propiamente dicha en las distintas formas de neurosis. El traumatismo sexual (únicamente subjetivo, naturalmente) estructura la subjetividad ordinaria. Este trau matismo da su impulso al fantasma de asesinato del padre, reprimido.
El proceso que se acaba de describir articula el pasaje de la represión primordial (rechazo de las pulsiones) a la represión propiamente dicha (referida al parricidio edípico). Una represión que, al principio, se dirigía a la demanda pulsional materna (el incesto), se vuelve, al final del recorrido, una represión del traumatismo sexual por parte del padre (el fantasma de seducción). Lo que era pulsional en el origen, reprimido gracias a la sonoridad de las palabras, desemboca en el problema del su jeto de este lenguaje y del nombre que le permite apropiárselo.
Es c r i t u r a s i n t o m á t i c a d e l i n c o n s c ie n t e
Este nudo de contradicciones, que se son solucionadas provisoriamente una por la otra, permanece inconsciente: la representación inconsciente no se integra a la que es consciente.22 El inconsciente trabaja en lo consciente a partir de dos dimen siones, por ejemplo, las de la ambivalencia. Mientras que esta contradicción no sea subjetivada, puede engendrar síntomas que exterioricen la ambivalencia: el cuer po habla en lugar del sujeto. En esa neurosis ordinaria que es la histeria, por ejem plo, la ambivalencia respecto del padre engendra un deseo de ser amado (o amada) al mismo tiempo que una ocultación de las consecuencias sexuales del amor (deseo de no deseo). Muchos síntomas proceden de esta duplicidad respecto del padre: la frigidez, las cistitis, la anorexia, o incluso la ceguera histérica. Los problemas de la visión, que llegan hasta la pérdida de la vista en la histeria, muestran cóm o un sín-
21. Sobre el mismo modelo, la mayor parte de los niños piensan alguna vez que han sido adoptados. Así, se dan dos padres. Otros delegan una de las funciones paternas que los asusta a un animal fóbico (totémico). La denominación religiosa de un “Padre eterno” ilustra este nudo de ambiva lencia: la palabra eterno lleva en sí misma la contradicción, dado que significa a la vez “muerte” y “vida eterna”.
22. Por ejemplo, una mujer que quiere cambiar por amor su nombre para tomar el de su esposo, al repudiar su nombre, mata simbólicamente a su padr
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t ;OMO IA S Nt'UROOir.NCIAS DIÍMUF.STRAN I I PSICOANALISIS
toma tan incapacitante sucede a la ambivalencia. Será necesario “ser visto (o vista)” para gustar y ser amado (o amada). Pero, com o hay que reprimir la consecuencia sexual de la seducción, la secuencia completa consiste “en ser visto (o vista) sin ver”. El síntoma se estructura a continuación de la ambivalencia respecto del padre y del traumatismo sexual subjetivo.
Pueden señalarse numerosos signos orgánicos de estas consecuencias y, natu ralmente, se encuentran relaciones entre estos signos. Así, se tendrá la impresión de haber comprendido el proceso de la ceguera histérica en el organismo, mientras que se estructura por fuera de él, por medio del amor y de la relación con el nom bre propio. Edelman y Tononi intentaron establecer dichas relaciones intra-orgá- nicas. C om o ellos observan, por ejemplo: “ una persona que padece de ceguera his térica puede evitar obstáculos, y sin embargo afirma no haber visto nada. Es posi ble que, en este tipo de personas, un pequeño reagrupamiento funcional, incluyen do ciertas áreas visuales, sea activo de manera autónoma y no se mezcle con el re agrupamiento funcional, sino que sea capaz de acceder a las rutinas motrices de los ganglios de la base y demás”.23
En su esfuerzo por comprender la neurosis y hacerla corresponder con confi guraciones neurofisiológicas, también escriben, a propósito de la neurosis obsesiva: “ las obsesiones y las compulsiones tiene así los rasgos característicos de las rutinas inconscientes, estereotipadas y rígidas que se imponen a la conciencia com o si algu nos puertos de entrada y salida estuviesen abiertos de manera patológica”.24 Siempre se encuentra un material propicio para este tipo de comparaciones, pero tales ana logías conciernen a un eslabón intermediario: la causa de los bloqueos no procede de la rigidez portuaria de las neuronas, sino de la posición neurótica del sujeto.
Hacer decir a las neuronas aquello de lo que son la consecuencia reduce las ex plicaciones al nivel de las que tenían lugar antes de Freud. El deseo sexual era, en el mejor de los casos, considerado com o aquello que el hombre conservaba de animal, y que, la mayor parte del tiempo, perduraba en silencio. Esta negligencia en reali dad era proporcional a la obscenidad con que se consideraba la sexualidad. No sin razón, porque el erotismo humano se determina en función de un horror al inces to que lo separa para siempre de la naturaleza. La represión no arroja un velo sobre una parte animal del hombre, sino sobre la parte más cultural, que es la que se ho rroriza del incesto. Tomar el lugar del padre implica una dimensión incestuosa, pero es necesario haberla tomado para hablar en su nombre, reprimiendo el sentido esta entrada en la humanización. El nombre del padre, exterior a los nervios, rige el uso del habla. Hay que tener un nombre para utilizar este sistema de información espe cial, cuyas condiciones de posibilidad son la represión de lo sexual. A este respecto,
23. G. M . Edelman y G. Tononi, Comment la matiére devient conscience, op. cit., p. 226.
24. Ibid., p. 225. Los “puertos” son las conexiones de entrada y de salida de un núcleo al otro, cons
ciente e inconsciente.
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el horror al incesto o el de la causalidad significante son equivalentes, y la represión se perpetúa en la “ciencia” misma, dado que ella ignora la importancia del habla.
Eld e s e o i n c o n s c i e n t e
La posición del inconsciente en relación a lo consciente acaba de ser detallada en varios de sus aspectos, pero un malentendido especial, que concierne al inconsciente, merece ser tratado aparte: el que concierne al deseo. Conviene examinarlo de forma separada, porque su incomprensión entraña experimentaciones sin relación con los problemas planteados (las experiencias sobre el sueño, por ejemplo, serían aligeradas enormemente si los investigadores tuviesen una idea del deseo inconsciente).
El deseo inconsciente no corresponde a nada memorizado ni memorizable. Se puede ordenar la mezcolanza de hechos pasados, pero no es en este sentido que la historia se subjetiva y que los síntomas desparecen. A menudo, la reconstrucción aporta pocos hechos nuevos, salvo por deducción.25 “ Reconstrucción del pasado” quiere decir, sobre todo, que los hechos conocidos, pero deshabitados, cobran sen tido bruscamente, se encadenan a otros hechos deshabitados. ¡El pasado revive, se subjetiva! Y el saber, sepultado en el dolor del síntoma, en adelante se vuelve obso leto. Una vez que se lo ha mirado a la cara, se lo puede olvidar. El deseo inconscien te procede sin duda del pasado, pero no lo respeta y, por el contrario, se esfuerza por escapársele: una simple repetición no poseería ninguna fuerza dinámica pro pia. ¿Por qué el pasado se repetiría? Por el contrario, un pasado traumatizante en gendra un deseo de escaparle. El temor al incesto y al asesinato empuja, por ejem plo, a Edipo a huir, pero él no sabe ni a dónde va ni qué busca. ¡Hay que partir! En este sentido, su deseo inconsciente sólo se define negativamente. La conciencia no comprende lo que busca, sino que lo busca.
El deseo del adulto no consiste en transgredir una prohibición intrafamiliar. Por el contrario, consiste en escapar de la familia. La madre ya no es deseada repetitiva mente, sino la mujer, la cual, de alguna manera, le permite escapar de la madre. Los términos del deseo incestuoso se invierten punto por punto. En la infancia, la ma dre era deseada (y esto sigue siendo verdad en las repeticiones neuróticas). Pero el deseo se estructura a continuación con la represión horrorizada de este primer in cestuoso. El pasaje de la endogamia a la exogamia significa que el deseo se vuelca hacia una mujer diferente de la madre. El incesto es el motor negativo de un deseo que ignora su objeto: lo desconocido es su destino perpetuo. La pulsión incestuo sa es de ayer, hoy y mañana. En cuanto al deseo, éste sólo se interesa por el maña na, y espera al sujeto por delante de él: pareciera com o si, una vez que el sujeto ha
25. Por ejemplo, cuando un analizante emprende investigaciones y descubrimientos sobre su pasado.
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mordido su anzuelo, el deseo tirase de él hacia delante, sin dejarle la menor chan ce de liberarse. El deseo inconsciente exogámico ya 1 1 0 quiere saber nada del pasa do; se encuentra tendido por completo hacia las realizaciones futuras. ¿Hacia qué meta se encuentra tendido el deseo de ahora en adelante? El sujeto no lo sabe. Lo que no quiere atormenta su deseo de otra cosa. Continuamente, transgrede ese pa sado que querría tirar atrás.26
Desde este punto de vista, el psicoanálisis libera el deseo de las escorias del pasa do que le ponen trabas. Lejos de reducirse a la repetición de recuerdos patógenos, el deseo liberado de sus fijaciones infantiles se vuelca hacia el futuro. Progresa apo yándose sobre su contrario en un único “com plejo”, propulsado por el rechazo del incesto.27 En consecuencia, el deseo inconsciente jamás puede ser satisfecho, dado que su objeto escapa a la realización. Se podría temer que esta característica fuese una fuente de sufrimiento. La experiencia muestra, por el contrario, que la insatis facción estructura ordinariamente una satisfacción.28 Este placer de la falta corres ponde a la relativa perversidad del deseo humano, que se satisface tan constante mente del deseo por el deseo, hasta el punto de olvidar lo que desea exactamente. Una mujer puede gozar solamente de las miradas concupiscentes que le son arro jadas cuando se pasea por la calle porque es deseada o porque se lo imagina. Asi mismo, un hombre puede gozar de un amor imposible, incluso si declara que eso lo hace sutrir. Además, puede hacer de este tipo de situaciones una especialidad, al apasionarse preferentemente con mujeres casadas, extranjeras de los países más re motos posibles, homosexuales o, más simplemente, mujeres que no lo aman. Nada lo fastidiaría más que su amor fuese correspondido.
La insistencia del deseo inconsciente en lo consciente, y más allá de las razones que el sujeto pueda darse, alcanza a toda observación de la actividad humana. Al es tudiar el desarrollo de una acción, la neurofisiología describe lo que observa en un área cortical, a nivel de partículas tan elementales com o se quiera. Pero no sabría desparasitar esta acción de un contenido psíquico variable que entrañe la partici pación de otras áreas cerebrales. Este contenido psíquico se complejiza si la acción debe superar una inhibición, o si el sujeto quiere y no quiere realizarla (si está divi dido), o aún si la acción significa más que su realización inmediata. El motivo de las conexiones de este contenido psíquico escapa al observador (y, por lo demás, muy a menudo también al actor). Sin embargo, según este contenido, el acto será o no será inhibido, generará o no un síntoma. Si la realización deliberada de un acto genera
26. En este sentido, e! grado de imitación en la infancia define el grado de neurosis que culmina en la compulsión de repetición.
27. Las reminiscencias de la infancia no permiten comprender esta característica del deseo, que no entra en el cajón afectivo de la “ memoria implícita” descrita, por ejemplo, por los cognitívistas. 28. La producción de endorfinas refleja esta característica del deseo. En efecto, la dopamina anticipa
una recompensa que aún no se encuentra allí, de manera que la falta de objeto participa de un goce orgánico.
I i í K A R P r O M M I l ' H
involuntariamente un disgusto, retorcijones de estómago o vómitos, el neurofisió- logo registrará de nuevo una excitación de algunos paquetes de neuronas y, buscan do bien, encontrará un déficit de algunos neurotransmisores. Sin embargo, estas in formaciones exactas, que son efectos, no dicen nada de su causa. La neurofisiología podría conocer esta causalidad gracias al habla. Pero aquí se trataría de otro proce dimiento, a menudo invalidado de forma anticipada en nombre de una concepción de la objetividad que arruina lo que pretende estudiar, a saber, la subjetividad.
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