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Hoy haré la cena de mi familia. Con el aceite muy caliente, haré un sofrito de cebolla y pimiento verde hasta que empiece a cara melizarse y ponerse dorado. Añadiré cilantro y chile en polvo, ha ciendo una mezcla fragante y sazonada; después -cuando esta fan tástica mezcla esté a punto de quem arse- añadiré unos tomates troceados. Cuando empiece a salir vapor, le quitaré la grasa con una espátula de madera, y a continuación añadiré alubias de riñón, frijoles, maíz y trigo precocido en salsa de tomate. Cuando toda la mezcla haya vuelto a hervir, bajaré el fuego al mínimo. Tardaré menos de media hora, buena cosa para la cena de un atareado día laborable de otoño.
Después encenderé velas para la mesa, las lucecitas votivas y el farol y -s i estoy de humor las seis velas de la lámpara del te cho. Pondré los manlelitos, los platos, los vasos y los cubiertos. Convocaré a la familia desde todos los rincones de la casa, nos sentaremos, y yo llevaré la cazuela a la mesa. Rezaremos la ora ción de acción de gracias, adaptación de una bendición judía que ha empleado el pueblo de Dios durante milenios: «Bendito seas Señor Dios, Rey del universo, que nos has dado estos alimentos». Y, finalmente, nos comeremos nuestro chile.
Hn realidad, no es exactamente así, porque a mis hijos no les gusta el chile.
Protestan en cuanto ven un pimiento verde asomando en el re cipiente, y no Ies gustan mucho los tomates, aunque -com o Cathcrine y yo les hemos hecho ver una y otra v ez - no tienen na-
da que objetar cuando esos mismos ingredientes se sirven en la salsa para los spaghetti.
Dentro de unos años, cuando mis hijos sean más mayores, es probable que les guste el chile, los pimientos verdes y todo lo de más. Pero supongamos que no; supongamos que esta parte de nuestra cultura familiar les sigue pareciendo una violación de sus papilas gustativas y de la Ley de No Combinar Cosas Verdes y Ro jas. ¿Qué opciones tienen?
Pueden protestar cada vez más fuerte, hasta que Catherinc y yo renunciemos por completo a hacer chile. El problema en este caso es que a Catherine y a mí nos encanta verdaderamente nuestro chi le. Cada año, cuando llegue el otoño, haremos chile hasta que sea mos demasiado ancianos para partir las cebollas. Y no somos unos padres particularmente indulgentes; lo que se sirve de cena es lo que hay de cena.
En lugar de limitarse a protestar, nuestros hijos pueden incre mentar los matices de su crítica al chile, explicando con mayor de talle por qué los pimientos verdes son demasiado amargos y por qué los tomates apetecen cuando están hechos puré, pero espantan cuando están bien rechonchos.
Alternativamente, nuestros hijos pueden simplemente arrojar la toalla y comer lo que les servimos. Podrían llegar incluso a to lerar, si no a gustarles, los pimientos verdes y los tomates rechon chos. O, en el otro extremo, cuando sean lo suficientemente ma yores, podrían dejar simplemente de venir a cenar. Una vez que dejen la casa, podrán cocinar su chile como les parezca.
Por el momento, sin embargo, están atrapados; si no quieren chile, no hay cena hasta mañana por la noche. En lo que a mis hi jos concierne, nuestra cena no tiene alternativa. Y no es probable que ninguna de esas estrategias cambie el menú de una fresca no che otoñal en la que estamos justos de tiempo y buscamos una ce na alimenticia y que nos deje satisfechos.
No obstante, sí hay una cosa que nuestros hijos podrían hacer y que podría tener un efecto decisivo en nuestra cultura familiar en cuanto a la comida. Si yo llego a casa un martes por la noche den tro de unos años (cuando sean lo bastante mayores como para po der dejarles usar cuchillos) y me encuentro que la cena ya está ha ciéndose, aunque no sea chile, es muy probable que esté encanta-
do. En especial, si la comida que se está preparando supone una mejora sustancial con respecto a la usual: está rica y es incluso más creativa que la que yo habría preparado.
Consideremos esto una parábola del cambio cultural que ilus tra esta regla fundamental: El único medio de cambiar la cultura
es crear más cultura. Esta sencilla pero elusiva realidad se deduce
de las observaciones que ya hemos hecho acerca de la cultura. En primer lugar, la cultura es la acumulación de cosas muy tangibles: las cosas que las personas hacen con el mundo. Esto se ve oscure cido cuando la gente habla de la cultura como de algo vago y eté reo, como, por ejemplo, la comparación habitual entre los seres humanos en la cultura y el pez en el agua. El pez, suponemos no sotros, es totalmente inconsciente de la existencia del agua, por no hablar de todos los modos en que el agua posibilita tanto como li mita su vida de pez. Aunque sin duda es cierto que la cultura pue de tener en nosotros ciertos efectos de los que no seamos cons cientes, la cultura misma es todo excepto invisible. La oímos, la olemos, la gustamos, la tocamos y la vemos. La cultura, o se pre senta ante nuestros cinco sentidos, o no es cultura en absoluto. Si la cultura ha de cambiar, lo hará porque nuevas cosas tangibles (o audibles o visibles o gustables) se presenten ante un público lo bastante amplio como para comenzar a remodelar su mundo.
En segundo lugar, como ha observado el filósofo Albert Borgmann, las culturas humanas poseen la extraña aunque afortu nada propiedad de ser siempre completas'. Ninguna cultura se ex perimenta a sí misma como de poca entidad o incompleta. Consi deremos el lenguaje. Ningún lenguaje humano les parece a sus ha blantes falto de capacidad de describir todo cuanto experimentan; al menos, todos nuestros lenguajes se quedan cortos en los mismos límites del misterio. Aun cuando, por ejemplo, nuestros lenguajes dividen el espectro del color de formas muy distintas, todo len guaje humano tiene un nombre para cada color que sus hablantes pueden ver. Nadie está esperando que suija una nueva palabra pa ra poder empezar a hablar del amarillo. En consecuencia, el cam- I.
I . Albcrt Borgmann. Technology and ihe Characier o f Conumporary l.ife.
bio cultural sólo tendrá lugar cuando, en alguna medida, algo nue vo desplace de un modo sumamente tangible a la cultura existen te. Nuestra familia cena todas las noches, y si continúa la prospe ridad de nuestro país, seguiremos haciéndolo. Nuestra cultura de la cena sólo cambiará si alguien nos ofrece algo lo suficientemen te nuevo y convincente como para desplazar a los platos que ac tualmente componen nuestro menú.
Por lo tanto, si tratamos de cambiar la cultura, tendremos que crear algo nuevo, algo que persuada a nuestros conciudadanas de dejar a un lado algún conjunto de bienes culturales existente y sus tituirlo por nuestra nueva propuesta. Y tengamos presente que hay diversas estrategias posibles, ninguna de las cuales, por sí misma, tendrá ningún efecto en absoluto sobre la cultura.
Condenar la cultura. Los niños amigan la nariz ante el chile
por muchas razones, en su mayoría infantiles. Pero a los adultos también puede disgustarles la cultura, y a menudo por muy buenas razones. Sin embargo, si lo único que hacemos es condenar la cul tura -especialmente si lo principal que hacemos es limitarnos a ha blar entre nosotros, de acuerdo todos en lo mal que se están po niendo las cosas-, es verdaderamente muy improbable que tenga mos ningún efecto cultural, porque la naturaleza humana aborrece el vacío cultural. Es muy raro que los seres humanos renuncien a un conjunto de bienes culturales sólo porque alguien los condene. Necesitan algo mejor, o su actual conjunto de bienes culturales tendrá que valer, por deficiente que pueda ser.
Consideremos la industria cinematográfica. Una larga cadena económica va de los guionistas, directores, actores y productores de las películas, pasando por los distribuidores y los cines, hasta los espectadores de un viernes por la noche. En cada eslabón de la cadena hay tremendos incentivos para mantener en marcha el ci clo de producción, distribución y consumo. Supongamos que no nos gusta lo que el cine local proyecta en un determinado fin de semana. Por mucho que protestemos -condenando los bienes cul turales que se ofrecen-, a no ser que ofrezcamos una alternativa. seguirá exhibiéndose.
Criticar ¡a cultura. ¿Y si somos un poco más sutiles? No con
criticándolas cuidadosamente para mostrar lo inadecuadas que son o lo desencaminadas que están. Puede que incluso reconozcamos que algunas películas poseen ciertas cualidades redentoras, y em pleamos una gran cantidad de energía especificando los momentos en que lo hacen. Podemos elaborar unos análisis muy complejos de los bienes culturales que nos circundan. Y no cabe duda de que. si nuestros análisis adoptan la forma de palabras sobre el papel, voces en un podcast o texto en Internet, el análisis mismo es un bien cultural. Pero la deprimente verdad -especialmente para aquellos de nosotros que se ganan la vida como críticos cultura les- es que la crítica y el análisis muy rara vez cambian la cultura. Durante varias décadas, los beneficios de Hollywood se han visto acrecentados por grandes éxitos y continuaciones de los mismos, que a menudo han sido criticados severamente por los más respe tados críticos. Por cáusticas (o positivas) que hayan sido las críti cas, año tras año los éxitos del verano baten récords. Los análisis de los críticos no han tenido más que un mínimo efecto en los éxi tos y los fracasos, superados con mucho por el respaldo transmiti do boca a boca por la gente corriente que busca un entretenimien to el viernes por la noche.
Los críticos que escriben en los periódicos y en las páginas web populares pueden tener al menos la esperanza de que miles de lectores lean sus opiniones. Sin embargo, los más prolíficos pro ductores de análisis cultural se encuentran en el mundo académi co. aunque fuera del enrarecido mundo de las universidades; las críticas cultas, positivas o negativas, rara vez toman contacto con la cultura en su conjunto. Dentro del mundo cultural académico, las obras de análisis pueden tener incidencia, crear y destruir ca rreras e incluso iniciar escuelas de interpretación; pero esas obras permanecen inertes si no salen nunca de su torre de marfil. La fa lacia académica consiste en que. una vez que se ha comprendido algo -se ha analizado y criticado-, se ha cambiado. Pero las bi bliotecas académicas están repletas de brillantes análisis de todas las facetas de la cultura humana que no han tenido la más mínima incidencia en el mundo que está más allá de sus estantes.
Sin duda, los mejores críticos pueden cambiar el marco en el que los creadores realizan su obra, estableciendo el criterio de me dición de las futuras creaciones. Pero este análisis sólo tiene una
influencia duradera cuando alguien crea algo nuevo en el ámbito público.
Copiar la cultura. Otro enfoque un tanto distinto de una cul
tura insatisfactoria es imitarla reemplazando los aspectos ofensi vos por otros más aceptables. Una subcultura dentro de la socie dad norteamericana podría decidir que la mejor solución al erráti co estado de la industria cinematográfica es iniciar una industria cinematográfica propia completa, con productores, directores, guionistas, actores e incluso salas de cine, y crear una especie de industria cinematográfica paralela que arregle los obvios proble mas de la corriente principal de la industria cinematográfica. Las nuevas películas creadas y distribuidas por este sistema serían ciertamente bienes culturales de algún tipo. Pero si no se exhibie ran nunca en los cines normales -si, de hecho, fueran creadas y consumidas enteramente por miembros de una subcultura particu lar-, no tendrían influencia alguna en la cultura de las películas normales.
Después de todo, cualquier bien cultural únicamente mueve los horizontes del público concreto que lo experimenta. Para el resto del mundo es como si esa muestra de cultura, por excelente o importante que pueda ser, no existiera. La cultura imitativa po dría proporcionar un refugio seguro de la corriente dominante, pe ro los que nunca se encontraran con ella seguirían yendo a las pe lículas como hacían antes. Cuando copiamos cultura dentro de nuestros enclaves privados, la cultura en su conjunto permanece inalterada.
Consumir cultura. Otro posible enfoque, sin embargo, consis
te. sencillamente, en consumir cultura, puede que selectiva o in cluso estratégicamente. En una sociedad de consumo, las opciones de los consumidores tienen un poder innegable en la configuración de lo que se produce. ¿Qué ocurriría si un número suficiente de consumidores decidiera votar con su dinero a fin de obligar a Hollywood a producir un tipo distinto de películas?
Entre los cristianos es fácil que la película más controvertida del año 2006 fuera El código Da Vtnci, versión cinematográfica del detectivesco y gnóstico «bestsellcr» de Dan Brown. Barbara Nicolosi, guionista y líder cristiana de Hollywood, escribió un co-
mentario sumamente perspicaz que se publicó en la conocida web «Chrístianity Today Movics»'. Nicolosi rechazaba la idea de que
El código Da Vinci (la película o la novela) pudiera ser «emplea
da» constructivamente o vista como un recurso para la «cvangeli- zación». «¿Es la calumnia una oportunidad? ¿Es la superioridad iracunda una oportunidad? [El código Da Vinci] representa la mis ma “oportunidad" que las persecuciones romanas ofrecieron a la Iglesia primitiva». Pero observaba también que el boicot, el último recurso usual de los cristianos descontentos con un producto cul tural y con sus productores, sencillamente no funcionaría:
«Cualquier publicidad es buena publicidad. Las protestas no sólo alimentan la taquilla, sino que hacen que todos los cris tianos parezcamos idiotas. Y las protestas y los boicots no contribuyen en nada a configurar las decisiones que se están tomando ahora respecto de qué películas hará Hollywood en los próximos años. (O convencen a Hollywood de hacer más películas que susciten las protestas de los cristianos, lo que au mentará aún más la taquilla).
Hay quien sugiere que. sencillamente, ignoremos la pe lícula. Pero el problema de esta opción es que la taquilla es una urna de voto. Las únicas personas cuyo voto cuenta son las que compran la entrada; si te quedas en casa, tiras tu voto por la ventana y no contribuyes en nada al proceso de toma de decisiones de Hollywood acerca de qué películas se harán pa ra la gran pantalla».
Nicolosi propone una alternativa ingeniosa y (por lo que yo sé) inédita: el «otracot».
«En la semana del estreno |de El código Da Vinci], debes ir al cine, pero a ver otra película. Ése es tu modo de emitir tu vo to, el único voto que Hollywood reconoce: el poder del frío di nero depositado en una taquilla en la semana del estreno... La
2. Barbara NtCOLOSl, «Lct*s Othercott Da Vinci»: Chrístianity Today Movics (3 de mayo de 2006), < http://www.christianitytoday.com/movics/ commcntarics/2006/othcrcoti.hlml>. Nicolosi es directora de Act One, ex celente programa de formación para jóvenes guionistas, y publicó primero este artículo en su «hlog* de < http://churchofthcmasses.blogspot.com>.
película principal prevista para estrenarse contra [El código
Da Vinci) es el film de dibujos animados de DreamWorks ti
tulado Over ihe Erige | Vecinos invasores). El “tráiler" parece divertido, y puedes llevar a tus hijos. Y a tus amigos. Y a sus amigos. De hecho, vayamos todas a verla.
Oesestahilicemos la taquilla de un modo que nadie espera, sin protestas, sin boicots, sin discusiones, sin rencor. Acuda mos a la urna que es la taquilla y emitamos nuestro voto. Y compremos también unas palomitas».
Hay varias cosas que comentar acerca del artículo de Nicolosi. En primer lugar, su artículo era en sí un bien cultural, y además creativo. Incluso acuñó un nuevo término para describir la nueva estrategia cultural que proponía. Nicolosi, lejos de limitarse a con denar. criticar o copiar cultura, hacía todo lo posible por ser crea tiva frente a un auténtico (aunque también resultó aburridísimo) desafío a la fe.
En segundo lugar, su artículo, que comenzó colgado en su «blog» Church o f ihe Masses, tuvo un significativo éxito como bien cultural, es decir, fue publicado con éxito en sentido literal: atrajo la atención de un público que comenzó a hacer algo con él. No sólo «Chrístianity Today Movics» lo recogió y lo volvió a pu blicar, sino que la búsqueda en Google indica que la palabra otra-
cot fue utilizada en mil ochocientos sesenta webs en las semanas
posteriores a la primera publicación de Nicolosi.
Pero la tercera observación acerca de la interesante sugerencia de Nicolosi de «otracot» es un tanto desalentadora. Como estrate gia de cambio cultural, apenas tiene oportunidad de éxito, como resulta claro al comprobar las cifras. Una ojeada clandestina a las estadísticas web de mi patrón muestra que el artículo de Nicolosi tuvo entre treinta y cuarenta mil lectores durante el mes de mayo, y supongamos que un número similar encontró el artículo a través de «links» en otras webs; es decir, tuvo un total de setenta y cinco mil lectores. La tasa de respuesta usual a cualquier llamamiento a la acción -y a sea una invitación a hacer clic en un «link» de una página web o a enviar un donativo a una causa- es del orden de porcentajes de una sola cifra, como editores y políticos saben bien; y, como es natural, las cifras bajan cuando se trata de gastar una cantidad de dinero y de tiempo. Pero seamos generosos y supon-
gamos que el llamamiento de Nicolosi generara una inédita res puesta de un veinte por ciento. Supongamos también optimista mente que cada uno de esos motivados y exccpcionalmente influ yentes lectores llevaran a sus hijos (2,54, por supuesto) y a los amigos de sus hijos (2 más) y a sus propios amigos (otros 2 más) a ver Vecinos invasores la semana del estreno. Ello supondría un total de ciento trece mil personas que compraron entrada a unos ocho dólares de media, lo que asciende a unos ingresos para los es tudios algo superiores a novecientos mil dólares, digamos un mi llón incluyendo las palomitas.
Pues bien, no es nada. I-os ingresos brutos de Vecinos invaso
res en el fin de semana de su estreno fueron de treinta y ocho mi
llones y medio de dólares, y los ingresos brutos de El código Da
Vinci en el mismo fin de semana fueron de setenta y siete millo
nes de dólares. Finalmente, Vecinos invasores llegó a unos ingre sos brutos en los Estados Unidos de ciento cincuenta y cinco mi llones de dólares, y El código Da Vinci llegó a los doscientos die ciocho millones. (Cifra impresionante únicamente para los ajenos a Hollywood, dado que se situó únicamente en el puesto número doscientos de la clasificación de películas de éxito)'.
En otras palabras, una respuesta asombrosamente entusiasta al llamamiento de Nicolosi al consumo alternativo habría producido