Llevar más allá los horizontes de lo posible.
N o basta con condenar la cultura. T am poco basta con limi
tarse a criticarla, copiarla o consumirla. El único m odo de
cambiar la cultura consiste en crearla.
A N D Y C R O U C H lanza un im presionante manifiesto en
el que llama a los cristianos a ser creadores de cultura. La
cultura es lo que hacem os con el m undo, tanto al crear
objetos culturales com o al dar sentido al m undo que nos
rodea. Haciendo sillas y tortillas, idiomas y leyes, participamos
en la creación y la transform ación de la cultura que 1 )ios
mismo efectúa.
M odelo en el tratam iento del tema que centra su interés,
este libro, que constituye un hito, será sin duda alguna el
santo y seña de una nueva g e n e ra c ió n de cristianos
culturalm ente creativos. Ú nete al m ovim iento que va de
consumir a crear. 1 )escubre tu vocación de creador de cultura.
ISBN 978-84-293-1841-8
Colección «PRESENC IA SOCIAL»
35
Andy Crouch
Crear cultura
R e c u p e r a r n u e s tr a v o c a c ió n c r e a tiv a
Editorial SA L TER R A E Santander - 2010
Título del original en inglés:
Culture Making. Recovering our Creative Calling
<D 2008 by Andy Crouch Publicado por InterVarsity Press P.O. Box 1400, Downers Grove, 1L, 6051$, USA
con cuya autorización se traduce y publica la presente edición en español.
Traducción:
Milagros Amado Mier
Imprimatur:
+ Vicente Jiménez Zamora Obispo de Santander
29-04-2009
O 2010 by Editorial Sal Tenue Polígono de Raos. Parcela 14-1 39600 Maliaño (Cantabria) Tino.. 942 369 198 / Fax: 942 369 201 salteme@ salterrae.es / www.salterrae.es
Diseño de cubierta: María Pércz-Aguilcra [email protected]
Reservados todos los derechos.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida, total o parcialmente,
por cualquier medio o procedimiento técnico sin permiso expreso del editor.
Impreso en España. Printed in Spain
ISBN: 978-84-293-1841-8 Depósito Legal: SA-968-09
Impresión y encuademación: Artes Gráficas J. Martínez, S.L.
índice
Introducción ... 9
Primera Parte: CULTURA 1. Los horizontes de lo posible ... 17
2. Mundos culturales ... 41
3. Demoliciones, tecnología y cambio ... 56
4. Cultivo y creación ... 75 5. Gestos y posturas ... 90 Segunda Parte: EVANGELIO 6. El jardín y la ciudad ... 119 Interludio ... 139
7. La menor de las naciones ... 143
8. Jesús como creador de cultura ... 158
9. De Pentecostés... 173
10. ...al Apocalipsis ... 188
Tercerapartí-::
VOCACIÓN
12. Por qué no podemos cambiar el mundo ... 219
13. Las huellas de Dios ... 237
14. Poder ... 254
15. Comunidad ... 277
16. Gracia ... 291
Postdata: El artista en su e s tu d io ... 309
En m em oria de mis abuelos, H om er y A lice Crouch y A sa y Ann Bennett,
y en la esperanza de los hijos de m is hijos.
Su descendencia le servirá:
hablará del Señor a la edad venidera, contará su ju sticia al pueblo p o r nacer: «A sí actuó el Señor».
Introducción
La esencia de la infancia es la inocencia. La esencia de la juventud es la receptividad. La esencia de la edad adulta es la rcsponsabili- dad. Este libro es para personas y para comunidades cristianas que se encuentren en el umbral de la responsabilidad cultural.
Ya llevamos varias décadas en las que muchas de las manifes taciones más dinámicas del cristianismo norteamericano han sido los ministerios para los jóvenes, aun cuando parecen servir a los adultos. Nuestro objetivo, como el de muchos adolescentes que están a la última, ha sido la receptividad cultural. Hemos rendido a la cultura que nos rodea el tributo decisivo: el estudio detenido y, con frecuencia, la imitación. Hemos empleado innumerables horas (¡a menudo muy amenas!) «interactuando con la cultura»: buscando, con sorprendente éxito, signos esperanzadores de Dios en el mundo exterior a la Iglesia y también encontrando, con de primente frecuencia, signos del permanente vacío de ese mismo mundo. De hecho, el deseo de interactuar con la cultura -d e pres tarle atención, aprender de ella y afirmarla, al tiempo que también se la critica- es uno de los acontecimientos más esperanzadores de las recientes décadas.
Nuestros ministerios para los jóvenes han tenido un éxito asom broso. Muchos de los líderes más influyentes del movimiento evan gélico comenzaron sus carreras con organizaciones eclesialcs como «Youth for Christ», «Campus Crusade for Christ», «Youth Special- ties», «InterVarsity Christian Fcllowship» y muchas otras. Algunas de nuestras iglesias más sobresalientes empezaron precisamente
como grupos juveniles. En los últimos años ha habido un aumento de los encuentros para estudiantes universitarios y jóvenes; en cuentros que combinan la fe apasionada con el dominio de nuestra cultura juvenil, saturada de medios de comunicación (junto con grandes presupuestos de producción para dichos medios); también ha habido un aumento de las iglesias que parecen sacar sus sermo nes directamente de YouTube y BoxOfficeMojo.com. Yo soy quien soy debido a ministerios culturalmente importantes como éstos, y he pasado quince años ejerciendo mi ministerio en esos contextos.
Pero ¿qué sucede después del ministerio entre los jóvenes? ¿Qué significa ser no sólo culturalmente receptivos, sino cultural mente responsables; no sólo consumidores de cultura o sólo críti cos de la misma, sino creadores de cultura? Nuestra receptividad cultural recientemente recuperada supone que no nos sentimos sa tisfechos, como generaciones anteriores podrían haberlo estado, con separar nuestra fe de nuestras actividades «mundanas». Quere mos que nuestra vida -toda nuestra vida- esté conectada con el evangelio; pero ¿qué significa esto exactamente?
Este libro es un intento de indicar a mis hermanos cristianos nue vas - y también muy antiguas- orientaciones para la comprensión de nuestra vocación en la cultura. Espero que nos ofrezca un nuevo vo cabulario, una nueva historia y un nuevo conjunto de preguntas.
En primer lugar, un nuevo vocabulario, porque nuestro modo de hablar acerca de la cultura -cóm o funciona, cómo cambia, có mo influye en nosotros y qué esperamos de ella- con frecuencia no nos sirve como es debido. Hablamos de «cultura», aun cuando la cultura es siempre culturas, en plural, llena de diversidad, variedad e historia. Hablamos de cultura como si fuera fundamentalmente un conjunto de ideas, cuando es fundamentalmente un conjunto de bie nes tangibles. Hablamos de «interactuar», «incidir» y «transformar la cultura» cuando, de hecho, las personas que más detenidamente la estudian tienden a hacer hincapié, por el contrario, en cómo somas transformados por ella. Si hemos de ser, aunque sólo sea mínima mente. agentes responsables en medio de la cultura, necesitamos aprender nuevos modas de hablar acerca de lo que hacemos.
Por supuesto, poco de lo que ofrezco en este libro es verdade ramente nuevo. La primera parte recurre intensamente al campo de la sociología, que ha desarrollado un imponente mecanismo para
comprender este fenómeno, que es el más característico y comple jo de los fenómenos humanos. (El crítico literario Terry Eagleton observa -lo que no resulta precisamente tranquilizador- que cultu
ra ha sido considerada el segundo concepto más complicado de la
lengua inglesa, después de naturaleza'). La mayor parte de los es critos fundamentales en sociología, para desgracia de los descono cedores de dicho idioma, lleva la huella inconfundible de la lengua alemana, en la que se formularon primeramente sus ideas centra les. Al tratar de traducir el lenguaje de los especialistas, he abusa do alegremente del cuidadoso trabajo de diversos sociólogos, que sin duda mirarán horrorizados mis intentos de simplificación. En particular, los sociólogos citados en las notas y a los que se men ciona en los «agradecimientos» deben ser absueltos de toda res ponsabilidad por mi torpeza, aunque espero haber reflejado algu nas de las ideas esenciales que necesitamos los cristianos para ser más cuidadosos y creativos en el mundo.
En la segunda parte presentaré una nueva historia o, más exac tamente, un nuevo modo de leer una historia sumamente antigua: la historia de la cultura tal como se relata en las páginas de la Escri tura, desde sus capítulos iniciales hasta su sorprendente final.
Hasta hace muy poco, los cristianos parecían haber olvidado la manera de contar la historia de la Escritura como una historia que es a la vez verdadera revelación de la presencia de Dios en el mun do y un producto profundamente cultural que se entrecruza una y otra vez con realidades históricas concretas. Los cristianos libera les, seducidos por el método histórico-crítico, han realizado un ex celente trabajo de desmantelamiento de los enunciados de la Escri tura a la luz de su contexto cultural, pero los cristianos evangélicos han solido realizar un excelente trabajo ignorando el significado cultural de la Escritura, mientras siguen defendiendo su inspiración divina.
No soy en absoluto el primer autor de estos últimos años en re cuperar un modo cultural de leer la buena nueva. Creemos que el
1. Terry Eagleton. The Idea o f Culture. Wiley-Blackwcll. Malden. Mass.,
2000, p. 1 (trad. casi.: txi idea de cultura: una mirada política sobre los con
rcdescubrimicnio del contexto cultural de los evangelios no impi de en modo alguno que sea una buena nueva de lo alto que nos pre cede y va más allá de nosotros, y que ese redescubrimiento es, de hecho, la clave para ser plenamente buena nueva para nosotros. Yo me he beneficiado especialmente de los numerosos pensadores de la comunidad reformada que han seguido el llamamiento del esta dista holandés Abraham Kuyper a la responsabilidad cultural cris tiana'. He tratado de incluir una muestra representativa de ellos en las notas, pero mis simplificaciones resultarán demasiado obvias para quienes hayan peregrinado más frecuentemente que yo a Ginebra y a Grand Rapids.
Finalmente, quiero ofrecer un nuevo conjunto de preguntas acerca de nuestra vocación. ¿Qué es exactamente lo que estamos llamados a hacer en el mundo? ¿Estamos llamados a «transformar la cultura» o a «cambiar el mundo» ? Si debemos ser creadores de cultura, ¿por dónde empezar en el mundo? ¿Cómo relacionamos con el poder, la más complicada de todas las realidades culturales, y su distribución, inevitablemente desigual?
Los lectores que busquen unos cuantos pasos fáciles para lo grar influencia cultural tendrán que mirar en otra parte, porque re sulta que yo no creo que nada duradero sea fácil. Lo principal que tenemos que aprender, si queremos ser creadores de cultura, es pre cisamente eso que a los seres humanos nos resulta más difícil de aprender: que todo cuanto tiene que ver con nuestra vocación, de principio a fin, es un don. Lo que nuestro tiempo necesita, por en cima de lodo, son cristianos profundamente serios a la hora de cul tivar y crear, pero que lleven esa seriedad alegremente, que no in tenten desesperadamente cambiar el mundo, pero sí que se des pierten cada mañana ansiosos de crear.
Lo peor que podemos hacer es seguir el familiar consejo de «orar como si todo dependiera de Dios y trabajar como si todo de pendiera de ti». Lo que, más bien, necesitamos es ser personas que trabajan como si todo dependiera de Dios, porque así es, y porque ésa es la mejor nueva posible. Nosotros trabajamos por un Creador,
2. HJ resumen más conocido del pensamiento de Abraham Kuyhhr es sus Lee-
Redentor y Sustentador magnánimo e infinitamente imaginativo; de hecho, trabajamos en su vida y su poder. Y necesitamos ser conscientes de que el pensamiento de que en realidad todo pueda depender de nosotros nos llevará directamente al ayuno y a la ora ción estremecida. Yo estoy agradecido porque en la creación del pequeño bien cultural que es este libro he gustado tanto esa clase de trabajo como esa clase de oración.
Espero que la mayoría de los lectores de este libro lo lean junto a alguna otra persona. Una de las cosas más misteriosas y hermosas de la cultura es que tiene que compartirse. Yo puedo caminar a so las por el desierto, y de cuando en cuando debería hacerlo; pero nunca estoy solo en la cultura, sino siempre acompañado por quie nes la crearon antes que yo y la compartieron conmigo; y realmen te no puedo escapar nunca a mi responsabilidad para con aquellos que vienen detrás de mí, cuyos horizontes de posibilidad yo move ré de alguna manera, para bien o para mal.
Espero que los amigos que lean este libro comiencen a ver su amistad no sólo como compañía de individuos compatibles, sino como colaboración potencialmente transformadora en los lugares donde viven, estudian, trabajan y se divierten.
Espero que las familias lean este libro y descubran que la fa milia, tan aparentemente insignificante en una época de tecnología y celebridad, sigue siendo el corazón de la cultura, el lugar funda mental donde la mayoría de nosotras somos llamados a cultivar y crear.
Espero que las Iglesias lean este libro y asuman el riesgo de congratularse por sus miembros que no se dedican a un «servicio cristiano a tiempo completo», pero sí sirven a Cristo a tiempo com pleto en su propio ámbito cultural.
Espero que personas con verdadero poder cultural lean este li bro y descubran el propósito que Dios da a su poder; espero que quienes se sientan pequeños y desdeñados en el mundo descubran que Dios tiene algo grande pensado para ellos, que no son
olvida-dos, sino que se encuentran en el centro mismo de su plan, que son los héroes de su sorprendente final.
Podría parecer que un libro acerca de la cultura probablemente sea, de alguna manera, un libro acerca de nosotros, acerca de lo que hacemos, lo que llevamos a término, nuestras ambiciones y sueños y proyectos.
Espero que. cuando el lector acabe de leer este libro haya des cubierto que la cultura no trata en definitiva de nosotros, sino de Dios.
P
r i m e r a
P
a r t e
M lM IB W B aB M SRMOgfMSMBm»
Ca p í t u l o 1
Los horizontes de lo posible
Este libro aborda un tema inmenso, de modo que comencemos ha ciendo patente la inmensidad del tema.
No hablamos simplemente de cultura en el sentido de lo que la gente «culta» hace -mandar callar en los museos y en los concier tos sinfónicos-, aunque el arte y la música, así como los museos y las orquestas y la ¡dea misma de que algunas personas son «cul tas» y otras no, forman parte de una cultura particular.
No hablamos simplemente de cultura en el sentido de tenden cias, novedades y modas de quienes se auto-proclaman expertos en cultura, que centran nuestra atención colectiva en la última ce lebridad archiconocida o el último artilugio tecnológico, aunque la celebridad, la tecnología y los expertos son parte de una cultura particular: la cultura de los medios de comunicación de masas, de la que participamos cada día.
No hablamos simplemente de cultura en el sentido de identi dad étnica: conjunto de prácticas, creencias y relatos que han la brado un sentido de distinción y orgullo o de fracaso y vergüenza, o quizá algo de ambas cosas, en un mundo donde el pluralismo cultural está ampliamente afirmado y donde, sin embargo, las du ras realidades de la historia hacen que algunas culturas sean más iguales que otras. Antes de terminar tendremos, por supuesto, que considerar nuestras culturas particulares, no sólo la cultura en ge neral. Pero aún no.
No hablamos simplemente de cultura en el sentido de ideas, valores y presupuestos imperantes en nuestra sociedad, tal como
se emplea el término en frases como «guerras culturales», «cul tura de la increencia» o «declive de nuestra cultura», aunque las ideas, los valores y los presupuestos se encuentran verdaderamen te en el centro de todo esfuerzo cultural humano, y el hecho de en contrarlos ahí nos proporciona algunas claves acerca del significa do último de la cultura. Tampoco hablamos simplemente de la competencia constante en las sociedades democráticas por hacer prosperaren el ámbito de la política y la legislación un conjunto de ideas, valores y presupuestos, aunque las leyes se cuentan entre los modos más significativos de expresión c imposición de la cultura.
Muchos intentos, en especial intentos cristianos, por llegar a entenderse con una cultura han fracasado por prestar excesiva atención a una de estas categorías de cultura. La alta cultura, la cultura pop, la cultura étnica y la cultura política son parte de la cultura y merecen atención, reflexión y acción.
Pero la cultura es más que cualquiera de esas cosas. Y para percibir hasta qué punto es más. debemos profundizar y remontar nos hasta el inicio. De hecho, debemos remontamos a tres inicios.
Nacimiento
Comencemos con nuestro propio comienzo.
Tú naciste arrugado y mojado, entrecerrando los ojos a la luz. Lloriqueabas con una voz débil y chillona, dando tragos de un aire con el que no estabas familiarizado, hasta que alguien te situó jun to al latido de un corazón que conocías incluso mejor que el tuyo propio. Cerca del calor del seno de tu madre, te calmaste y te pu siste alerta. Abriste los ojos, sentiste el aire en tu piel, oíste sonidos y voces que anteriormente te llegaban como un eco en tu cuna acuosa y ahora eran vividos y nítidos. Puede que tus ojos encon traran incluso un rostro, reconociendo de algún modo el significa do de los ojos, la nariz y la boca, y te fijaras en el con fascinación. Un bebé humano es la criatura más extraña y más maravillosa que este mundo puede ofrecer. Ningún otro mamífero emerge tan indefenso del seno materno, tan absolutamente incapaz de hacer frente a la oportunidad y la adversidad de la naturaleza. Sin em bargo. ninguna otra criatura posee posibilidades tan ilimitadas.
Aunque los debates acerca de la naturaleza y la crianza han sido apasionados durante siglos, y lo serán durante más siglos aún, to do el mundo coincide en que los seres humanos vienen al mundo predispuestos para la cultura.
Sin cultura -que para el bebé comienza con el reconocimiento de la relación al encontrar a su madre y a su padre, y prosigue en los primeros años con lo que, de alguna manera, constituye el más impresionante de los logros humanos: la adquisición del lengua je -, sencillamente, no llegamos a ser nada en absoluto. No esta mos programados sino para aprender. No comenzamos sino con posibilidades.
Historia
Comencemos en el comienzo de la historia.
Examinamos con linterna los muros de las cuevas y vemos que nuestros primeros antepasados eran artistas. Trazaban dibujos en la arcilla con sus dedos. Esculpían imágenes en las rocas, desde bi sontes hasta la forma humana femenina, impulsados, aparente mente, por la forma natural de la superficie. Mezclaban pigmentos con argamasa y mortero y creaban impresionantes y enormes pin turas (la imagen del bisonte en la cueva española de Altamira tie ne casi dos metros de anchura). Esta actividad artística sumamen te desarrollada estaba ya en marcha hace catorce mil años. Es tan complejo el trabajo que encontramos en las cuevas de Europa, di ce el escritor Paul Johnson, que «es probable que el arte fuera la primera de las profesiones humanas»'.
Pero en la historia primitiva de la humanidad encontramos más que arte. Encontramos útiles, como las puntas de flecha que yo co leccionaba de niño en la granja de mis abuelos en Georgia. Encon tramos círculos calcinados donde nuestros antepasados hacían fuego. Encontramos animales domésticos (los cráneos de dos pe rros hallados en Rusia central en 2003 son casi contemporáneos
del arte rupestre europeo). Encontramos juguetes. Y encontramos enterramientos.
Esos primeros vestigios de cultura no preservan el lenguaje. Pero tenemos tempranas pruebas no sólo de lenguaje, sino de re latos. Los relatos más duraderos -lo s que nosotros llamamos «mi tos»- abordan directamente las cuestiones suscitadas por la exis tencia del mundo. Como astrónomos capaces de escudriñar la his toria del universo con potentes telescopios, cuando escuchamos los antiguos mitos encontramos a la conciencia humana comen zando justamente a despertar; y cuando despierta, pregunta: ¿Por qué estamos aquí? ¿De dónde procede este mundo? ¿Quien o qué es responsable de esc bisonte tan cuidadosa y amorosamente pin tado en las paredes de esa cueva?
Consideremos el F.numa Flislv, uno de esos textos del alba de los relatos de la humanidad, preservado para nosotros en la frágil y seductora forma de tablillas de arcilla de la gran biblioteca de Asurbanipal en Nínivc. A las personas que escuchaban el relato de este poema épico debía de parecerles obvio que el mundo necesi taba una historia. La historia que ellos contaban, que los arqueó logos creen que se remonta al menos al tercer milenio antes de Cristo, era la victoria del dios Marduk sobre la serpiente Tiamat y su cortejo de monstruos. Después de vencer a Tiamat, Marduk la cortó en dos partes, transformando una en los cielos y la otra en la tierra. En una versión del mito, transformó su progenie de mons truos en el zodíaco, las doce constelaciones a través de las cuales pasa el sol en el curso del año.
Esto es lo que los humanos comenzamos a hacer: sacar histo rias incluso de las estrellas.
L a E scritu ra
Todos los seres humanos comparten los dos primeros comienzos: la experiencia universal de la infancia y la historia de las especies.
2. Merece la pena leer el Enuma Ehsh, cuya versión castellana es la siguiente:
Pero el pueblo bíblico hace hincapié en un comienzo distinto: la historia relatada en las primeras páginas de la Biblia hebrea.
El Génesis comienza con un Creador que tiene un firme propó sito y se complace en su obra. Ya en la primera frase, el autor del Génesis expone una historia muy distinta de los mitos de creación que circulaban en su época. «En el principio creó Dios el ciclo y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas». Aquí no hay un conflicto violento entre dioses y monstruos' ni un caos irreprimible y amenazador, sino tan sólo el sereno sonido del aliento divino en la oscuridad. Después viene la majestuosa y me dida progresión hacia el sexto día, el pináculo de la creación:
«Creó, pues. Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó,
varón y hembra los creó» (Gn 1,27).
Se pueden llenar varias estanterías con los tres mil años de consideraciones generadas por Génesis 1,27. La afirmación -p o é tica y enfáticamente repetida por dos veces en un versículo- de que los seres humanos están hechos a imagen de Dios adquiere mayor resonancia cuando caemos en la cuenta de que el mismo pueblo que escribió y preservó Génesis 1.27 conoció también el segundo mandamiento, que dice: «No te harás una imagen de mí». Los autores de la Biblia fueron los primeros en insistir en que los intentos humanos de modelar imágenes de Dios están condenados al fracaso o a algo peor. Pero Dios, al parecer, no tiene tales limi taciones. El propio Dios hace una «imagen» de sí. I^as «imágenes de Dios» de la humanidad son siempre deficientes y destructivas, insiste la Biblia hebrea; pero la «imagen de Dios» que tiene el pro pio Dios es el resumen de todo cuanto ha hecho, coronado por las palabras «y era muy bueno».
3. Para una visión menos optimista puede consultan*; Grcgory A. BOYO, God
al War: The Dible and Spiritual Conflict, IntcrVarsity Press, Downcrs
Grovc, III., 1997. en especial las pp. I02ss. Aunque Boyd reconoce que Génesis I presenta un relato singularmente armonioso de la creación, afir ma que otras partes de la Biblia hebrea hacen más hincapié en el conflicto divino con las fuerzas del caos.
¿Qué significa que estemos hechos a imagen de Dios? Puede que el mejor modo de responder esta pregunta consista en hacer otra: ¿Qué «imagen de Dios» transmite Génesis 1,1-26? El Dios que encontramos en estos versículos, a diferencia de los dioses al ternativos en oferta en el Oriente Próximo antiguo, es ante todo una fuente de ilimitada y extraordinaria creatividad. Para los au tores del Enuma Elish, el mundo era un producto derivado del con flicto divino. El cosmos del Enuma Elish es sombrío, con el caos siempre próximo. Incluso los seres humanos, que son el logro culminante de Marduk, son respuesta a un problema político (por lo que podemos deducir de un texto fragmentario): los otras dioses se quejaban de que nadie les diera culto, y el «astuto plan» de Marduk consistió en crear seres humanos que sirvieran a ese propósito. En contraposición, el autor del Génesis mira el mundo, desde las estrellas del cielo hasta la estrella de mar, y ve en acción una inteligencia creativa que se implica con un propósito claro. Cada «clase» de animal es un testimonio más de la extraordinaria fecundidad de la imaginación del Creador. El mundo no es pro ducto de un accidente o de una política celeste, sino de un Creador bendito, libre e incluso relajado.
Sin embargo, este Creador aborda también la preocupación fundamental que subyace al Enuma Elish y a otros mitos de crea ción: la sensación humana de que el caos nunca está demasiado le jos. Génesis I es una secuencia de actos de ordenamiento en los que el Creador elabora un medio ambiente habitable. El primer ca pítulo del Génesis registra una serie de divisiones -orden del caos, luz de la oscuridad, cielo de la tierra, mar de la tierra firm e-, cada una de las cuales hace el mundo más receptivo al florecimiento de la creatividad.
Otro modo de expresar estos dos rasgos de la creación es de cir que el Génesis presenta a Dios como Creador y como Soberano del universo. Creadores son quienes hacen algo nuevo: soberanos son quienes mantienen el orden y la separación.
Como norteamericano, soy consciente de que tiendo a celebrar a los creadores y sospecho de los soberanos; después de todo, la historia de nuestra nación comenzó con el derrocamiento de un so berano y la creación de una nueva forma de gobierno. En los Estados Unidos, aunque no en muchos otros tiempos y lugares de
la historia, la innovación es más preciada que la conservación. La idea de que el Creador del mundo es también su Soberano -que el orden acompaña a la creatividad- puede parecemos sospechosa y poco familiar.
Sin embargo, la creatividad no puede existir sin el orden: una estructura en la cual pueda tener lugar la creación. En el nivel cós mico, la extraordinaria profusión de especies no podría sobrevivir si el mundo fuera una sopa indiferenciada de elementos. Esto es también verdad respecto de la creatividad humana. Sin la oscuri dad de la sala, las películas perderían su poderosa fuerza. Sin las líneas y los espacios que constituyen el lenguaje escrito, este libro sería una sopa de letras. La creatividad requiere cosmos, requiere un entorno ordenado.
De modo que, en cierto sentido, el mayor don del Creador a su creación es el don de la estructura; no una estructura que reduzca el mundo, y menos aún al Creador mismo, a una eterna repetición mecánica, sino una estructura que proporcione libertad. Y quienes están hechos a su imagen serán también creadores y soberanos. Poseerán una capacidad única de crear, quizá no de sacar algo de la nada al modo en que Dios lo hace en Génesis 1,1, sino de re modelar lo existente haciendo algo genuinamente nuevo. Y ten drán la responsabilidad de cuidar de lo que Dios ha hecho: «Tomó, pues, Yahvé Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase» (Gn 2.15). Ellos separarán lo cultivado de lo agreste. Los seres humanos serán jardineros.
H acer algo con el m undo
Ésta es, pues, la imagen de la humanidad que encontramos en el Génesis: cultivadores creativos. Volveremos sobre el relato del Génesis en el capítulo 6, pero por el momento observemos cuánto tiene esto en común con nuestros otros comienzos, los comienzos que tenemos en común con todos los seres humanos. El hombre y la mujer del jardín de Edén, del mismo modo que todo recién na cido y que los seres humanos en los albores de su historia -d e he cho, como los seres humanos en los mitos que el relato del Génesis pretende, obviamente, refutar-, se encuentran ya en medio de un
mundo. No podemos escapar al hecho de que el mundo es anterior a nosotros.
También ellos, como nos sucede a nosotros y como les ha su cedido a los seres humanos siempre y en todas partes, percibían que se hallaban en medio de una historia. Para el bebé, es la his toria de su familia, historia que compondrá utilizando palabras co mo mamá y papá. Para nuestros primeros antepasados, de acuer do con los restos arqueológicos, es la historia misteriosa de un mundo con estrellas y rocas y bisontes, un mundo que clama pi diendo explicación.
Y Dios encarga al hombre y a la mujer primigenios la misma tarea que el bebé emprende casi de inmediato con la materia pri ma de sus cuerdas vocales, sus pulmones y su boca, lo mismo que nuestros antepasados humanos hicieron con piedras y fuego y pig mentos sobre las paredes de las cuevas: ponerse a trabajar con esas recalcitrantes materias primas (incluso el jardín de Edén antes de la Caída requería, al parecer, labranza y mantenimiento), forman do y remodelando el mundo en que se encontraban. Nuestros an tepasados comenzaron a «hacer algo con el mundo».
Esta frase, que he adaptado del crítico cultural cristiano Ken M ycrs\ resume el sentido esencial de lo que es la cultura y de la importancia que tiene: Cultura es lo que nosotros hacemos con el
mundo. Cultura es, ante todo, el nombre de nuestro incesante e in
cansable esfuerzo humano por tomar el mundo tal como nos es da do y hacer algo con él. Ésta es la intuición original del autor del Génesis cuando dice que los seres humanos estamos hechos a ima gen de Dios: como el Creador original, nosotros somos también creadores. Dios, por supuesto, partió de la nada, mientras que no sotros partimos de algo. Pero la diferencia no es tan grande como cabría pensar. Porque cada acto de creación implica dar existencia a algo que antes no existía; toda creación es ex nihilo, de la nada.
4. Productor del maravilloso Mars Hill Audio y autor de uno de los mejores li bros contemporáneos sobre cultura popular, Alt G od's Chiidren and Hlue
Suede Shoes: Chrístians and Popular Culture. Cnossway, Westchester. III.,
1989. Myers define la cultura como «lo que los seres humanos hacen con la creación en ambos sentidos», en Albcrt Louis Zambón»-:, «But What Do You Think, Ken Myers?»: re:generai¡on quanely 6, 3 (2000).
aun cuando tome el mundo como su punto de partida. Algo se aña de en cada acto creador. Esto es evidente en el ámbito del arte, donde la materia prima de los pigmentos y el lienzo se convierte en más de lo que nunca habría podido predecirse. Incluso el dibu jo con el dedo efectuado por un niño de cinco años es más que la
suma del papel y la pintura. Pero la creación, la maravillosa reali zación de más de lo que había antes, también tiene lugar cuando un «chcf» hace una tortilla, un carpintero una silla, o un niño pe queño un muñeco de nieve.
Cultura es todas estas cosas: representaciones pictóricas, (des de las más infantiles hasta la Capilla Sixtina). tortillas, sillas, mu ñecos de nieve... Es lo que los seres humanos hacemos con el mun do. Y lleva siempre el sello de nuestra creatividad, de nuestro de seo, otorgado por Dios, de hacer más de lo que nos ha sido dado.
Pero cultura no es sólo lo que hacemos con el mundo en su sentido primero y más obvio. Cultura es también lo que hacemos con el mundo en un sentido más profundo de la frase. Cuando nos sentimos perplejos ante una escena de una película o ante la letra de una canción, decimos a nuestros amigos: «¿Que hacer con es to?». Normalmente, no estamos pensando en reescribir la escena o una nueva letra; no estamos pensando en más creación. Nos refe rimos a qué sentido darle. Pedimos una interpretación.
Efectivamente, está claro que el mundo en el que todo bebé, toda sociedad humana y nuestros primeros padres se encontraron necesita una interpretación. Una de las cosas más impresionantes acerca del mundo es lo poco que nos revela de su verdadero signi ficado. Está lleno de misterio; en el mejor de los casos, lleno de maravillas; en el peor, lleno de horror. Dar sentido a la maravilla y el horror del mundo es la preocupación humana original. Y es es te sentido más profundo de cultura lo que nos distingue más cla ramente del resto de la creación. Las hormigas, las aves y los chimpancés hacen algo con el mundo, en el sentido de remodelar su entorno con hormigueros, nidos e incluso herramientas y técni cas rudimentarias; pero nosotros, sencillamente, no tenemos indi cación alguna de que ninguna otra criatura se maraville ante el misterio del mundo. Dar sentido al mundo, interpretar su maravi lla y su horror, corresponde únicamente a los seres humanos.
la realidad]. No es que la naturaleza sea de algún modo profunda mente real, y la cultura indefinida, vaga o transitoria. La cultura forma realmente parte de nuestro mundo y es tan central en nues tra vida y en nuestra condición de seres humanos como la natura leza. Y en ciertos aspectos es más central aún. Un bebe que nace sordo no puede experimentar el sonido ni comprender el signifi cado de los sonidos que produce casualmente con su laringe. Pero puede sobrevivir c incluso prosperar en el mundo si se le enseña un lenguaje -y a sea de signos o escrito-, siendo así introducido en la cultura. El mundo cultural del lenguaje es más esencial para el desarrollo humano que el mundo natural del sonido.
El río y la autopista
La cultura, de manera rigurosamente literal, ha rcmodclado el mun do. En el siglo XIX, si se hubiera pedido a los norteamericanos muy viajeros que dibujaran un mapa de su país, incluyendo sus ca racterísticas más significativas, casi con certeza habrían dibujado un continente lleno de ríos. El Missisippi. por supuesto, pero tam bién el Connecticut. el Ohio, el Missouri, el St. Lawrence y una docena más. Los ríos -parte del mundo creado «acultural»- eran una parte crucial del mundo con el que los primeros norteameri canos tenían que hacer algo. Y claro está que hicieron algo con ellos; los ríos, en su papel dual de rutas de transporte de mercan cías y personas, por un lado, y de obstáculos al desplazamiento, por otro, impulsaron montones de innovaciones culturales. El me ro hecho de nombrar los ríos supone caer en la cuenta de que és tos dieron nombre a muchos de los estados creados cuando Norte américa se expandió hacia el oeste. Surgieron ciudades en los lu gares de confluencia de los ríos. Se desarrollaron tecnologías pa ra uso de los ríos como medio de transporte. Se compusieron canciones y se escribieron relatos que tenían a los ríos como es cenario y a los que los ríos daban sentido (tratemos de imaginar
Huckleberry Finn sin Huck y Jim descendiendo en la gabarra por
el Missisippi).
Pero si se les pide a norteamericanos análogamente viajeros del siglo XXI que dibujen un mapa del continente, sospecho que
les costaría identificar cualquier río, excepto el Missisippi. Una prueba rápida: ¿en qué lugar del mapa está el río Missouri? Si el lector conoce la respuesta, es probable que viva en St. Louis o que tenga obsesión por la geografía. Los ríos, tan centrales para el mundo del siglo XIX, son ahora, en el mejor de los casos, perifé ricos. Las autopistas interestatales, por otro lado, son el principal medio de transporte terrestre, y muchos norteamericanos pueden dibujar a grandes rasgos la intcrcstatal 90, que atraviesa de este a oeste el continente, desde Boston hasta Seattle, y la autopista que los califomianos del sur llaman «la 5», que se extiende de San Diego al noroeste del Pacífico.
Las autopistas son nuestros ríos. Surgen ciudades y prospera la economía en sus puntos de intersección. A lo largo de la interesta- tal se desarrollan nuevas formas de comercio. La extraordinaria mente compleja red de transporte combinado moderno, depen diente de «containers» que pueden ser transferidos sin problemas del barco al tren y al camión, depende del sistema de autopistas. También del sistema de autopistas surgen canciones y relatos que, aunque no tan románticos ni imperecederos como Huckleberry
Fituu sí cuentan al menos con la constante tradición de las «road
movies» y el clásico de Jack Kerouac On the Road.
La transición del río a la autopista es una transición de un mundo a otro. Podemos discutir si las autopistas interestatales ha cen que el mundo sea mejor o peor, pero no podemos negar que crean un nuevo tipo de mundo. Y lo crean, en parte, remodelando el mundo físico mismo, atravesando montañas y tendiendo puen tes sobre los ríos con tanta suavidad que ni siquiera conocemos los nombres de los ríos que cruzamos. Y lo hacen más profundamen te remodclando nuestra imaginación, nuestra imagen mental de lo que hay en el mundo y de lo que importa en él. 1.a diferencia que suponen, sin embargo, no es «imaginaria», sino real. Es realmen te posible ir en coche de Boston a Seattle en cincuenta horas o me nos (si se tiene un copiloto que conduzca mientras duermes). Y puede hacerse sin conocer el nombre de un solo río o puerto. Y es posible gracias a la intcrcstatal 90, producto puramente cultural, junto con la miríada de otros productos culturales que interaccio nan con ella y le dan soporte. La cultura, no sólo la naturaleza, se ha convertido en el mundo con el cual debemos hacer algo.
Los horizontes de lo posible
Hasta ahora nos hemos permitido un atajo arriesgado: hablar de la cultura en abstracto, casi como si fuera una Gran Idea etérea flo tando a través de la Historia. Sin embargo, nadie -ni siquiera quie nes leen libros como Crear cultura- hace Cultura. Sino que la Cultura, en abstracto, procede siempre y únicamente de actos con cretos humanos de cultivo y creatividad. Nosotros no hacemos Cultura, hacemos tortillas, contamos historias, construimos hospi tales. aprobamos leyes... Estos productos específicos de cultivo y creación -tomando prestada la palabra de la arqueología y la an tropología, podemos denominarlos «objetos» o, recurriendo a la filosofía, podemos denominarlos «bienes»- son los que, a la larga, con el paso del tiempo, se convienen en parte de la estructura del mundo para futuras generaciones.
Análogamente, la palabra cultura, cuando se reserva para el ar te. la música, la literatura y cosas similares, tiende a hacemos pen sar en estados interiores imprecisos. Pensamos en una hermosa sinfonía o en una provocativa obra de arte de un museo, ideas e imágenes poderosas quizá, pero no objetos que parezcan hacer al go real, algo tangible, al mundo más allá de los muros donde dis frutamos de ellos o los soportamos. Sin embargo, la cultura, en su sentido más fundamental, rehace realmente el mundo, porque la cultura moldea los horizontes de lo posible.
Pensemos de nuevo en ese viaje de cincuenta horas de Boston a Seattle. Antes del gran acto creador de cultura que fue la cons trucción de la interestatal 90, esc viaje, en términos de velocidad y confort, era imposible. Pero ahora sí es posible. Lo que consti tuye la diferencia es un bien cultural concreto, y en este caso he cho de asfalto. Claro está que la mayoría de nosotros somos de masiado impacientes para atravesar el país conduciendo, de mane ra que. si podemos permitírnoslo, nos aprovechamos de una forma de cultura aún más audaz, el viaje en avión, y cubrimos la distan cia en unas cuantas horas. Lo que previamente era imposible, la cultura lo ha hecho posible.
Y lo que es incluso más extraordinario: la cultura puede hacer imposibles algunas cosas que previamente eran posibles. Leyendo hace unos cuantos años la biografía de John Adams escrita por
David McCullough, caí en la cuenta de que. no hace demasiado tiempo, una vasta infraestructura cultural permitía recorrer a caba llo los cerca de quinientas kilómetros que hay entre Boston y Fíladelfía. Había caminos, posadas al borde de los mismos, esta blos y peajes, junto con viajeros que podían realizar un viaje len to pero continuo de una ciudad a otra. Durante más de un siglo, es tos bienes culturales hicieron posible el viaje interestatal a caballo. Pero me atrevo a decir que ahora sería imposible. Las posadas y los establos del siglo XIX desaparecieron hace mucho. Los caba llos están prohibidos en los arcenes de las autopistas que conectan Boston y Filadellla, en el supuesto de que los caballos pudieran soportar el estruendo del tráfico que tendrían a un metro de dis tancia. Recorrer a caballo cualquier distancia de lo que ahora se denomina «el corredor noreste» sería una proeza, por decirlo sua vemente. y muy posiblemente también un acto de crueldad para con los animales. La cultura ha hecho que el viaje a caballo, en otro tiempo totalmente posible, sea hoy imposible.
Y la suma de estas dos funciones -hacer posibles las cosas que eran imposibles y. lo que puede que sea más importante, hacer im posibles casas que en otro tiempo eran posibles- da como resulta do la «construcción del mundo». Mundo, después de todo, es un modo abreviado de describir todas esas fuerzas exteriores a noso tros, más allá de nuestro control y de nuestra voluntad, que, si multáneamente, nos limitan y nos dan opciones y oportunidades. Después de muchos miles de años de acumulación de cultura hu mana, el mundo con el que tenemos que hacer algo -e l entorno en el que llevamos adelante los interminables proyectos culturales humanos- es en gran medida el mundo que otros, anteriores a no sotros, han hecho. La cultura, más aún que la naturaleza, define para nosotros los horizontes de la posibilidad y la imposibilidad. Vivimos en el mundo que la cultura ha hecho.
Diagnosticar la cultura
Por lo tanto, si queremos comprender la cultura, siempre es mejor comenzar y terminar con bienes culturales específicos. Yo consi dero que hay cinco preguntas que resultan particularmente útiles a
la hora de comprender cómo encaja un objelo determinado en su historia cultural global.
Las dos primeras preguntas surgen de la función que la cultu ra tiene como creadora de sentido, es decir, del papel que la cultu ra desempeña a la hora de dar sentido al mundo. I) ¿Qué supone
este objeto cultural en cuanto a cómo es el mundo? ¿Cuáles son
los rasgos clave del mundo con los que tiene que ver este objeto cultural, a los que este objeto cultural responde y a los que da sen tido? 2) ¿Qué supone este objeto cultural en cuanto a cómo debe
ría ser el mundo? ¿Qué visión del futuro animaba a sus creadores?
¿Qué nuevo sentido trata de añadir a un mundo que a menudo pa rece caótico y sin sentido?
Después vienen dos preguntas que reconocen el extraordinario poder que posee la cultura en cuanto a la configuración de los ho rizontes de posibilidad. 3) ¿Qué hace posible este objeto cultural? ¿Qué puede la gente hacer o imaginar, gracias a este objeto, que antes no podía? Y a la inversa, 4) ¿Qué hace imposible este obje
lo cultural" (o al menos muy difícil)? ¿Qué actividades y expe
riencias que formaban previamente parte de la experiencia huma na se hacen casi imposibles como consecuencia de esta nueva co sa? A menudo, ésta es la pregunta más interesante de todas, en es pecial porque gran parte de la cultura tecnológica se presenta ex clusivamente en términos de lo que hará posible. Sin embargo, po cos objetos culturales sirven únicamente para mover los horizontes de posibilidad y dejar los horizontes de imposibilidad inmutados.
6. Aunque la formulación es mía. la idea pertenece en realidad al filósofo de la tecnología Albert Boromann. Nunca insistiré lo bastante en mi deuda in telectual con Borgmann y con su obra Ei mejor punto de partida es su libro más fundamental, Technology and ihe Character o f Contemporary Life. A
PhUosophical ¡nquiry, Univcrsity of Chicago Press. Chicago 1984; otra va
liosa obra suya que tiene un contacto ntás explícito con las preocupaciones cristianas es Power Failure: Chris/ianify in the Culture o f Technology, Brazos Press, Orand Rapids 2003. Una importante intérprete teológica de Borgntann es Marva J. Dawn en su libro Vnfcttered Hope: A Cali to Faithful
Living in an Affluent Socieiv. Westmiusier John Knox. Louisvillc, Ky.. 2003.
En la misma linca de trabajo, pero más influido por Marshall Mcl-uhan, se encuentra Shanc Uipps, The Hidden Power o f Electronic Culture: How
Media Shapes Faith. the Cospel, and Church, Youth Spccialtics, El Cajón.
Casi todos los objetos culturales, en pequeña o gran medida, hacen imposible -o al menos más difícil- algo que antes era posible.
Finalmente, dado que es inevitable que la cultura genere más cultura, tenemos que examinar el efecto de ese objeto en la cultu ra futura. 5) ¿Qué nuevas formas de cultura se crean en respuesta
a este objeto? ¿Qué es cultivado y creado ahora que antes no po
día serlo?
Sin duda alguna, estas cinco preguntas pueden producir res puestas más interesantes con unos objetos culturales que con otros. ¿Qué suponen las tortillas en cuanto a cómo es el mundo? puede que no se considere el tipo de pregunta en el que se querría emplear mucho tiempo. Pero, de nuevo, incluso la respuesta a la pregunta nos sirve para recordamos hasta qué punto la cultura for ma parte del «mundo» con el que debemos hacer algo, dado que las tortillas suponen que el mundo incluye, no sólo los fenómenos naturales llamados huevos (obtenidos de unas gallinas que han si do domesticadas durante milenios a fin de producir fielmente hue vos grandes y sabrosos para consumo humano), sino también los fenómenos culturales, en los que se incluyen una fuente de gran calor, sartenes antiadherentes bien preparadas, ingredientes natu rales como pimientos o champiñones e ingredientes procesados como queso o jamón, una comida llamada desayuno, donde los huevos son de gran importancia, utensilios que son muy adecua dos para comer grandes masas de huevos... y un sano apetito in clinado a consumir varios huevos de una sentada. Y esto sólo para empezar.
¿Qué suponen las tortillas en cuanto a cómo debería ser el mundo? Bueno, creo que suponen que los ingredientes del huevo,
sabrosos y proteicos, se comen mejor cocinados que crudos, y qui zá. también, que el mundo debe tener una alternativa a la insipidez de los huevos cocinados de manera monda y lironda. El mundo de be ser multicolor, con pimientos verdes y jamón rosado y queso blanco contrastando agradablemente con el pálido amarillo de los huevos; el mundo debe tener muchas texturas, tanto crujientes co mo suaves. El mundo debe unir: un desordenado montón de hue vos revueltos es la antítesis de la visión de una tortilla bien hecha, semicircular y perfectamente dorada. El mundo debe ser plenifi- cante, satisfactorio, rico en la boca, grande en el plato; un
desbor-(lamiente) de plenitud a partir del pequeño y poco notorio principio en un huevo (o tres). La vida, o al menos el desayuno, debería de jamos saciados.
Puede que aquí haya más de lo que creemos. Incluso un sim ple plato de desayuno codifica todo un conjunto de presupuestos y esperanzas a propósito del mundo que podríamos resumir de este modo: el mundo tiene huevos, pero también debería tener tortillas. El mundo, dice el objeto cultural tortilla, siempre tiene cabida pa ra más. Los datos de nuestro entorno natural, tan satisfactorios y nutricios como son, no son nada en comparación con lo que pue de suceder con un poco de cultivo cultural o, en el caso de la tor tilla. con siglos y siglos de perfeccionamiento gradual de todos los ingredientes culturales, desde el queso hasta las sartenes, que ha cen la tortilla posible. La cultura satisface la promesa latente de la naturaleza. Haciéndonos eco del lenguaje bíblico, el huevo es bue no, pero la tortilla es muy buena; ahora estamos realmente supe rándonos a nosotros mismos.
¿Qué hace posible la tortilla? Para equilibrar nuestras medita
ciones sobre las excelencias de las tortillas, puede que debamos hacer uso de un poco de «Rcalpolitik» culinaria. La tortilla, al es tar totalmente cocinada, contribuye a hacer posible que la conta minación por salmoncla de nuestros huevos no cause un desastre en la salud pública. Por otro lado, la tortilla, generalmente una buena fuente de colcsterol, grasa saturada y sodio, puede hacer que aparezca una enfermedad cardiaca o hacerla mucho más pro bable para muchos de sus satisfechos consumidores. También pue de contribuir a hacer la fortuna de la industria de los huevos y a en gordar las carteras de los industriales del sector. ¿Qué hace impo-
sible la tortilla, o al menos mucho más difícil? Puede que la torti
lla no haga nada verdaderamente imposible, aunque el lector pue de conseguir encontrar algo con lo que yo no he dado. Lo que sí hace, ciertamente, es que comer huevos crudos -lo que no es des conocido en la historia humana sea mucho menos deseable. Pue de incluso hacer que los meros huevos revueltos parezcan de segun da categoría. Hace más difícil sentarse para disfrutar de un desayu no «continental» compuesto de pan, mantequilla y jamón, y sentir se plenamente satisfecho. Hace más difícil pagar por un desayuno en un restaurante, en muchas ciudades norteamericanas al menos.
sin que el precio se eleve notablemente. Y puede hacer que a mu chos de nosotros nos resulte más difícil mantenernos delgados.
¿Qué nueva cultura se crea en respuesta a la tortilla? Nuevas
clases de tortillas -tortillas únicamente con clara de huevo (res puesta al colesterol que aporta la tortilla original) y tortillas con nuevas combinaciones de ingredientes. Nuevas clases de utensilios de cocina: mejores superficies para ejecutar la importantísima vuelta de la tortilla, sartenes de tamaño adecuado para crear la per fecta tortilla con forma de media luna. El «centro de la tortilla» en restaurantes dolados de un «chef» cuya única misión es hacer tor tillas. Libros acerca de la preparación de la tortilla. Páginas web (o al menos secciones de webs sobre los huevos) centradas en las tor tillas. Y estos mismos párrafos de este libro, en sí mismos un pe queño objeto cultural que trata de «hacer algo con» las tortillas y el mundo que ellas crean7.
F.I sistema de autopistas interestatal
Por fascinantes y reveladoras que estas preguntas puedan resul tar aplicadas a las tortillas, son incluso más útiles cuando trata mos de entender bienes culturales a gran escala, como el sistema de autopistas interestatal, establecido cuando el presidente Dwight Eiscnhower aprobó el correspondiente decreto el 29 de junio de 1956. Inscrita en sus mismos orígenes estaba la preocupación de Norteamérica por estar preparada para afrontar la amenaza militar de la Unión Soviética. Eisenhower había quedado impresionado por el sistema alemán de auto-rutas, que conoció mientras servía en el ejército norteamericano, de manera que los orígenes del sis tema de autopistas interestatal, como los de muchos otros objetos culturales del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, se encuentran en las experiencias y los valores de los militares, mu chos de los cuales pueden discernirse en la respuesta que demos a nuestras preguntas para hacer un diagnóstico.
7. Quienes quieran más a propósito de las maravillas de las tortillas (¿y quién no?) deben comenzar por la extraordinaria obra de teología culinaria de Robcrt Parrar Capón, The Suppcr o f ihe Lamb: A Culinary Reflection, Doubleday, Carden City, N.Y., 1969.
¿ Qué supone el sistema de autopistas interestatal en cuanto a cómo es el mundo? Supone, por supuesto, la existencia del auto
móvil. que a su vez supone motores de combustión y combustible, de manera que la existencia del sistema de autopistas depende de otros objetos culturales extremadamente complejos. Supone la unificación política de lugares relativamente distantes, la moderna nación-estado, que se extiende de niar a mar, muy distinta de los ordenamientos de tiempos anteriores, en los que cada valle podía constituir un reino. Supone milenios de experiencia acumulada en construcción de carreteras, que se remonta al menos a los logros de los romanos en el terreno de la ingeniería, que hicieron posible su vasto imperio. El sistema de autopistas supone también un ma pa preexistente de ciudades importantes, la mayoría de las cuales se incorporan a su red (reforzando así la viabilidad de las ciudades que atraviesa, al tiempo que margina a aquellas por las que pasa de largo). Supone una significativa riqueza nacional que propor ciona la capacidad de invertir en un proyecto de tanta entidad y su pone unas presiones de la población y un crecimiento económico que han producido esa riqueza.
¿ Qué supone en cuanto a cómo debería ser el mundo? El mun
do debería ser más llano y más rápido, y también dehería ser más seguro: sus recovecos, montañas y valles no contribuyen a que sea más eficiente. Los ríos y montañas deberían ser paisaje, no obstá culos. La distancia entre un lugar y otro debería reducirse, el kiló metro debería verse como una distancia corta, no larga. La unifor midad de los lugares es más valiosa que los rasgos específicos de cada uno de ellos: señalización uniforme e indicaciones en las ca rreteras, radios fijos para las curvas y ángulos fijos para las ram pas de salida, c idénticas normas en las carreteras; todo lo cual de bería hacer que el conocimiento de cada localidad fuera innecesa rio. Deberíamos poder ir a cualquier lugar y sentimos más o me nos en casa. Los bienes lejanos deberían ser más competitivos eco nómicamente con los bienes cercanos, y los bienes cercanos debe rían tener nuevos mercados en lugares lejanos.
¿Qué hace posible el sistema de autopistas interestatal? Si el
lector se encuentra en los Estados Unidos, es muy probable que to do cuanto pueda locar -su s ropas, la silla, el café que está bebien do o la comida que está ingiriendo- haya viajado en algún
mo-mentó por alguna autopista intcrcstatal de manera más barata y rápida que anteriormente. De modo que las autopistas interestata les han hecho más posible el comercio fluido y eficaz. Las auto pistas intcrestatalcs también han generado formas enteramente nuevas de comercio, desde los restaurantes de comida rápida has ta los Crackcr Barrel, esa paradójica cadena de restaurantes que re verencia «la cocina a la antigua» y se instala en viejos edificios de teriorados por el tiempo, pero que, de hecho, sólo se encuentran junto a las autopistas interestalales. Las autopistas han contribui do a hacer que la cultura automovilística norteamericana sea no sólo posible, sino, en la mayor parte del país, necesaria. No ten dríamos barrios periféricos verdes sin las autopistas que hacen po sible vivir lejos de los lugares de trabajo situados en el centro de las ciudades. Y sin las autopistas no tendríamos las zonas depri midas del centro de las ciudades, creadas cuando las familias de clase media se trasladaron a los barrios residenciales periféricos. De hecho, cuando la Fundación Fannie Mac pidió a los planifica dores urbanos que indicaran los diez primeros factores del desa rrollo (y la decadencia) de las ciudades norteamericanas en el si glo XX, el sistema de autopistas inlerestatal fue el número uno.
Por lo tanto, el sistema de autopistas ha hecho también impo sibles (o mucho más difíciles, al menos) algunas cosas. Ha hecho más difícil para muchos estadounidenses trabajar sin tener que efectuar desplazamientos a diario. Ha hecho imposible sostener el crecimiento económico sin un combustible a un precio razonable, imposibilidad que se vuelve más amenazadora cuanto mayor sea la cantidad de combustible que utilizamos. En muchas pequeñas ciu dades que fueron marginadas por las autopistas intereslatales se ha hecho imposible una vida comercial dinámica; mientras que en ciu dades que se encuentran en la intersección de autopistas interesta- talcs importantes (como Atlanta) se ha hecho más posible un creci miento comercial dinámico, y han surgido nuevas formas de cultu ra en lugares de salida de autopista anteriormente abandonados.
Y, sin embargo, la historia de la cultura de las autopistas inte restatales, y la cultura automovilística global que posibilita, no ha concluido. ¿Qué nueva cultura está creándose en respuesta? Un Toyota Prius de cinco puertas, propiedad de la organización no gu bernamental PhillyCarShare, tiene un espacio de aparcamiento
permanente a pocas manzanas de mi casa. La directora ejecutiva de la organización, Tanya Seaman, trabajaba como planificadora urba na cuando, junto con unos cuantos amigos, concibió la idea de cien tos de coches aparcados en lugares estratégicos de la ciudad para li berar a muchos residentes, tanto del centro de Filadelfia como de los barrios periféricos, de la necesidad de tener coche propio. La or ganización, que operaba de manera solvente con un presupuesto de diez millones de dólares en 2007, ha crecido hasta llegar a treinta mil miembros y más de cuatrocientos coches. Las planificadores urbanos estiman que cada coche compartido hace posible que vein ticinco personas prescindan de tener coche particular, de manera que ahora puede que haya diez mil vehículos menos atestando las calles y las autopistas de Filadellia que en 2002, cuando esta orga nización fue fundada. PhillyCarSharc no habría sido necesaria an tes de que el sistema de autopistas interestatal cambiara los hori zontes de la Filadelfia metropolitana; pero su solución sostenible y creativa a la conducción urbana tampoco habría sido posible. La cultura no es opcional'
Por lo tanto, esto es lo que hace la cultura: define los horizontes de lo posible y lo imposible de modos muy concretos y tangibles. Yo no sólo creo en el traslado cómodo y rápido por autopista, no só lo lo valoro, no es sólo algo en lo que puedo pensar mientras que antes no podía, sino que es algo que puedo, de hecho, hacer. Y la única razón de que pueda hacerlo es que unas personas (el presi dente Eisenhowcr, los miembros del Congreso de los Estados Uni dos e innumerables ingenieros de caminos, constructores de carre teras, miembros de las comisiones de zonas y contables) crearon algo que antes no existía.
Pero, por otro lado, cabría pensar que sería mejor no tener que pasar ochenta y un minutos al día en coche* (la media
nortcameri-8. «La cultura no es opcional» resulta que es el nombre de un grupo de amigos maravillosamente inusual y creativo que publican inteligentes gulas de di versos aspectos de la cultura en <www.culturcisnotoptional.com>. 9. Esta cifra es de 2001. según Nick TlMRAOS, «Aging Insfraslructurc: How
cana, de acuerdo con el Wall Street Journal), que los tiempos de los viajes a caballo eran realmente mejores para personas y ani males, y que el rápido consumo de la limitada reserva de combus tibles fósiles de nuestro planeta es a la vez un dispendio y un dis parate. Pero resulta imposible vivir como si las autopistas no exis tieran. Y, una vez más, esas imposibilidades están ahí. nos guste o no, porque alguien creó algo que antes no existía. No cabe duda de que el sistema de autopistas ¡nterestatal ha eliminado muchas po sibilidades atrayentes de la vida estadounidense, desde las calles comerciales viables hasta el viaje a caballo (aunque ambos pueden resultar más atractivos desde una distancia histórica segura que cuando eran posibles).
Pero, por muy limitadores que puedan parecer los horizontes de imposibilidad de la cultura, ésta es indispensable para cualquier po sibilidad humana. La cultura es el ámbito de la libertad humana, sus restricciones e imposibilidades son los límites dentro de los cuales podemos crear e innovar. Esto es del todo evidente tratán dose de un objeto cultural como este libro; cuando escribo acerca de las tortillas para una audiencia norteamericana, puedo esperar que prácticamente todos los lectores sepan lo que es una tortilla, y que la mayoría la haya comido alguna vez. Puedo estar casi seguro de que cualquiera que compre este libro habrá conducido por una autopista interestatal. (Este libro mismo, el objeto físico, es casi se guro que habrá viajado por una autopista intercstatal en su camino hacia el lector, y yo, como autor, dependo también de ello). Pero, aun cuando mi libro llegue a un rincón del mundo que desconozca la tortilla y la autopista intercstatal, puedo estar absolutamente se guro de que compartimos la herencia cultural del lenguaje hablado y escrito. Debido al lenguaje, a las autopistas interestatales c inclu so a las tortillas, somos capaces de entablar una conversación que, de lo contrario, sería imposible. Ya sea que el contenido de este ca pítulo le haya parecido al lector interesante, csclarecedor o confu so, es algo que ha sido hecho posible por la cultura. A decir verdad, sin cultura, nada, literalmente, sería posible para los seres huma nos. Decir que la cultura crea los horizontes de posibilidad es ex poner una verdad literal, no meramente figurativa o metafórica.
Esta verdad está inserta en el relato de los orígenes que apare ce en el Génesis. No sólo Dios mismo actúa como Creador y So
berano. como quien genera posibilidades y establece límites, sino que pretende esto mismo para aquellos que ha hecho a su imagen. Sin la tarea de cultivar -labrar, cuidar, regir y crear utilizando las abundantes materias primas de la naturaleza-, la mujer y el hom bre no habrían tenido nada que hacer, nada que ser. Cualesquiera que sean las distorsiones que puedan surgir cuando el hombre y la mujer llevan adelante su tarea cultural (y, como sabemos por ex periencia y veremos en la segunda parte, las distorsiones son ver daderamente graves), la cultura comienza, del mismo modo que los seres humanos, en un ámbito de bendición creada. El inicio de la cultura y el inicio de la humanidad son uno y el mismo, porque la cultura es lo que fuimos hechos para hacer.
No hay manera de sustraerse a la cultura. La cultura es inelu dible. Y es bueno que así sea.
C
apitulo2
Mundos culturales
• !
La cultura es lo que los seres humanos hacemos con el mundo, pe ro no todo lo que los seres humanos hacemos crea cultura.
En 1979, la espectacular pareja de artistas formada por Christo y Jcanne-Claude (en nuestra cultura, la gente indica la espcctacu- laridad artística utilizando sólo los nombres propios) concibió un proyecto llamado The Gates (Las puertas]. Imaginaron recubrir los caminos del Central Park de Nueva York con telones de color azafrán montados sobre arcos de acero. El proyecto fue rechazado por el Departamento de Parques de la Ciudad de Nueva Cork, que consideraba que la propuesta de Christo y Jeannc-Claude se había «equivocado de lugar, de tiempo y de tamaño»', y la ¡dea langui deció en su estudio, durmiente aunque nunca olvidada, durante más de veinte años. Únicamente unas cuantas personas de la co munidad artística conocían el proyecto.
La visión de The Gates, como ocurre con todo el resto del arte y la cultura, consistía en hacer algo con el mundo, en este caso el «mundo» del Central Park. que es en sí mismo un gran ejercicio en el terreno de hacer algo con el mundo realizado por los diseñadores de jardines Frcderick Law Olmstcd y Calven Vaux. Aun cuando The
Gates no era m is que un conjunto de esbozos y pinturas al pastel, sí
era ya un bien cultural en un determinado sentido: el del trabajo de unos seres humanos tratando de hacer algo con el mundo.
I. James B.MUtoN. «Dressing thc Park in Orangc, and Plcats*: New York Times (13 de febrero de 2005).
Pero si The Gates nunca se hubiera hecho realidad, no se ha bría convertido en un bien cultural pleno. Volvamos a las pregun tas de diagnóstico que hacíamos en el capítulo 1 e imaginemos que las hacemos a propósito de The Gates en el año 1999, cuando no era más que una colección de esbozos, propuestas y mapas, junto con ideas ulteriores que se encontraban tan sólo en la imaginación y las conversaciones de los artistas. ¿Qué supone The Gates, en
torno a 1999, en cuanto a cómo es el mundo? ¿Qué supone acer ca de cómo debería ser el mundo? Podríamos, ciertamente, res
ponder estas preguntas. The Gates, en torno a 1999, supone la existencia del Central Park, su significado en la vida de la ciudad de Nueva York y su significado más amplio como emblema de las posibilidades de los espacios urbanos. Supone el terreno yermo, frío y sin hojas de un febrero en Nueva York (el proyecto estuvo siempre ideado para ser realizado a mediados del invierno). Supone que el mundo debería ser adornado, al menos de vez en cuando y temporalmente, con tejidos ondulantes que revelan e in cluso, a veces, también encubren caminos, colinas y valles. Supo ne -en significativa tensión con muchas convicciones de los artis tas, en especial de la era moderna y postmoderna que el arte de be ser colorista, accesible, divertido y gratuito para el público.
Pero pasemos ahora a las tres preguntas siguientes. ¿Qué hace
posible The Gates en tomo a 1999? ¿ Qué hace imposible, o al me nos mucho más difícil? ¿ Qué nuevas formas de cultura se crean en respuesta? Aquí nos quedamos varados. Hay poco que decir, por
que The Gates, veinte años después de ser propuesto, casi no ha bía tenido efecto alguno del que poder hablar. Los únicos objetos culturales que habían sido creados en respuesta eran unos cuantos documentos burocráticos rechazando categóricamente la propues ta de los artistas. Y puede que esos documentos hicieran algunas cosas imposibles, o al menos mucho más difíciles, si hacían que otros posibles artistas espectaculares desistieran de proponer esa clase de obras para Central Park. The Gates, en tomo a 1999, era un objeto -u n esfuerzo humano por hacer algo con el mundo-, pe ro aún no era plenamente cultura. Lo cual es otra manera de decir que aún no era -y, por lo que sus creadores sabían, podría no ser nunca- compartido por un público.