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En este punto tengo que invitar al lector a dar lo que puede pare cer un giro brusco: de la cultura en sus múltiples y cambiantes for mas, a un bien cultural concreto: la Biblia. La Biblia es una colec ción de múltiples objetos culturales -poesía, historia, proverbios, cartas y cantos- escritos y compilados a lo largo de mil años, y co mo los bienes culturales más influyentes, ha estimulado, a su vez, una interminable creatividad humana. Atemoriza realmente tratar de sumarse a las voces que han comentado este complejo libro, que a veces deja perplejo; pero si hemos de orientamos hacia la cultura de un modo característicamente cristiano, debemos consi derar si la Biblia nos ofrece un enfoque distintivo del tema. Y ver daderamente así lo hace, aunque muchos cristianos no hayan caí do aún en la cuenta de lo radical y maravillosa que es la visión bí blica de la cultura. De manera que en los próximos capítulos tra taré de hacer partícipe al lector de algunos de los descubrimientos -pocos o ninguno de ellos originalmente mío, pero muchos de ellos poco familiares para los cristianos incluso ho y - que han di nam itado mi lectura y mi relectura de la Escritura1.
Y cuando consideramos la perspectiva bíblica sobre la cultura, el comienzo de la Biblia es, como canta María en The Sound o f
Music, un buen lugar por el que empezar.
I . Los temas de este capítulo (y de este libro en su conjunto) son analizados de manera muy completa y creativa por Albcrt M. WOLTERS, Creaíion Rexai-
ned: Bíblica¡ Bastes f o r a Reformational Worldview. Ecrdmans. Grand
¿Qué encontramos cuando dirigimos la vista al comienzo de la Escritura en busca de pistas acerca de la cultura? Si la cultura es
lo que los seres humanos hacen con el mundo, cabe esperar en
contrar las primeras pistas cuando los seres humanos ocupan su lu gar en el drama del mundo. Y esto es precisamente lo que encon tramos en la primera mención de la humanidad el sexto día de la creación en Génesis I :
«Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, co mo semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves del ciclo, y en las bestias y en todas las alimañas terres tres. y en todos los reptiles que reptan por la tierra” .
Creó, pues. Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó,
varón y hembra los creó.
Y los bendijo Dios con estas palabras: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; mandad en los pe ces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra”)* (Gn 1,26-28).
Incluso en la traducción del original hebreo, podemos ver la cultura en acción en el modo en que esta historia es relatada. En una época sin negritas, ni mayúsculas y en la que ni siquiera es es cribían las vocales, ¿cómo transmitir a los lectores que un aparta do del texto era de especial importancia? En una época muy ante rior a la invención del papel, en la que el papiro y el pergamino eran preciosos, la repetición no era algo que un escritor empleara a la ligera. Los autores bíblicos, y las tradiciones orales en las que bebían, empleaban generosamente espacio, tiempo y aliento en las partes más importantes de sus historias. Hasta este punto, cada «día» de la creación se ha llevado una cantidad de palabras cuida dosamente medida. Pero el sexto día se extiende desde la primera página de mi Biblia hasta ocupar casi tanto como los anteriores cinco días juntos, y aquí, en el clímax de los versículos 26 a 28, se repiten dos ideas clave.
En primer lugar, se nos dice por dos veces, una como intención y otra como instrucción, que la semejanza de los humanos con Dios los equipara para «mandar» en los animales del cielo, el mar y la tierra. No debemos pasar sobre esta triple taxonomía con ex
cesiva rapidez. Es obvio que el autor intenta que comprendamos el alcance de la responsabilidad de los seres humanos: son creados para gobernar, no sólo unos cuantos animales fácilmente domesti ca b as, como el ganado, las gallinas y las cabras, sino la entera pa noplia del reino animal. Es extraordinario que el autor bíblico, que no había visto ni aeroplanos ni submarinos y para quien los barcos eran elementos pequeños y rudimentarios, pudiera anticipar que la humanidad sería capaz de «gobernar» los peces y las aves de un modo efectivo. O bien la concepción del gobierno y el dominio que posee el autor tiene mucho menos que ver con el ejercicio pu ro y duro del poder de lo que cabría imaginar, o este texto antici pa milenios de desarrollos culturales que nos han llevado final mente al punto en que tenemos verdaderamente el poder de deter minar el destino de la mayor parte de las especies del planeta. Puede que ambas cosas sean ciertas. En cualquier caso, la repeti ción y la amplitud de la descripción dejan claro que los seres hu manos serán responsables de la creación en su totalidad, no sólo de su entorno inmediato.
Pero la doble descripción del reino animal lleva aparejada una cuádruple repetición: nada menos que por cuatro veces se nos di ce que los seres humanos estamos hechos a «imagen» y «seme janza» de Dios. Similar al lenguaje del dominio, el lenguaje de la
semejanza se repite en dos contextos: primero, como intención de Dios; después, como resumen de los resultados de su labor. En ca da contexto, el lenguaje de la imagen y semejanza aparece dos ve ces consecutivas. En ningún momento anterior ha habido ninguna sensación de que el mundo creado tenga semejanza alguna con el Creador. Dios lo ha sobrevolado, lo ha formado, se ha regocijado por su bondad; pero nunca se ha visto a sí mismo en él. Ahora, en el clímax de la creación, se dispone a crear una nueva clase de criatura que refleja su imagen.
Pero ¿qué se pretende decir exactamente con estas palabras,
imagen y semejanza? Generaciones de lectores han ofrecido suge
rencias que van desde lo cxcgético hasta lo fantasioso. En estrecha proximidad con el resumen de la creación de los portadores de la imagen, vemos a la humanidad creada como «macho y hembra», lo que sugiere que la imagen de Dios sólo puede ser portada por criaturas que encarnen tanto la similitud como la diferencia, ha-
riéndose eco tanto del «hagamo.v» de Génesis 1.26 como de la pos terior convicción cristiana de que Dios misino es más que singu laridad. Menos afirmado en el texto. Agustín sugiere que la ¡mago
Dei se ve condcnsada en la facultad racional de los seres humanos,
en nuestra capacidad de razonar lógicamente. El hiblista Richard Middlcton2 ha recurrido al paralelismo con los «virreyes» del Oriente Próximo antiguo, que gobernaban en nombre de un rey le jano y de quienes se decía que portaban su imagen. No cabe duda de que el texto bíblico está redactado con suficiente cuidado como para que todas estas ideas posean algo de verdad.
Pero ¿qué ha quedado sobradamente claro acerca de Dios en Génesis 1 ? ¿Qué hemos visto de su carácter, una y otra ve/., a lo largo de seis asombrosos días? Por supuesto que lo que hemos vis to más claramente es que «en el principio creó Dios». Puede o no haber una alusión a la diversidad trinitaria, un sentido de la razón y la deliberación o un eco de! imperio de Oriente Próximo; pero esparcido por toda la página se encuentra el deseo deliberado y di námico de Dios de crear.
Por tanto, cuando los seres humanos, macho y hembra, son creados «a imagen de Dios», sin duda lo fundamental que ello im plica es que reflejarán el carácter creador de su Hacedor. Génesis 1 indica varias características de este carácter que los portadores de la imagen divina pueden reflejar.
La creación genera ser a ¡xirtir de ¡a nada. Para los autores cris
tianos es habitual argumentar, que mientras que Dios suscita ver daderamente materia a partir de la más absoluta nada, los meros seres humanos ejercemos una creatividad más limitada, trabajan do con el mundo que Dios nos ha dado. Claro está que esto es ver dad hasta cierto punto: la palabra hebrea bara, traducida como «crear», se emplea en la Biblia hebrea exclusivamente con Dios como sujeto. Hay una forma de creación que sólo Dios puede efec tuar. Para Dios, traer algo a la existencia no requiere más que su realidad amorosa y eterna como punto de partida. Nosotros, por
2. J. Richard MinoixVTON, The ¡Jberaling Intage: The ¡mago ü c i in Génesis 1. Brazos. Grand Rapids 2005. que es también un útil resumen de los conoci mientos actuales ¿ubre el tema.
otro lado, comenzamos siempre en medio de las cosas, trabajando con las materias primas que nos han concedido Dios y las genera ciones anteriores a nosotros. La cultura es lo que hacemos con el
mundo, no lo que hacemos a partir de la pura imaginación. La pa
labra hebrea asah. empleada tanto para los seres humanos como para Dios en las primeras páginas del Génesis, significa «hacen» en este sentido.
Sin embargo, también hay una cualidad de la creatividad hu mana ex nihilo, «de la nada»'. El lenguaje humano es tan maravi llosamente fecundo, aseguran los lingüistas, que todo ser humano que ha adquirido una facilidad rudimentaria con el lenguaje ha ar ticulado una frase completamente original: una combinación de pa labras que ninguna otra persona ha creado. La creatividad no es al go meramente para los «creativos»1, todos hemos dado origen a al guna frase que el mundo no ha oído nunca con anterioridad, y pue de que nunca jamás vuelva a oírla. Con toda probabilidad, a no ser que estemos atrapados en un trabajo aburrido y tengamos unos amigos igualmente aburridos, lo habremos hecho este mismo día. ¿De dónde procede esa frase? Estaba presente potencialmente en la gramática y el vocabulario de nuestro idioma; puede perfectamen te tener semejanza con palabras que nosotros y otros hayamos pen sado y dicho anteriormente; pero antes no existía, y ahora sí. Si no sotros no la hubiéramos pronunciado, habría quedado inexpresada.
La creación es relaciona!. Dios no sólo habla en plural en Génesis
1,26, reflejando probablemente la antigua idea de una corte celes tial, así como anticipando el reconocimiento cristiano de Dios como tres personas en una, sino que los diversos elementos de la creación son creados los unos para los oíros. Después de los dos primeros días, una vez que el elemento más básico, la luz -que comprende el calor, la energía y la inform ación-, ha sido creado, y una vez que dijo Dios: «Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y déjese ver lo seco», fue creado un espacio donde la creatividad podía florecer, y todo el resto es 3
3. Robcrt C. NeviU-E. da a esta idea unu plena explicación filosófica en G vd
ihe Creator: On tlie Transcendence and Presente o f God. University of Chi
creado teniendo presente lo que viene antes y después de ello. La tierra, creada el tercer día. se ve seguida de inmediato por la crea ción de plantas y árboles que echarán raíces en ella. La tierra es para las plantas, y su semilla y su fruto caerán sobre la tierra, en gendrando otra generación, una red de vida fuertemente integrada, en la que ninguna de sus partes puede permanecer aislada. Los «luceros en el firmamento celeste» no se crean simplemente para que existan de manera independiente, sino que son creados para que arrojen luz sobre el desarrollo de la historia de la tierra y el mar, «para alumbrar sobre la tierra». Los mares se convierten en el hábitat de los peces; a las aves se les ordena multiplicarse para lle nar el cielo. La vegetación es alimento para los «animales vivien tes según su especie». Los seres humanos, análogamente, no exis ten de manera independiente del resto de la creación, sino en pro funda dependencia de ella y con gran responsabilidad con respec to a determinadas partes de la misma. Y en el clímax de la crea ción, resulta claro que el mundo entero -tanto las partes que los humanos pueden controlar con relativa facilidad (ganado y plan tas) como las partes de las que son completamente dependientes, pero que no son capaces de controlar (el sol, la luna y las aguas que se encuentran sobre el firmamento terrestre, que, en términos modernos, son la frágil atmósfera que hace posible la vida)- es di señado para el desarrollo de criaturas exquisitamente relaciónales, macho y hembra, que son en sí mismos muy buenos porque por tan la imagen de un Oios relaciona!.
1.a creatividad humana, pues, refleja la creatividad divina cuando surge de una comunidad de personas llena de vida y amo rosa y, lo que quizá sea más importante, cuando participa en el de sencadenamiento del pleno potencial de lo que ha llegado antes y en la creación de posibilidades de lo que vendrá después. Cuando la creatividad humana es defectuosa y no realiza la intención de Dios, como ocurre con la contaminación medioambiental que arrasa ecosistemas o con el uso explotador de los recursos, como la tala de árboles, ni rinde homenaje a lo que ha llegado antes ni crea un espacio fecundo para las criaturas, humanas y no humanas, que vendrán después. La música de Cagc y Boulez, en última ins tancia. no era lo bastante relaciona! para resultar satisfactoria, puesto que estaba preocupada por escapar a lo que había habido
antes, y era incapaz de crear un espacio para que futuros compo sitores y músicos lo habitaran fecundamente. Lo mismo puede de cirse de la arquitectura brutalista, brevemente popular en el siglo XX, con sus estructuras de cemento que parecen fastidiar más que servir a sus residentes humanos. Ninguna de estas fonnas cultura les está motivada por ese sentido agradecido y agraciado de la in terdependencia que vemos que impregnan los relatos de la crea ción del Génesis.
Desde el principio, la creación requiere cultivo, en el sentido de prestar atención a ordenar y distribuir lo que ya existe en espacios fecundos. El mismísimo primer día. Dios no sólo hace nacer la luz, sino que «separa» la luz de la oscuridad; el segundo y el tercer día, las aguas, que ahogarían la vida futura si permanecieran indife renciadas, son separadas entre el cielo y los océanos, dejando libre y despejado un espacio de tierra seca. A lo largo de la creación, el autor se ocupa de las distinciones entre peces y aves y «animales vivientes según su especie: bestias, reptiles y alimañas terrestres según su especie». Dios no se limita a crear al azar o sin planifi cación, sino de acuerdo con un plan preconcebido, con la atención de un horticultor o un zoólogo por las especies y su lugar debido en el orden creado. Verdaderamente, para este Creador el orden mismo es un don, un espacio fecundo.
Es éste un aspecto importante en un momento de la historia en que la «creatividad» suele asociarse al rechazo del orden y en que los artistas en particular puede parecer que están tratando de su perarse los unos a los otros en actos provocativos de creación de caos. No cabe duda alguna de que hay un lugar para el arte con fuso, como la cama sin hacer que Tracey Emin envió a la bienal Whitney hace unos años. Y nadie puede leer que «bullan... de ani males vivientes», y menos aún contemplar la gloriosa diversidad de nuestro mundo c imaginar que el Creador del mundo está fun damentalmente interesado por el encasillamicnto. Sin embargo, una parle esencial del proceso creativo la constituye, de hecho, la labor de clasificar, separar e incluso excluir algunas alternativas en favor de otras. En el texto del Génesis, las «aguas», que a los an tiguos les parecían infinitamente profundas y extensas, son símbo lo de la infinitud. La tarca de Dios el segundo día consiste en es-
tablcccr los límites de las aguas, creando el cielo y la tierra, don de pueden desarrollarse más criaturas.
Si incluso el Creador divino pinta en un lienzo limitado, en tonces esto es aún más verdadero para nosotros, que sólo podemos introducir determinado número de productos, redactar determina do número de leyes, pintar determinado número de cuadros... La creatividad plena implica descartar aquello que no llega a ser ple no. dejando espacio para los bienes culturales, que son lo mejor que podemos hacer con el mundo que nos ha sido dado.
La creación lleva a la celebración. La creación plena nos deja lle
nos de gozo, no agotados. Suscita deleite y asombro incluso en los propios creadores, que se maravillan ante la fecundidad de sus pe queños esfuerzos. Crear cultura puede ciertamente dejamos can sados c incluso exhaustos. Si el Creador divino decide descansar, nosotros, los creadores humanos, debemos descansar de nuestro trabajo, a fin de mantener la creatividad. El relato bíblico sugiere que necesitamos descansar no sólo un día a la semana, sino tiem pos c intervalos más prolongados, hasta llegar al ciclo de cuarenta y nueve años denominado «jubileo», que permitía renovarse tanto a la tierra com o a los agricultores. Pero si el trabajo de crear nos deja sistemáticamente deprimidos o agotados, es probable que de alguna manera nos hayamos desviado del camino. La creación, in cluso a escala humana, está dirigida a finalizar con la alegre ex clamación: «¡Es muy buena!».
Génesis 2: tie rra y ja rd ín
Después del majestuoso e impresionante relato del primer capítu lo, lleno de imágenes de gran angular y de perspectivas aéreas. Génesis 2 es la imagen concreta de una mano cavando en la tierra y un aliento de vida.
«Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo c insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. Luego plantó Yahvé Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado... Tomó, pues, Yahvé Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, pa ra que lo labrase y cuidase» (Gn 2,7-8.15).
Si Génesis I trataba acerca de la posición asombrosamente pri vilegiada de la humanidad en el cosmos, es en Génesis 2 donde co mienza la historia verdaderamente. Porque aquí encontramos a la humanidad no sólo introducida en un escenario de comienzos cós micos universales que se desarrollan en seis días, sino situada en un entorno a escala humana. Comenzamos con un individuo (la palabra hebrea udamah, como no diferenciado aún en hombre y mujer) solo y vulnerable en un jardín. Un jardín, por supuesto, no es sólo naturaleza: es naturaleza más cultura.
A uno de mis familiares del sur solía gustarle contar la antigua historia de un capitalino (yo creo que pensaba en mí) que visitaba una granja situada en pleno campo y comentaba con asombro: «¿No es hermosa la creación de Dios?». El granjero lo miraba es cépticamente y decía: «Bueno, debería usted haberla visto cuando Dios la tenía para él solo».
Sin embargo, en Génesis 2 Dios ya se ha ensuciado las manos,