Toda buena historia tiene un giro imprevisto1. Hacia la mitad de la novela de Jane Austen Orgullo y prejuicio. Elizabeth Bennet in forma al señor Darcy de que él es «el último hombre en el mundo con el que podría ser nunca inducida a casarse». Pero el mundo en tero sabe -p o r haber visto la película, por haberse enterado en trando en la web CliíTNotcs o por haber superado la alerta de «spoilers» en la Wikipedia- que el señor Darcy es precisamente el hombre que terminará conquistando el corazón de Elizabeth. Si se pasa de las primeras páginas de Orgullo y prejuicio a las últimas, se averigua el final de la historia, pero no se sabrá el cómo. ¿Qué es lo que vence las sospechas de Elizabeth respecto del distante y posiblemente deshonrado (aunque atrayentemente rico) Darcy? Para averiguarlo hay que leer el libro o, al menos, la entrada de la Wikipedia.
A veces no basta con conocer el final de la historia. El placer y la plausibilidad de una buena historia radican en el modo en que progresa del comienzo al final: la sorprendente transformación de los prejuicios y el orgullo de los personajes, por no hablar de los lectores. Celebramos a novelistas como Jane Austen, cineastas co mo Alfrcd Hitchcock y Brad Bird, y compositores como Ludwig
1. Esta cualidad de gran narrador la analiza Robcrt Mt.-Kr.i-. en su libro Story:
Substance, Struclure, Style a nd ihe Principies o f Screenwriling. Kcgan
van Beethoven, Igor Stravinsky y Miles Davis, no sólo por el final satisfactorio de sus obras, sino por el desarrollo satisfactorio de las mismas, por el modo en que éstas progresan del comienzo al final desaliando las predicciones, pero de manera que, echando la vista atrás, parece inevitable.
Pero no hay novela, película o improvisación de jazz que pue da superar la sorpresa que nos produce ir directamente del co mienzo de la Escritura a su final. Como ya hemos visto, Génesis 1-11 presenta la cultura como, en conjunto, una trayectoria des cendente desde el Jardín hasta la ciudad: de la intención original de Dios hasta una rebelión humana total contra el Hacedor del mundo. Supongamos que el lector no sabe nada de la parte central de la historia; supongamos que a la Biblia del lector le falta todo entre Génesis 12 y Apocalipsis 20. Tras leer acerca de la disper sión de la humanidad en Babel e ir después al final del libro, en contrará este giro imprevisto hacia una buena nueva: «Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la prime ra tierra desaparecieron, y el mar no existe ya» (Ap 21,1). ¡Ah!, pensaría el lector. Dios está comenzando de nuevo, como se sintió tentado a hacer en tiempos del diluvio. Pero esto no es mera des trucción, que Dios prometió no repetir. Esto es re-creación. Sin duda, este mundo rehecho tendrá de nuevo un buen Jardín en su centro, un lugar donde la humanidad redimida pueda reivindicar su papel de cultivadora y creadora en íntima relación con Dios.
Y estaría muy cerca de la verdad.
Pero después leería Ap 21,2: «Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del ciclo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo».
¿Qué? ¿La ciudad sania?
Apocalipsis 21,2 es lo último que un lector atento de Génesis 1-11 esperaría: en un mundo rehecho, el centro del deleite creador de Dios no es un jardín, sino una ciudad. Y una ciudad es, casi por definición, un lugar donde la cultura alcanza su masa critica, un lu gar donde la cultura eclipsa al mundo natural como el rasgo más importante con el que debemos hacer algo. De alguna manera, la ciudad, la encamación de la cultura humana concentrada, ha sido transformada, de sede del pecado y el juicio, en expresión última de la gracia, en un don «que bajaba del ciclo, de junto a Dios».
La cultura cristiana norteamericana está llena de imágenes agrarias nostálgicas, desde las cómodas casitas rústicas suavemen te iluminadas que surgen del pincel de «The Paintcr o f Light»,M hasta el antiguo himno «Vengo al jardín solo, mientras el rocío es tá aún en las rosas». Pero cuando Dios camina entre la humanidad redimida al final del relato bíblico, no sólo camina por senderos de jardín, sino también por calles de ciudad.
En el capítulo 10 volveremos sobre la extraordinaria imagen de la cultura redimida en el Apocalipsis. Pero, del mismo modo que cualquier persona moderadamente curiosa querría saber qué le sucedió a Elizabcth Bennct para cambiar de opinión a propósito del señor Darcy, el sorprendente final de Apocalipsis 2 1 nos retro trae a la parte central de la historia: los capítulos entre Génesis 11 y Apocalipsis 21, que revelan cómo se las arregló Dios para res catar de la vanidad de Babel no sólo a los seres humanos, sino to do el proyecto de cultura humana. Y resulta que para conseguir nuestra primera pista no tenemos que ir demasiado lejos. De he cho, como en los mejores relatos, nuestra primera pista del giro decisivo en la trama crucial de la historia está al principio, aunque probablemente no habíamos caído en absoluto en la cuenta de que se trataba de una pista.
Pieles por hojas de higuera
Génesis 3, el relato de la Caída, está lleno de malas noticias, inclui das malas noticias culturales. No sólo el hombre y la mujer se vuel ven de inmediato hacia la cultura -ceñidores de hojas de higuera- para protegerse del súbito distanciamiento producto del pecado, si no que también Dios les da la noticia de que, como consecuencia de la Caída, tanto la naturaleza como la cultura se corromperán como signo de juicio. Dios advierte a la mujer que el proceso natural de nacimiento se hará innaturalmente doloroso. La institución cultural de la familia, por lo pronto, nunca volverá a ser como había sido: «Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará» (Gn 3,16). El dominio que los seres humanos habían ejercido debidamente sobre las criaturas del cielo, la tierra y el mar será ahora de los unos so bre los otros, especialmente entre hombres y mujeres.
Respecto del hombre. Dios emite otro juicio natura) y cultural. La naturaleza misma se volverá contra la humanidad. «¡Maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida!» (Gn 3,17). La tierra se volverá contra el jar dinero, y hacer algo con el mundo dejará de tener la facilidad de Edén: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuel vas al suelo» (Gn 3,19).
Y, sin embargo, justamente después de pronunciar el juicio so bre la serpiente, algo notable les sucede por igual a la mujer y al hombre. Antes de exiliarlos del jardín, Dios reemplaza las hojas de higuera que habían constituido el primer lastimoso intento de la humanidad de hacerse una vestimenta. «Yahvé Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió» (Gn 3,21). Las ho jas de higuera no les permitirían ir muy lejos en una tierra salvaje llena de espinas y cardos. Misericordiosamente, Dios mejora su cultura. Les cambia las hojas de higuera por pieles, es decir, por ropas duraderas que les protegerán de los peligros muy reales que van a tener que afrontar, no sólo producto de un entorno duro, si no también de la relación distorsionada que hace de la desnudez causa de vulnerabilidad y vergüenza.
Una vez más, como en Génesis 2, Dios se hace creador cultu ral. La cultura, incluso en Génesis 3. no es simplemente el ámbito de la rebelión humana contra Dios, no es meramente el ámbito del juicio de Dios contra el pecado, sino que es también el ámbito de la misericordia de Dios.
Y si nos fijamos, encontramos esta misericordia cultural en tretejida como un hilo brillante en la sombría narración de Génesis 3-11. Después de juzgar a Caín, Dios pone también una «marca» en él para protegerle de la venganza, lo cual es un gesto cultural de misericordia. Cuando se prepara para inundar la tierra y elimi nar sus peores iniquidades. Dios da instrucciones a Noé para cons truir una nave, objeto cultural que hará que la raza humana pueda atravesar lo peor que la ira de Dios puede hacer. De hecho, en ca da punto de Génesis 3-11 los más oscuros momentos de la cultu ra humana provocan no sólo el juicio explícito y afligido de Dios, sino que suscitan también un contraataque cultural, un nuevo ob jeto cultural introducido por Dios para proteger a los seres huma nos de las peores consecuencias de sus opciones. Dios no permite
nunca que la cultura humana se convierta únicamente en ámbito de rebelión y juicio; la cultura humana está siempre, desde el co mienzo mismo, marcada también por la gracia.
De manera que tal vez no resulte sorprendente que. después de haber paralizado bruscamente en Génesis 11 el proyecto cultural de la humanidad más sofisticado y rebelde. Dios desvele su expe rimento más atrevido en cuanto a misericordia cultural, el experi mento que resulta ser la clave de comprensión de por qué, en Apocalipsis 21, el mejor don que Dios puede otorgar a un mundo redimido no es un jardín, sino una ciudad.
La bendición de una nación
Una cosa fue proporcionar pieles como sustitutivo de las hojas de higuera, una solución sencilla para un problema sencillo, simple mente la cultura humana comenzando a mostrar su insuficiencia; pero otra cosa es Babel, que muestra todo el alcance del exceso de oigullo y la estupidez humana. ¿Que acto de misericordia cultural puede ser proporcional a la rebelión y el juicio en Génesis 11? La respuesta aparece en Génesis 12, después de una larga interrup ción por pane de la más característica de las expresiones cultura les bíblicas: la genealogía. Justo después del gran drama de Babel, encontramos lo que sigue:
«Éstos son los descendientes de Scm: Scm tenía cien años cuando engendró a Arfacsad. dos años después del diluvio. Vivió Sem, después de engendrar a Arfacsad, quinientos años, y engendró hijos c hijas.
Arfacsad era de treinta y cinco años de edad cuando en gendró a Sélaj» (Gn 11,10-12).
Y prosigue hasta el capítulo 12.
Para un lector actual, estos detallados, aunque extrañamente incompletos, linajes son como la fibra dietética de la lectura bí blica: tragada obedientemente en el mejor de los casos, cuando no simplemente pasada por alto en busca de partes más jugosas. ¿Para qué pueden servir? Sin embargo, incluso hoy, los miembros de sociedades menos modernizadas escuchan las genealogías con
fascinada atención. Las genealogías aseguran que la historia que está siendo narrada no es simplemente un mito intemporal, si no que está anclada en un grupo concreto de personas de un lugar determinado.
En Génesis 12, Dios selecciona uno de los linajes dispersos, separado desde la desolación de Babel: la línea de Téraj, cuya ex tensa familia, que se instaló en una ciudad llamada Jarán, incluye a un hombre llamado Abraham.
«Yahvé dijo a Abraham: “Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra"» (Gn 12,1-3).
¿Qué hay en el centro de la llamada y la promesa que Dios hi zo a Abraham: «De ti haré una nación grande»? El término bíbli co luición está menos asociado a cuestiones políticas y geográfi cas de lo que nuestra palabra actual sugiere: los kurdos de Oriente Medio no poseen su propia nación-Estado cuando estoy escribien do este libro, pero para la mentalidad bíblica, su pueblo, con su propio lenguaje y una cultura diferenciada que ha durado siglos, sí sería calificado de «nación». Una nación es, fundamentalmente, cultura más tiempo: una cultura lo suficientemente amplia y com pleja que ha pasado por múltiples generaciones y conserva su identidad distintiva.
Después de la dispersión de Babel, el mundo se llenará de gru pos ctnolingüísticos -«naciones»-, herederos todos ellos de la re belión y el juicio de Babel. En un mundo lleno de naciones, Dios pretende proporcionar una nación diferente y mejor a través de Abraham: una nación mediante la cual «se bendecirán todos los li najes de la tierra». Del mismo modo que Dios proporcionó pieles en lugar de hojas de higuera, de nuevo elige la cultura, a una es cala muchísimo mayor y más amplia, para mostrar su misericor dia. ¿Y qué forma adoptará esa misericordia? ¿Cómo serán ben decidas las naciones de la tierra mediante la nación elegida por Dios? La familia de Abraham demostrará, en medio del mundo y
de todas sus culturas, lo que Babel olvidó: cómo ser una nación que, en cuanto a su identidad, su seguridad y su misma existencia, depende del Creador del mundo. Al igual que Babel fue la encar nación cultural de la independencia de Dios, Israel será la encar nación de la dependencia de Dios. En su historia y su cultura, Israel hará realidad una y otra ve/, el encuentro que Jacob, nielo de Abraham, tiene junto al río en Génesis 32, cuando está a punto de hacer frente a Esaú, su hermano enemistado y tal ve/ su mortal ene migo. Cuando afronta los mayores peligros para su existencia, esta nación se aforra a Dios diciendo: «No te suelto mientras no me ha yas bendecido» (Gn 32,26). Será el pueblo cuya cultura misma se define por sus enfrentamientos con Dios, en los que unas veces ga naron y otras perdieron. En medio de las naciones, Israel será el signo que supone ser una nación cuya característica clave es la con fianza en el Hacedor invisible del mundo o, por emplear la palabra bíblica, que se distingue por ser una cultura definida por la fe.
Por lo tanto, la respuesta de Dios al problema cultural funda mental -un mundo lleno de naciones antagonistas, atrincherado en la autoprovisión y la autojustificación vistas en Babel- es una so lución plenamente cultural. Lo que equivale a decir que es una so lución fundamentalmente creativa. Claro está que a lo largo de la historia de Israel el propio Dios empleará toda la gama de gestos posibles con respecto a la cultura. En ocasiones habrá condena, in cluida la entrega total de Israel a manos de sus enemigos. Asiria y Babilonia. Los profetas llevarán la palabra crítica de Dios para con Israel y sus vecinos. Al construir su identidad cultural, Israel será inducida por el Espíritu a copiar muchos rasgos de la cultura circundante; a lo largo de su historia tomará prestadas formas lin güísticas semitas para su idioma nacional, literatura sapiencial egipcia para su poesía cortesana, carpintería libanesa para sus es pacios célticos, y tratados mesopotániicos para sus relaciones in ternacionales e incluso pitra su interpretación de su relación con Dios. En el apogeo de su poder, la capacidad israelí de consumir los productos culturales de sus vecinos será signo de la bendición de Dios, como cuando el salmista celebra una boda real que exhi be oro importado de Ofir (Sal 45.10).
Pero el centro del plan de Dios con respecto a Israel es crear algo que nunca ha existido: una nación que pertenece de modo es-
pedal al Creador de cielos y tierra. Vistas desde esta perspectiva, diversas características de la historia bíblica se aclaran de manera nueva.
Tiempo
lin primer lugar, este extraordinario proyecto cultural necesitará si glos para desarrollarse, porque precisará ser lo bastante complejo, profundo y rico para dar verdadero testimonio del Creador del mundo ante las grandes civilizaciones humanas, las agregaciones culturales increíblemente complejas que representan el floreci miento pleno de la capacidad humana de hacer algo con el mundo. La cultura instantánea no existe. Crear una nueva «nación» -una nueva tradición cultural- exigirá tiempo; tiempo para que muchas generaciones absorban la intervención de Dios en la vida de una familia nómada singular de Oriente Medio, y tiempo para que reflexionen sobre dicha intervención y respondan a ella. Uni camente una nación con una profundidad cultural adquirida a lo largo de muchas generaciones de historia será capaz de dar una respuesta convincente a la variedad de la experiencia humana y a las características tan diversas del mundo con el que los seres hu manos deben hacer algo. ¿Cómo celebra fielmente una nación?; ¿cómo hace duelo?; ¿cómo planta la semilla?; ¿cómo recoge la co secha?; ¿cómo conquista?; ¿cómo es conquistada?... «Todo tiene su momento -dice Qohélel en el Eclcsiastés-, y cada cosa su tiem po bajo el cielo» (Qo 3,1); desarrollar una tradición cultural lo bas tante rica como para hacer justicia a cada estación y cada «cosa... bajo el cielo» es un proyecto que dura siglos, no generaciones, por no hablar de tiempo de vida. Lo que Dios promete a Abraham -una gran nación equipada para ser una bendición para todas las naciones- llevará tiempo, en especial cuando, después de Babel, la caída está tan profundamente inserta en el proyecto cultural.
Vistas desde esta perspectiva, algunas partes de la Biblia he brea que inicialmcntc nos parecen supcrfluas adquieren un nuevo significado. Las genealogías que tanto aburren al lector actual son prueba de la fidelidad de Dios a lo largo de muchas generaciones de formación cultural, y son sencillamente signo de que Dios ac
túa verdaderamente en medio de la historia, no al margen de ella de una manera espiritualizada o ahistórica.
El libro de los Números, con su censo de cada tribu y su rela ción de detalles acerca de los israelitas, aparentemente baladí, es en cierto modo como las fotos del bebé que los padres entusias mados hacen ver a los demás: documentación de los primeros días de la formación de Israel como nación. A quienes no han si do padres, todas las fotos de bebés les parecen iguales; pero para quienes se sienten en deuda con el proyecto cultural de Israel es tos inicios son importantes y fascinantes; como la foto de bebé que, aunque no tremendamente interesante en sí misma, es signi ficativa porque documenta los orígenes de una persona, por mucho que haya cambiado y crecido.
El libro del Levítieo, cementerio de muchas buenas intencio nes de leer la Biblia de principio a fin. es. de hecho, un manual de instrucciones para la creación de un pueblo distinto en el contexto del Oriente Próximo antiguo. Observando sus mandatos y prohi biciones -los ampliamente éticos, como «amarás a tu prójimo co mo a ti mismo», y las estrictamente específicos, como mantener separadas la carne y la leche en la dieta de Israel-, los descen dientes de Abraham irán modelando su identidad cultural distinti va. Incluso los elementos más desconcertantes y aparentemente ar bitrarios del código del Levítieo exigen de Israel que dependa conscientemente del Dios que se reveló a ellos, en lugar de limi