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LOS “CURAS GUERRILLEROS”, HIDALGO Y MORELOS (1810-1815) “—¿Qué bandera tenía ese ejército?

”—Al pasar por Atotonilco, el cura tomó de la iglesia un estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Colocó este lienzo querido y venerado de todos los mexicanos en el asta de una lanza, y ésta fue la bandera de este extraño e improvisado ejército.

”—¿Qué grito de guerra tenía este ejército?

”—¡Viva la religión! ¡Viva nuestra Madre Santísima de Guadalupe! ¡Viva la América, y muera el mal gobierno!”22

En estos términos recuerda el escritor Manuel Payno el gesto de Hidalgo, cura de Dolores, en un manual de historia para uso de los alumnos de la enseñanza pública mexicana. Se puede observar que está presentado como un cuestionario para ser aprendido con sus respuestas, como un catecismo cívico. La edición que utilizamos es de 1883, la séptima, y debe de haber habido por lo menos 13; estamos en presencia del estereotipo fijado por mucho tiempo en la conciencia colectiva mexicana. Detrás de la imagen de Épinal y las fórmulas lapidarias del “grito de Dolores”, hay que descubrir una realidad compleja, la del momento, la mañana del 16 de septiembre de 1810, en la que el

grito del cura conspirador despertó un formidable eco en la conciencia ciudadana. Desde

sísmicos (igualmente imprevisibles) las diferentes regiones de Nueva España; eran ahogados en sangre y volvía la calma, pesada, por años o decenas de años. El movimiento desencadenado por el cura de Dolores se distingue de todos los precedentes por dos aspectos: fue como un reguero de pólvora por todo el virreinato, y duró más de 10 años, sin aplacarse en los hechos hasta haber alcanzado su finalidad, la Independencia. Un arbitrista español, de los que nunca dejan de surgir en tales circunstancias, describió en estos términos los progresos de la rebelión de Hidalgo: “…en todas partes se le fueron agregando los militares, los eclesiásticos, hacendados, mineros, la gente grande y chica; en fin, todos sus paisanos, con muy pocas excepciones […] como la mayor parte de los eclesiásticos y demás gente que sabe leer y escribir y tiene influxo sobre la multitud son criollos, éstos no sólo no la contenían, sino que la incitaban al desorden y sublevación, y bastaba que cuatro pelados gritasen en una población de miles de almas: ‘¡Viva Nuestra Señora de Guadalupe, y mueran los gachupines!’, para que toda ella se rebelase”.23

La atmósfera del movimiento es, pues, típicamente, la que Luis Villoro ha definido como “el instantaneísmo”, una atmósfera revolucionaria. El propio Hidalgo dirá a los jueces del tribunal de la Inquisición que había actuado “por instinto”; 20 años más tarde, otro pionero de la Independencia escribirá de Hidalgo: “Pero es evidente que este célebre corifeo no hizo otra cosa que poner una bandera con la imagen de Guadalupe y correr de ciudad en ciudad con sus gentes, sin haber indicado siquiera qué forma de gobierno quería establecer”.24

Podría objetársele a Lorenzo de Zavala que hay un momento para cada acto; no se hace una revolución con proyectos constitucionales, y sin el sobresalto heroico inicial del cura de Dolores la Constitución de Apatzingán no habría visto la luz dos años más tarde. Hidalgo tenía las condiciones de un jefe revolucionario. Al enterarse de que iban a detenerlo, mientras deliberaba con otros conjurados sobre la táctica que había que adoptar, tuvo el gesto “irracional” de precipitar el curso de las cosas. Como confesor conocía el alma de sus feligreses, mejor aún, la sentía. Sabía que un programa político era prematuro: hacía falta una bandera y un enemigo. ¿Qué mejor símbolo de las aspiraciones populares hubiese podido encontrar que la Virgen de Guadalupe? ¿Qué enemigo más próximo y más débil que los pocos millares de españoles que vivían en Nueva España? La doctrina que proclamó era, por tanto, simple: “Nosotros no conocemos otra religión que la católica, apostólica y romana […] Estamos prontos a sacrificar gustosos nuestras vidas en su defensa […] Para la felicidad del reino es necesario quitar el mando y el poder de las manos de los europeos […] En vista, pues, del sagrado fuego que nos inflama y de la justicia de nuestra causa, alentaos, hijos de la patria, que ha llegado el día de la gloria y de la felicidad pública de esta América. ¡Levantaos, almas nobles de los americanos, del profundo abatimiento en que habéis

estado sepultados! […] Abrid los ojos, considerad que los europeos pretenden poneros a pelear criollos contra criollos”.25

El estilo de esta proclama va sensiblemente al corazón; Hidalgo agita el espectro del combate fratricida para invitar a los criollos a abandonar las filas de un ejército represivo. El contenido ideológico y el lenguaje revolucionario utilizados aquí por el ex alumno del colegio de los jesuitas de Valladolid, Michoacán, revelan una profunda evolución de los espíritus en Nueva España. El “fuego sagrado que nos inflama”, los “hijos de la patria”, el “día de gloria”, tomados textualmente de una estrofa de La Marsellesa, anuncian que la insurrección que acababa de comenzar no era ningún simple levantamiento campesino ni un pogromo (aunque haya incluido esos dos aspectos), sino la manifestación regional de un proceso revolucionario mundial, que se iba amplificando desde el éxito de la Revolución francesa. Eso no impide que el cura de Dolores haya aparecido, en el microcosmos de las parroquias rurales y de las comunidades indígenas, en su tiempo como el último de los mesías. Recíprocamente, los panfletistas leales presentaron a Hidalgo como el demonio, el Anticristo y el “Napoleón de América”. Si el lenguaje revolucionario estaba por sufrir un cambio, al llegar al nivel de un jefe que sabía francés y había podido leer a los clásicos de la Revolución, la conciencia pública aún traducía con términos religiosos el hecho político.

El eco del “grito de Dolores” (esa primera tempestad sobre México) se explica bien por todo lo que había ocurrido en Nueva España desde la expulsión de los jesuitas en 1767 y en España desde el 2 de mayo de 1808, cuando el pueblo de Madrid se había levantado contra las tropas francesas. La historia política, compleja, de este periodo tan agitado deja traslucir una línea de evolución relativamente simple y algunos momentos críticos. La conmoción provocada por la expulsión de los jesuitas no tuvo tiempo de aplacarse, cuando ya otras medidas autoritarias de Carlos III (aunque menos radicales, es verdad) alcanzaron a otras órdenes religiosas. De 1770 a 1778, aproximadamente, los religiosos de Nueva España, en particular los de los conventos de Puebla, rehusaron someterse a una cédula real, que les ordenaba retomar la “vida comunitaria”. Ya antes evocamos la vida de los conventos en el siglo XVII, a propósito de sor Juana Inés de la

Cruz; se recordará que las religiosas llevaban una existencia profana, eran servidas por sirvientes personales… Los conventos mexicanos se parecían, pues, a pensiones de señoras, donde cada una llevaba individualmente su vida. Muchas religiosas acogían así a niñas cuya educación aseguraban. La expulsión de estas niñas fue uno de los aspectos que hizo más apasionada la resistencia de las religiosas; sin embargo, es cierto que la presencia de las niñas era incompatible con el retorno a la regla comunitaria. Se pretendía nada menos que imponer, en nombre del regalismo, una reforma de las órdenes religiosas, trastornando costumbres establecidas desde hacía dos siglos, y ello produjo una revolución: las campanas sonaron echadas a vuelo y el obispo de Puebla renunció; la

correspondencia del virrey Bucareli con el visitador Gálvez está llena de episodios de este asunto, que, en realidad, vino a remplazar inmediatamente la crisis provocada por la expulsión de los jesuitas.

En un reino en el que los religiosos tenían un lugar preponderante, desde los comienzos de la evangelización, atentar contra las comunidades religiosas de modo tan brutal (por expulsión, supresión o reforma) no podía menos que conmover a la propia sociedad mexicana en sus fundamentos. Como la expulsión de los jesuitas, el asunto de la “vida comunitaria” fue un problema político que reveló las tensiones o las reanimó; las intervenciones del ayuntamiento de Puebla y de la Audiencia de México no dejan dudas sobre esto. Estas diferentes medidas, que no eran sino la aplicación estricta de las regalías de la corona en virtud del patronato real, fueron sentidas como manifestaciones tiránicas del poder, en la medida en que atentaban contra la autonomía habitual de las órdenes religiosas. En el periodo precedente, esta autonomía había sido disminuida por la expansión del clero secular bajo el impulso de los obispos selectos, como Moya de Contreras y luego Palafox; pero esta lucha de autoridad había sido, en fin de cuentas, un asunto interno del estado eclesiástico. Carlos III, “déspota ilustrado”, rodeado de consejeros italianos e inspirado en las ideas filosóficas francesas, aunque personalmente fuese un católico irreprochable, según hemos visto pasó por hereje ante los ojos de Nueva España a partir de la expulsión de la Compañía de Jesús. Lo que el soberano y sus consejeros habían concebido en Madrid como una recuperación del clero regular, fue sentido en Nueva España como un atentado criminal (el nuevo crimen de lesa religión) a la casta sacerdotal.

Las consecuencias del abandono de las misiones por los jesuitas y del “reenclaustramiento” de los religiosos en las ciudades tuvieron una gravedad comparable (guardando las proporciones) con lo que había significado para el politeísmo mexicano la eliminación de sus sacerdotes por los conquistadores. Privado de los frailes, sostenedores de la ortodoxia y santificados portadores de su fe, el pueblo mexicano se replegó en la vida parroquial y en las devociones esenciales. La Virgen de Guadalupe, sobre la cual se volcaban las esperanzas de salvación más profundamente mexicanas, se convirtió aún más en la diosa-madre de los mexicanos. Los curas rurales permanecieron a salvo del rigor del poder y pudieron asegurar al fin el remplazo de los religiosos. Hay que tratar de imaginar lo que fue la “democracia de los monjes” de Nueva España, para medir la amplitud de una revolución realizada por imprudentes iniciativas gubernamentales.

A la vez que disminuía el estado monacal, que había gozado de una autonomía y de una preeminencia indiscutida desde la primera mitad del siglo XVI, el estado militar salía

de la nada, con ocasión de la guerra contra Inglaterra. En 1758, el ejército de Nueva España comprendía tan sólo 3 000 hombres, la mayoría sobre la frontera norte, lejos del México útil, además de las “milicias” compuestas por hombres reclutados ocasionalmente

entre la población (con excepción de los indios) de México y de Puebla. En 1800, el ejército regular sobrepasaba los 6 000 hombres y las milicias urbanas y costeras habían conocido un desarrollo todavía mayor, pasando de unos 9 000 en 1766 a cerca de 40 000 en 1784. Los progresos numéricos de la clase militar habrían bastado para que emulara a la de los religiosos, pero el “estado de guerra” instaurado en el virreinato en 1761, bajo el virrey Cruillas, que era él mismo militar, acentuó esta evolución. La guerra de los Siete Años, la toma de La Habana por los ingleses, en 1762, amenazando directamente la costa del Golfo de México y cortando la ruta marítima de Veracruz a Cádiz (cordón vital entre Nueva España y la metrópoli europea) tuvieron parte en el desenvolvimiento del ejército y del espíritu militarista.

Poco a poco los desfiles militares vinieron a compartir con las procesiones religiosas el favor del pueblo mexicano. Mientras que los fueros eclesiásticos eran atacados por las nuevas medidas regalistas, el fuero militar se volvió a codificar en un código voluminoso, en 1768. Los militares escapaban de derecho a la jurisdicción civil; ese privilegio estaba acompañado de ventajas diversas (exención de impuestos y de servicios…), que hacían de ellos privilegiados, igual que los religiosos. En 1784 terminó la guerra con Inglaterra y, con ella, los donativos excepcionales, pero, de vuelta a la paz, el prestigio del ejército no dejó de seguir creciendo, sobre todo gracias a la llegada (era su regreso al país) en 1785 del virrey Bernardo de Gálvez, joven general cubierto de gloria. En 1796, España, aliada de Francia, volvió a declarar la guerra a Inglaterra, despertando la amenaza de un desembarco en las posesiones de las Indias Occidentales. Nueva España comenzó a pagar contribuciones extraordinarias, que no iban a cesar hasta la Independencia. El virrey Iturrigaray se quejaba de tener que enviar fondos y tropas a La Habana, en previsión de un posible ataque inglés. En 1807, el fracaso del desembarco inglés en Buenos Aires tuvo una gran resonancia en Nueva España, a través del Diario de

México, al favorecer el carácter belicoso de un patriotismo reciente que aliaba el fervor

religioso con el odio a los herejes. La bendición de los estandartes y otras pompas religiosas, de las cuales gustaban de rodearse los militares, contribuyeron a realizar una transferencia de depósito sagrado (la religión y la patria) de las manos de la casta religiosa declinante a las de la casta militar. El estado de guerra (de derecho o de hecho) desde hacía más de una generación aseguraba la preeminencia de los militares. La inmunidad jurídica de éstos acarreó abusos y tiranía al paso que afirmaban su poder.

Mientras en Nueva España se operaba esta profunda revolución, obra de Carlos III, Europa entró en una fase revolucionaria sin precedentes, de inspiración nacional y patriótica. La metrópoli española no quedaría al margen de esos acontecimientos; aliada de la Francia revolucionaria y de su heredero cesarista, Napoleón, cayó bajo la dependencia de éste en 1808. La noticia del levantamiento del 2 de mayo, del pueblo de Madrid contra los franceses, desencadenó un gran movimiento de simpatía en Nueva

España. La declaración de guerra de España a la Francia napoleónica, el 3 de agosto, fue celebrada en numerosas ciudades de Nueva España. Una especie de delirio patriótico hizo creer que los franceses habían sido derrotados y que había vuelto a España el joven rey Fernando VII, quien se convirtió en ídolo, como lo prueban los diarios y los grabados de la época. Pronto hubo que cambiar el tono y España apareció en toda su debilidad. Los criollos se cansaron de las contribuciones que no tenían ya nada de excepcional; la venta de los bienes inalienables por aplicación de la cédula de consolidación de 1804, que había levantado protestas, no alcanzaba evidentemente para socorrer a la “madre patria”. Los rencores acumulados contra una monarquía estimada tiránica y el ancestral odio contra el gachupín eran sentimientos más duraderos que un movimiento sentimental a favor de la metrópoli escarnecida por el nuevo “Anticristo”, y quedaron cortadas las comunicaciones con España.

No teniendo ésta ya rey (porque no era asunto de reconocer a José Bonaparte) o estando prisionero de los franceses el heredero del trono, el lazo jurídico entre Nueva España y España quedaba también cortado. No siendo una dependiente de la otra, sino ambas dependientes de la persona del rey, quien delegaba su poder en un virrey, este último se encontraba privado de toda legitimidad. Los criollos no tardaron en ver en esto la ocasión de asumir ellos mismos esos poderes que tan constantemente se les habían rehusado desde la deposición de Cortés y la instalación de la primera Audiencia. Desde que las tristes noticias de España llegaron a México, un religioso de nombre fray Melchor de Talamantes elaboró un proyecto muy completo de Constitución para un México independiente, dotado de un congreso que tendría poder legislativo, “y revistiese al reino de Nueva España de aquel carácter de dignidad, grandeza y elevación que debía hacerlo respetable entre las naciones cultas e independientes de América y Europa”.26 El llamado a “la voz de la nación”, representada por sus notables, para poner remedio a la falta de virrey y de Audiencia, la referencia bíblica: “Esa voz tan respetable y soberana, que obligó al mismo Dios a mudar el gobierno de Israel, concediéndole el rey que pedía”,27 da el tono de esos años decisivos para el destino nacional mexicano. El tomar prestada la ideología de la Revolución francesa (la del 89, y aún con restricciones importantes) y la fidelidad al humanismo cristiano (Suárez): vox populi, vox Dei, dos años más tarde serán también las dos caras de la inspiración del cura Hidalgo, quien como fray Melchor, querrá en principio evitar el derramamiento de sangre, pero éste era inevitable.

En efecto, el proyecto de fray Melchor estaba inspirado en el resentimiento contra el verdadero golpe de Estado perpetrado por una camarilla compuesta por funcionarios de la Audiencia, comerciantes de Veracruz, etc., que sin lucha se apoderaron de la persona del virrey Iturrigaray, el 15 de septiembre de 1808. Las circunstancias de este complot y sus causas fueron expuestas por Mier en su Historia de la Revolución de Nueva

“contrarrevolución” preventiva de un puñado de gachupines. También el levantamiento de Hidalgo pudo ser presentado por su iniciador como el restablecimiento de la legalidad, de la única legalidad posible en ausencia del virrey nombrado por el rey, la soberanía popular. La expresión, citada anteriormente, de la proclama de Hidalgo: “Para la felicidad del reino es necesario quitar el mando y el poder de las manos de los europeos”, cobra todo su sentido a la luz de la situación creada por la prisión del virrey. El gran comercio español, que tenía su centro en Cádiz y su parada en Veracruz, tenía ahora vara alta sobre el virreinato, lo que prometía el desvalijamiento ordenado de un país que ya estaba en dificultades a causa de las medidas autoritarias y las cargas financieras.

El grito de guerra: “¡Mueran los gachupines!”, apuntaba, en primer lugar, a los usurpadores del poder, representados en el país por los comerciantes españoles, pero esta invectiva no agotaba toda su significación. “Muerte a los gachupines” era la liberación tardía y tanto más incontrolable del viejo odio heredado de los propios conquistadores contra los “licenciados” españoles ávidos de despojar, tanto al criollo como al indio. Hijo de la burguesía criolla, educado en el Colegio de San Francisco Javier, de Valladolid, Michoacán, y luego doctor de la Universidad de México, lector de Clavijero y de los autores franceses del siglo XVIII (parece que sabía bien el francés), en fin, cura de

pueblo, primero en Colima y después en la región de Guanajuato, privilegiado por su saber y por su experiencia, Miguel Hidalgo y Costilla debía sentir tanto las aspiraciones de la burguesía criolla de las ciudades como las del pueblo indígena del campo. Lanzó el “grito de Dolores” en el momento oportuno y alzó el pendón de la Guadalupe con entero conocimiento. No tiene ningún sentido seguir repitiendo con Lorenzo de Zavala, en su

Ensayo histórico de las últimas revoluciones de México (escrito en París en 1831):

“Hidalgo obraba sin plan, sin sistema y sin objeto determinado. Viva Nuestra Señora de Guadalupe era su única base de operaciones; la bandera nacional, en la que estaba pintada la imagen, constituía su código y sus instituciones”.28 En esa hora de la verdad en que tomó en sus manos el destino histórico del pueblo mexicano, Hidalgo aportó lo que éste necesitaba de inmediato: una bandera que fuese también un símbolo.

Cuando había sido rector del Colegio de San Nicolás, en su ciudad de Valladolid, Michoacán, tuvo un alumno: José María Morelos y Pavón, al que convirtió en su lugarteniente en 1810. Morelos era también cura de una parroquia rural, Carácuaro. Pero