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ENEMIGOS IRRECONCILIABLES: INDIOS, MESTIZOS, MULATOS

Primera Parte CLIMA ESPIRITUAL

II. ENEMIGOS IRRECONCILIABLES: INDIOS, MESTIZOS, MULATOS

LA OPOSICIÓN ENTRE ESPAÑOLES Y CRIOLLOS era una lucha fratricida, pero unos y otros,

juntos, constituían una casta dominante del México real, cuya población, aún a principios del siglo XIX, era en gran mayoría india.

La composición de la sociedad mexicana tal como la calculó Alejandro de Humboldt sigue siendo un buen punto de partida para reflexionar sobre la evolución de la Nueva España:

Sobre una población total de alrededor de cinco millones de habitantes (observemos la escasísima densidad por kilómetro cuadrado), la mitad la constituían indios; una cuarta parte, mestizos diversos, y el resto, los blancos (criollos en su inmensa mayoría). Si interpretamos esos datos relativos al estado alcanzado por la sociedad, después de casi tres siglos de colonización hispánica, bien podemos decir que toda la población era “mexicana”. En efecto, sólo los 70 000 españoles nacidos en España y los 6 100 esclavos africanos eran extranjeros. No olvidemos tampoco que entre los criollos tenidos por “blancos”, un número difícil de apreciar (pero seguramente muy elevado) eran biológicamente mestizos.

El papel de los mestizos en la sociedad mexicana fue desde muy temprano un factor de inestabilidad; desde los albores de la conquista española se multiplicaron, resultando inquietantes para el poder político. Esos primeros mestizos de padre español y de madre india no tenían hogar ni lugar definido en la sociedad de su tiempo. El tipo del pícaro mexicano, el “lépero” fijado en sus rasgos literarios en el siglo XIX por José Joaquín

por el mundo indígena y por la sociedad conquistadora. Si en su comienzo fueron hijos de la violación de América por el europeo, hijos de “la chingada”, los mestizos no tardaron en complicarse con matices nuevos, sobre todo bajo el efecto de la aportación negroide debido a la introducción de esclavos africanos en el país. Una serie de cuadros de la época colonial representa todas las formas conocidas de mestizaje (desde el más claro hasta el más oscuro) y sus denominaciones, algunas de las cuales muy pintorescas, como saltatrás.

El conjunto de esos sujetos “de sangre mezclada” constituía las castas; Gemelli Carreri, que seguramente se hacía eco de ideas por entonces difundidas en México, explica así el origen de ciertos mestizos: al preferir las mujeres criollas a los hombres españoles, dice, los criollos varones, “por esta razón, se unen con las mulatas, de quienes han mamado, juntamente con la leche, las malas costumbres”.1

Si bien hay que cuidarse de una generalización excesiva, podemos deducir que el empleo generalizado de nodrizas mulatas por la burguesía criolla volvió realmente influyente a un grupo social despreciable por su número. Los niños nacidos de hombres criollos y de mulatas parecen haber sido abandonados a sí mismos (a diferencia de lo que sucedía en el sistema del patriarcado rural brasileño, por ejemplo). El mismo testigo escribe que “tendrá México cerca de cien mil habitantes; pero la mayor parte negros y mulatos”.2 Pensemos lo que pensemos de las explicaciones demasiado simplistas y unilaterales, debemos reconocer que la obra de sor Juana Inés de la Cruz, exactamente contemporánea, nos da una imagen de México que confirma la visión del viajero napolitano.

Muy distinta se nos aparece la situación rural. El elemento negro de su población fue débil, salvo en las tierras cálidas, donde se trató de implantar el monocultivo tropical (caña de azúcar). A consecuencia del hundimiento de la organización indígena, provocado por la conquista, y las epidemias mortíferas, las comunidades indias muchas veces se desintegraron, poniendo en circulación a indios desarraigados. Éstos, junto con los veteranos de la conquista arruinados por el juego o por cualquier otra circunstancia, con aventureros europeos llegados posteriormente (soldados desertores, monjes que habían colgado los hábitos o falsos religiosos, delincuentes huidos), constituyeron, a partir de la primera mitad del siglo XVI, el embrión mexicano de lo que en España se

llamaba el hampa, el medio de truhanes descrito por Cervantes en Rinconete y

Cortadillo. Naturalmente, esos grupos marginales de la naciente sociedad colonial fueron

el terreno privilegiado del mestizaje biológico y cultural, al nivel más mediocre. A pesar de la prohibición: “que ningún moro, ningún judío, ningún reconciliado, ni hijo ni nieto de quemado, pueda pasar a las Indias”,3 la mezcla de las razas y de las creencias se realizó en América desde los primeros tiempos. El odio de esos outlaws hizo de ellos no sólo la plaga de los viajeros y la obsesión de los comerciantes, sino, sobre todo, los verdugos de

los indios. A todo lo largo de la época colonial mexicana se tomaron sucesivas medidas policiales para prohibir, vanamente, a los españoles (salvo los funcionarios obligados a residencia), a los negros y a los individuos que correspondían a la definición legal de castas, que residieran en los pueblos de indios e incluso “ser vistos en compañía de indios”.

Desde los primeros decenios de Nueva España, el indio fue la víctima del mestizo. El clima de violencia que aún en nuestros días sigue siendo uno de los aspectos más llamativos de la vida hispanoamericana, tiene aquí su origen. El sentimiento de casta, heredado del de la “limpieza de sangre” español, muy fuerte entre los criollos, no era menos vivo entre los indios; el “mezclado” era tan negado por los unos como por los otros. Así se constituyó una sociedad flotante, caótica, tanto más temible para el equilibrio del cuerpo social que integraba, dispersado en el espacio geográfico, en la medida en que con el tiempo tomó una importancia relativa creciente. Había en Nueva España una frontera social, que no por ser imposible de dibujar sobre un mapa fue menos determinante. A la larga, esta frontera social se reveló mucho más amenazante que la “Frontera” del norte. A menudo se agitó en Nueva España el espantajo de los apaches; en cambio, fue mucho menos visto el de los pardos (en principio, mestizos de negros y de indios; el término llegó a ser sinónimo de castas); su incorporación al ejército, a partir de Carlos III, iba a hacer de ellos los árbitros del destino nacional durante las guerras de la Independencia. Toda la historia de México es la del papel creciente de las castas que antes de asimilarse a una sociedad dotada de un equilibrio nuevo sólo podían expresarse por iniciativas violentas y que hundieron al país en interminables convulsiones, entregándolo a los caudillos surgidos de la anarquía. La historia de la inserción progresiva de los léperos en una sociedad en evolución, sea en las milicias privadas de los hacendados, sea en el ejército, sea como tahúres, o aun como pistoleros ocasionales (instrumentos de venganzas políticas o personales), es una suma de aspectos oscuros, pero para nada despreciables, de la realidad mexicana.

Los indios han sido siempre los vencidos y, como tales, las víctimas permanentes del sistema de explotación de su trabajo. La primera comprobación que se impone es la de la gran diversidad de la condición del indio en Nueva España. Debemos establecer una distinción entre el “México útil” y las zonas recorridas por los nómadas. Éstas son claramente superiores en superficie, pero la densidad de la población era allí mucho más débil, por tratarse en general de estepas o de desiertos (Chihuahua), o bien de bosques tropicales difícilmente penetrables (Huasteca). Los indios de esas regiones habían escapado al dominio de los aztecas; continuaron contra las fronteras de los sedentarios criollos la misma guerra de hostilidades que habían llevado en el pasado. Si los aztecas sólo habían pensado en desalentar sus incursiones, los españoles pretendieron sedentarizarlos a fin de proteger las vías de comunicación y evangelizarlos, para

integrarlos a Nueva España. Esas dos empresas: defensa de las fronteras y expansión de la fe, fueron conducidas paralelamente, en el ámbito militar por las marcas fronterizas colonizadas por soldados (presidios), y en el dominio misionero, por las órdenes mendicantes; luego, más tarde, por los jesuitas. Ambas resultaron en parte un fracaso: en el campo militar porque los caciques que se sometían o aceptaban un acuerdo carecían de autoridad sobre el conjunto de una región, y desde el punto de vista misionero, porque los neófitos fueron rara vez sustraídos a la influencia de los sacerdotes de su antigua religión politeísta (chamanes). Estos últimos, llamados en la lengua técnica de la lucha contra la idolatría “dogmatizadores”, suscitaban periódicamente levantamientos indígenas. La Historia de Alegre está colmada con el martirologio jesuítico de la Pimería, de la Tarahumara, de la Baja California. Conocemos, sobre todo, de esos indios del norte mexicano, calificados entonces de “indios bravos”, la hosca voluntad de defender los territorios que recorrían y su herencia cultural. No obstante, la implantación misionera, conducida sistemáticamente, ha dejado trazas duraderas en la cultura de las numerosas poblaciones del norte y del oeste. Las investigaciones etnológicas modernas, aun en las poblaciones menos alcanzadas efectivamente por las influencias cristianas, revelan siempre una realidad religiosa sincrética.

Estamos mucho mejor informados de la suerte de los indios sedentarios, agricultores otomíes o nahuas del México central, antiguos súbditos de los señores de México- Tenochtitlan, o de Tlaxcala. Vastas zonas de sombra rodean, en cambio, a Michoacán, Oaxaca, la Huasteca, regiones de transición, antiguas poblaciones a veces tributarias de los mexicanos, pero no asimiladas a su imperio. Cada grupo lingüístico regional era una realidad sui generis, tanto desde el punto de vista de su herencia cultural como por las modalidades de su integración al régimen colonial. Los indios mexicanos padecieron en común el choque de la conquista militar, pero sin duda ése era el que estaban mejor preparados para soportar, dado su largo pasado guerrero. El verdadero “trauma” fue el derrumbamiento de la organización social tradicional y la erradicación de las creencias religiosas que eran su fundamento. El saqueo del tesoro de Axayácatl por los compañeros de Cortés y el repartimiento de la gente del pueblo (macehuales) entre amos (encomenderos) españoles fueron la inmediata consecuencia para los individuos, de la conquista española. La imagen del apocalipsis se impone, en la medida en que los indios creían en las grandes catástrofes periódicas en que la humanidad se hundía repentinamente; el año 1519 coincidió justamente con el término de una era o “sol”.

Otras pruebas iban a herir a los indígenas del México central, sobre todo una serie de epidemias, alguna de las cuales por lo menos fue de viruela, llamada en náhuatl

cocoliztli. Entre la conquista y el final del siglo XVI la población del Valle de México

habría caído, según los cálculos de Borah y Simpson, de 1 500 000 indios aproximadamente a tan sólo 70 000. Las crónicas de los primeros franciscanos están

llenas de lamentaciones relativas a la “desaparición” de los indios. La causa principal de la vertiginosa caída demográfica fue la epidemia; hay que agregar la modificación del régimen de las aguas en el Valle de México por las empresas de los conquistadores- colonos y el cambio violento del régimen de trabajo. Esos aspectos han sido estudiados por Charles Gibson en The Aztecs under Spanish Rule, y sólo pretendemos aquí indicar las grandes líneas de una historia sin las cuales los fenómenos espirituales que vamos a estudiar serían inconcebibles. El sistema de la encomienda, tomado de España e impuesto primero a los indios, fue destruido poco a poco por los obstáculos legales (“Leyes Nuevas”) y por la acusada disminución numérica de los indios encomendados. La fuerza de trabajo indígena, que había suplantado en la codicia de los conquistadores al botín en metales preciosos pronto agotado, sufrió tal disminución que fue necesario buscar nuevas riquezas. La primera fue la propia tierra; entonces comenzó el acaparamiento de tierras, con su corolario, la expoliación de las comunidades agrarias indígenas. El indio de las comunidades, privado de su tierra, huyendo de su encomendero, se convirtió entonces (desde mediados del siglo XVI) en el peón

americano, ligado a un hacendado por sus deudas, pero también por una cierta seguridad que le ofrecía la hacienda en un mundo caótico. La importancia de la hacienda aumentó con los años. Al mismo tiempo, los “señores naturales” (antigua aristocracia indígena) que habían sido mantenidos en sus prerrogativas y utilizados especialmente para recolectar tributos padecieron más aún que las gentes del pueblo un empobrecimiento general. Endeudados, obligados a enjugar por sí mismos el déficit fiscal de sus súbditos exangües, los caciques indios no tuvieron otra salvación posible que actuar de funcionarios; promovidos a “gobernadores”, apresuraron de este modo la integración al sistema de explotación colonial del mundo indígena, cuyos amos habían sido. El descubrimiento de las minas de plata en el norte del país, con sus nuevas exigencias de mano de obra, provocó nuevos desarraigos de indios arrancados de las comunidades tradicionales. Sin duda, ese fenómeno afectó menos a los indígenas del Valle de México que los trabajos de drenaje de las lagunas.

Poco a poco, a mediados del siglo XVI se instituyó una organización administrativo-

fiscal represiva que, con nombres modificados, iba a perpetuarse hasta la Independencia. El sistema español de la cabecera (capital de provincia), con un corregidor y dirigida en el campo espiritual por un cura, fue la base de la administración de los indios. La parroquia y la cofradía religiosa consagrada al culto de un santo protector, por una parte, y por otra la caja de la comunidad, fueron la expresión socioeconómica y espiritual de la realidad indígena en Nueva España. En ambos casos se trataba de adaptaciones de antiguas instituciones tradicionales; la comunidad (que hasta nuestros días sigue siendo la célula de la sociedad indígena) era la forma degradada del calpulli, y el corregidor (a menudo un

indio, pero no siempre un descendiente de cacique) era el heredero colonial del cacique tradicional.

Durante los tres siglos de la colonización, la política española conoció fluctuaciones (así como la prosperidad minera); también la demografía de derrumbamiento del primer medio siglo se elevó, primero lentamente a fines del siglo XVII, luego decididamente en el XVIII, hasta el punto de que la población del Valle de México alcanzó (según Gibson)

alrededor de 275 000 indios a fines de la época colonial. Los procesos de evolución parecen haber sido muy lentos después de las grandes conmociones de los 30 años terribles que siguieron a la Conquista.

La administración española, en especial bajo la influencia de los religiosos, tomó muchas medidas para proteger a los indios. La mayor parte de esas disposiciones tendía a instaurar una segregación legal, única vía que parecía entonces practicable. Se intentó también promover una minoría selecta indígena, según los criterios aristocráticos que prevalecían en la Europa de ese tiempo. De esa preocupación nacieron los colegios y conventos destinados a recibir y a formar, en un espíritu de asimilación, a los herederos de la aristocracia indígena. En el dominio lingüístico, los evangelizadores contribuyeron en un primer momento (el de las órdenes mendicantes) a la difusión de la lengua náhuatl, utilizada como vehículo de la doctrina cristiana. Por otra parte, la monarquía se permitió esfuerzos para estimular y generalizar la enseñanza del castellano a los indios, pero con muy poco éxito.

Una de las causas mayores de un fracaso conjunto fue la contradicción entre las medidas segregativas que el estado de la sociedad hacía necesarias para la conservación de los indios sobrevivientes, por un lado, y una política de asimilación que tendía a la completa integración de la aristocracia indígena, por otro. Se produjo una nivelación demasiado rápida, al nivel más bajo, de la condición del indio en Nueva España. El acaparamiento de las tierras de las comunidades indígenas por los hacendados, las faenas impuestas por los corregidores, los abusos fiscales, civiles o eclesiásticos (diezmos), las violencias y los ultrajes físicos infligidos por los “sangres mezcladas” fueron la suerte cotidiana de los antiguos señores de Anáhuac. Así, pues, el clima espiritual de una sociedad indígena a la deriva no se prestaba para nada a una cristianización en profundidad.