MÉXICO, NUEVA JERUSALÉN
IV. LA GUERRA SANTA (1767-1821)
L
A HORA DE LA EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS (1767-1770)Los RR. PP. jesuitas, puestos a los pies de V. Ex., le suplican les permita su venia para que, pasando por Nuestra Señora de Guadalupe, se encomienden y despidan de esta divina señora.1
Este ruego, dirigido al marqués de Croix, virrey de Nueva España, por los últimos grupos de jesuitas desde el camino del exilio, da el tono del momento histórico. Recordemos el papel desempeñado por los jesuitas en el desarrollo de la devoción a la Virgen de Guadalupe y, todavía muy recientemente, en el reconocimiento de la tradición por la congregación de los ritos. El triunfalismo criollo mexicano del siglo XVIII se confundió
con la apoteosis de la Compañía, según nos demuestra la literatura devota. Recordemos estos elocuentes títulos de sermones y novenas: Novena de la triunfante Compañía de
Jesús, o El cielo puesto en nuestras manos por las de san Ignacio y las de su Compañía.2 Las condiciones eran, pues, óptimas para que apareciera y comenzara a desarrollarse un mito de la edad de oro jesuítica, después de la expulsión de los jesuitas de Nueva España. En efecto, este accidente histórico había sido precedido, exactamente 20 años antes, por ciertos “signos”: el rayo, como ya dijimos, se había abatido dos veces, en 1747, sobre la capilla de San Ignacio de Loyola en la catedral de Puebla, uno de los centros de la irradiación jesuítica, teatro también del primer episodio de la lucha de la Compañía contra los obispos secularizadores. El rayo oficial que cayó sobre los jesuitas de México la mañana del 25 de junio de 1767 tuvo un efecto tanto más sorpresivo por sobrevenir en un cielo sereno. Dos años antes, el soberano pontífice había confirmado por el breve Apostolicus pascendi las constituciones de la Compañía, que, por tanto, podía considerarse al amparo de Su Santidad en la monarquía católica, y venerada por una sociedad muy devota, como la criolla del siglo XVIII. En ese entonces los jesuitas
eran unos 700 en Nueva España, y muchos de ellos ocupaban posiciones eminentes en la sociedad. Toda Nueva España quedó estupefacta, como lo demuestran numerosos documentos. Pese a las grandes precauciones que se tomaron, la partida de los jesuitas fue dramática en la mayoría de los pueblos y las misiones. Las distancias, la lentitud de los desplazamientos, la espera de vientos favorables para que pudieran zarpar los barcos rumbo a Europa con los religiosos, el cruce del país por los jesuitas repatriados desde las
Filipinas (dependientes de la provincia de México), todo ello hizo que cerca de tres años después de la notificación en Nueva España del decreto de expulsión de la Compañía de Jesús atravesaran todavía el país grupos de jesuitas flanqueados por soldados.
El clima de esos tres años decisivos para el futuro de la nación mexicana se desprende por sí mismo de los acontecimientos, tal como nos fueron transmitidos por las minutas de los procesos, los diarios de viaje y los panfletos. Las reacciones populares, en todos los grados posibles, fueron registradas en esta ocasión. La más violenta vino de los indios; en San Luis de la Paz, en Sonora, los indios impidieron “a viva fuerza la expulsión y salida de los jesuitas del colegio que con nombre de misión tenían aquí”.3 ¿Qué mejor confirmación de la influencia de los jesuitas en sus misiones? Esos movimientos no eran hechos insólitos en Nueva España; otros semejantes pueden ser observados en el siglo XVI en los territorios de las misiones. Los levantamientos de indios
fueron frecuentes, en general. Lo singular, aunque sólo en cierta medida, fue la brutalidad de la represión y su carácter inmediato. A menos de un mes del levantamiento, estaba concluido el juicio de los culpables: “Que sirva de condigno castigo a los reos y de escarmiento a todos los demás, fallo que debo condenar y condeno a pena capital y de muerte a Ana María Goatemala, india viuda; Julián Martínez Serrano; Vicente Ferral Rangel, y Marcos Pérez de León, por decirse que es principal descendiente de cacique, a ser arcabuceado por la tropa en calidad de traidor, y en la misma plaza, las cabezas de todos cuatro separadas de sus cuerpos muertos, puestas en otras tantas picotas donde deberán perseverar hasta que el tiempo las consuma”.4
Esas cabezas pudriéndose que el tiempo consumió inspiraron, sin duda, el saludable terror que el visitador esperaba, a fin de prevenir nuevas conmociones. Pero también prolongaron el choque causado por la expulsión de los jesuitas; esos mártires indios convirtieron un episodio efímero en una hora decisiva en la historia del país. Morir por los jesuitas fue un fundamento aún más poderoso que vivir por ellos. Comparable a la evicción de los franciscanos de sus misiones, la expulsión de los jesuitas puede aparecer incluso como un tardío desquite de la orden franciscana, puesto que fue a ella a la que se confiaron la mayoría de las misiones jesuíticas. Pero entre jesuitas y franciscanos no había hostilidad en Nueva España. Comparar la expulsión de los franciscanos y la de los jesuitas de sus respectivas misiones aclara muchas cosas, sobre todo por las diferencias que surgen. El abandono de las misiones franciscanas, que comienza en el último cuarto del siglo XVI, es una empresa hecha por etapas; a mediados del siglo XVIII todavía no
había concluido. Los motines causados a veces por la partida de los franciscanos o la llegada de los curas que debían remplazarlos fueron episodios locales desperdigados en el espacio y, sobre todo, en el tiempo. Además, los frailes franciscanos no fueron expulsados de Nueva España, sino enviados a las misiones de otras regiones o reagrupados en conventos. La desposesión no fue presentada como un castigo ni como
un destierro. El abandono progresivo de las misiones franciscanas fue precedido por una innegable declinación del celo misionero en las órdenes mendicantes en general. La expulsión de los jesuitas, por el contrario, en esta segunda mitad del siglo XVIII, que
podríamos llamar el “siglo jesuítico” de Nueva España, como lo testimonia todavía hoy el esplendor de la arquitectura religiosa de ésta, presenta características de ruptura que conviene señalar.
En primer lugar, su carácter repentino; de un día para el otro, un cuerpo que ocupaba tan importante posición en la vida de Nueva España y en todos los grupos sociales y étnicos que constituían su población fue totalmente arrancado de ella, sin que nada hiciera prever una medida tan radical. Los jesuitas habían conquistado una posición moral y una influencia sobre la élite criolla y sobre la población de los indios y de las castas, sólo comparable a la de los pioneros franciscanos en los 20 años que siguieron a la llegada de los “doce” en 1524. Fueron expulsados en el apogeo de su poder, después que hicieron triunfar la causa religiosa nacional de la Guadalupe y mantuvieron en jaque el poder del virrey en las misiones y el de los obispos secularizadores, impidiendo la beatificación de Palafox. La derrota en este último punto fue apenas anterior a la medida de expulsión de la Compañía, y fue quizá el único signo anunciador de ella para los espíritus sensibles a los indicios discretos de una evolución papal. Esencial, sí, es la simultaneidad de las medidas de expulsión; y de un extremo al otro del virreinato de Nueva España (y de todo el inmenso imperio americano) los indios se levantaron por la misma causa, hecho que no tenía precedentes. Incluso la insurrección de Cuauhtémoc en el siglo XVI sólo había unido a los aztecas del Valle de México, mientras que los indios de
las misiones jesuíticas pertenecían a distintos grupos étnicos muy alejados unos de otros por la distancia y por la cultura. Aquí cabe hablar por primera vez de un movimiento nacional, aunque no haya sido registrado como tal por sus actores, ni por la autoridad represiva; nacional, sí, sobre todo porque fue la reacción espontánea de todos los grupos sociales, regionales y étnicos de Nueva España ante una conmoción sentida por unos y otros con igual agudeza. Por primera vez quizá, los criollos, las castas y los indios hicieron causa común, de un cabo al otro del país, contra un enemigo común, que ya no era el anónimo gachupín, rival secular del criollo, sino el propio rey de España. Un poder político fundado sobre la unidad de la fe entraba en abierto conflicto con los que aparecían como los intérpretes de la ortodoxia en Nueva España, los jesuitas. En realidad, éstos eran los guardianes de la fe del pueblo mexicano, cuyas aspiraciones habían sabido interpretar apareciendo por todas partes como campeones de la devoción mariana, en particular de su expresión guadalupanista. De este modo la “estación” de grupos de jesuitas en el santuario de Guadalupe, en ese calvario que iba a conducirlos lejos de su patria (primero a Córcega y luego, de allí, a Italia), tiene una significación nacional de primera importancia. Los mexicanos de todas las razas habían comulgado
bajo la égida de la Compañía, en una devoción unánime a la Virgen del Tepeyac; el cristianismo guadalupanista mexicano tuvo también sus mártires y su memorial.
Se habían tomado grandes precauciones para evitar todo contacto entre los jesuitas y la población rural. En las ciudades la tensión no era menor, como lo demuestra el diario de un jesuita de las Filipinas. Este jesuita atravesó Nueva España con sus compañeros, de Acapulco a Veracruz, en febrero de 1770, es decir, en una fecha para la que podríamos suponer fundadamente que los revuelos suscitados por una medida de expulsión que se remontaba al 25 de junio de 1767 se habían apaciguado. Pero he aquí lo que escribe el jesuita: “A causa de los caminos, fue necesario pasar cerca de Puebla, y por esta razón nos agregaron como escolta un piquete de dragones a caballo, bajo las órdenes de un oficial; y a despecho de las precauciones que se tomaron, tales como hacernos pasar por la mañana muy temprano y muy ligero, hubo, sin embargo, gente allí que se tiraron sobre nuestros coches, entre los soldados, intentando al menos besarnos las manos, a riesgo de hacerse aplastar”.5 Al día siguiente los jesuitas entraron en Veracruz “en fila india, con soldados formados adelante, atrás y a los flancos”.6 El pueblo mexicano —“los hijos de Guadalupe”— era bastante heterodoxo en su fe católica, pero no más que los inquisidores; sin embargo, fue sometido a violencias al ser expulsados los jesuitas. Uno de éstos, de la misión de California, nos ha dejado un emocionante testimonio de la represión: “Encontramos en el puerto de San Blas cantidad de indios de San Luis Potosí y de los alrededores, condenados por haberse amotinado. Habían tomado las armas cuando se les había querido llevar sus misioneros […] Uno de nosotros fue llamado para oír la confesión de uno de esos desdichados: lo encontró tan deshecho a golpes que sólo se veía en él sangre y huesos; y, sin embargo, seguían flagelándolo despiadadamente todos los días”.7 La sangre de los indios y la sombra amenazante de los soldados, del norte al sur y del este al oeste de Nueva España, sellaron entonces, como por un sacramento, la unión de todos los mexicanos. Lo que la devoción por la Guadalupe había comenzado, lo concluyeron los mártires de la fe guadalupanista jesuita, y esta obra del tiempo y de las circunstancias fue la propia patria mexicana.
La lealtad con respecto a la monarquía española quedó irremediablemente quebrada. La duda se insinuó en todos los espíritus; esta declaración del obispo de Guadalajara, transmitida por el testigo precedente, es un buen ejemplo de ello: “Acabábamos de salir de Guadalajara, cuando el obispo envió a uno de sus canónigos a saludarnos de su parte y a felicitarnos —son sus propias palabras— de que soportáramos el exilio en nombre de Jesús”.8 La continuación de este diario da una imagen conmovedora de la atmósfera en la cual los jesuitas abandonaron Nueva España; a las violencias de los indios y las castas que querían retenerlos hace eco la preocupación de los criollos por suavizar su tribulación: “En el pueblecito de Jerez —cuenta el mismo jesuita—, los religiosos, sobre
todo, no descansaron hasta conseguir que la misa del día siguiente fuese dicha en cada convento por uno de nosotros. Los caballeros del poblado nos llevaron en sus carruajes. Los confesores de los diferentes monasterios nos contaron que se hacían allí tantas austeridades para obtener de Dios el retorno de la Compañía, que muchos hubieran perdido la salud, si no se hubiese puesto orden en ello”.9 La objeción que podría hacerse a testimonios como éste y los anteriores es la de ser sospechosos por emanar de jesuitas exiliados. Es probable que éstos hubieran querido añadir un último capítulo, particularmente edificante, a las Cartas edificantes, pero los hechos no son inventados. Los juicios sumarios instruidos contra los instigadores de los levantamientos indígenas y los panfletos criollos requisados, con notable falta de empeño, por los inquisidores confirman que la expulsión de los jesuitas se desarrolló en el clima descrito por los propios jesuitas. El último testimonio citado declara el celo de los religiosos y las maceraciones a que se sometían los fieles.
No hay que olvidar que los jesuitas tenían la dirección espiritual de muchos conventos, y desde el siglo XVI la de las hermandades marianas, eficaz instrumento (con
los colegios) de su influencia entre los laicos. Por la importancia de estas hermandades en Nueva España, cabe decir que la expulsión de la Compañía decapitó una de las instituciones más vivas, verdadera célula (aún más que las parroquias) de la vida religiosa urbana y rural. Así, pues, la partida de los jesuitas significó una catástrofe cultural, de importancia comparable en la historia de Nueva España a lo que debió ser, nueve siglos antes en el antiguo México, la partida hacia el exilio del sacerdote-rey de Tula, Quetzalcóatl. Por lo demás, las estaciones del calvario de los jesuitas hasta Veracruz evocan más de una vez las estaciones de Quetzalcóatl, que hizo prodigios durante su camino y antes de alejarse sobre las aguas prometió regresar triunfante. El esquema cíclico, que implicaba después de la muerte o del exilio el retorno glorioso del Mesías, se aplica tanto a Quetzalcóatl como a los jesuitas. La Independencia, conquistada bajo el estandarte de la Guadalupe, que ellos antes que nadie habían levantado en alto, y a los gritos de “¡Muerte a los gachupines!” (sus perseguidores), permitiría el retorno triunfante de la Compañía. Haya sido o no consciente en la población, la comparación con el exilio de Quetzalcóatl-Topiltzin se impone. También la expulsión de los jesuitas fue acompañada de brotes mesiánicos e iluministas y de signos sobrenaturales.
El jesuita anónimo de California nos ha dejado todavía un precioso testimonio más a este respecto: “Mientras que el buque se aprestaba a hacerse a la mar, el 4 de abril, después de las seis horas y veinte minutos de la mañana, se sintió un temblor de tierra que duró cerca de siete minutos […] en las plazas públicas el pueblo se prosternaba en tierra reclamando con grandes gemidos la misericordia divina; muchos gritaban que bien se veía que el Cielo comenzaba a castigar la expulsión de los jesuitas!”10 Fue, pues, en una atmósfera de apocalipsis que esos misioneros zarparon de Veracruz, a bordo del
Santa Ana, un barco podrido que no habría podido soportar la travesía sin “la protección
de lo alto”.11 Algunos religiosos que habían estado confiados a la dirección espiritual de los jesuitas tuvieron “revelaciones” que anunciaban la próxima restauración de la Compañía y el retorno de los exiliados. A la luz de estos hechos resulta ridícula la prohibición de penetrar en la ciudad de México que recayó sobre estos religiosos. Habían penetrado en lo más profundo de la conciencia colectiva, aureolados con la reputación de mártires. El mito jesuita, más o menos confundido con el de la Virgen de Guadalupe, iba a producir efectos mucho más graves para el futuro de la dominación española que los levantamientos que se lograron evitar en la capital. De San Antonio de Texas a San Francisco, desde el santuario del Tepeyac a los altares domésticos que todavía hoy abrigan los jacales indígenas, la imagen de Guadalupe recordaba la presencia de los jesuitas y alimentaba la esperanza de su regreso.
En esta medida, el asunto apasionadamente debatido, a propósito del jesuita peruano Viscardo, autor de una Carta abierta a los españoles de América,12 en 1791, del papel personal desempeñado por algunos ex jesuitas en los movimientos de independencia americanos, en los momentos finales del siglo y a comienzos del XIX, pierde mucha de su
importancia. A nivel ideológico, es probable, como escribió el padre Furlong refiriéndose a la Argentina, que la doctrina “populista” de Suárez haya preparado el terreno para la penetración del nuevo ideal democrático puesto en circulación por Rousseau y los ideólogos de la Revolución francesa. Pero la “mina escondida” dejada por los jesuitas en las Indias Occidentales luego de su expulsión, y presentida por el obispo de Buenos Aires, estaba más profundamente hundida. En Nueva España, en especial, su potencia explosiva derivó del hecho de que llegó a conmover las capas más profundas de la psicología colectiva. El accidente histórico que en un principio fue la expulsión de la Compañía se insertó en la conciencia religiosa al nivel de la facultad creadora del mito. Las “revelaciones” de las beatas con respecto al retorno de los jesuitas representaban el tardío resurgimiento, en ese siglo de las Luces, de las revelaciones de otras religiones del siglo XVI, reprimidas entonces, ya vimos con qué despiadado rigor, por la Inquisición.
Pero la Inquisición de México mostró una sorprendente pasividad ante la proliferación de libelos difamatorios para con el rey, y ante las expresiones iluministas, tan evidentemente heterodoxas, de la adhesión de los mexicanos a la Compañía. Los confesores no eran menos indulgentes con aquellos de sus penitentes que eran acusados de desear la muerte de un rey tan tiránico como Carlos III, tratado con todas las letras de herético en carteles colocados sobre los muros de las ciudades de Nueva España. Fue necesario, sin embargo, que el tribunal, después de una severa llamada al orden de la monarquía, se decidiera a perseguir a los sacerdotes que, no contentos con no denunciar a los regicidas potenciales, los alentaban a favor de la confesión. Estamos todavía muy lejos de los confesores-seductores del pasado; la pasión política aflora a la conciencia colectiva. Este
gran cambio fue, sin duda, una de las consecuencias más graves, proporcionalmente, de la expulsión; en todo caso, fue su efecto inmediato.
Junto a esas repercusiones decisivas para que viniese a cuajar la conciencia nacional mexicana, otros aspectos de la expulsión de los jesuitas tienen importancia secundaria. Sin embargo, la secularización de los bienes muebles e inmuebles de la Compañía no dejó de tener consecuencias en la vida económica de Nueva España. Incluso este aspecto