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FRAY BERNARDINO DE SAHAGÚN (1500?-1590)

II. LA GÉNESIS DEL MITO CRIOLLO

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AS PROFECÍAS INDÍGENAS Y LOS PRODIGIOS PRECURSORES DE LA CONQUISTA

Entre los indios existía la creencia general de que Quetzalcóatl regresaría de su exilio y que su reinado, identificado con la edad de oro, sería restaurado. Los esfuerzos de los misioneros católicos para desanimar esta esperanza mesiánica demostraron indirectamente su vitalidad: “lo que dijeron vuestros antepasados que Quetzalcóatl fue a Tlapallan y que ha de volver, y lo esperéis, es mentira, que sabemos que murió…”1 Es un rasgo común a los mesías que su retorno glorioso sea anunciado por profecías. Comparémoslo, en este aspecto, con el retorno de los heraclidas en la antigüedad helénica; más turbador aún es el parecido con el mito contemporáneo de la vuelta del rey Sebastián de Portugal. Si un mito semejante podía desafiar o desnaturalizar el cristianismo en un Portugal en principio católico, no es sorprendente que un mito comparable haya podido desarrollarse en el México de los aztecas. Ese Quetzalcóatl cuyo retorno se esperaba, ¿era hombre o dios? La pregunta parece no tener sentido, puesto que, según Motolinía, la palabra téotl designaba a los muertos que tenían acceso al paraíso de Tláloc. La profecía mostraba un carácter cronológico preciso, el héroe volvería bajo su signo calendárico: 1 ácatl; ahora bien, el año 1519, cuando Cortés desembarcó en México, era un año 1 ácatl. Hubo, pues, un primer avatar colonial, altamente sincrético, el Quetzalcóatl-Cortés. La presunción de identidad entre Juan de Grijalva, primero, y luego Hernán Cortés, y el Quetzalcóatl de Tula, llegado para recobrar su trono y deponer a los tlatoani aztecas (que se consideraban ellos mismos como regentes provisionales), surgió muy fuerte desde el comienzo en el ánimo de los mexicanos.

Es justo agregar que esta creencia fue de corta duración. Si bien Moctezuma hizo llevar ante Cortés los ornamentos sagrados de Quetzalcóatl, quizá a fin de verificar su identidad, la ilusión pronto se disipó. Bernal Díaz, que es el testigo menos sospechoso, escribe tan sólo que en el momento de la llegada de los conquistadores a México Moctezuma declara: “que verdaderamente debe ser cierto que somos los que sus antecesores, muchos tiempos pasados, habían dicho que vendrían hombres de donde sale

el Sol a señorear aquestas tierras, y que debemos ser nosotros”.2 Después, el soberano azteca manifestó riéndose que nunca los había tomado por dioses que lanzan el rayo, sino por hombres de carne y hueso, como él mismo. La confusión entre los españoles y los compañeros de Quetzalcóatl fue pronto disipada; parece haber sido sobre todo cosa de pueblo crédulo, como lo son todos. En las Cartas de relación, del propio Cortés, asistimos a la elaboración de un discurso de Moctezuma a la manera de los historiadores latinos, demasiado perfecta para ser verosímil; ante el colegio de los señores, Moctezuma dice: “y él [Quetzalcóatl] se volvió, y dejó dicho que tornaría o enviaría con tal poder que los pudiese constreñir y atraer a su servicio. E bien sabéis que siempre lo hemos esperado, y según las cosas que el capitán nos ha dicho de aquel rey y señor que le envió acá, y según la parte de do él dice que viene, tengo por cierto, y así lo debéis vosotros tener, que aqueste es el señor que esperábamos, en especial que nos dice que allí tenía noticia de nosotros. E pues nuestros predecesores no hicieron lo que a su señor eran obligados, hagámoslo nosotros, y demos gracias a nuestros dioses porque en nuestros tiempos vino lo que tanto aquéllos esperaban”,3 es decir, el retorno de la edad de oro. Pero la matanza perpetrada en Cholula, precisamente en la ciudad sagrada de Quetzalcóatl, hubiera bastado, entre otros indicios, para disipar este terrible malentendido. Lo que sabemos de la elocuencia náhuatl hace imaginar que la arenga de Moctezuma fue más discreta. ¿El texto de Cortés es la relación abreviada, para uso de Carlos V, de la traducción aproximativa de las palabras de Moctezuma, según doña Marina? ¿Es una pura invención del conquistador? La relación de Cortés sigue siendo la fuente más importante de numerosos textos de historiadores posteriores, en particular de Gómara, que fue seguido por la mayoría de los historiadores del Nuevo Mundo en el siglo siguiente. Moctezuma tomó a Cortés y a los españoles por descendientes de los toltecas que habían acompañado al Quetzalcóatl de Tula a su exilio, y que venían a cumplir la profecía, a reclamar por la fuerza el reino de sus antepasados. Así reducida a sus proporciones humanas, la leyenda historiográfica de Quetzalcóatl-Cortés pierde bastante de su carácter maravilloso. Sahagún, en el libro XII de su Historia general,

transmite el relato en náhuatl de la llegada de los españoles a México y sostiene la idea de que Moctezuma había tomado a Cortés por Quetzalcóatl (al menos antes de haberlo visto, y visto actuar): “Era como si pensara que el recién llegado era nuestro príncipe Quetzalcóatl”.4 Pero se trata de un relato indígena posterior a la conquista; se puede sospechar la intención de salvar el honor de Moctezuma y de los mexicanos, o de reanudar de este modo el hilo truncado de la historia mexicana. Si los españoles habían llegado para cumplir la profecía del gran sacerdote de Tula, entonces la historia cíclica del México antiguo entraba simplemente en un nuevo “sol” (una nueva era de Quetzalcóatl). Lo cierto es que Quetzalcóatl había partido hacia el este, desde la costa del Golfo, y que los españoles desembarcaron en el este, en esa misma costa, bajo el signo calendárico 1

ácatl, símbolo de Quetzalcóatl. Por este concurso de circunstancias, los mexicanos

identificaron a Cortés con Quetzalcóatl, pero la observación de la conducta de los españoles hizo desvanecerse la esperanza mesiánica que aportó su llegada.

La profecía de Quetzalcóatl aparece como un caso particular, para México, de una creencia común a la mayoría de las poblaciones indígenas, según la cual unos superhombres vendrían del este para dominarlos. Álvar Núñez lo comprobó durante su odisea a través de las llanuras, y Gómara en La Española; los chibchas, los tupíes del Brasil y los guaraníes del Paraguay tenían creencias semejantes. En diferentes regiones del Nuevo Mundo los españoles fueron considerados “hijos del Sol”. Y lo más interesante para nosotros es la transformación sufrida por esta creencia. Simple medio político de penetración del continente por los conquistadores, la profecía fue pronto un tema de reflexión para los misioneros, antes de convertirse en un arma de dos filos, cuyos efectos ya veremos. Posiblemente a causa, sobre todo, de la profecía que se le atribuía, Quetzalcóatl sería identificado más tarde con un evangelizador. Si lo pensamos bien, ¿no es natural que un jefe político, al partir para el exilio, prometa volver por sus fueros a recobrar el poder que momentáneamente está obligado a abandonar? Si al principio se les apareció a los mexicanos como el profeta de la conquista española, el mediador entre el pasado y el presente, Quetzalcóatl fue también para los españoles, gracias a la profecía de su retorno, la confirmación de su papel providencial. Ese personaje —hombre, héroe, dios o nigromántico (chamán)— tranquilizaba la conciencia de unos y otros. Para los indios era la única compensación metafísica del cataclismo de la conquista, y para los españoles era el sello de Dios sobre una aventura inaudita, llave preciosa de una historia desmesurada, si no indescifrable. Quetzalcóatl era el único capaz de colmar el foso histórico que separaba el Nuevo Mundo del Antiguo. Gracias a la profecía de Quetzalcóatl, indios y españoles pensaron que pertenecían a una misma historicidad. Ese proceso de solicitación del héroe-dios culminará en el título de un capítulo de la Historia de las Indias, del dominico Durán: “Del ídolo llamado Quetzalcóatl, dios de los cholultecas, padre de los toltecas, y de los españoles, puesto que anunció su venida”.5 Así se echa un puente no sólo sobre el abismo de la metahistoria, sino también sobre la falla jurídica de la Conquista. Si los soberanos aztecas habían justificado su dominación mediante un supuesto parentesco con los antiguos toltecas, los españoles podían reivindicar a México en nombre de la profecía de Quetzalcóatl. Ni los mexicanos ni los españoles dudaban, al parecer, de que fuese la venida de éstos la anunciada por Quetzalcóatl. Sahagún, sin embargo, lo atenúa un poco: “pensaron que [Grijalva] era el dios Quetzalcóatl que volvía”.6 El comentarista del Codex Vaticanus

3738 piensa que este encuentro había sido efecto del azar y de una superchería del

prevenir toda invasión: “Ha voluto dir quello, acció che quando alcuna altra natione li

soggiogasse, restasse con crediti, dicendo che gia, lici l’haveva profetizzato!”7

La astucia del Demonio podía explicar, en efecto, la imprecisa profecía de Quetzalcóatl, de la que se habían beneficiado los españoles, especialmente gracias a una coincidencia de fechas. Pero no era la única explicación posible. Las Casas consagra un capítulo de su Historia de las Indias al tema siguiente: “Esta orden muchas veces quiso asimismo la Providencia divina permitir, que unas veces para castigo y pena de los infieles, entre ellos hubiese, y otras veces para utilidad y conveniencia y gobernación de los reinos y así del mundo, permitiendo que los teólogos y hechiceros y adivinos y los mismos demonios, respondiendo en sus oráculos a los idólatras, den de las cosas por venir adversas o prósperas, ciertos responsos”.8

Los ejemplos que aduce Las Casas son tomados de los paganos de la Antigüedad, y especialmente de Séneca, que habría profetizado el descubrimiento del Nuevo Mundo en su tragedia sobre Medea; no está allí lo importante, sino en la autoridad de san Agustín invocada por Las Casas en apoyo de su explicación. Es fácil de concluir: Dios, en su misericordia, ha querido advertir por boca de un “demonio” (Quetzalcóatl) a los paganos extraviados la llegada de los evangelizadores españoles. Si aceptáramos esta explicación, que podríamos llamar absolutamente “profética”, los prodigios que habían precedido a la llegada de los españoles serían comparables a los del nacimiento de Cristo. Sahagún consagra el primer capítulo de su libro XII, Que trata de la conquista de México, a ese

tema: “De las señales y pronósticos que aparecieron antes que los españoles viniesen a esta tierra”.9 Enumera ocho, entre ellos el rayo, la tempestad, monstruos y cometas, es decir: la gama completa de los prodigios de la época. Pero el franciscano no afirma que el cielo los haya provocado. En ninguna parte Sahagún pretende que Quetzalcóatl haya predicho la llegada de los españoles, sino que se limita a comprobar que la profecía del retorno de Quetzalcóatl hizo pensar a los mexicanos que los españoles eran los compañeros de Quetzalcóatl. Las Casas, por su parte, transmite la profecía, enriqueciéndola, como veremos, y escribe: “Cuando vieron los cristianos los llamaron luego dioses, hijos y hermanos de Quetzalcóatl, aunque después que conocieron y experimentaron sus obras no los tuvieron por celestiales”.10 Es cierto que pronto los mexicanos perdieron su ilusión, como lo demostró su resistencia, y luego el levantamiento de Cuauhtémoc y, mucho más tarde, como dice el comentarista del Codex

Vaticanus 3738, la rebelión de los zapotecas, en 1550, “diedero la causa della sollevatione dire que giá era venuto il suo dio, che haveva da redimerli”.11 El mesianismo quetzalcoatlico sobrevivió, pues, a la conquista española y a la evangelización, en el ánimo de las poblaciones que la evangelización no había tocado (o apenas). Lo cierto es que en un sentido la historia, heredada del profetismo judaico en los españoles y surgida del politeísmo ancestral en los indios, dio a la profecía de

Quetzalcóatl una importancia que el mero azar del calendario no habría podido conferirle. Por una especie de acuerdo tácito, los ánimos de unos y otros reclamaron la leyenda de Quetzalcóatl, a fin de salir de una situación intolerable para su conciencia religiosa: vivir un momento, no previsto por sus respectivos profetas, de una historia en lo sucesivo común. Lo que había sido en un principio, para Cortés, una hábil superchería (sacar partido de una tradición religiosa azteca con fines políticos), llegó a ser para los misioneros y los teólogos la feliz solución de una dificultad exegética.

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OS SIGNOS CRUCIFORMES Y LAS ANALOGÍAS RITUALES

Independientemente (al menos al principio) de la profecía que pasó por haber anunciado su llegada al Nuevo Mundo, los conquistadores y luego los evangelizadores creyeron observar en los templos, sobre las imágenes sagradas de los mexicanos y sobre los códices, signos que a sus ojos no podían provenir sino del cristianismo o del judaísmo. El más impresionante de esos signos fue la propia cruz. Primer testigo de esas cruces, Bernal Díaz cuenta lo que vio en Campeche, en compañía de Juan de Grijalva: “tenían figurados en unas paredes muchos bultos de serpientes y culebras y otras pinturas de ídolos […] y en otra parte de los ídolos tenían unas señales como a manera de cruces, y todo pintado, de lo cual nos admiramos como cosa nunca vista ni oída”.12

Bernal Díaz quedó sobre todo sorprendido, pero un siglo más tarde, el franciscano López de Cogolludo, citando a Bernal Díaz, añadirá: “Se halló en este Reyno de Yucatán fundamento para poder presumir una evangelización de las Indias por los apóstoles y que no dio poco que considerar a los escritores antiguos, pues nuestros españoles, cuando en él entraron, hallaron cruces, y en especial una de piedra, relevada en ella una imagen de Cristo redentor nuestro crucificado, la cual está en nuestro convento de Mérida, y a quien veneraban los indios”.13 En efecto, las cruces de valor religioso eran bastante numerosas en el México antiguo. Una de las más conocidas, la de Palenque, era la estilización del árbol de la vida de los mayas. La cruz que Quetzalcóatl llevaba en la cabeza, al igual que otra del Códice Fejérvary-Mayer, sobre la cual está dibujado un personaje barbudo, era el símbolo de las cuatro direcciones del espacio, de los puntos cardinales, como correspondía al dios del viento, Quetzalcóatl-Ehécatl. Pero la complicada simbología religiosa de los antiguos mexicanos era impenetrable para los primeros españoles; o, más bien, sólo les decía algo analógicamente. Inclinados por una fuerte tradición judeocristiana, observaron, dándole primordial existencia, un símbolo (el de la cruz) significante para ellos, concediéndole una exagerada importancia, además de una significación errónea. Venidos de un mundo espiritual cerrado y exclusivo, no podían imaginar que una cruz pudiera tener otro origen y otro sentido que la cruz cristiana. Así,

las cruces del antiguo México, muy diferentes unas de otras, fueron unificadas y llevadas a su esquema cruciforme, para ser interpretadas como los signos de una evangelización anterior. La cruz del manto de Quetzalcóatl, cruz de san Andrés, simbolizaba en realidad el principio dual, en el origen de los dioses y de los hombres. Al pie del templo de Ehécatl, en Calixtlahuaca, hay un monumento funerario, sobre planta cruciforme. De ahí se dedujo rápidamente una especie de ley de frecuencia, que revelaba la asociación de Quetzalcóatl y de la cruz.

Tal hecho no podía pasar inadvertido para espíritus en busca de una explicación providencial y de un anuncio profético de la conquista española. La atribución de la profecía a Quetzalcóatl, y el símbolo de la cruz asociado a este personaje, constituían, juntamente, un misterio. Por otra parte, ese héroe era también una estrella que no dejaba de recordar a la estrella de David. Sus representaciones más corrientes lo mostraban coronado con un sombrero cónico, que recordaba a la tiara del papa, y portador de un bastón curvado con la forma de una cruz episcopal, aunque mucho más pequeña. ¿No era llamado el papa Quetzalcóatl? Ese haz de analogías formales entre los símbolos cristianos y los ornamentos sagrados de Quetzalcóatl no tardaron en intrigar enormemente a los misioneros. Incluso un rasgo antropológico, la barba representada en casi todos los Quetzalcóatl, parecía convertirlo en un europeo, o al menos en un extranjero para los indios imberbes. El propio Sahagún, a pesar de su gran prudencia, escribió: “También he oído decir que en Champotón o en Campeche hallaron los religiosos que fueron allí a convertir, primeramente muchas cosas que aluden a la fe católica y al Evangelio, y si en esas dos comarcas hubo una predicación (apostólica) del Evangelio, sin duda que también tuvo lugar en México y sus provincias y aun en toda Nueva España…”, y señaló lo que a sus ojos reforzaba la sospecha de una evangelización anterior: “El año de 70 o por allí cerca me certificaron dos religiosos dignos de fe que vieron en Oaxaca, que dista de esta ciudad sesenta leguas hacia el oriente, que vieron unas pinturas muy antiguas pintadas en pellejos de venados, en las cuales se contenían muchas cosas que aludían a la predicación del Evangelio; entre otras, era una ésta: que estaban tres mujeres vestidas y tocados los cabellos como indias, estaban sentadas como se sientan las mujeres indias, y las dos estaban a la par y la tercera estaba delante de las dos en el medio, y tenía una cruz de palo según significaba la pintura, atada en el nudo de los cabellos, y delante de ellas estaba en el suelo un hombre desnudo y tendido pies y manos sobre una cruz, y atadas las manos y los pies a la cruz con unos cordeles: esto me parece que alude a Nuestra Señora y sus dos hermanas, y Nuestro Señor crucificado, lo cual debieron tener por predicación antiguamente”.14 Éste es el testimonio más preciso y más turbador emanado de la más alta autoridad; lamentablemente, fray Bernardino habla de oídas, puesto que él mismo no había visto el códice que describe con tanta precisión. Observemos que Sahagún no

establece ninguna relación entre la profecía de Quetzalcóatl y la preevangelización de México. Quetzalcóatl, a sus ojos, es un gran brujo indígena, de ningún modo un precursor de los misioneros.

Sin embargo, la multiplicidad de los indicios que parecían confirmar la preevangelización, naturalmente, requería un apoyo entre los héroes del antiguo México. Quetzalcóatl, adversario de los sacrificios humanos, casto y ascético, iniciador de la mortificación, promotor de la creencia en un dios único, creador de toda cosa, anunciador de la conquista, depuesto y perseguido, concluyendo su existencia por una ascensión hacia el cielo y la promesa de una restauración futura de su reino bienaventurado, presentaba una cantidad demasiado grande de rasgos comunes con Jesús, como para no suscitar interrogantes apasionadas. Este héroe, según algunas versiones de su leyenda, había nacido de una virgen, milagrosamente engendrado por una mota de pelusa, cuyo carácter ligero e inasible habría podido simbolizar al Espíritu Santo. En el ritual complejo de los antiguos mexicanos aparecían la circuncisión, la confesión