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CAPÍTULO II: LA DOCTRINA DEL DESARROLLO TERRITORIAL

II.2. LAS NECESIDADES HUMANAS

II.2.2. TEORÍA DE LAS NECESIDADES HUMANAS

II.2.2.2. D ESARROLLO Y N ECESIDADES B ÁSICAS H UMANAS

El planteamiento aquí asumido mantiene que el Desarrollo es un proceso colectivo de mejora de la calidad de vida de las personas, utilizando para ello acciones transformadoras que deben conllevar la promoción y consecución de satisfactores (modos, mecanismos) adecuados para atender las necesidades básicas, consiguiendo así mayor calidad de vida para las personas. Las acciones de desarrollo por tanto, desde esta argumentación, para ser calificadas como tales deben cumplir estos requisitos, además de los ya establecidos para el imperativo categórico de la sustentabilidad; reflexividad y dialógica de la acción/cambio social (además de las propias reglas del imperativo categórico kantiano80 -expuestas en el apartado correspondiente-).

No obstante conviene aclarar que el hecho de que bajo determinadas circunstancias o cumpliéndose ciertas reglas para un debate reflexivo-dialógico, se puedan conseguir acuerdos sobre necesidades, derechos y acciones/proyectos de desarrollo “moralmente buenos” o eficaces para conseguir determinados objetivos considerados como buenos (según determinados valores), no es algo que deba adjudicarse a una ingenua, ahistórica y abstracta esperanza en el ser humano (a una concepción quizá rousseaunoiana del ser humano), sino a la potencialidad práxica de que bajo determinadas reglas el ser humano puede llegar a conseguir esos objetivos moralmente buenos (según su propia, concreta e histórica definición).

Los autores que venimos siguiendo nos aportan diferentes conceptualizaciones muy útiles para la argumentación que venimos exponiendo. Por una parte, Max-Neef expone que el “desarrollo humano”, el “desarrollo a escala humana” en sus palabras, es aquel que: “...se concentra y

sustenta en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles crecientes de autodependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza y la tecnología, de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la autonomía y de la sociedad civil con el Estado. Necesidades humanas, autodependencia y articulaciones orgánicas, son los pilares fundamentales que sustentan el Desarrollo a Escala Humana... para servir su propósito sustentador deben, a su vez, apoyarse sobre una base sólida. Esa base se construye a partir del protagonismo real de las personas, como consecuencia de privilegiar tanto la diversidad como la

80 Algunos autores exponen este “imperativo categórico” por medio de otras categorías o conceptos, pero siempre manteniendo el principio de la superioridad de una norma moral universal humanista (que evita la utilización de otras personas como medio para beneficio propio. Jorge Riechmann, realizando un planteamiento ecosistémico, recoge la noción de “principio de precedencia” para referirse a un equivalente al “imperativo categórico” kantiano; “...<<principio de precedencia>>: las

necesidades de un determinado ser humano (o población humana) tienen prioridad sobre sus preferencias (o deseos) y los de cualquier otro ser humano. Las necesidades siempre deben tener prioridad sobre los deseos, ya que causar un daño es peor que no conceder un beneficio (prioridad de las obligaciones morales negativas sobre las positivas)” (RIECHMANN, 1998: 18).

autonomía de espacios... Lograr la transformación de la persona-objeto en la persona-sujeto del desarrollo...” (MAX-NEEF et al., 1994:30).

Por tanto, el desarrollo se refiere a las personas y no a los objetos (calidad de vida y no cantidad de riqueza, ingresos u objetos), se distingue entre necesidad y satisfactor, y se mantiene que “la persona es un ser de necesidades múltiples e interdependientes” (MAX-NEEF et al, 1994: 40- 41). Es decir, se defiende la perspectiva ecosistémica integradora e integral, y se fundamenta el desarrollo en la satisfacción de las necesidades básicas humanas, producidas socialmente y atendidas por medio de los satisfactores que la participación colectiva genere. Se aúnan por tanto la dimensión teórica con la metodológica, y a su vez con la normativo-política y la moral. Por ello esta propuesta emite dos postulados básicos: “Las necesidades humanas son finitas,

pocas y clasificables... [y] Las necesidades humanas fundamentales...son las mismas en todas las culturas y en todos los periodos históricos. Lo que cambia a través del tiempo y de las culturas, es la manera o los medios utilizados para la satisfacción de las necesidades” (MAX-

NEEF et al., 1994:42).

Desde esta perspectiva por tanto, las necesidades básicas serían el mínimo que cualquier ser humano debe tener cubierto para poder ser considerado como tal. Y por tanto las necesidades básicas supondrían el sustrato fundamental desde el cual edificar una política de desarrollo, en el sentido de que dicha política debería proponerse como meta ineludible atender dichas necesidades básicas, utilizando para ello los satisfactores que en cada entorno cultural sean más adecuados a juicio de la población (expresada en procesos reflexivo-dialógicos). En este sentido, un programa o una política de desarrollo implican un claro carácter emancipatorio, puesto que al pretender garantizar unas mínimas necesidades básicas a las personas, convertirían a éstas en “verdaderos seres humanos”, liberándolos de las restrictivas/opresoras condiciones de vida y trabajo que restringen su condición humana hasta tal punto que la impiden: “Podríamos decir que

la satisfacción de las necesidades básicas de todos los seres humanos, de una forma ecológicamente sustentable, es el <<contenido mínimo>> de cualquier programa emancipatorio

(RIECHMANN, 1998:37). Desde una perspectiva ecosistémica las necesidades básicas no pueden ser limitadas a las “constantes vitales” como seres vivos “aislados”, sino que deben ser ampliadas a una concepción más amplia de “ser vivo humano”, que como “animal social” incluiría la conformación fisiológica/biológica, pero también la emocional y cognitiva. Por tanto se deriva que: “Las necesidades básicas serían los factores objetivos indispensables para la supervivencia

y la integridad psicofísica de los seres humanos” (RIECHMANN, 1998:12). Desideratum que no

humanos” está disociada de la propia “integridad” de nuestro entorno ecológico, como nos recuerdan: “Somos organismos cuyo metabolismo corporal interno y externo se inserta dentro de

la compleja red de intercambios e inteconexiones de la biosfera: éste es un rasgo esencial de la vida orgánica. Ello nos pone en vinculación material con la infinidad de seres y procesos de esa biosfera, y las alteraciones de nuestro metabolismo corporal pueden alertar sobre las alteraciones biosféricas... La salud humana -concebida en sentido amplio para incluir los factores psicosociales relevantes...- se relaciona con la salud de la biosfera” (RIECHMANN, 1998: 36-37).

En el mismo sentido se expresan Doyal y Gought cuando plantean que las necesidades humanas básicas son la Salud y la Autonomía Personal, puesto que la consecución de las mismas evitaría los “graves daños o perjuicios” que estos autores identifican como restricciones fundamentales para la vida humana, o lo que es lo mismo, las condiciones exigibles para poder hablar de una condición o naturaleza “humana”: “...puesto que la supervivencia física y la

autonomía personal son condiciones previas de toda acción individual en cualquier cultura, constituyen las necesidades humanas más elementales...” (DOYAL y GOUGH, 1994: 82-83).

Hasta tal punto conecta su planteamiento con la argumentación que venimos haciendo sobre el imperativo categórico kantiano y la sustentabilidad, que se amparan en el prusiano para fundamentar filosóficamente la condición humana: “Kant demostró que para que los individuos

actúen y sean responsables de sus acciones deben poseer la capacidad, tanto física como mental de hacerlo: como mínimo <<cuerpo que está vivo>> y que se rige por todos los procesos causales pertinentes y <<competencia mental para meditar y elegir>>” (DOYAL y GOUGH, 1994:

81). Lo que en términos del “óptimo crítico”, o grado adecuado de atención de las necesidades básicas, se puede concretar según los autores en dos niveles: “En el primero, la salud y la

autonomía son tales que el individuo es capaz de optar por las actividades en las que desee tomar parte dentro de su propia cultura...y tiene acceso a los medios que le permitirán adquirir dichas actitudes... En el segundo nivel, el óptimo de salud y autonomía es tal que el individuo puede formular los objetivos e ideas necesarios para juzgar su forma de vida...” (DOYAL y

GOUGH, 1994: 205).

Así pues, Salud y Autonomía Personal son las necesidades básicas de un ser humano puesto que son las condiciones previas para la acción y la interacción humanas, elementos ambos que comportan una cabal noción de “condición humana”, como ya se ha ido exponiendo. La Salud iría más allá de una mera supervivencia, dado que supondría no unas simples constantes vitales, sino las condiciones físicas y mentales necesarias para la acción y la interacción, y ello tanto desde el plano de la sensación subjetiva de la persona a la que le falta salud, como desde el

plano de la delimitación de las disfuncionalidades que implica su patología respecto al modo esperable de vida en su entorno81. Por otro lado, la Autonomía de una persona tendría que ver con la operacionalización de sus acciones en un entramado social, es decir con la capacidad crítica de establecer para sus acciones unas estrategias adecuadas a sus intereses, que sean comprensibles para la propia persona y para los demás; es decir manteniendo la condición de que dicha persona o actor social sea capaz de responsabilizarse de las consecuencias de sus acciones: “Son tres las variables clave que afectan a los niveles de autonomía individual: el

grado de <<comprensión>> que una persona tiene de sí misma, de su cultura y de lo que espera de ella...; la <<capacidad psicológica>> que posee de formular opciones para sí misma; y las <<oportunidades>> objetivas que le permitan actuar en consecuencia” (DOYAL y GOUGH, 1994:

90).

En última instancia la Salud y la Autonomía Personal son condiciones o necesidades básicas humanas porque aportan la capacidad potencial de integración/participación en la propia comunidad/cultura del entorno, y constituyen así el sustrato mínimo a partir del cual se abren oportunidades u opciones vitales82. En la medida que el óptimo nivel de “satisfacción” de estas necesidades irá variando en función del propio concepto y anhelos que cada sociedad vaya determinando históricamente, el mínimo o umbral básico de estas necesidades básicas podrá irse incrementando gradualmente (adecuándose a la complejidad mayor de esa sociedad), al mismo tiempo que se podrá ir atendiendo con los mismos y/u otros satisfactores. Precisamente por esta gradación que pueden adquirir las necesidades básicas humanas (vinculadas al proceso histórico), es por lo que este concepto o categoría no es equivalente al que utilizan FRIEDMANN y WEABER (1981: 278-282). Los mismos coinciden en vincular el concepto “básico” con el de “existencia humana digna”, y además con un concepto que nos interesa en nuestra argumentación como es el de “sociedad integrada territorialmente” (y la legitimidad de la misma como derivación de su capacidad para atender las necesidades básicas de todos sus miembros), pero sin embargo utilizan el concepto de “necesidades básicas” no como un equivalente de “necesidades básicas humanas”, sino como una subdimención de “necesidades humanas”, y por ello secuencian la atención a las necesidades básicas como una “etapa” del “desarrollo nacional”

81 La normativa que se utiliza en España sobre Discapacidad (asumida en Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia) viene derivada de la que la Organización Mundial de la Salud estableció al distinguir entre las categorías de “Deficiencia”, “Discapacidad” y “Minusvalía”. La intencionalidad de esta conceptualización viene a pretender establecer precisamente una diferenciación y gradación entre los diferentes daños que una persona puede recibir en su salud y autonomía, hasta llegar al máximo grado, que es el de dependencia para las actividades básicas de la vida cotidiana. Por eso es que la acción e interacción son el sustrato referencial de estas imbricadas necesidades básicas; Salud y Autonomía Personal.

82 Precisamente “Oportunidades Vitales” es una obra de Dahrendorf que aporta interesantes elementos para operacionalizar las actuaciones o programas de desarrollo endógeno (DAHRENDORF, 1983).

que se debe “superar” en un momento dado. En el caso de la argumentación aquí defendida las “necesidades básicas” son “humanas”, y son una exigencia permanente y dinámica al proceso histórico, puesto que surgen del “consenso razonable” que la condición humana tiene de forma transversal a todas las culturas, engarzado con el paradigma de la Sustentabilidad.

Dado lo anterior es por lo que podemos coincidir con Agnes Heller (1982) cuando plantea en su

Teoría de la Historia que es la insatisfacción el elemento definitorio y motivador de la

transformación social, intentando salir así del trascendentalismo en que ciertas interpretaciones de Marx habían llevado el postulado de las “necesidades radicales” (subordinadas a una determinada visión teleológica del futuro humano). En este sentido, las “necesidades radicales”, moldeadas desde una “filosofía de la historia” trascendentalista y naturalista, serían sustituidas, en esta teoría de las necesidades que defendemos, por una “antropología de la intersubjetividad social” en que la “radicalidad” de las necesidades se moldea desde la definición reflexivo- dialógica de la condición humana en un momento histórico concreto (siempre dentro del marco de la sustentabilidad)83. En dichos procesos reflexivo-dialógicos se generarán consensos razonables en los que se establecerán las prioridades que cada comunidad territorial establece como necesidades, que corresponderán con el nivel óptimo de atención de necesidades básicas humanas, que se entenderán como “necesidades radicales” para ese momento histórico concreto. En palabras de la propia Heller: “Cuando hablamos de necesidades radicales aplicadas

a influir sobre un sistema de necesidades, se asume que la orientación misma es pluralista también, puesto que se acomete desde el punto de vista de diferentes modelos de formas de vida... La opción por sistemas alternativos de necesidades puede ejercer influencia sólo de una forma, creando objetivaciones e instituciones tales que incluyan contra-alternativas de las existentes y que garanticen por tanto la posibilidad de que necesidades existentes como mera <<manque> devengan <<projets>>...Ha de defender por tanto, la abolición gradual de la manipulación y la división social del poder”84 (HELLER, 1996:78-79)

83 Por ejemplo, desde una perspectiva histórica podemos fijarnos en la Grecia clásica y vislumbrar que el consenso que se establecería sobre la “condición humana” probablemente asumió ciertos preceptos acerca de la “inferioridad” de los/as esclavos/as y de las mujeres. Pero sin embargo en un tiempo actual en Occidente ese consenso no tendría esas discriminaciones injustificadas y “no razonables” desde la definición actual consensuada de “condición humana”. Esta evolución gradual no supone recurrir a una abstracta definición de “condición humana” y de las necesidades básicas que comporta, sino que se establece desde la interacción subjetiva participativa (aunque habitualmente todavía esa participación sea restringida a ciertos ámbitos académicos y político-institucionales).

84 Los términos manque (deficiencia) y projet (proyecto o plan), son una adaptación que la autora realiza de J.P. Sartre, para indicar una diferenciación conceptual entre la “conciencia de la existencia” de una necesidad (“manque”) y la “conciencia de las formas de satisfacción” de necesidades (“projet”) (HELLER 1996:71). Aunque se percibe en este texto claramente las prevenciones de la autora sobre los abusos y perversiones del “socialismo realmente existente” (que ella misma sufrió), lo cierto es que desde nuestra perspectiva estas palabras no sólo tienen como virtualidad una crítica de lo que Heller denominaba como “dictadura sobre las necesidades” (en referencia a las formas de gobierno en que las necesidades son monolíticamente gestionadas por el monopolio del partido único), sino también para dar luz sobre el concepto de “poder instituyente”, fundamental

Es pertinente comentar en este punto la significación que introduce la categoría “satisfactor”, puesto que depende de cada cultura y grupo social, y por tanto aunque parte de estos satisfactores son bienes o servicios mercantilizados, no todos lo son así, o no lo ha sido siempre así, o no tienen porque serlo siempre así. De hecho, en nuestra opinión, la distinción entre la categoría “necesidad” y “satisfactor” permite incidir precisamente en la potencialidad de los grupos sociales para aportar o producir satisfactores “adaptados” a cada entorno cultural, de forma que las necesidades básicas puedan llegar a ser atendidas adecuadamente de diversas maneras, aunque con similares consecuencias en términos de la salud y la autonomía de las personas. De esta forma, todos los satisfactores son producidos socialmente, dentro del entramado de relaciones sociales que una formación social dada tenga, pero la mercantilización de los mismos, y por ende su distribución desigual, dependerá del tipo de relaciones sociales que prevalezcan, y especialmente de las relaciones de producción existentes. Por tanto las acciones de desarrollo, que deben ser no sólo concretas sino también generales y generalizables en un marco de sustentabilidad, tendrán que actuar no sólo directamente sobre las necesidades, sino también sobre las relaciones sociales que dan origen a las mismas, relaciones que tienen incorporada intrínsecamente la división social del poder (así por ejemplo, para dominar ciertos territorios en los países periféricos, la táctica que en bastantes ocasiones utiliza el capital transnacional, o los capitales de cada país, es la de proceder a una monetarización rápida e integral de las poblaciones afectadas por su actuación, de forma que se procede a incentivar manipuladamente una sustitución de los satisfactores autóctonos no mercantilizados - autoproducción, trueque...-, por satisfactores mercantilizados dominados por lógicas ajenas -muy a menudo controladas por los mismos capitales, al modo del clásico “sistema de haciendas”-)85. Nótese que lo que se viene es a manifestar una vez más la dimensión de “potencia”, y no sólo de “carencia”, que alberga el concepto de necesidad que aquí asumimos, puesto que precisamente una de las virtualidades más interesantes de los satisfactores es que las comunidades territoriales o grupos sociales pueden llegar a generarlos a partir de su propia definición y siguiendo sistemas de cooperación y reciprocidad, y no necesariamente de intercambio

para entender la sociopraxis que proponemos como metodología de planificación del desarrollo territorial (en el capítulo correspondiente se desarrollara este aspecto).

85 Tuve oportunidad de analizar un proceso de este tipo cuando con ocasión de una estadía de investigación en la Universidad de Concepción de Chile, pude comprobar cómo ciertas comunidades indígenas de la precordillera andina (los Pehuenches) estaban siendo desplazadas de sus territorios históricos para poder instalar allí un sistema enorme de presas hidráulicas que abasteciera los requerimientos del entramado productivo de un amplio territorio nacional. El procedimiento de las empresas transnacionales, aliadas con capital nacional, era el de contratar a los propios indígenas en las labores productivas, consiguiendo así que abandonasen sus sistemas de autoproducción y distribución socializada (que hasta ese momento les otorgaban unas condiciones de supervivencia mínimas), al mismo tiempo que comenzaban a “engancharles” en el consumo de bienes o satisfactores que hasta ahora nunca habían “necesitado” (en parte además esto supuso la entrada de buena parte de esta población, varones mayoritariamente, en un consumo habitual, desproporcionado y dañino, de alcohol, vinculado en buena parte al propio proceso de pérdida de identidad cultural).

mercantilizado, con lo que supone ello de margen de posibilidades y de germen emancipatorio. De hecho, precisamente la clasificación de Max-Neef et.al. (1994:60-65) ofrece una interesante y compleja perspectiva acerca de los satisfactores, y permite comprobar cómo algunos pretendidos satisfactores no lo son (bienes superfluos), puesto que no atienden ninguna necesidad, y como otros medios o acciones sí resultan operativos como satisfactores, a pesar de que en un principio y desde la ideología neoliberal dominante, no parecieran útiles como tales satisfactores. En concreto la clasificación nos ofrece varios tipos de satisfactores:

 Violadores o destructores: no atienden la necesidad que pretenden, y sin embargo colateralmente perjudican la atención de otras necesidades (por ejemplo las armas).  Pseudo-satisfactores: aparentan atender una necesidad pero realmente a medio plazo la

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