CAPÍTULO II: LA DOCTRINA DEL DESARROLLO TERRITORIAL
II.1. GLOBALIZACIÓN CAPITALISTA y DESARROLLO TERRITORIAL
Hablar de un modelo económico-productivo sería algo incompleto sin hacer referencia a diversos subsistemas con los que está interrelacionado (sociocultural, institucional-político, formativo- laboral, de organización técnica del trabajo o tecnológico...), los cuales en conjunto dan lugar a un sistema que podemos denominar como “modo de acumulación y regulación”, que está inserto en un proceso histórico en evolución y que ubica a los territorios en una División Internacional del Trabajo (ALBURQUERQUE, PALAZUELOS, et al., 1988) O bien, siguiendo a A. Lipietz48 y utilizando expresiones algo más detalladas, el análisis de un modelo de desarrollo deberá contemplar “...la conjunción de tres aspectos compatibles: una forma de organización del
proceso de trabajo (un <<paradigma industrial>>), una estructura macroeconómica (un <<régimen de acumulación>>) y un conjunto de normas explícitas e implícitas y reglas institucionales (un <<modo de regulación>>)” (Citado en FURIÓ, 1996: 84).
Sin poder ser aquí demasiado exhaustivos, a continuación se exponen algunas ideas al respecto.
Durante prácticamente toda la historia de la humanidad ha existido una conexión entre los procesos socioculturales, políticos y económicos de cada comunidad y sociedad. Por ejemplo, la historiografía ha datado perfectamente esta conexión global ya desde el periodo de dominio del Imperio Romano, y experiencias como la de los viajes de Marco Polo o Colón atestiguan la significación que el acceso a recursos de otros territorios tenía para la organización socioeconómica de las distintas sociedades.
El fenómeno cualitativamente diferente al que asistimos en la actualidad y desde los albores de este siglo XXI, no estriba en la interconexión territorial entre personas, empresas y sociedades, sino más bien parece que responde a otros elementos más novedosos, que podríamos resumir así: la velocidad a la que se puede producir la citada interconexión (por las tecnologías de la información y la comunicación); los efectos estructurales/integrales que sobre los estilos de vida socioculturales y socioeconómicos (incluida la cotidianeidad) tiene; la concentración y
48 Sus bases teóricas son comunes al grupo de investigadores y teóricos conocidos como “regulacionistas”, escuela en la que el autor se puede insertar. Y de hecho consultando una de las obras centrales de esta “Escuela de la Regulación”, la de Robert Boyer, se puede comprobar la coincidencia (BOYER, 1992). Más adelante se detalla algo más esta escuela de pensamiento.
centralización de poder que conlleva la globalización en estos momentos por el protagonismo financiero del fenómeno y el auge de las transnacionales (actor que emerge en décadas pasadas pero que protagoniza esencialmente este momento histórico). Así pues, deberíamos ponerle algún nombre a este fenómeno para distinguirlo de situaciones históricas anteriores. Dado que afecta a prácticamente todas las estructuras sociales, económicas y culturales de forma integral, es decir a las formaciones sociales y al modelo civilizatorio a nivel planetario, el nombre más adecuado parece que debería ser el del sistema socioeconómico dominante o hegemónico. Estamos ante una “globalización capitalista” con un claro acento financiero49. Ese es el contexto histórico concreto en el que debemos enmarcarnos para producir y analizar las aportaciones teóricas objeto de este capítulo. Por eso, ¿qué es realmente lo que nos dice la globalización actual? ¿qué hay detrás de este término tan profusamente utilizado?
Tras una revisión (un tanto “foucaltiana” ciertamente) del uso del término globalización, de las menciones o de la utilización de la misma, a lo que parece que asistimos es a la práctica de un “ritualismo litúrgico”, más que a un concepto teórico riguroso y fundamentado. Esto por desgracia es algo cada vez más habitual en este mundo rápido de la información, pero en el caso de la globalización quizá alcanza límites de “paroxismo”. Los medios de comunicación utilizan una y otra vez este término sin que aparentemente sepan a lo que se refieren, y lo que es peor, sin que los demás nos enteremos de lo que están tratando de decirnos. Por eso nos asalta la duda y empezamos a repasar a los “expertos”, que mayoritariamente suelen aproximarse a esta expresión asumiendo que es una realidad incontestable, un momento de cambios que “pueden” resultar positivos, que pueden ofrecer “oportunidades ante nuevos retos”. Sin embargo, podemos observar también cómo otra corriente de expertos y/o de voces más o menos anónimas acuden al término para denostar lo que implica y rechazar cualquier cosa que tenga que ver con el mismo o lo utilice. De hecho, los movimientos sociales, y la línea de pensamiento “alternativo” que más conserva capacidad crítica (que quizá esté más vivo en estos tiempos de principio de milenio), ha optado por autodenominarse como “antiglobalización” y actuar en buena parte como movimiento “antisistema” (incluidos “algunos” 15-M)50.
Así pues, parafraseando a Humberto Eco, estamos ante un panorama dominado por posiciones polarizadas de “apocalípticos e integrados”, que sin duda dificultan aproximarse con certeza a las
49 Para la mayor parte de autores el factor financiero es fundamental para caracterizar el fenómeno de la globalización, tanto en lo relativo al volumen de transacciones generado como en lo referente a su significación para la dinámica económica global. Dentro de este grupo de autores, además de los que iremos mencionando, podemos resaltar aquí a Ramón Fernández Durán (1993).
50 No parece apropiado hablar de “un” movimiento 15-M sino de “diversos” movimientos o líneas de acción surgidas a raíz de la experiencia practica de la acampada de Sol en Mayo de 2011, enriquecidas por las asambleas de barrio y acciones diversas.
informaciones existentes para tal proceso de “globalización” (al menos se ha consensuado que es un proceso). Eso sí, la sensación que queda es que más que ser algo presente y concreto, es algo que habla sobre todo del futuro, conllevando una buena dosis de generalizaciones, lo que lleva a pensar que los análisis sobre el concepto puedan ser simplemente un juicio de intenciones o valores, más que un intento de análisis para la acción. No obstante, lo quizá más llamativo sobre el uso del término51 es que parece algo “naturalizado”, “impersonal”, “enajenado”, hasta ingobernable o inmanejable; como si fuera una especie de “maleficio” (para quienes lo ven como negativo), o un buen deseo o profecía mesiánica (para quienes lo ven como positivo). Retomando la cuestión y centrándonos en el objetivo concreto de este capítulo, nos interesa la globalización desde el plano de sus efectos o implicaciones para el desarrollo territorial, dado que lo que supone como proceso histórico permitirá interpretar las claves de la producción del conocimiento sobre aquel. Así, al ubicar las reflexiones de una forma concreta, es donde con más eficacia podemos extraer algunas ideas. Por fortuna algunos autores han profundizado en el tema y aportan algunas luces al respecto, que pueden servirnos de guía en nuestra tarea. Como hemos indicado, habría que distinguir entre el uso del “término” y el uso del “concepto” globalización. Mientras el primero se circunscribe al uso que los medios de comunicación y la mayor parte de comentarios hacen, el segundo sería el ámbito analítico que nos interesa conocer, y se referiría a las aportaciones o implicaciones teóricas que se han hecho, y especialmente a las implicaciones que nos indicaría dicho concepto respecto a los procesos socioeconómicos y socioculturales históricos (entre los que habría que mencionar el propio uso, y difusión, que del término hacen los medios de comunicación, “guiado” por estos teóricos). Indagando sobre su uso conceptual, Alonso nos plantea que “... el concepto de globalización, tal
como ha sido utilizado, ha ido generando una economía-ficción en la que se subrayan elementos parciales hasta convertirlos en categorías generales, o se dibujan cuadros futuristas sobre el avance unidireccional y seguro de las sociedades y las políticas occidentales, lo que a la vez, hace que este concepto sirva también para ocultar toda una serie de elementos y situaciones fundamentales para entender nuestra sociedad contemporánea” (ALONSO, 2000: 21)
En la errónea línea “entusiástica” hacia un “futuro mundo feliz”, se han ubicado algunos autores que, siguiendo la estela de Fukuyama y “el fin de la Historia”, llegaron a pronosticar que la
51Sobre la propia percepción del fenómeno globalizador se podría decir que “el lenguaje es el que construye el mundo” como explicitara, entre otros, el filósofo Wittgenstein y sus seguidores de la fenomenología.
globalización estaba acabando con las distancias y creando un “mundo cercano” que ofrecería enormes posibilidades para el desarrollo, significando ello “el fin de la geografía”52.
La insistencia en el uso del concepto globalización ha supuesto, por lo tanto, al menos la introducción de algunas confusiones y distorsiones que dificultan comprender los procesos y dinámicas socioeconómicas y sociopolíticas actuales. Y si esto es evidente en el plano de los medios de comunicación, no lo es menos para el uso que hacen del término la mayor parte de políticos y de los tecnócratas, que sincronizados han ido tejiendo un discurso bastante compenetrado y muy poco crítico respecto a las bondades de este proceso naturalizado como “caído del cielo”. De hecho, su anuencia ha sido tal que rápidamente se ha ido calificando como “apocalípticos” a cualquiera que fuese vertiendo dudas o críticas sobre el denominado proceso de globalización, o que simplemente hiciera ver las conexiones de este proceso con procesos de mundialización pasados y con sus vínculos a la conformación del mercado y el capitalismo primigéneo. En este sentido, una parte significativa de los economistas53, junto con los responsables políticos que casi de forma unánime les han respaldado o alentado en su furor “globalizador”, han sido los principales responsables de este “movimiento” (salvo honrosas excepciones). Su justificación, repetida hasta la saciedad, es el mito de siempre para la economía neoclásica; el Mercado y el comercio mundial reciben un gran impulso expansivo y se ven reforzados con este proceso globalizador, y este “mercado mundial” fomentará el desarrollo tanto para los países que ya lo tenían como sobre todo para los que lo ansiaban como países “subdesarrollados” (vale también decir “territorios” donde se dice “países”). Para estas voces la globalización es sinónimo de desarrollo porque fomenta el Mercado, eje central que ordenará “con mano invisible” la adjudicación de recursos en los territorios (más bien habría que decir “espacios geográficos”, usando el léxico de esta doctrina funcionalista), en función de criterios de eficacia y eficiencia competitiva, fomentando en ese sentido procesos de aglomeración, especialización o de relocalización, según las ventajas competitivas de cada territorio.
Cabe preguntarse entonces por el Estado, la otra estructura básica hasta este momento en la dinámica o modelo económico de acumulación existente hasta ahora bajo el pacto Keynesiano y la organización productiva fordista (ALBURQUERQUE y PALAZUELOS et al, 1988). Para aquellas voces mencionadas, el Estado debe casi por completo eliminar sus regulaciones, calificadas de “intervencionismo”, y debe facilitar todo lo posible la actuación de los agentes
52 Esa parece ser la razón de ser del libro de O’Brien “Global Financial Integration: The End of Geography” publicado por la editorial Printer de Londres en 1999.
53 Habría que decir que en este caso las instituciones u organismos internacionales han tenido un papel bastante significativo, probablemente mayor que el de la academia. Así, el FMI y la BM, junto con la OCDE, son los organismos en torno a los cuales han orbitado y orbitan estos economistas neoclásicos o neoliberales. Ver por ejemplo DONGES (1998) y BUSTELO (1998).
económicos, las empresas, ya sea desregulando el movimiento de capitales, como desregulando el mercado de trabajo, privatizando empresas públicas, y por supuesto reduciendo la fiscalidad al mínimo (y por ende las políticas sociales).
Llegados a este punto las evidencias empíricas muestran que, discurso y práctica sobre la globalización, se aúnan y retroalimentan. Siguiendo este discurso parecería que en este proceso desregulador el Desarrollo Territorial carece de entidad propia, porque el desarrollo que interesa y preocupa es el “empresarial”, y en todo caso se deja a “la mano invisible” que de forma “natural” revierta beneficios para los distintos espacios (como una externalidad “natural”). Se podría decir que el “Territorio” no existe (entendido en los términos que venimos defendiendo), sino que sólo existen espacios e instituciones adscritas a los mismos que deben cumplir meramente unas funciones gestoras; no hay ciudadanos, no hay trabajadores, no hay identidades territoriales, sólo hay fuerza de trabajo y especialmente, consumidores. Así, las distintas zonas del planeta no son sino piezas en un “casino global” (Hazel Henderson), y sus instituciones son meros gestores (insertas en sociedades débiles, fragmentadas y desiguales) a efectos de una “puja global” por la inversión y/o relocalización del momento, “en el reino de la ventaja competitiva” (privatizando la riqueza y socializando costes). En palabras de Alonso (2000: 28):
“El efecto fragmentador que está suponiendo la remercantilización extensiva e intensiva
del territorio, asociado a la retórica de la globalización financiera y comunicacional, está suponiendo hasta el desmigajamiento institucional del concepto mismo de región, al ser el espacio ahora tomado en su estructura funcional en la red de intercambios mercantiles. La región considerada en su dimensión política e institucional suponía la dimensión de un desarrollo consciente y buscado por los actores, con efectos sociales buscados y racionalmente anticipados, pero cuando este concepto de desarrollo es sustituido por el de simple impacto de una actividad económica anónima y voluble, lo que nos queda es la idea de un área, plataforma, corredor o incluso ciudad atravesada o no por las franjas y redes desplegadas por la actividad empresarial”. (ALONSO, 2000:28)
El proceso mencionado no sólo es interno a cada país, sino que también se refleja en la dimensión territorial como “país en el mundo”. El afán mercantilizador es tal que incluso aquellos recursos considerados como estratégicos, que tradicionalmente han tenido una asignación territorial clara y que han supuesto una regulación estatal que se vinculaba directamente con la soberanía nacional, han sido “tomados” por el auge globalizador. Por ello no extraña que en determinados países de la periferia capitalista precisamente haya sido sobre tales recursos
naturales (hidrocarburos principalmente) que se haya articulado un discurso nacional-populista de independencia frente al poder de las transnacionales (está todavía por ver si las etiquetas de “anticapitalismo” o “a-capitalismo” que se adjudican algunos de estos discursos -en Argentina, Venezuela y Bolivia por ejemplo- son algo más que un barniz “socialista” o de otra índole, o si realmente constituyen la génesis de modelos de desarrollo alternativos a esta globalización capitalista)54.
La propiedad y gestión de los recursos naturales y energéticos en este periodo de globalización capitalista, resulta precisamente paradigmática del afán por la desregulación pública y la privatización, y de la capacidad de negociación y presión de las transnacionales para convertirse en el principal “agente regulador”. Y es que no hay que perder la perspectiva y entender que más que una “mundialización” de la economía o del comercio (que aunque ahora incrementada existe desde hace siglos), la globalización capitalista hegemónica responde actualmente a un impulso ideológico anclado en las posibilidades técnicas y de las tecnologías de la comunicación y la información, impulso que persigue eliminar regulaciones al comercio y las transferencias internacionales de capitales, así como restringir o dominar los agentes nacionales de tal regulación mediante instituciones internacionales afines a los grupos empresariales y financieros transnacionales. Este proceso ideológico conlleva además una fuerte capacidad de propaganda y alienación en los dirigentes y la población, de forma que el proceso es naturalizado como algo “lógico, positivo y acorde con los tiempos actuales”. Todo este complejo proceso ideológico es lo que Beck (1997a) denomina “globalismo” o “proceso globalista”, para distinguirlo de la mera mundialización-globalización, pues finalmente el globalismo tiene un objetivo ideológico básico intencional (no es una mera evolución histórica “azarosa”, apolítica): conseguir un modo de regulación y paradigma productivo que asiente el régimen de acumulación capitalista y que asegure y potencie la posibilidad de extracción de beneficios de los grupos sociales dominantes a nivel mundial, haciendo que las pautas de los grupos poderosos “del Mercado” se impongan sobre los procesos de negociación política y los derechos ciudadanos, y por encima de la crisis social y ecológica que provoca ese paradigma productivo y ese régimen de acumulación. Están aquí justificadas las aclaraciones de Beck:
54 En el caso del dominio del petróleo en Oriente Medio se ha visto que no ha supuesto un cambio de modelo de desarrollo y que la monopolización del recurso ha sido una estrategia de patrimonialización del poder por parte de castas gobernantes, perfectamente alineadas y aliadas con el capital transnacional (salvo quizá el caso de Irán, y más por razones del movimiento nacional-religioso promovido). Las revueltas en el norte de África aparecidas durante el primer semestre de 2012, surgen frente a dichas castas gobernantes y su monopolización de la riqueza y el poder. Sobre los efectos de la globalización en el sector energético (con especial incidencia en el caso de Latinoamérica) se recomienda la consulta del artículo de Fernando Sánchez “Globalización y reestructuración energética en América Latina”, en CEPAL nº56, pp 125-136. CEPAL (ONU), Santiago de Chile 1995.
“Por globalismo entiendo la concepción según la cual el mercado mundial desaloja o
sustituye al quehacer político; es decir, la ideología del dominio del mercado mundial o la ideología del liberalismo. Ésta procede de manera monocausal y economicista y reduce la pluridimensionalidad de la globalización a una sola dimensión, la económica, dimensión que considera asimismo de manera lineal todas las demás dimensiones -las globalizaciones ecológica, cultural, política y social- sólo para destacar el presunto predominio del sistema de mercado mundial… El núcleo ideológico del globalismo reside más bien en que da al traste con una distinción fundamental de la primera modernidad, a saber, la existente entre política y economía. La tarea principal de la política, delimitar bien los marcos jurídicos, sociales y ecológicos dentro de los cuales el quehacer económico es posible y legítimo socialmente, se sustrae así a la vista o se enajena… En este sentido, se trata de un imperialismo de lo económico bajo el cual las empresas exigen las condiciones básicas con las que poder optimizar sus objetivos… Resulta cuanto menos singular el hecho de que -y la manera como- el así entendido globalismo arrastra a su bando a sus mismos oponentes. Existe un globalismo afirmador, pero también otro negador, el cual, persuadido del predominio ineluctable del mercado mundial, se acoge a varias formas de proteccionismo…”55
“… La globalidad significa lo siguiente: hace ya bastante tiempo que vivimos en una sociedad mundial, de manera que la tesis de los espacios cerrados es ficticia. No hay ningún país ni grupo que pueda vivir al margen de los demás… La globalidad significa lo siguiente: hace ya bastante tiempo que vivimos en una sociedad mundial, de manera que la tesis de los espacios cerrados es ficticia. No hay ningún país ni grupo que pueda vivir al margen de los demás. Es decir, que las distintas formas económicas, culturales y políticas no dejan de entremezclarse y que las evidencias del modelo occidental se deben justificar de nuevo. Así,<<sociedad mundial>> significa la totalidad de las relaciones sociales que no están integradas en la política del Estado nacional ni están determinadas (ni son determinables) a través de ésta. Aquí la autopercepción juega un papel clave en cuanto que la sociedad mundial en sentido estricto -para proponer un criterio operativo (y políticamente relevante) significa una sociedad mundial percibida y reflexiva…En la expresión <sociedad mundial>, <mundial> significa según esto diferencia, pluralidad, y <sociedad> significa estado de no-integración…la sociedad mundial se puede comprender como una pluralidad sin unidad”.
“…Por su parte, la globalización significa los procesos en virtud de los cuales los Estados nacionales soberanos se entremezclan e imbrican mediante actores transnacionales y sus respectivas probabilidades de poder, orientaciones, identidades y entramados varios. Un diferenciador esencial entre la primera y la segunda modernidad