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Daube, 1947 55 Gaunt, 1983.

Y LA UNIDAD DOMÉSTICA

54. Daube, 1947 55 Gaunt, 1983.

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bajo el poder del padre, les daban más influencia que a sus hermanas cuando querían concertar un matrimonio. Parece que el joven Quinto Cice­ rón examinó personalmente el mercado de esposas en potencia, pero no podemos tener la seguridad de que todos los aristócratas jóvenes gozasen de la misma libertad de acción (A tt., 15.29). En todo caso, se esperaba que, una vez casados, la nueva pareja fundara una unidad doméstica igualmente nueva.

He r e n c i ay l i n a j e

El poder del padre romano sobre sus hijos y el interés que mostraba por ellos no desaparecían con su muerte. Su testamento determinaba en gran parte el futuro bienestar económico de sus hijos, que eran su esperanza para la posteridad. Ya hemos descrito brevemente las reglas jurídicas de la heren­ cia, pero, como en otras sociedades, las reglas y los instrumentos jurídicos dejaban un margen a la flexibilidad y podían manipularse para alcanzar las metas de una familia en lo que ha dado en llamarse «estrategias de heren­ cia» (esto es, cómo planificar una familia y distribuir el patrimonio entre la generación siguiente). En lo que respecta al vocabulario romano de la fami­ lia y el linaje, ya hemos señalado que durante la república el pensamiento romano dejó de hacer hincapié en la familia y el nomen estrictamente agna­ ticios para hacerlo en el domus, que incluía los parientes por matrimonio y los descendientes por línea femenina además de los varones. Con este cam­ bio se produjo un aumento del interés por las hijas como perpetuadoras del linaje familiar. Durante el imperio, a los hijos de una hija empezó a llamár­ seles «la posteridad» de un hombre, cosa que no se hacía bajo la república. Frontón, que no tenía ningún hijo vivo, escribió acerca de su elección de Aufidio Victorino para esposo de su hija diciendo que había sido una elec­ ción sabia «tanto por mi propio bien en lo que se refiere a mi posteridad como para toda la vida de mi hija» (A d amicos, 2.11). De modo parecido, una carta de Plinio al abuelo paterno de su esposa, Calpurnio Fabato, indica el vivo deseo de este de extender su linaje por medio de los hijos de su nieta, cuya «descendencia de nosotros dos seguramente hará que su cami­ no hacia los altos cargos sea fácil» (E p., 8.10). Por supuesto, la alusión al «camino hacia los altos cargos» da a entender que Plinio prefiere un descen­ diente masculino, pero, a falta de un hijo o de un nieto, Fabato estaba dispuesto a depositar sus esperanzas en los vástagos de su nieta. Esta dis­ posición a valerse de las mujeres para continuar el linaje de la familia se refleja en la aparición de nombres extensos en el principado, debido a que era cada vez más frecuente que los hijos de la familia conservaran el recuer­ do tanto del domus del padre como del de la madre adoptando los apellidos

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de ambos. A mediados del siglo h, un senador de sangre azul ostentaba nada menos que treinta y ocho nombres.56

El reconocimiento de las mujeres como eslabones del linaje familiar, en vez de tenerlas por una especie de callejones sin salida, no es más que un aspecto de un cambio más general de las «estrategias de herencia». Como ya hemos señalado, cualquier grupo de la población que pretendiera perpetuar­ se tenía que producir cinco o seis hijos por familia con el fin de superar la devastación causada por la gran mortalidad infantil. Los padres que tenían cinco o seis hijos gozaban de una buena probabilidad de que un heredero masculino viviese para continuar el linaje y el nombre de la familia. En muchas aristocracias europeas de la Edad Moderna, las familias eran gran­ des por término medio, con la consiguiente mejora de las probabilidades de continuidad biológica. La incidencia de la muerte era imprevisible y, por consiguiente, al tener familias numerosas, los padres se arriesgaban a que­ darse con un exceso de hijos vivos y a que se produjera la correspondiente fragmentación del patrimonio. Este dilema se resolvió de diversas maneras. Un sistema de herencia basado en la primogenitura garantizaría que el hijo mayor heredase la mayor parte del patrimonio con independencia del núme­ ro de hijos y, por ende, pudiera continuar el linaje de la familia en el mismo nivel de riqueza y prestigio. Otra posibilidad era desaconsejar el matrimonio de todos los hijos, excepción hecha de un hijo y una hija, de modo que no hiciera falta una fragmentación permanente de la finca para sostener los nuevos linajes familiares.

No parece que el derecho y las costumbres de Roma adoptaran ninguna de estas opciones. El sistema de herencia siguió siendo firmemente divisible entre los vástagos masculinos y femeninos. Aunque hubiera podido emplear­ se el testamento para que el patrimonio fuese a parar al hijo mayor, no parece que se hiciera así; al menos eso da a entender el supuesto en nuestras fuentes que la desheredación de un hijo era anormal y fruto del mal compor­ tamiento. Además, se esperaba que todos los hijos contrajeran matrimonio. Parece ser que esta expectativa se cumplía en el caso de las hijas, y en la medida en que los hombres no se casaban no formaba parte de una estrate­ gia cuya finalidad fuese evitar la iniciación de más linajes familiares por parte de los hijos más jóvenes. A mediados de la república, la falta de estrategias de este tipo generalmente no hizo que las familias aristocráticas tuvieran que soportar una gran presión: tenían muchos hijos y podían alber­ gar la esperanza de mantenerlos a todos gracias a la abundante riqueza que las conquistas proporcionaban a Roma. La afluencia de riquezas disminuyó mucho bajo los emperadores, lo cual, unido a cambios sociales (por ejemplo, niveles de vida mucho más altos para los aristócratas que vivían en Roma), hizo que muchos aristócratas se limitaran a tener unos cuantos hijos. No

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disponemos de cifras útiles referentes al tamaño de la familia, pero varios autores de tiempos del principado señalan la creencia generalizada de que tener familias numerosas era impopular debido a los gastos y problemas que ello suponía. Plinio alabó a uno de sus amigos, Asinio Rufo, por su carácter virtuoso, una de cuyas manifestaciones fue la decisión de tener varios hijos «en esta época en que para la mayoría de la gente las ventajas de no tener hijos hacen que siquiera un solo hijo parezca una carga» (Ep. , 4.15.3). La natalidad también se consideraba impopular en el caso de las mujeres de la nobleza (Séneca, Cons. ad Helviam, 16.3). Un fragmento de Musonio Rufo (15b, ed. O. Hense) sugiere que incluso las familias acaudaladas recurrían a la exposición de recién nacidos para restringir el número de hijos por moti­ vos económicos.57

Ciertas pruebas de que Plinio y Séneca no exageraban en sus percepcio­ nes acerca de la poca disposición a tener hijos las encontramos en el déscon- tento que provocaron las leyes de Augusto sobre el matrimonio. Estas leyes instituían incapacidades jurídicas, sobre todo en cuestiones de herencia, para los hombres y mujeres que fuesen solteros o hubieran tenido menos de tres hijos.58 Lo que pretendía Augusto era obligar a la aristocracia a tener hijos, pero no lo consiguió, y las leyes fueron fuente de irritación continua hasta que Constantino las abolió. Merece la pena poner de relieve varios aspectos de las medidas de Augusto. En primer lugar, si los padres romanos se hubiesen limitado a satisfacer el requisito jurídico de tres hijos, las familias aristocráticas se habrían extinguido muy rápidamente. Sólo el 40 por 100 de los padres hubiera dejado un heredero varón al morir, y el 35 por 100 no hubiera tenido ningún hijo a quien instituir heredero, cifras que contradicen la opinión de que Augusto esperaba debilitar a la aristocracia exigiendo tantos hijos, de manera que las fincas aristocráticas se fragmentaran.59

El segundo aspecto es que la intervención del Estado para obligar a las clases propietarias a tener hijos y a continuar sus familias es inopinada. En muchas sociedades europeas de la Edad Moderna, los nobles mostraban una verdadera obsesión por tener sucesores masculinos de su linaje,60 mientras que, en Roma, el emperador tenía que combinar los incentivos con las amenazas para convencer a los aristócratas de que tuviesen tres hijos, cifra que no hubiera permitido reemplazar por completo el número de aristócra­ tas. No era que todos los romanos hubiesen dejado de preocuparse por la perpetuación del linaje familiar, cómo lo demuestra el interés que Plinio y Frontón sienten por sus respectivas posteridades. Más bien parece probable

57. Hopkins, 1983c, caps. 2-3; sobre la anticoncepción, véanse Hopkins, 1965b, Eyben, 1980-1981.

58. Rechazado por Wallace-Hadrill, 1981.

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