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Duncan-Jones, 1982, p

SEGUNDA PARTE

4. Duncan-Jones, 1982, p

84 EL IMPERIO ROMANO

imperial y a los colaboradores más allegados del emperador (tales como Mecenas, Palas y Séneca) se les otorgaban las rentas de fincas individuales sin, empero, adquirir la condición de propietarios.6

El TAMAÑO DE LAS PROPIEDADES

Séneca, Plinio y Columela lamentan la existencia de propiedades inmen­ sas. El término latifundium aparece en las fuentes literarias precisamente en tiempos de esos hombres, a mediados del siglo i d.C. No ha habido innova­ ción conceptual alguna: un siglo antes, Varrón escribió sobre una gran finca

(latus fundus) que era propiedad de un hombre rico (1.16.4). El tono de

Varrón es neutral. En cambio, para los tres autores citados, los latifundia simbolizaban la degeneración de Italia o de los romanos ricos. Su desaproba- • ción era de índole moral. En sus obras, los latifundia aparecen asociados con cuadrillas de esclavos encadenados, a menudo con antecedentes delictivos, y, en Columela (aunque no emplea el término), con la reducción de los ciudada­ nos libres a un estado de dependencia análoga a la servidumbre por deudas.7

¿Pero, qué era un latifundium? No ha llegado hasta nosotros ninguna definición ni ningún comentario técnico. Los agrónomos propiamente dichos evitaban el término e incluso el fenómeno, dejando aparte el prefacio de Columela. Plinio el Viejo escribió que con 1.300.000 sestercios se podía comprar un latifundium (H N , 13.92), pero se trata de una sugerencia suma­ mente fortuita y no hace más que aumentar la confusión. De acuerdo con este criterio, Plinio el Joven, y no digamos Plinio el Viejo en persona, fuente de gran parte de las propiedades de su sobrino, llegaron a ser varias veces latifondisti. No ha de extrañarnos, pues, que las crónicas modernas no coincidan. Por un lado, tanto el «rancho», donde se criaba ganado a gran escala, como las extensas plantaciones de cereales (cuyos ejemplos más co­ nocidos se encontraban en el norte de África y en Sicilia, aunque, según algunos, también existían en Italia), aparecen calificados de latifundia·, por el otro lado, a veces se emplea el término en sentido amplio para referirse al conglomerado de propiedades dispersas de tamaño más modesto que, según se cree, solían constituir la finca de un senador: eran más o menos del orden de las granjas «modélicas» de los tratadistas de agricultura (200 iugera, lo que equivale a 50 hectáreas, para una granja cultivable; 100 iugera, es decir, 25 hectáreas, para un viñedo; 240 iugera, esto es, 60 hectáreas, para un olivar) o mayores.

6. D. Rathbone (comentario personal); Crawford, 1976; P I R 1, P450; R85; IG , V 1 1432-33 (Mesenia), fechado en el periodo imperial por Giovannini, 1978, ap. II, pp. 115-122; Hatzfeld, 1919; W ilson, 1966.

7. Columela, 1.3.12; Plinio, H N , 18.35; Séneca, Ben., 7.10.5; White, 1967b. Sobre el tamaño de las propiedades, Duncan-Jones, 1976a, 1982, ap. 1.

LA TIERRA 85 Si Séneca y Columela atacaban un fenómeno real de la época, aunque lo hicieran de forma retórica y exagerada, parece que sus críticas iban diri­ gidas principalmente contra individuos que tenían en sus manos inmensas extensiones de tierra cultivable, parte de la cual habían permitido que dege­ nerase en pastizales. Es difícil encontrar ejemplos convincentes entre los terratenientes conocidos. De los dos ejemplos de riqueza extrema que cita Plinio el Viejo, uno no es apropiado. L. Tario Rufo, almirante de Augusto, invirtió y perdió 100 millones de sestercios en tierra en la región de Piceno (H N , 18.37). No se nos dice la cantidad y la calidad de la tierra comprada, pero se han encontrado jarras de vino con su nombre. Si la mayor parte de la tierra se hallaba cubierta de vides, el cuento aleccionador de Plinio, por lo demás oscuro, se hace comprensible. Fue el caso de alguien que metió todo su dinero en una inversión arriesgada en un rincón de Italia y, de forma previsible y merecida, tuvo mala suerte. El otro ejemplo de Plinio es más apropiado como blanco de las invectivas de quienes criticaban las grandes fincas. C. Cecilio Isidoro, liberto que probablemente era heredero de los Metelos, la gran familia republicana, poseía o tenía arrendada, entre otras cosas, una vasta zona de tierra cultivable y pastizales. Al morir en el año 8 a.C., Isidoro dejó 3.600 yuntas de bueyes, otras 257.000 cabezas de ganado y 4.116 esclavos, más 60 millones de sestercios en metálico (HN, 33.135).8 Es sumamente improbable que hubiera muchos latifondisti que se espe­ cializaran en la cría de animales a escala tan grande como Isidoro. Para la cría de mucho ganado en un marco mediterráneo era necesario tener acceso a abundantes pastos (aunque no fueran propios) y que estos se encontraran en zonas climáticas contrastantes: hablando en términos generales, la mon­ taña y la llanura. El pastoreo trashumante que recorre grandes distancias, cuyo primer testimonio directo nos lo da Varrón, es probable que «despega­ ra» en Italia, sobre todo en la ruta que va de Pula a los Abruzos, más de un siglo antes, cuando la victoria en la guerra y las confiscaciones habían dado al Estado romano el control de la totalidad del centro y el sur de Italia. El propio Varrón poseía tierras en ambos extremos de esa ruta tras­ humante. Sin embargo, el hecho de que tuviera 800 ovejas y de que no cite otro rebaño más nutrido (menciona uno de 700) induce a pensar que, en su mayor parte, durante este periodo incluso, el pastoreo a gran distancia se hacía a escala relativamente modesta. No tenemos datos referentes al princi­ pado, pero es probable que cualquier intento de hinchar de modo percepti­ ble la importancia de la industria durante el imperio choque con el argumen­ to económico de que la demanda de los productos del pastoreo era limitada. La Dogana aragonesa de las edades Media y Moderna, con sus millones de ovejas, caminos para el ganado, hatos (tratíuri) de hasta 111 metros de

8. Brunt, 1975c. El arrendamiento es una posibilidad, toda vez que Plinio no especifica

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