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D e Ste Croix, 1954, pp 33, 40.

Y LA UNIDAD DOMÉSTICA

8. D e Ste Croix, 1954, pp 33, 40.

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No obstante, cierto grado de quid pro quo seguía siendo posible y constituía la base del intercambio patronal. Los clientes podían incrementar la categoría social de su patrono formando multitudes ante su puerta para la

salutatio matutina (Tácito, A n n ., 3.55), o acompañándole cuando atendía a

sus negocios públicos durante el día y aplaudiendo sus discursos ante los tribunales. A cambio, recibían alimentos o sportulae (pequeñas sumas de dinero, normalmente unos seis sestercios en tiempos de Marcial) y, a veces, una invitación a cenar. Marcial dice que acompañar a un patrono era uno de los medios de que podía valerse el inmigrado a la ciudad de Roma para obtener su sustento, si bien advierte que las sportulae no daban para vivir. Seguramente no era más que una posibilidad de complementar el grano que se repartía entre la gente (Epig., 3.7 y 8.42). Estos epigramas fueron escritos después de que se sentara en el trono Vespasiano, cuyos hábitos más auste­ ros se suponía que habían dado ejemplo para dejar las pródigas clientelas de la era julio-claudia (Tácito, A n n ., 3.55). Los versos de Marcial y otros datos, con todo, no dejan duda de que la salutatio y otras costumbres patronales siguieron caracterizando la vida en Roma durante la totalidad del principado.9

Los lazos entre patronos y clientes salieron de Roma y se propagaron por las provincias. Al igual que el emperador, los gobernadores y otros funcionarios que representaban el poder imperial interpretaban el papel de patronos. En un discurso pronunciado ante un gobernador del África Pro­ consular, Apuleyo afirmó que los provincianos estimaban a los gobernado­ res por los beneficios que conferían (Flor., 9). Así lo corrobora una serie de inscripciones norteafricanas que los provincianos dedicaron a gobernadores que eran sus «patronos». En el desempeño de sus funciones oficiales, los gobernadores podían ayudar a los provincianos a obtener la ciudadanía, cargos y honores de Roma, y también podían tom ar decisiones administrati­ vas y judiciales a su favor. Las dedicatorias públicas a «patronos» goberna­ dores por parte de abogados (advocati) tal vez sorprendan al lector moder­ no, que verá en ellas un síntoma nada agradable de corrupción, pero, de hecho, realzan las diferencias entre las ideologías antigua y moderna de la administración (por ejemplo, CIL, VIII, 2734, 2743, 2393).10 De los provin­ cianos agradecidos, los gobernadores también recibían regalos (o, si se inter­ pretan de otra forma, sobornos) y apoyó en caso de que se les acusara de mala administración una vez finalizado su mandato. Por haber desaconseja­ do que se procesara a un exgobernador senatorial de la Galia, T. Sennio Solemne recibió de este un tribunado en su estado mayor en Britania (el salario se le pagaba en oro), varias prendas de lujo, una piel de foca y joyas

9. Friedlaender, 1908-1913, vol. 1, pp. 195 ss.; Saller, 1982, pp. 127-129. 10. D e Ste. Croix, 1954, pp. 43-44; Sailer, 1982, pp. 151-152 y cuadro III.

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(CIL, XIII, 3162).“ Que todos estos detalles se anunciaran en un monumen­

to público demuestra que el ejercicio del patronazgo en el gobierno no se consideraba deshonroso ni corrupto.

A medida que la provincialización de la aristocracia romana fue avan­ zando a finales del siglo i y durante el n, cada vez fueron más los provincia­ nos que tenían conciudadanos bien situados en Roma que hacían las veces de mediadores patronales entre ellos y los gobernantes romanos. Esto les proporcionó otros medios de acceder a los beneficios que se distribuían en Roma, así como un medio de influir en los administradores que Roma enviaba a gobernarles. Ya no eran gobernados por conquistadores extranje­ ros, sino por amigos de sus amigos. Como es natural, a quien más benefició la creciente integración en las redes patronales con centro en Roma fue a quienes estaban bien relacionados, esto es, las elites locales. La situación de los colonos en las fincas imperiales del saltus Burunitanus ilustra cómo los vínculos patronales entre magnates locales y funcionarios imperiales podían dar pie a una colusión en virtud de la cual los primeros se valían de la fuerza de los segundos para aumentar su propia capacidad de explotar a los humi­

liores (véase p. 135).

Pa t r o n o s y p r o t e g i d o s

La relación entre patrono y protegido, o entre amigos superiores e inferiores, ocupa un lugar entre la de amistad en términos iguales y la del patrón con el cliente humilde. Como la calificación de cliens se tenía por degradante, los patronos considerados, generalmente, evitaban emplearla para referirse a sus amigos más jóvenes o menos poderosos.12 Dado que la mayor parte de la literatura latina que conocemos fue escrita por los «ami­ gos superiores», la palabra cliens raramente aparece en las descripciones de protegidos, a consecuencia de lo cual algunos historiadores han argüido que los romanos no consideraban que estas relaciones fueran patronales y que tampoco nosotros deberíamos analizarlas como tales. Pero si definimos el patronazgo como «relación de intercambio recíproco entre hombres de con­ dición social y recursos desiguales», entonces está claro que los lazos entre patronos y protegidos cumplen los requisitos para ser considerados como patronazgo. Además, el argumento contrario, el que minimiza la dependen­ cia de los «amigos inferiores» de sus «superiores», se equivoca al tomar literalmente el lenguaje cortés que emplean estos últimos. Hombres jóvenes y ambiciosos se comportaban típicamente como clientes en su búsqueda de partidarios poderosos: Plutarco, hablando de aristócratas que aspiran a ocu­

11. Pflaum, 1948.

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par algún cargo elevado, dice que son los que «se vuelven viejos y rondan las puertas de las casas ajenas», alusión a la asistencia a las salutationes

(Mor., 814D). Finalmente, el argumento que se basa en la ausencia de las

palabras patronus y cliens cuando se describían las relaciones de este tipo no tiene en cuenta todos los datos que se conocen sobre ellas. Si bien los patronos corteses, generalmente, no deseaban realzar la inferioridad de la posición social de sus protegidos llamándolos clientes, estos, en cambio, sí empleaban la palabra patronus en las dedicatorias a sus benefactores. Por ejemplo, C. Vibio Máximo, al empezar su carrera de ecuestre, honró a su

patronus, L. Titinio Clodiano, gobernador ecuestre de la Numidia, por

haberle apoyado en su búsqueda del cargo (Ann. Epigr., 1917-18, 85). Categorizar estas relaciones es algo más que una cuestión de sutilezas verbales, por cuanto llama la atención sobre el problema de si se caracteri­ zaban por la dependencia y la deferencia asociadas con el patronazgo o no. La relación de Plinio con Corelio Rufo, partidario suyo y senador de cate­ goría superior, induce a pensar que así era. Corelio Rufo le hizo a Plinio el cumplido de tratarle como a un igual, pero, si su comportamiento se aceptó como un cumplido, fue sólo porque los dos hombres no eran iguales (Ep., 4.17.4). Plinio mostraba una actitud deferente al pedir y seguir los consejos de su partidario en casi todas las cosas (Ep., 9.13.6). En su relación desigual, Corelio proporcionaba el apoyo que Plinio, como hombre nuevo, necesitaba para hacer progresos en su carrera, mientras que Plinio m ostraba respeto, amplió la influencia de su patrono después que este llegara al final de su carrera, para lo cual actuaba de acuerdo con sus consejos, y finalmente, fallecido ya Corelio, ayudó a la familia de este (Ep., 4.17.4-7). El cariz cuasipaternal de estas amistades sobresale en la descripción que hace Plinio de sus propios protegidos, que le tomaban por modelo, le acompañaban cuando despachaba sus asuntos cotidianos e incluso asumieron la toga con la franja amplia (latus clavus) en su casa (Ep., 8.23.2, 6.6.5 ss.).

Varios rasgos de la sociedad imperial daban a este tipo de patronazgo una importancia especial en el principado. El apoyo patronal era esencial para reclutar a la elite imperial, toda vez que no se crearon mecanismos burocráticos que sirvieran para suministrar la siguiente generación de funcio­ narios aristocráticos. Suele hacerse hincapié en el papel que interpretaba el emperador en estos nombramientos, pero, a falta de escuelas prácticas o de procedimientos para presentar solicitudes, el emperador tenía que nombrar a quienes le eran sugeridos por amigos de categoría como, por ejemplo, Core­ lio Rufo. Generalmente, los mediadores que apoyaban la carrera de senado­ res y ecuestres jóvenes eran patronos en lugar de padres, pues la mayoría de los nuevos aspirantes procedían de familias nuevas, y sólo una pequeña fracción de los que se encontraban en las primeras etapas de su carrera (quizá una quinta parte de los que contaban treinta años de edad) tenían vivo a su padre, lo cual se debía a que los hombres se casaban relativamente

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tarde.13 Así pues, la elite imperial iba renovándose, y las nuevas familias procedentes de todo el imperio aprendían las tradicionales costumbres roma­ nas, en gran parte por medio de los lazos entre patronos y protegidos. La relación entre el patrono y el protegido iba más allá de la esfera política. Las cartas de Plinio le presentan ofreciendo a amigos inferiores su apoyo en un asunto judicial relacionado con una herencia (Ep., 6.8), un obsequio de 300.000 sestercios (Ep., 1.19) y otros favores de índole econó­ mica. Debido a que sus recursos eran menores, normalmente los protegidos no podían corresponder de forma comparable —por esto eran «amigos infe­ riores»—, pero podían honrar a su patrono con gratitud y, de forma más concreta, con legados al morir.

El talento literario de algunos protegidos dio una dimensión cultural a unas cuantas de estas relaciones. Mientras que algunos autores y poetas del principado eran hombres de medios considerables y de alto rango, otros esperaban ganarse la vida escribiendo para sus patronos. A cambio de la fama que recibía el patrono de un autor de éxito, este podía albergar la esperanza de que el patrono llamara la atención sobre su obra y mejorase su posición material por medio de dádivas, que iban desde una finca y una vivienda en la ciudad hasta un cargo oficial remunerado, dinero, prendas de vestir y alimentos. Muchos escritores se sentían decepcionados por la falta de generosidad y otros no la necesitaban, pero eso no debería ocultar el hecho que importantes figuras literarias, de Virgilio a Marcial, recibieron apoyo ma­ terial significativo de patronos tales como Mecenas, Séneca y C. Calpurnio Piso, que se consideraban a sí mismos protectores de la literatura.14

Los a m i g o s

Los filósofos romanos daban mucho valor a la amistad y hacían hinca­ pié en que los amigos ideales debían compartir inquietudes y valores comu­ nes de un modo totalmente desinteresado.15 Aunque los filósofos evitaban las ventajas materiales como motivo para la amistad, a ojos de otros roma­ nos (y, a decir verdad, de los mismos filósofos en momentos de mayor pragmatismo), el intercambio de servicios era una base para la amistad (Frontón, A d M. Caesarem, 1.3.4 ss.). La relación entre amigos de posición social y recursos comparables era distinta de las relaciones que hemos comen­ tado anteriormente. Aunque ninguna de las dos partes ocupaba una posición de superioridad permanente, a veces sucedía que en un momento determina­ do una de ellas estaba mejor situada para hacer un favor.

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