• No se han encontrado resultados

Jones, 1940, cap 4 Sobre el monte Testaccio, Rodríguez-Almeida, 1984.

SEGUNDA PARTE

26. Jones, 1940, cap 4 Sobre el monte Testaccio, Rodríguez-Almeida, 1984.

UNA ECONOMÍA SUBDESARROLLADA 75 El lugar más destacado entre estos productos lo ocupaba el vino. Du­ rante el reinado de Augusto, Roma necesitó más vino que nunca. Los pro­ ductores de vino italianos respondieron de dos maneras: elaborando vinos populares, especialmente en la Campania y en la región del norte del Adriá­ tico, desde el Véneto hasta el Piceno, y diversificando los grands crus. Los primeros tiempos del imperio fueron un periodo de innovaciones modestas en la tecnología agrícola, a juzgar por las crónicas más bien desiguales de Columela y de Plinio el Viejo, sobre todo de este último. Así, Plinio hace referencia a mecanismos que los griegos inventaron para elevar agua, tales como la noria, al hablar del riego de un huerto, y presenta con cierto detalle, y prestando atención a la cronología, diversas etapas de la evolución de la prensa de palanca.21 En cuanto a Columela, su fuerte era la arboricul­ tora, especialmente la viticultura. Él mismo introdujo perfeccionamientos técnicos (por ejemplo, un taladro perfeccionado para hacer injertos) y, sien­ do, como era, miembro de una nueva raza de agricultores provinciales que compraron granjas en Italia (Julio Graecino, padre de Agrícola y autor de un tratado de agricultura, fue un exponente anterior de dicha raza), estaba bien informado (y quizá participaba personalmente en ellas) de la importa­ ción y aclimatación de vides extranjeras más productivas y de otros tipos de árboles frutales.28

Está claro que este panoram a no concuerda con la tesis de que Italia se encontraba en decadencia, tesis que domina la literatura moderna y que debe tratarse con cierto detenimiento. La formulación clásica es la que hizo Rostovtzeff.29 La competencia de las provincias provocó el derrumbamiento de Jas fincas de extensión mediana donde se producía la mayor parte del vino y del aceite destinado al mercado. Estas fincas (y las pequeñas propie­ dades de tenencia libre, cuya expropiación continuó bajo el imperio) fueron absorbidas por unos pocos propietarios ricos que se daban por satisfechos con recibir una renta segura aunque baja y, en lugar de la explotación directa por medio de esclavos dirigidos por un administrador, se valían de la administración indirecta por medio de colonos, que a la producción de vino y aceite por métodos «científicos» preferían el cultivo de trigo utilizando esencialmente los métodos de la agricultura campesina. Este edificio impre­ sionante se construye sobre una serie de textos aislados, principalmente

27. Plinio, H N , 19.60; Columela, 2.16, cf. 11.10; Plinio, H N , 18.317; véase, también, 18.97 (pero el texto está mutilado).

28. La literatura ha concentrado la atención en el pesimismo de Columela y en sus prácticas contables. Para estas últimas, véanse Duncan-Jones, 1982, cap. 2; Carandini, 1983; comentario de Finley, 1985a, pp. 181-182.

29. Rostovtzeff, 1957, pp. 19-22, 30-36, 54-75, 91-105, 165-175, 192-204; Sirago, 1958, pp. 250-274; Martin, 1971, pp. 257-310, 370-375. Nuestra crónica se apoya en Tchernia, 1986a. Véase la crítica más breve, pero útil, de Purcell, 1985, que habla de un boom de la· viticultura en los comienzos del periodo imperial. Su trabajo, sin embargo, no va más allá del reinado de Trajano.

76 EL IMPERIO ROMANO

literarios, que datan del periodo comprendido entre los reinados de Nerón y Trajano: el cuadro que pinta Columela de una industria vinatera a la defen­ siva o encalmada, el edicto de Domiciano prohibiendo plantar vides en Italia y ordenando la destrucción de todas o de algunas de las vides provinciales, las quejas de Plinio el Joven en el sentido de que escasean los buenos colonos, el estado deprimido del campo italiano que revela el programa alimentario de Trajano.

Nada de todo esto viene a significar mucho. Alrededor del periodo de Augusto, se produjo un cambio de dirección cuando los productores de vino italianos, incapaces de mantener sus exportaciones a granel a la Galia, bus­ caron otras salidas. Tal como hemos visto, el tratado de Columela refleja estos acontecimientos positivos, así como las críticas recurrentes y normales contra la viticultura. Por ser la rama más especulativa de la agricultura, la viticultura siempre había sido objeto de la atención hostil de los terratenien­ tes más cautos y conservadores. Tal vez a estos adversarios tradicionales se les unieron los agricultores que no habían podido responder a las condicio­ nes cambiantes, que quizá se habían obstinado en seguir utilizando vides viejas e improductivas cuando tenían a su disposición especies provinciales más nuevas y más fértiles. Si la competencia de las provincias hizo retroce­ der a la industria vinatera italiana en este periodo, fue de esta forma muy limitada, más que desplazando el vino italiano del mercado de Roma, que era más o menos insaciable.

Nuevamente, el edicto de Domiciano (o, mejor dicho, los edictos, toda vez que un autor tardío habla de un segundo edicto que prohibía plantar vides dentro de los límites de las ciudades) no indica un descenso de la suerte de la viticultura italiana.30 Suetonio nos proporciona el contexto del ataque extraordinario que Domiciano lanza contra la producción de vino: hubo un déficit de cereales que coincidió con una cosecha abundante de vino. Esto es todo lo que nos da derecho a inferir una primera lectura de las fuentes, aparte de la circunstancia de que el edicto discriminaba en contra de los vinateros provinciales; pero es lo que cabía predecir a la vista de que Italia seguía ocupando lina posición privilegiada dentro del imperio. Muy distinta, e inverosímil, es la tesis de que el edicto fue una medida proteccionista que tenía por fin apuntalar la decaída industria vinatera de Italia. Un brillante ejercicio de deducción por parte del principal historiador de la viticultura italiana nos invita a profundizar en el análisis. Hubo una breve crisis de la industria vinatera de la Italia tirrena central durante los postreros años del siglo i. Due una crisis de sobreproducción que siguió a un periodo de pro­ ducción insuficiente. La erupción del Vesubio el día 24 de agosto del año 79

30. Suetonio, D o m ., 7.2, cf. 14.2; Estacio, Silv., 4.3.11-12; Filóstrato, v. A p ., 6.42; Eusebio, Chron., ed. de Fotheringham, p. 273; Tchernia, 1986a, IV, p. 3; también, Levick, 1982, pp. 67 ss.

UNA ECONOMÍA SUBDESARROLLADA 77

había destruido de golpe los viñedos que se extendían de los pies del Vesubio a Pompeya, Stabiae y Nuceria; pero, como han demostrado los restos de ánforas, esta rama de la industria vinatera italiana satisfacía una proporción muy significativa de las necesidades de Roma, especialmente en lo que se refiere a vinos populares. La plantación de nuevas vides (también intramu­ ros de las ciudades, como sabía o descubriría Domiciano) fue un éxito, pero se hizo sin control; los cultivadores afectados tuvieron la mala suerte de que un año excelente para las uvas coincidiese con un mal año para los cereales. El edicto representa la reacción impulsiva de un emperador que conoce por la experiencia de todos sus predecesores, aunque todavía no por la suya propia, los peligros políticos que supone permitir que sus súbditos, en particular la plebe de Roma, pasen hambre. Pero cabe que, además de la presión popular, Domiciano recibiera los consejos nada desinteresados de grandes terratenientes a quienes preocupaba la perspectiva de perder su participación en los mercados urbanos ante la competencia de los nuevos cultivadores.

De momento, no hemos encontrado ningún indicio de crisis estructural »en la industria vinatera, ni en la agricultura italiana en general. Las piezas que faltan no nos las proporcionan las quejas de un terrateniente acerca de sus colonos (por ejemplo, Plinio, E p., 9.37), que podrían datar de cualquier época, ni el programa que el emperador paternalista Trajano puso en m ar­ cha para alimentar a los niños de las ciudades provinciales de Italia, que en sí mismo no es prueba de un empeoramiento de las condiciones en el campo ni de un reciente descenso de la población.

La tesis de la decadencia la ha vuelto a proponer, con gran energía y mucha fuerza, así como acompañada de nuevos argumentos, un grupo de estudiosos italiano encabezados por Carandini.31 En este caso es una tesis de la crisis que supuso el derrumbamiento del «modo esclavo de producción», tal como se practicaba, sobre todo, en las grandes villas del centro y el sur de Italia. Dado que estas empresas estaban especializadas en la producción de vino, el debate todavía gira en torno a la evolución histórica de la industria vinatera italiana. Pero, mientras que la exposición clásica de la tesis de la decadencia se hace atendiendo a fuentes principalmente literarias —y una exposición anterior de la tesis basada en la crisis por parte del estudioso ruso Staerman depende de fuentes literarias, jurídicas y epigráfi­ cas—, actualmente se emplean argumentos cuya procedencia es la arqueolo­ gía. Uno de los argumentos considera que la marcada disminución, durante el periodo de Trajano, de ánforas de los tipos Dressel 2-4, que eran los recipientes que más se usaban para transportar vino italiano en el siglo i, es

31. Carandini, 1980 y 1981, que se deriva de Staerman, 1964 y 1975; véanse comenta­ rios de Rathbone, 1983, Tchernia, 1986a, cap. 5; cf. Tchernia, 1980, sobre el final de Dressel 2-4 y la continuación de la producción de ánforas (y vino).

78 EL IMPERIO ROMANO

una prueba del derrumbamiento de la viticultura italiana. Otro argumento encuentra pruebas confirmadoras en la decadencia y el abandono de villas en la región que en otro tiempo fuera el centro de la producción especulativa de vino y del «modo esclavo de producción», a saber: la Italia central desde la Etruria hasta la Campania.

Un problema reside en que entre los dos fenómenos hay sólo una correlación limitada. Únicamente en la marítima Etruria, en la región com­ prendida entre Monte Argentario y Pyrgi, se advierte una coincidencia cro­ nológica entre la decadencia de las villas y la desaparición de las ánforas Dressel 2-4. El dilema no se resuelve mediante una extensión cronológica del periodo de crisis. Aparte de proyectar dudas sobre si es apropiado emplear el término «crisis», esto es causa de confusión: ¿abarcó la crisis los cien años que van de mediados del siglo n hasta mediados del ni (Staerman), o el siglo π desde Trajano hasta Cómodo (Carandini), o la totalidad del periodo comprendido entre Augusto y Severo (Carandini de nuevo)?

Una vez más, los argumentos arqueológicos suscitan dudas. La súbita reducción del número de ánforas Dressel 2-4 podría significar sencillamente que estos tipos de ánfora fueron sustituidos por recipientes que aún no han sido identificados, del mismo modo que las Dressel 2-4 habían suplantado a las Dressel 1, que eran más pesadas, durante los últimos decenios del siglo i a.C. No es este enteramente un argumento que nazca del silencio. Algunas referencias literarias indican que los vinos italianos de calidad superior con­ tinuaron vendiéndose bien en Roma y en otras partes y que seguían transpor­ tándose en ánforas (no identificadas). Merece la pena recalcar que los pro­ ductos italianos que no pasaban por Ostia, porque llegaban a Roma por tierra o por río, no dejan ninguna huella arqueológica en ningún periodo. En segundo lugar, las villas no decayeron al mismo tiempo o de modo universal. (Continuaron existiendo, por cierto, en la Tarraconense, en His­ pania, que, al parecer, encontró un sustituto apropiado de las Dressel 2-4 en el recipiente Gálico 5.) En la zona marítima del sur de la Etruria, las villas ya estaban en decadencia al empezar el periodo de Antonino Pío, pero las del interior no decayeron hasta principios del siglo ni; de modo parecido, en el siglo ni, continuaban funcionando en Lacio, cerca de Roma, en el ager

Falernus, a lo largo de la costa adriática y en el sur de Italia (donde perdu­

raron, como siempre en número reducido, por lo menos hasta bien entrado el siglo IV). El ciclo de crecimiento, prosperidad y decadencia —que afectó a otros tipos de explotación agrícola, así como a la finca mediana con mano de obra esclava— presentó diferencias de ritmo entre las regiones y dentro de ellas.

Así pues, los datos de que disponemos no permiten proporcionar un marco cronológico firme ni un contexto socioeconómico convincente para los cambios estructurales del tipo que se ha propuesto. Que nosotros sepa­ mos, la industria vinatera se vio obligada a efectuar una única reorientación

UNA ECONOMÍA SUBDESARROLLADA 79

considerable, una sola, entre el comienzo del reinado del primer emperador y mediados del siglo m, periodo de prolongada inestabilidad política, guerras constantes, tanto civiles como en el extranjero, y mercados reducidos. Esto sucedió justo al comienzo del periodo, cuando las villas con mano de obra esclava, que habían florecido especialmente en la Italia tirrena central, gra­ cias al notable comercio de exportación de vino a la Galia, tuvieron que buscar otras salidas al agotarse el citado comercio. Roma, que los producto­ res de vino italianos no habían descuidado en las postrimerías de la repúbli­ ca, periodo de rápido crecimiento demográfico, fue todavía mejor cliente en los primeros tiempos del principado.

Roma, que nosotros sepamos, continuó siendo una ciudad de alrededor de un millón de habitantes por lo menos hasta la segunda mitad del siglo n. Los productos de las provincias llegaban en abundancia. Los autores espe­ cializados en agricultura dirigían el coro de quejas rituales, pero sin duda resultaba obvio para todos que Italia, con Roma en el centro de ella, no podía autoabastecerse de productos principales, y mucho menos de artículos de lujo como los que pedía la elite. Por otro lado, es difícil creer que los agricultores italianos, los que tenían acceso fácil a Roma por río, mar o tierra, perdieran alguna vez su participación en el enorme mercado que representaba la capital, fuera cual fuese la calidad de sus productos. Roma debió de absorber siempre la mayor parte del excedente que quedara, ya fuese de vino o de otros productos, una vez satisfechas las necesidades locales y regionales.

El periodo del principado, pues, presenció, en primer lugar, la expan­ sión de la agricultura provincial, sobre todo en Occidente. Desde luego, la expansión fue en parte consecuencia de la política que llevaban las autorida­ des, y sucesivos gobiernos romanos aprovecharon sus frutos cobrando im­ puestos y rentas y, de modo más directo, mediante la extensión de las propiedades agrarias imperiales fuera de Italia. En segundo lugar, fue testi­ go de un periodo de recuperación seguido de prosperidad moderada en Italia, por ejemplo en las provincias septentrionales de la Lombardia a Istria, en las regiones centrales de la Umbría y el interior de la Toscana y en la Campania y partes del Lacio. Nuestras fuentes relativas a la agricultura provincial son, por supuesto, muy limitadas, y la arqueología no llena ni puede llenar los huecos que en nuestro conocimiento deja la literatura. El tratado de agricultura que se conserva de ese periodo, el de Columela, está centrado en Italia, pero en modo alguno presenta un panoram a completo y fiel del estado de la agricultura en Italia a mediados del siglo i. Los datos que tenemos, no obstante, son compatibles con la hipótesis de que, al menos en algunos campos de la economía agrícola de Italia y las provincias, las técnicas y los conocimientos avanzaron paso a paso, mejoraron las combina­ ciones de cosechas y las selecciones de semillas, se crearon unidades de explotación más eficientes y la mano de obra se utilizó de form a más eficaz.

80 EL IMPERIO ROMANO

Tales cambios representaron un progreso, pero dentro de unos límites: con- cuerdan con un aumento de la productividad, pero se trata sólo de un aumento modesto. Desde una perspectiva relativa, esto es, contrastada con las épocas históricas en las que se produjeron grandes avances tecnológicos, el periodo del principado merece ser clasificado como una época de estanca­ miento relativo.

4. LA TIERRA

Plinio el Joven, senador romano oriundo de Como, en el norte de Italia, escribió a un amigo diciéndole que casi todas sus inversiones las había hecho en propiedades rurales (Ep., 3.19). Lo mismo harían muchos senado­ res, o la mayoría de ellos, sobre todo los que, al igual que Plinio, no se contaban entre los más acaudalados y no habían nacido en la propia Roma o en sus alrededores. Se cree que la fortuna de Plinio se cifraba en unos 20 millones de sestercios, aunque se tiene noticia de que en los primeros tiem­ pos del principado había fortunas veinte veces mayores que la suya. La fortuna de Plinio era veinte veces mayor que el mínimo de propiedades que se exigía para entrar en el senado romano: un millón de sestercios. Sin duda, en Italia y en las provincias, habría muchos hombres que cumplían los requisitos básicos para ingresar en el senado, pero que nunca llegaron a senadores.1

El presente capítulo parte de la premisa de que la tierra era la base de las fortunas personales de los ricos y de la riqueza del imperio, y seguida­ mente pasa a examinar las pautas de tenencia de la tierra, la distribución espacial de las fincas, su estructura interna, su administración y estrategias de trabajo, la mentalidad de los grandes terratenientes, la existencia y la viabilidad de la agricultura de subsistencia y la productividad agrícola. El estudio se centra en Italia, porque carecemos de datos detallados acerca de la agricultura provincial; tendencias tales como la extensión de las tierras cultivables y la mayor difusión de los cereales, las vides y los olivos, se tratan en otra sección (véase el capítulo 3).

Di s t r i b u c i ó n g e o g r á f i c a d e l ap r o p i e d a d

La disposición de la propiedad entre los ricos la representamos en tres grandes tipos que se corresponden aproximadamente con las tres categorías de terratenientes que hemos señalado:

1. La pequeña nobleza local tenía más o menos toda su tierra en la región de origen.

Outline

Documento similar