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Sobre la contabilidad antigua, véanse De Ste Croix, 1956; Macve, 1985.

SEGUNDA PARTE

15. Sobre la contabilidad antigua, véanse De Ste Croix, 1956; Macve, 1985.

68 EL IMPERIO ROMANO

Cabe que exageremos al presentar este panorama desolador. La falta de fuertes inversiones de capital y de economías de escala dirigidas a aumentar la productividad en la industria o en la agricultura no es un fenómeno exclusivamente romano. Por el mismo motivo, sólo tiene un interés limitado el hecho de que los romanos carecieran del concepto jurídico de agencia, de la contabilidad por partida doble o de avanzadas instituciones crediticias y bancarias, y si nos limitamos a observar estas deficiencias, no lograremos aislar los rasgos característicos del subdesarrollo romano. Creemos que la economía era capaz de cierta medida de expansión y que es probable que la hubiera durante el principado. Esta es en esencia una pretensión modesta. Así, por ejemplo, la industria podía aumentar la producción (cosa que no debe confundirse con un aumento de la productividad) por el sencillo proce­ dimiento de multipliar los pequeños productores que trabajaban aisladamen­ te o en empresas integradas. Donde se empleaban esclavos, como caracterís­ ticamente se hacía en las empresas que superaban los límites de la familia, por ejemplo en la industria alfarera italiana, es probable que los propietarios quisieran obtener mayores beneficios incrementando la explotación de la fuerza laboral, lo que les permitiría pagar la nada despreciable inversión que representaban los esclavos. Sin embargo, no pretendemos decir que el creci­ miento que experimentase la economía a resultas de la inyección de mano de obra esclava, o por otras causas, se mantuviera con sus propios recursos y produjera cambios estructurales. El sistema de vida económica heredado permaneció intacto en gran parte.

El problema de documentar el crecimiento económico y medir su impor­ tancia se agudiza de forma especial en el caso del comercio. Hopkins hace un intento ingenioso de demostrar que hubo una expansión del comercio (véase la p. 65) basándose en cuatro proposiciones: primera, que la exacción de impuestos monetarios en las provincias por parte del gobierno romano incrementó en gran medida el volumen de comercio en el imperio; segunda, que los niveles de consumo eran muy superiores en el periodo romano que en el prerromano, al menos en Occidente, hecho «ilustrado, pero no, creo yo, probado», por los hallazgos de artefactos; tercera, que la mayor inciden­ cia de naufragios es indicio de que el comercio marítimo nunca había sido tan importante; cuarta, que se produjo un crecimiento de la oferta moneta­ ria que permitió financiar un aumento del comercio interregional. En con­ junto, los argumentos parecen convincentes, aunque individualmente siguen por probar, como se reconoce de un modo que desarma, o (como ocurre con el segundo y el cuarto), si algo hacen, ese algo es demostrar que la expansión del comercio tuvo lugar en las postrimerías de la república en vez de en los primeros tiempos del imperio.16

Una form a distinta de enfocar el asunto, y que nosotros preferimos,

UNA ECONOMÍA SUBDESARROLLADA 69 consiste en investigar la posibilidad de que se produjeran cambios en la infraestructura del comercio, en la tecnología y en las instituciones comercia­ les, cambios que fueran un indicio de mayor actividad en el sector mercantil. Hubo pocos avances significativos en el periodo del principado. Por ejem­ plo, en el importante capítulo de la construcción de barcos, las postrimerías de la república y los comienzos del imperio son los principales periodos de innovación.17 En primer lugar, ya en el siglo i a.C., los astilleros mediterrá­ neos construían grandes barcos de entre 250 y 400 toneladas para el trans­ porte a granel de alimentos y otras mercancías. En segundo lugar, durante todo el periodo que nos ocupa y, de hecho, hasta el año 400 d.C. aproxima­ damente, parece ser que construían los barcos mercantes empezando por el forro exterior, método laborioso y caro, en vez de construirlos a partir del armazón interior, el llamado «método esqueleto». Esto es especialmente significativo si tenemos en cuenta que la construcción «a partir del esquele­ to» se conocía y practicaba en las provincias célticas.

Los diversos cambios que sufrieron los recipientes utilizados para trans­ portar productos primarios, sobre todo el vino, vienen intrigando a los arqueólogos desde hace tiempo. Hablar de evolución y decir que cada cam­ bio representaba una mejora de la relación entre el contenido y el recipiente y que, por lo tanto, era un avance técnico con consecuencias comerciales, es pecar de exceso de optimismo. El peso, la solidez y la capacidad de las ánforas eran aspectos que teman un interés más que teórico para los roma­ nos (cf. Plinio, H N , 35.161).18 Pero no podemos tener la seguridad de que hubiera consideraciones técnicas y comerciales detrás del abandono, a lo largo de tres o cuatro decenios de las postrimerías del siglo i a.C ., del ánfora grecoitaliana (o jarra de barro) como principal recipiente p ara transportar vino (la denominada Dressel 1), y su sustitución por un ánfora más ligera, cuyo modelo eran las ánforas de Cos (las llamadas Dressel 2-4). Una vez más, si bien la introducción de barcos que transportaban vino en jarras inmensas (dolia) ancladas en el centro del barco, como vemos a partir de la época de Augusto, puede considerarse como una innovación tecnológica, este método no siguió utilizándose después de lo que parece que fue una fase experimental. Finalmente, es demasiado pronto para saber si el tonel de madera tenía mucha aceptación, y no hablemos de la posibilidad de que sustituyera a la jarra, antes de que finalizase el periodo que estamos estu­ diando. Al igual que en el caso del «método esqueleto» de construcción naval, se trata de una innovación que hubiera podido llegar al Mediterráneo mucho antes de lo que llegó en realidad, al parecer en los comienzos del siglo ii: el barril era un procedimiento habitual para transportar vino y otros

17. Pomey y Tchernia, 1978; Hopkins, 1983b. Sobre los barcos célticos, Casson, 1971, pp. 338-339; Marsden, 1977.

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productos agrícolas en las provincias del noroeste durante todo el periodo en cuestión.19

Las adaptaciones efectuadas en la ley de sociedades y de agencia tienen consecuencias para la historia del comercio.20 En el caso de las sociedades, la cuestión clave es si un principal que forma parte de una sociedad (societas) tiene, al contratar con una tercera parte, la categoría de agente independien­ te o si actúa en representación de sus colegas. En el derecho romano, a diferencia del inglés, sólo él quedaba obligado; podía recuperar su parte de acuerdo con el contrato de sociedad, pero entonces esta se disolvía automá­ ticamente. No es necesario hacer especial hincapié en la inconveniencia de estas reglas para las relaciones comerciales. A finales del periodo republica­ no se hicieron ajustes importantes que afectaban a dos tipos de sociedad y que reflejaban el aumento de la importancia de los mismos. Se consideraba que una asociación de contratistas públicos (publicani) poseía un estatuto cuasicorporativo; tenía propiedades comunes y un fondo también común al que una tercera parte podía dirigir una reclamación. Asimismo, cualquier miembro de una sociedad bancaria se exponía a que entablaran pleito contra él por un contrato que hubiera suscrito otro de los socios. Durante el princi­ pado, no obstante, se avanzó poco hacia la generalización de la idea de que los contratos de un socio obligaban a sus consocios (por ejemplo, Digesto, 14.3.13.2, Ulpiano).

En lo que respecta a la agencia, los logros de los juristas imperiales son un poco más impresionantes. La institución de la agencia tiene una clara importancia económica. Tanto la rapidez como el volumen de los intercam­ bios económicos salen ganando donde existe una clase de intermediarios profesionales que dirigen las operaciones comerciales. Pero la aparición de una clase así es imposible sin reglas jurídicas que creen obligaciones contrac­ tuales entre un principal y una tercera parte. La postura estricta del derecho civil era y siguió siendo que no podía efectuarse ninguna adquisición por medio de otra persona que no tuviera poderes. Pero esta regla contenía una matización importante: dejaba abierta la posibilidad de emplear cuasiagentes encarnados por personas que dependieran de la familia, en particular escla­ vos e hijos, los cuales no poseían una capacidad jurídica independiente. En las fuentes jurídicas, abundan las pruebas de que, en particular, se emplea­ ban esclavos para que actuaran en nombre de sus dueños en asuntos de negocios. Pero la gama de operaciones comerciales se ensanchó con la intro­ ducción de recursos complementarios (actiones adiecticiae qualitatis) que hacían al principal responsable de las deudas del administrador de sus nego-

19. Véase, ahora, para estas innovaciones y su interpretación, Tchernia, 1986a. 20. Para introducciones breves, véanse, por ej., Nicholas, 1962, pp. 185 ss., 201 ss.; Kaser, 1971-1975; Crook, 1967a, pp. 189 ss., 229 ss., 241 ss. Sobre el derecho comercial en general, véanse Huvelin, 1929, y, en relación con el comercio marítimo, Rougé, 1966, tercera parte.

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dos o del capitán de su barco, donde el representante actuara dentro de los límites de su mandato. Es probable que las acciones denominadas «instito- riales» y «exercitoriales», que cubrían los negocios terrestres y marítimos respectivamente, fuesen innovaciones republicanas, y podemos sumarlas a los otros indicios de expansión comercial en aquel periodo. Pero los juristas imperiales ampliaron el concepto de agencia «indirecta» y, por consiguiente, eliminaron más restricciones que pesaban sobre las operaciones comerciales al ampliar la categoría de personas que estaban sujetas a acciones «instito- riales» (Digesto, 14.3.5.7, Labeón) e idear una acción contra una persona que autorizase a un representante a llevar a cabo determinada transacción

(Digesto, 14.3.19, pref.; 19.1.13.25, Papiniano).

Finalmente, durante el principado, no se produjo ningún avance impor­ tante en las leyes romanas referentes a la banca. La única señal de que los legisladores estuvieran modificando su postura para tener en cuenta las rea­ lidades comerciales son los movimientos más bien renqueantes que hicieron hacia el reconocimiento de la banca de depósitos como institución específi­ ca. El depositum era tradicionalmente gratuito; se confiaba el objeto al depositario y este tenía que devolverlo cuando se lo pidieran. Pero textos de los juristas de Antonino Pío y de los Severos reconocen que una cuenta de inversiones en un banco es una categoría de depositum y admiten el pago de intereses al depositante (Digesto, 16.3.28, 24, 26.11).

Esta breve investigación de algunos aspectos del derecho mercantil su­ giere que, en primer lugar, el derecho romano era capaz de ajustar las reglas que obstaculizaban la buena marcha de los negocios y el comercio, pero no estaba dispuesto a sacrificar ningún principio importante; y, en segundo lugar, que las innovaciones más notables, dentro de su modestia, no tuvie­ ron lugar durante el periodo del principado, que fue más bien una época en la cual se absorbieron, interpretaron y ampliaron modestamente; innovacio­ nes anteriores. Las autoridades jurídicas no se vieron sometidas a grandes presiones por parte del «mundo del comercio» para que rompieran las arrai­ gadas tradiciones del comportamiento económico. Estas conclusiones son compatibles con la hipótesis de que el intercambio y el comercio experimen­ taron un crecimiento modesto, pero no sorprendente, durante el principado.

La agricultura merece atención especial por ser la fuente del grueso de la riqueza del imperio. La tesis de que la agricultura hizo progresos se centraría en hechos que acontecieron en la parte occidental del imperio, tales como la propagación de los viñedos en la Galia, de los olivares en el norte de África y de la producción de trigo en el norte de la Galia, el sur de Britania y el norte de África. Se utilizaron tierras nuevas, a la vez que tierras que ya estaban en uso se dedicaron a otros fines, y, sobre todo en las zonas donde la agricultura era de regadío, se crearon (en la Galia) o difundieron (en Britania) técnicas perfeccionadas, sobre todo en operaciones con intensi­ dad de trabajo tales como la recolección y la aradura. Se introdujo la

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esclavitud agrícola, por lo menos en algunas bolsas, con la consiguiente posibilidad de obtener rendimientos superiores gracias a una explotación más completa de la fuerza de trabajo. Las inversiones extranjeras y la inmi­ gración fortalecieron la economía agraria de las provincias occidentales.

Un estímulo complementario —que, sin embargo, fue también un im­ portante factor restrictivo— lo dieron las exigencias fiscales del gobierno central. Los intereses y las necesidades del gobierno romano eran pocos. Aparte de la guerra y la diplomacia, su preocupación básica era abastecer y financiar al estamento militar, la burocracia y la corte. Una vez cumplida la obligación permanente de alimentar a la plebe de la ciudad de Roma, el gobierno tema que gastar dinero en edificios públicos y diversiones para la capital y proporcionar periódicamente ayuda material a las comunidades en tiempos de crisis. El impuesto sobre las tierras agrícolas en todas las provin­ cias (pero no en Italia) era el que servía para sufragar la mayor parte de estos gastos. En la medida en que esto constituía una exigencia nueva, o sobrepasaba las imposiciones de autoridades anteriores (romanas o prerro­ manas), era necesario incrementar el excedente con el objeto de atender a ella. Asimismo, los agricultores se vieron obligados a destinar algunas tierras a otros cultivos, por cuanto teman que abastecer al ejército o, en las zonas donde no había ninguna guarnición militar importante, producir artículos que pudieran vender por dinero con el que pagaban los impuestos moneta­ rios. Esto era explotación y, en conjunto, superaba todo lo que el mundo mediterráneo había visto hasta entonces. El principal factor compensatorio era la oportunidad de lucrarse que brindaba la existencia (y para algunos agricultores y comerciantes la accesibilidad) de aquellos grupos nutridos y estables de consumidores que eran los residentes de Roma y las legiones de la frontera. De todas las mercancías que necesitaban los habitantes de Roma, sólo el grano fue proporcionado y distribuido por el Estado durante la mayor parte del periodo que nos interesa y, lo que es más, las cantidades eran insuficientes para dar de comer a toda la población de la ciudad. Por otro lado, el ejército de la frontera no era abastecido enteramente por medio de impuestos o requisiciones, obligatorios y no pagados, cobrados lejos o cerca.21

Durante todo el imperio, las poblaciones urbanas constituyeron focos complementarios y múltiples de demandas de consumo. En el periodo del principado se produjo un crecimiento urbano, por ejemplo en las provincias hispanas y africanas, y cabe ver en ello un indicio del desarrollo económico del campo. Gran número de consumidores improductivos se mantenían gra­ cias al incremento de la producción de alimentos. La ciudad era sede de servicios y actividades de índole social, jurídica y religiosa, el centro donde se trataban los productos primarios y se producían artículos artesanales, así

21. Hopkins, 1980: los impuestos estimulaban la producción; cf. Whittaker, 1978; Shaw, 1983, pp. 149 ss.: cabe que los impuestos deprimieran la producción.

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como el mercado para la venta y la distribución de mercancías de producción local e importadas. Estas funciones constructivas de la ciudad tienen que contraponerse a su papel fundamentalmente explotador: era la ciudad la que, en calidad de agente del gobierno central, supervisaba el sistema fiscal y añadía sus propias cargas a la población rural bajo la form a de exigencias económicas y prestación de servicios laborales personales. A la ciudad iba dirigida la corriente de rentas rurales, en su función de base y centro de consumo de los grandes terratenientes. No se hizo ningún reajuste radical de las prioridades de las elites urbanas en contra de los tradicionales objetivos de consumo por ostentación, categoría social y honores políticos, y a favor de la inversión provechosa.22

El carácter y la escala de las exigencias de los gobiernos central y local, así como las oportunidades de producir para un mercado bastante grande y de vender en él, variaban en el espacio y el tiempo. También las reacciones de las poblaciones rurales eran diversas. La intensificación (ampliando la zona cultivada, acortando el barbecho y aumentando los inputs del trabajo) y la especialización (en particular invirtiendo más en la producción agrícola de fácil salida) fueron respuestas más generalizadas que la innovación técni­ ca a las exigencias externas y las condiciones del mercado. En el norte de África, los romanos mejoraron las técnicas agrícolas de los indígenas, inclu­ so en apartados tan importantes como la conservación y la utilización del agua.23 En la actualidad, se cree que, durante el principado, Britania experi­ mentó, en el peor de los casos, un estancamiento y, en el mejor, la difusión de técnicas que ya habían surtido un efecto inicial en la agricultura.24 Los graneros grandes, los molinos mecánicos y las plantas exóticas que aparecie­ ron en Britania durante el periodo que nos ocupa afectan a la distribución y al consumo en lugar de a la productividad agrícola, y fueron recibidos en vez de creados por los indígenas de la provincia. La Galia ofrece un contras­ te, por lo menos superficialmente. Plinio asocia tres innovaciones con la Galia: un arado con ruedas, una hoz gálica «perfeccionada» para la henifi- cación y una máquina cosechadora para el grano (que conocemos también gracias a relieves esculpidos y a una descripción que hace Paladio, el autor de las postrimerías del imperio).25 Resulta tentador asociar estas innovacio­ nes, cuyas repercusiones no pueden medirse de forma apropiada, con la reorganización administrativa de las provincias gálicas que llevó a cabo Augusto, la concentración de una guarnición legionaria muy nutrida en el norte y la expansión de la urbanización. Del mismo modo, la aparición de

22. Finley, 1981, pp. 3-23; Hopkins, 1978b. 23. Shaw, 1984a.

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