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Para el citado argumento, véase Fulford, 1984.

x v i i i muestran rendimientos medios de siete a diez veces en las grandes

13. Para el citado argumento, véase Fulford, 1984.

14. Por ej., Von Petrikovits, 1974a; Darling, 1977; Pitts y St. Joseph, 1986, pp. 105 ss., 114-115 (citando a Vegecio, 2.11; D igesto, 50.6.7). Para los productos de la agricultura y de la ganadería, véanse Mócsy, 1967; Le Roux, 1977, pp. 350 ss.

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lejos del sistema estatal de producción, un sistema más organizado, que existía en tiempos de Diocleciano, pero el autoabastecimiento no era un factor insignificante en épocas anteriores, y reduciría la dependencia del ejército de una interacción con la economía local.

Los artículos que no podía producir, al menos en cantidad suficiente —grano, forraje, carne, una amplia variedad de alimentos preparados (bre­ bajes, productos lácteos, sal, etc.), vestidos, blindajes y armas—, teman que adquirirse de otras maneras. Casi desde el comienzo de la historia de la relación de Roma con una región fronteriza, se recibían alimentos y pertre­ chos en concepto de pago de impuestos, tributos, o de aportaciones llama­ das de algún otro modo, por parte de enemigos derrotados y otros pueblos que reconocían la supremacía de Rom a.15 La recaudación y el transporte podían estar supervisados por soldados o funcionarios civiles. En tiempos y lugares más tranquilos, estas exacciones aparecían característicamente bajo la form a de obligaciones que se imponían a la población civil por medio de funcionarios municipales.

A los impuestos deberíamos añadir las requisiciones. Cuando los artícu­ los requisados se pagaban en vez de apoderarse simplemente de ellos, como se hacía en las épocas y lugares donde se concedía cierto valor a las buenas relaciones con los civiles, es de suponer que el precio lo fijaría el comprador y, por consiguiente, sería inferior al que se pagaba en el mercado. Cabe suponer que las compras forzosas serían una fuente fundamental de pertre­ chos y provisiones en todas partes, como puede demostrarse que lo era en Egipto. Esto no es extraño, por la siguiente razón. El pago de impuestos en especie, si se ajustaba como porcentaje de la cosecha, era imprevisible, a la vez que las mercancías que venían de lejos podían sufrir retrasos o perderse. Si bien en lo referente a mercancías esenciales, sobre todo el grano, las autoridades acumulaban existencias (los graneros militares de Britania se construyeron con el fin de almacenar grano para dos años), cabe que se subvalorasen las necesidades precisas que de otros artículos tenía una guar­ nición. No cabe duda de que tener los graneros y depósitos llenos a rebosar sería una necesidad habitual y, desde el punto de vista diplomático, comprar era preferible a cobrar un impuesto complementario. Esto es lo que hacían los destacamentos de soldados de Stobi, en el curso bajo del Danubio, y de Dura Europo, en la parte alta del Éufrates, cuando se dedicaban a buscar grano para los hombres y los animales, o prendas de vestir o caballos. Las distancias que se recorrían acostumbraban a ser cortas (aunque de Stobi salió una expedición hacia la Galia en busca de prendas de vestir y tal vez de trigo). Lo más importante es que todas estas misiones dan la impresión

15. La importancia de los impuestos en especie la reconocen Gren, 1941, pp. 138 ss; Brunt, 1961, pp. 161-162 (excesivamente cauto); Wierschowski, 1984, p. 152 (cuyo estudio, sin embargo, se concentra en las compras gubernamentales).

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de haberse llevado a cabo con regularidad. La requisición era un procedi­ miento normal.16

Los artículos traídos de lejos entraban en las mismas categorías genera­ les que los que se adquirían en las localidades: impuestos en especie, rentas también en especie (de las fincas imperiales), compras. Del transporte de mercancías en gran cantidad desde lejos se encargaban comerciantes priva­ dos. Los mismos comerciantes transportaban artículos propios para vender­ los por el camino y en el campamento. Estos artículos importados no salían necesariamente mal librados cuando competían con los productos locales. De hecho, su transporte era subvencionado por el Estado; eran un cargamen­ to secundario que viajaba «de gorra» sobre los artículos a granel que, típi­ camente, se transportaban en virtud de un contrato del gobierno.

Asimismo, comerciantes locales y regionales, además de vivanderos de las comunidades organizadas que surgían en los alrededores de los campa­ mentos (canabae y vicí), vendían cosas a los soldados. Una vez hechas las deducciones en concepto de alimentación, vestido y pertrechos, a los solda­ dos les quedaba dinero de la paga para hacer compras complementarias (aunque parte de este dinero, junto con pagas especiales que se percibían de vez en cuando, se abonaba en la cuenta del soldado). Con todo, este tipo de operación comercial era en esencia una actividad periférica, aunque sin duda provechosa, para los comerciantes y productores que intervenían en ella. Llevaba aparejada la venta de artículos de lujo o, como mínimo, de «extras opcionales», objetos de calidad para el servicio de mesa, buen vino y otros artículos alimentarios que no formaban parte de las raciones normales, mien­ tras que, como hemos visto, del aprovisionamiento y equipamiento básicos de un regimiento se ocupaban, recurriendo a otros procedimientos, los corres­ pondientes funcionarios romanos. La impresión que sacamos de todo ello es que la menor parte posible de la tarea de abastecer al ejército se dejaba a la iniciativa de comerciantes independientes o a las «fuerzas del mercado».

Cuando un ejército se hallaba en marcha, las requisiciones y las com­ pras forzosas adquirían mayor importancia. Los efectos que ello surtía en los súbditos de Roma alcanzaban su punto máximo cuando se estaba prepa­ rando alguna campaña de envergadura. Entonces, la zona de abastecimiento se ensanchaba y era más sistemática, a la vez que representantes del gobier­ no que actuaban bajo la supervisión global de un funcionario especial, generalmente de categoría ecuestre superior {praepositus annonae), imponían requisiciones exhaustivas. Ya en el reinado del primer emperador, se había hecho un intento sistemático de calcular el alcance de las obligaciones que los habitantes de las ciudades y del campo tenían para con los empleados

16. Lesquier, 1898, pp. 354-356, 363-368, con Carrié, 1977; Gillian, 1950, pp. 180, 243 ss.; Fink, 1971, pp. 217 ss. (Stobi, Dura Europo). Sobre los graneros militares en Britania, Gentry, 1976, p. 28.

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estatales, ya fueran militares o civiles, en lo referente a aportar alimentos, pertrechos, transportes y hospitalidad. En una inscripción publicada recien­ temente, el segundo emperador, Tiberio, aparentemente, confirmaba medi­ das anteriores y procuraba poner freno a los abusos de las mismas por cuenta de provincianos de Pisidia.'7

Los emperadores recibieron muchas quejas en siglos sucesivos, y a veces respondían comprensivamente a ellas. Sin embargo, la llegada de un emperador con su séquito podía representar un desastre para las comunida­ des que se encontraban en su camino. Inscripciones honoríficas del período imperial, que alaban a un benefactor tanto por rescatar a la ciudad en tiempos de escasez de alimentos, como por atender a las necesidades de un visitante imperial, dan a entender que hay una asociación entre las dos cosas: «La ciudad celebra a Manios Salarios Sabinos, gimnasiarca y benefac­ tor, que muy a menudo en tiempos de escasez vendió grano mucho más barato que el precio vigente, y cuando pasó el ejército del emperador pro­ porcionó para la anona 400 medimnoi de trigo, 100 de cebada y 60 de alubias, más 1.000 metretae de vino a un precio mucho más barato que el precio vigente». La ciudad era Lete, en Macedonia, y el emperador, Adria­ no, cuyas dos visitas a Esparta provocaron dos crisis de subsistencia en esa ciudad. En cambio, algunas ciudades anfitrionas tuvieron la buena suerte de beneficiarse de la largueza imperial.18

El siglo ni, durante el cual las guerras fueron más frecuentes, y constan­ tes en sus decenios intermedios, suele presentarse como un periodo de cam­ bios fundamentales en los métodos del abastecimiento militar. En primer lugar, las exacciones extraordinarias se hicieron más comunes y desempeña­ ron un papel más importante en el abastecimiento del ejército que en tiem­ pos anteriores. Asimismo, al degenerar el orden cívico y la disciplina militar, los límites autorizados no se respetaban y los pagos se hicieron intermitentes o desaparecieron por completo. En segundo lugar, la variedad de alimentos que constituían las raciones normales se amplió para dar cabida al aceite y al vino, al mismo tiempo que se dejó de deducir el grano de la paga. Estas novedades (cuyas pruebas son muy escasas) quizá las introdujeron los Seve­ ros como parte de la política destinada a m ejorar las condiciones materiales del ejército, pero adquirieron una nueva razón de ser a mediados del siglo ni, al aumentar la inflación y caer el valor de la paga de los soldados. En periodos anteriores, los soldados habían podido recurrir a la compra para complementar sus raciones básicas, pero ya no era posible seguir haciéndo­

17. Mitchell, 1976. Sobre la praepositus annonae, Bérard, 1984. Para la respuesta de

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