A veces nos encontramos con situaciones que hacen que algo dentro de nosotros grite. A veces nos encontramos con que pasa algo que nos obliga a actuar. A veces encontramos gente cerca que quiere decir lo mismo que nosotros queremos decir. A veces esa gente son alumnos y son compañeros.
No es deseable que lo que nos empuja a actuar sea una tragedia como la del 11M, pero sí que es grato ver como un grupo de personas es capaz de crecer a tu lado, sintiendo y reflexionando, a partir de un suceso que, desafortunadamente, ha ocurrido y que permanecerá en la memoria de todos para siempre. En mi memoria y en la de un grupo alumnos y de compañeros (sin diferencia entre unos y otros), el 11M tiene dos significados: por un lado la catástrofe, y por otro la experiencia de compartir emociones, sentimientos, razones y valores. Para nosotros 11M significa no sólo muerte y tragedia, sino solidaridad, hermanamiento, cariño, belleza… lo que nos vino de fuera, pero también lo que supimos construir nosotros mismos.
A partir del lunes 15 de marzo de 2004, en el I.E.S. Ramón del Valle Inclán, en Sevilla, un grupo de chavalas, chavales, profesores, profesoras y algún que otro miembro de la comunidad educativa empezó a trabajar para no permanecer impasibles ante lo ocurrido.
Ahora que la experiencia ya ha terminado (o tal vez no), podemos definirla como 11 actuaciones o “performances” (tal vez no se las pueda llamar realmente
performances), en las que representamos distintas emociones y valores,
organizadas en función del orden en el que cada valor o emoción iba surgiendo en nosotros. El conjunto forma un todo coherente y variado, que se ha recogido en un CD interactivo repartido a todos los participantes. Pero ninguna descripción que podamos hacer ahora es capaz de contar lo que para nosotros ha significado participar en la experiencia. No se puede describir la vida, el entusiasmo, la capacidad de trabajo de los que lo han hecho posible… Lo que sí se puede contar, es que esto (lo que fuera, y como queráis llamarlo) tenía vida propia; que no fue idea de nadie, sino que iba emergiendo de todos nosotros; que siempre hubo sitio para todo el que quisiera compartir algo, aunque se sintiera limitado en su capacidad de expresión; …
Se puede canalizar la ira, la rabia, el dolor, la tristeza… y convertirlas en algo bello y valioso. Al menos nosotros creemos que supimos hacerlo, y aunque, afortunadamente, a ninguno nos tocó directamente la tragedia, sí que, de algún modo, nos sentimos afectados. Es por eso que “actuamos”.
Es posible construir y construirnos a partir del desastre, de la desdicha; ayudándonos de la razón, del conocimiento, del discernimiento y de nuestros valores podemos ver y sacar lo mejor de nosotros y de los demás.
No ha sido una experiencia terapéutica, sino educativa, pero nos hizo sentir mejor, nos hizo sentir valiosos, nos hizo sentir que estábamos unidos… nos hizo sentir mejores.
LA EXPERIENCIA
El día 11 de marzo de 2004 se vivió en el Instituto de Enseñanza Secundaria Ramón del Valle Inclán de Sevilla como en cualquier otro sitio. Poca información al principio, dudas, incertidumbre…
Al día siguiente Ángel Corpas, del grupo musical Jarcha, acudió al centro y cantó parte de su repertorio. Todos escuchaban en un respetuoso silencio, que el cantante agradeció. La última canción fue “Libertad sin ira”, que presentó recordando a unos, y contando a otros el origen y los momentos más representativos en los que se ha utilizado como grito de libertad. Al acabar la canción recibió entre lágrimas un emotivo y fuerte aplauso.
Con el fin de semana por medio llegó el lunes. Y el lunes 15 empezó nuestro andar. No sabíamos hacia dónde, ni siquiera nos dábamos cuenta de que estábamos caminando…
LOS SENTIMIENTOS Y VALORES.
Cada una de las actuaciones podría verse como un trabajo independiente de las otras, pero es la totalidad lo que tiene un sentido completo. Cada una habla de un sentimiento o un valor, pero es el conjunto, y el orden en el que las representamos, lo que hace de la acción un todo coherente.
La primera actuación era una toma de conciencia. Descubrimos que cualquiera de nosotros pudo haber estado en el escenario de la tragedia y correr la misma suerte. Entre otras cosas porque la mayoría de nosotros había estado en Atocha en alguna ocasión. Y quisimos contarlo.
“Yo estuve en Atocha”, repetimos cada uno de los que dimos testimonio. Y contamos cuándo. Sólo eso. Algunos, los que no han estado nunca por la estación, nos acompañaron con su silencio. La sencillez de la puesta en escena hizo que muchos de los espectadores se decidieran a acompañarnos y a compartir su paso por la estación.
Pero no sólo tomamos conciencia de la gravedad de lo sucedido, de que las víctimas eran ciudadanos que simplemente pasaban por allí, de que pudimos ser nosotros o nuestros familiares. También tomamos conciencia de nuestra voz y de nuestra capacidad. Supimos que habíamos comenzado una valiosa tarea y que debíamos continuarla.
Después de la toma de conciencia vino la tristeza, y vertimos una “Lluvia de recuerdos” por las víctimas (una flor por cada una de las vidas que se perdieron en el atentado) que descendía suavemente desde la parte más alta de nuestro instituto hasta el suelo, donde reposaba. Mientras, en medio de un silencio atronador, cuatro alumnas, un alumno y un profesor, desgranaban los nombres de cada uno de ellos.
El miedo nos afectó a todos. Y quisimos contarlo. La sensación que nos transmitían los timbres de nuestros propios teléfonos, a los que no atendíamos, querían contar el desasosiego de las familias cuyas llamadas no fueron respondidas. Y como objeto inquietante, una bolsa negra y grande, a la que sólo se podía acceder si se saltaba dentro de la zona “precintada”. Y dentro de la bolsa un teléfono, herramienta del horror, símbolo del “Miedo a lo cotidiano”.
Con estas actuaciones queríamos vencer, en la medida de lo posible, nuestra impotencia ante lo ocurrido. Y es que nos sentíamos “Atados frente al desastre”. El desastre eran las vidas que se apagaban mientras algunas personas trataban de impedirlo, pero no podían, y quedaban literalmente atadas y apartadas a un lado.
Como tantas veces sucede, el miedo, la tristeza, la impotencia, nos llevaron a la rabia. Sentíamos rabia, y no era algo de lo que nos sintiéramos orgullosos, pero también queríamos contarlo. Golpeamos nuestros cuerpos acompasando los golpes al sonido del paso del tren que nosotros mismos formábamos, que se movía despacio, pero hacia adelante por los “Raíles de rabia” que queríamos representar. Nos movíamos hacia nuestro destino hasta que algo ajeno nos hizo caer.
Necesitábamos un punto de inflexión. Necesitábamos seguir adelante. Y dibujamos un “Camino a la esperanza” con música, con pintura… nos quitamos el luto y volvimos a la vida.
Nos dimos cuenta de que además del desastre, el 11 de marzo salió a flote la solidaridad de cientos, o tal vez miles de personas. La capacidad para ayudar sin importar a quién se estuviera ayudando. Muchos ayudaron a muchos. Personas de distintas razas, culturas, posiciones sociales… y quisimos representarlo con “Solidarios sin diferencia”.
Quisimos recordar la belleza de la diversidad, quisimos hacer visible lo hermoso y enriquecedor que es ser distintos. Nos disfrazamos como niños, y como niños jugamos al “Tú la llevas”. No sólo nos referimos al juego. También llevamos ahora la responsabilidad de ser coherentes con lo que defendíamos.
Responsabilidad. Asumir cargas. Vivir con lo que nos ocurre. La importancia de la memoria. No olvidar, sino aprender. Pedir y aceptar ayuda si nos hace falta. “Cargas compartidas”. Cada uno recogió y cargó con aquellos objetos que representaban lo que había tenido que asumir a lo largo su vida, y también objetos relacionados con los sentimientos tratados en las primeras actuaciones…
Desde el principio tuvimos claro que un grupo de individuos fanáticos no definen la cultura a la que pertenecen. Y con esa capacidad para distinguir, dijimos que una parte “No es lo mismo” que el todo.
Al final, y con la relajación que da el estar terminando, nos hicimos conscientes de lo que habíamos hecho, de cómo lo habíamos llevado a cabo y de por qué habíamos actuado. La “¿Última actuación?” fue un resumen, una
conclusión “abierta”, un cerrar, pero, a la vez, dejar inacabado nuestro trabajo.
Puntos suspensivos para seguir trabajando…
LO VIVIDO
El deseo
En un principio la acción es inevitable, sabemos que tenemos que actuar, que hacer algo. No sabemos qué, ni cómo, pero sí que queremos hacerlo.
Cuando hacemos nuestra primera actuación-homenaje algunos de los asistentes se animan y participan con nosotros. Después de eso somos muchos más.
A partir de ahí, la única explicación que encuentro a que chavales y chavalas de poco más o menos 16 años se levantaran todos los jueves mucho más temprano de lo habitual, para ir a mostrar lo que pensaban y sentían (lo que aún piensan y sienten), es el deseo de contarlo.
La escucha
La primera necesidad de actuar viene al escuchar las inquietudes de los alumnos y de los compañeros. Todos nos sentimos inquietos (cuanto menos) el 11M, y el 12, …
Más tarde las ideas para cada actuación concreta surgen del diálogo, y se desarrollan con puestas en común, escuchando y contando. Dando y recibiendo: dando ideas y tiempo; recibiendo respeto y atención. Trabajamos el escuchar y el ser escuchados. Sentimos la necesidad de ponernos en lugar del otro para comprenderle, y la de explicarnos para ser comprendidos. Desarrollamos la empatía y el ser capaces de hacernos entender.
La reflexión
Cada una de las ideas que se exterioriza en los continuos diálogos proviene de nosotros, de lo que sentimos, y de nuestro entorno. Hemos de idear cómo hacer visible, audible, incluso táctil, ese sentimiento. Hemos de investigar cómo se expresa habitualmente. Y hemos de reflexionar acerca de nuestra reinterpretación. Reflexionamos sobre nosotros mismos, sobre nuestros sentimientos y valores.
Reflexionamos sobre nuestra cultura, sobre cómo nos transmiten los demás.
Reflexionamos sobre nuestra capacidad expresiva, sobre nuestros medios y nuestros recursos. Sobre nuestra forma de contar.
La actuación
Actuar era llevar a la práctica y “materializar” el producto de nuestra reflexión. Actuar era presentarse ante un público, realizando una acción que descontextualizada podría parecer absurda. Actuar era superar miedos y timidez.
Actuar era madrugar. Actuar era esforzarse, implicarse, exponerse… ¿Podría considerarse nuestro trabajo una manifestación artística? No lo se, no lo sabemos. Como alguna ver le oí decir a Rocío Arregui: “El proceso artístico es un proceso de deconstrucción y reconstrucción de la realidad”. Desde este punto de vista sí que lo sería. Aunque no haya un autor-artista, sino muchos participantes, aunque no podamos ver y palpar el fruto de nuestro trabajo, aunque lo que hicimos fuera efímero… Creemos que el concepto de arte ha cambiado y ya no se encuentra limitado por ciertas condiciones. Siendo así, lo nuestro podría ser una manifestación artística.
La improvisación y lo inesperado.
Aunque las líneas básicas de cada una de las actuaciones estaban establecidas previamente, los detalles y la “puesta en escena” no eran cerrados. Los participantes (no sólo alumnos) han tenido que improvisar y utilizar su capacidad para resolver situaciones en el último instante.
Con frecuencia, lo que emergía de forma espontánea en las actuaciones, tenía mucho más valor que lo que estaba establecido. Lo inesperado hacía que las actuaciones superaran las expectativas creadas. Un ejemplo podría ser el final de la actuación “Cargas compartidas”, en un momento en el que contábamos la necesidad de compartir nuestras “cargas” (lo que tenemos que superar y asumir, aquello con lo que hemos de vivir, lo que no debemos olvidar). Habíamos depositado en el suelo cada uno de los participantes una serie de objetos que representaban situaciones que habíamos tenido que superar o asumir a lo largo de nuestras vidas. Durante la actuación los recogíamos (en eso, sólo en eso consistía la actuación). Un hecho con el que no contábamos dotó de mayor fuerza al mensaje: una de las profesoras no puede levantarse después de haber recogido todo aquello con lo que tiene que cargar. Durante un instante vacila, pero dos adolescentes, con dos enormes sonrisas la ayudan a levantarse y la acompañan en el camino…
¿“Performances”?
En una conversación en la que Fernando Hernández y José Pedro Aznárez me “alimentaban” con sus opiniones acerca de este proyecto, salió a colación la definición de las actuaciones como “performances”. No estaba claro que lo fueran, y cada uno argumentaba su opinión comentando las características del trabajo, y comparándolas con las de “performances” reales y aceptadas como tales.
Una “performance” es una manifestación artística cuyos límites no están concretados del todo. Está vinculada con lo efímero, con las sensaciones producidas en el espectador, con la intervención de éste en la propia acción...
Pero, como les dije a ellos, no importa que lo que hicimos fueran o no “performances”, sino que las hicimos, (sean lo que sean y se llamen como se llamen) y que nos permitían movernos sin más límites que los que nosotros mismos poníamos.
No estoy segura del motivo por el que definimos nuestras actuaciones como “performances”, tal vez fue porque “actuaciones-homenaje” (que es lo que realmente eran) sonaba demasiado largo al referirnos a ellas.
Acción educativa
Aunque no ha pasado mucho tiempo, ahora, revisando lo que fue esta experiencia, soy incapaz de recordar que se planteara en algún momento un objetivo ya sea general o concreto. Ni siquiera pensamos en esto como en una acción educativa. Simplemente era una necesidad que nos empujaba a trabajar. A trabajar juntos.
Sin embargo, desde la distancia, y, sobre todo, después de mostrar el resultado a propios y a extraños, unos y otros me hacen ver el valor de lo que hicimos. Gracias a José Pedro Aznárez, a Lola Callejón, a Fernando Hernández, a Rocío Arregui… que no tomaron parte en las actuaciones, pero que sí han conocido bien el proyecto, he podido darme cuenta de todo lo que hicimos (evaluar que se llama en la terminología docente).
Valores
Todo el trabajo que se ha realizado en esta experiencia ha sido educación en valores, pero de una forma diferente a la habitual. No hemos dado una charla a los chicos, y luego ellos nos han dibujado un mural para colgarlo en clase. Hemos (profesores y alumnos) partido de nosotros mismos, y hemos hecho visible lo que nos apetecía. No era necesario motivar a los alumnos. Deseaban trabajar.
Entre otros valores, hay dos que tal vez hayan sido los más significativos: la importancia de la memoria y la canalización de sentimientos en positivo. La importancia de la memoria tuvo su propia actuación (Cargas compartidas). La canalización de sentimientos en positivo impregnaba todo el proyecto.
Lo más fácil después de una situación traumática es odiar, rechazar, y llenarnos de sentimientos negativos, que son lícitos, pero que nos destruyen… Nosotros quisimos reconducir toda la energía y transformarla en algo valioso. Es cierto que a ninguno de nosotros nos afectó la tragedia directamente, pero también es verdad que nos sentimos vinculados con lo que ocurrió.
Multidisciplinar
Cualquier medio de expresión tenía cabida en las actuaciones.
Nos hemos expresado verbal y visualmente. También con música y sonidos. Y con el movimiento de nuestros cuerpos. Con nuestros rostros y con nuestras manos.
Hemos reflexionado sobre “el Bien” y “el Mal”, sobre la solidaridad, sobre los sentimientos. Sobre las consecuencias de las acciones propias y ajenas. Sobre las diferencias culturales. Sobre “la Justicia” y “la injusticia”.
Todas las áreas del conocimiento (si es que el conocimiento está dividido) tenían un lugar en nuestro trabajo.
Competencias
El tema del mes de enero de 2001 de la revista Cuadernos de Pedagogía eran las competencias que los ciudadanos del futuro inmediato (es decir, los alumnos actuales) deberían adquirir para desenvolverse en la Sociedad del Conocimiento. Los coordinadores de la serie de artículos que formaban este “tema del mes” (Carles Monereo y Juan Ignacio Pozo) las concretaban en diez: La lectura y la escritura; el habla y la escucha, la búsqueda y el análisis, la empatía y la cooperación y el pensamiento y la fijación de objetivos posibles y relevantes.
En este proyecto hemos trabajado siete de esas diez competencias: El trabajo previo a cada una de las actuaciones se ha basado en el diálogo, hemos tenido que aprender a escuchar, a hablar para convencer, para que nuestras ideas fueran tenidas en cuenta. Necesitamos buscar formas de expresión para decidir cual se adecuaba más a nuestro mensaje. Hemos analizado lo que ocurría a nuestro alrededor y hemos opinado al respecto. Nos hemos puesto en el lugar del otro, de las personas a las que ofrecíamos nuestro trabajo (aunque aún no lo conozcan) y de nuestros propios compañeros, para entender lo que unos y otros sentían. Hemos trabajado juntos, hemos cooperado, y sin ese trabajo en común el proyecto no hubiera sido posible. Nos propusimos una meta: 11 actuaciones, 11 jueves lectivos… 11 homenajes, y conseguimos hacerlo.
El aprendizaje
Lo que ha cambiado en nosotros, lo que nos queda dentro después de la experiencia. Lo que nos ha hecho crecer.
Nos hemos encontrado con que somos parte de la sociedad, y que podemos, no sólo vivir en ella y de ella, sino ser parte activa, construirla y, si no cambiarla, sí matizarla un poquito.
Hemos descubierto que tenemos voz, y que podemos conseguir que nos escuchen. Que lo que decimos y pensamos, que lo que sentimos y contamos importa. A nosotros y a los que nos rodean.
Hemos aprendido que podemos construir algo valioso con nuestro esfuerzo. Que somos capaces de mucho más de lo que nosotros mismos suponemos.
Nos hemos dado cuenta de que podemos hacer un trabajo conjunto profesores y alumnos. Y que podemos aprender unos de los otros, y juntos construir nuestro aprendizaje. Y no sólo en cuestiones objetivas y preestablecidas. También y sobre todo en lo más íntimo, en lo más intuitivo, en lo más cercano: nosotros mismos.
Por ejemplo, al preguntarle a MariCarmen (una alumna de 16 años) lo que para ella había sido la experiencia me respondió: “Me ha ayudado a vivir más de cerca lo que ocurrió el 11-M. Creo que ha sido muy enriquecedor para todos. Ahora comprendo mucho más el valor de la solidaridad, pero la impotencia que sentí aún no ha cambiado… a mí personalmente no me ha rebajado la impotencia, pero el trabajo me ayudó a asimilarlo mejor, porque te das cuenta de que estamos unidos... No sé, yo acabé aprendiendo, la verdad… por ejemplo, yo pensé que yo era mucho más irresponsable y me demostré que no.
¿Sabes qué pienso? Que yo creo que con lo que hicimos nunca vamos a dejar de aprender. Cuando yo tenga 20 años y piense en lo que hicimos, me va a servir para reflexionar, y posiblemente significará muchas más cosas de las que ese trabajo significan para mí ahora.”