Durante cuarenta años, Pericles gobernó la democracia ateniense casi como un monarca. Nunca fue confinado al ostracismo y murió a los setenta años investido con la autoridad suprema. El hecho es único en la historia de Grecia.
La pérdida del gran estadista cuando Atenas tenía más necesidad de él, fue incalculable. De hecho, la muerte de Pericles señala el comienzo de una larga anarquía, interrumpida sólo durante los años en que algún demagogo escalaba el poder.
Los jefes políticos que rigieron el país después de la muerte de Pericles no tenían la talla de su predecesor. Pericles había gobernado al pueblo apelando a los mejores sentimientos de los atenienses, los elevó a su adecuado nivel impulsándolos a acciones generosas. Se hubieran avergonzado de mostrar sus flaquezas ante un hombre de tal dignidad. Pero los jefes que le sucedieron era gente de segunda fila.
Sin las cualidades de Pericles para mantenerse en el poder, tuvieron que emplear otros medios: halagaron los más bajos instintos del pueblo para ganar sus simpatías. Así fue como político (hos demagógo: guía del pueblo) pasó a ser sinónimo de demagogo en la acepción peyorativa de politiquero o "demagogo". Seducían al pueblo en lugar de conducirle. De cualquier partido que fueran, "mostraban gran habilidad en adornar sus empresas con bellos y pomposos nombres", según frase de Tucídides, el historiador de la guerra del Peloponeso. Los demócratas pretendían anteponer "la igualdad de todos ante la ley", mientras que la divisa de los oligarcas era "un gobierno moderado que agrupe a los mejores de la ciudad". Y ambos partidos tenían, desde luego, un solo objetivo: "El bienestar de todo el Estado".
Un jinete. Su indumentaria consistía en botas altas de montar, amplia capa y un sombrero de alas anchas. Este sombrero “de camino”, a menudo usado por Hermes, indicaba disposición a emprender un largo viaje.
El hombre que consiguió atraerse el favor, popular fue Cleón, tosco curtidor, pero enérgico y duro. Según cuenta Tucídides, prefería hombres incultos, antes que espíritus preparados para regir ciudades. Su habilidad para gobernar un Estado se puso de manifiesto el día en que Atenas consiguió cambiar la situación gracias a un éxito de su armada.
Los atenienses habían logrado adueñarse de Pilos, el mejor puerto del Peloponeso, en la costa occidental de Mesenia. Su flota bloqueó a muchos centenares de óptimos soldados espartanos en la isla Esfacteria. Con ello se infería un grave golpe al enemigo, no sólo porque los espartanos corrían peligro de perder un material humano irreparable, el tercio de sus hoplitas, sino también porque un desembarco allí hería a los espartanos en su punto más sensible. Desde Pilos era posible alentar la sublevación de los mesenios e ilotas de Laconia. Entonces fueron los espartanos quienes propusieron la paz y solicitaron un pacto, prueba que juzgaban crítica su situación.
Ello probaba también el excelente plan de operaciones concebido por el finado Pericles. En aquel momento, paz y unión hubieran podido cancelar la guerra fratricida. ¡Lástima que esta gran oportunidad no se le ofreciera a Pericles el Olímpico, sino a Cleón el Curtidor! Engreído por el orgullo y la suficiencia, puso condiciones inaceptables e injurió a los enviados de Esparta. Desperdició una excelente ocasión de negociar.
Los demócratas atenienses tenían razones muy concretas para continuar las hostilidades. El ciudadano que participaba en los trabajos de la asamblea popular en calidad de jurado, percibía una asignación diaria. La pobreza no debía ser obstáculo para, que los ciudadanos del Ática dejaran de ayudar al Estado con sus consejos y votar en la asamblea. El Estado bien podía dar una asignación diaria, haciendo los esclavos todo el trabajo y pagando tributo los aliados de Atenas. La mayoría de los ciudadanos atenienses se iba acostumbrando a depender económicamente de las arcas de la Confederación; por consiguiente había que evitar a toda
costa que Atenas perdiera su poder y que las arcas se agotaran. Tal solución sugirieron los demócratas.
Los atenienses pronto se vieron decepcionados. Ajustar cuentas a los espartanos de Esfacteria no era tan fácil como ellos creían al principio; en esa isla escarpada, casi inaccesible, los hoplitas cercados eran apoyados por sus compatriotas.
En efecto, el gobierno de Esparta ofreció grandes recompensas a quienes abasteciesen de víveres a los defensores de Esfacteria; de esa forma, incluso un ilota podía conseguir su libertad. Muchos ilotas probaron suerte, remando durante la noche hasta la isla en pequeñas embarcaciones; otros, llegaron a nado llevando víveres en sacos de cuero.
El problema se eternizaba y los atenienses empezaron a cansarse. Los temporales de invierno se acercaban y les impedían abastecer la flota que rodeaba la isla. Cleón sintió soplar el viento en contra suya, perdió la paciencia y desde la tribuna empezó a lanzar invectivas contra los comandantes de la flota: ¿qué clase de guerreros eran estos marinos, incapaces de apoderarse de un puñado de hombres cercados en una isla casi desierta? Si él tuviera el mando, tomaría Esfacteria con un golpe de mano.
"¡Hazlo, pues!", replicó un general. En seguida, el pueblo exigió unánime que Cleón se apoderase de Esfacteria. Y aunque nunca dirigiera la menor operación militar, tomó el mando y prometió que, en tres semanas, traería a los espartanos prisioneros o los mataría en la isla.
Así es como Tucídides describe el comportamiento del "curtidor convertido en almirante". Las cosas no ocurrieron, sin embargo, de forma tan dramática. Quizás Cleón conocía la situación de Esfacteria mucho mejor de lo que Tucídides pretende hacernos creer. Sea como fuere, su carrera militar comenzó con mucha suerte: tomó Esfacteria y capturó a los espartanos supervivientes, todo ello en el plazo fijado.
Esta victoria causó gran sensación en Grecia. Los atenienses nunca hubieran imaginado que los espartanos se dejarían prender vivos y entregaran las armas.
Esparta absorbió el golpe e hizo nuevas proposiciones de paz. Los embajadores espartanos recordaron a los atenienses que la fortuna es caprichosa, que lo que sucedía a sus enemigos podría ocurrirles a ellos algún día.
Pero en Atenas la veleta giraba en favor de los partidarios de la guerra. Llegó el momento de jugar la baza decisiva que Pericles, demasiado prudente, había siempre diferido. Los que habían combatido al estratego difunto obraban ahora a su capricho, cometiendo error tras error. Una derrota les demostraría su estrechez de miras. Los espartanos se reanimaron. Su jefe Brásidas, competente y valeroso, ocupó las costas de Tracia, donde Atenas tenía aliados, con la esperanza de provocar la defección de éstos. En un alarde de diplomacia y amabilidad, invitó a sacudir el "yugo" ateniense a las ciudades de la Liga Ática y muy pronto la mayoría de las urbes tracias abandonaban la Confederación de Delos.
A los atenienses les dolió mucho la deserción. Demasiado tarde vieron el error cometido al rechazar por segunda vez las proposiciones espartanas. El pueblo empezó a dudar seriamente de la sagacidad y dotes políticas de Cleón, que se proponía recuperar las tierras de Tracia, para conservar el poder.
Hoplitas y caballería atenienses eran excelentes soldados, pero carecían de lo que poseían los espartanos: la confianza en su jefe. Cleón, militar ocasional, despreciaba a los verdaderos soldados y ¡tenía que enfrentarse con un estratego de la talla de Brásidas! Éste entabló el combate decisivo cuando Cleón no sospechaba el menor peligro, e inexperto en la dirección de las tropas, el ex curtidor sólo pensó en la retirada. Fue una derrota aplastante. Brásidas cayó al primer encuentro; Cleón, herido también, murió mientras buscaba su salvación en la huida. Al menos, eso cuenta Tucídides.
La muerte de Cleón fue tan beneficiosa para Atenas como desastrosa fue la de Brásidas para Esparta.
Su desaparición abrió paso a las negociaciones y se firmó una paz de cincuenta años en 421. En líneas generales, se volvió a la situación de anteguerra. Atenas, siguiendo el plan de Pericles al comenzar las hostilidades, había experimentado graves pérdidas, los fondos de guerra estaban casi exhaustos, el Ática era casi un desierto y, merced a la guerra y la peste, había decrecido considerablemente la población. Pero el poder naval de Atenas seguía intacto, mientras que el prestigio militar de Esparta estaba de baja tras la capitulación de Esfactería.
Parece extraño que Esparta prefiriese un acuerdo con Atenas, sobre todo después de una derrota tan evidente para esta última. Pero es que necesitaba a toda costa recuperar cuanto antes a sus combatientes capturados en Esfacteria; prefería estas tropas escogidas a una expansión territorial. También anhelaba la paz para poder cultivar sus tierras, abandonadas tanto tiempo a causa de la guerra. Por último, Esparta tenía un tercer motivo para mostrarse acomodaticia: preparaba una guerra contra Argos. Amén que la situación se complicaba con dificultades internas en la Liga del Peloponeso, pues los aliados reprochaban a Esparta su escasa preocupación por los intereses comunes y exigían con energía una política peloponésica. Sobre todo Corinto y Tebas expresaban esta opinión con iracundia.