Jenófanes nació en Colofón, Asia Menor. En su juventud guerreó contra los persas y
abandonó su patria cuando Ciro sometió las ciudades jónicas del Asia Menor. Después de un sinfín de aventuras, encontró refugio en Elea, en la costa calabresa, y murió en 475 antes de Cristo, a la edad de ochenta y un años.
Jenófanes atacó el culto a los dioses con tanta violencia como su contemporáneo Heráclito; juzgaba indigno representarlos como ladrones, estafadores y libertinos. Veía en ello la prueba que los hombres adjudicaron a los dioses su propia imagen. "Los dioses de Etiopía tienen la piel negra y la nariz aplastada; los tracios dan a sus divinidades ojos azules y cabellos rubios." Los dioses que nos habla Homero poseen todos los defectos y debilidades humanas.
Opuesto a los dioses de la mitología popular, el dios de Jenófanes "no era semejante a los mortales, ni por su apariencia externa ni por los pensamientos". Esta divinidad era el alma del mundo y sostenía el universo con la fuerza de su espíritu; era "pura vista, oído puro, pura inteligencia". La concepción que Jenófanes tiene de lo divino se eleva hasta el panteísmo: para él, dios es una fuerza personal, presente en todas partes de la naturaleza y constituyendo su unidad.
Parménides
Jenófanes fue el padre de la escuela filosófica que nació en Elea. Entre sus discípulos destacó Parménides, quien, como su maestro, distingue entre pensamiento filosófico y pensamiento vulgar. Sin embargo, Parménides difería de Heráclito en que considera la diversidad y variedad de los fenómenos naturales como simples apariencias, como "el no ser", por oposición a la realidad única y verdadera, la realidad interna, "el ser", que es inmutable. El "ser" no tiene principio ni fin, no cambia de aspecto ni de lugar. Parménides resumía así su doctrina: "El ser es y el no ser no es". En efecto, no existe cambio ni diversidad. Algunas veces pensamos lo contrario, por ejemplo, cuando contemplamos vivos colores o vemos que
algo se mueve; en realidad, nos engañan los sentidos. El no ser es sólo un mundo de apariencias del cual no podemos adquirir un conocimiento firme y estable. Sólo el pensamiento lógico nos permite conocer algo. He aquí la base de la doctrina de los eleáticos, doctrina a menudo mal comprendida: "Pensar equivale a existir". El sistema del pensamiento de Parménides fue en su época el más abstracto jamás alcanzado por filósofo alguno. Su concepto del "ser" no debía nada en absoluto a lo concreto. Sólo podía decirse una cosa de este "ser'" abstracto y puro, y es que era, pues en cuanto sede añadiera la menor particularidad se colocaba al ser en el mundo de los sentidos y se le hacía partícipe del mundo del "no ser". Era imposible ir más lejos en la abstracción.
Como podemos juzgar, pocos podían comprender las teorías de Parménides sobre el ser y el no ser. Para sus contemporáneos fue motivo de franca hilaridad, sobre todo cuando afirmaba que el cambio y el movimiento eran pura ilusión óptica.
Parménides tuvo un discípulo, de temperamento más fogoso que él: Zenón. Se enzarzó con pasión en las querellas políticas de Elea y participó en un complot para expulsar al usurpador del trono de la ciudad; fracasada esta conjura, Zenón fue condenado a muerte. Soportó los suplicios con tanta entereza que fue la admiración de sus contemporáneos y de la posteridad.
Zenón fue un maestro de la dialéctica, el arte del razonamiento lógico, y se valió de ella para acallar a los que se reían de Parménides su maestro y amigo.
"Os burláis de nosotros porque creemos que los sentidos son engañosos. ¡Pues escuchad! Si tomo un solo grano de una paletada de trigo y lo dejo caer al suelo, no se oye ningún ruido. Lo mismo ocurre si hago la experiencia con otro grano, y luego con otro, etcétera. Y así puedo ir tomando los diez mil granos que hay en la pala y dejarlos caer uno tras otro sin que se oiga el menor ruido. Pero si los vuelvo a poner en la pala y los arrojo al suelo todos juntos, se oirá con claridad el ruido de su caída. He aquí algo insólito: ¡la suma de diez mil ceros se ha convertido en una cantidad concreta! Esto va contra toda lógica. ¿Qué confianza podéis conceder, pues, a vuestros oídos? ¿No tendremos razón al calificarlos de engañosos?
"Pero en este caso, ¿qué ocurre para que la suma de diez mil ceros sea mayor que cero? Pues que al caer un grano de trigo hace ruido, pero es tan débil que el oído humano es incapaz de captarlo. Sin embargo, este ruido resulta perfectamente audible si es multiplicado por mil."
Aunque premisas falsas, Zenón señaló la insuficiencia de nuestros sentidos. E iba más lejos aún. Dirigiéndose al mismo auditorio, argüía:
"Voy a probaros por lógica que el movimiento, cualquiera que sea, es sencillamente imposible. Escuchad: los objetos que imagináis estar en movimiento deben moverse siempre, ya en el lugar en que se encuentran, ya en el que no se encuentran. Ahora bien, en el primer caso el objeto no está en movimiento, sino en reposo. Y la segunda posición es imposible, pues un objeto no puede estar donde no está. Así, pues, todo movimiento es imposible, según se pretende demostrar."
El error de este segundo razonamiento era más difícil de descubrir que el primero, puesto que los griegos no concebían el movimiento ininterrumpido, sino que imaginaban cada movimiento dividido en una serie de unidades de tiempo. Ahora bien, al disparar una flecha, jamás permanece en el mismo lugar, ni aun durante la más ínfima parte de segundo, sino que está siempre en movimiento, hasta dar en el blanco. En el caso presente, Zenón habría podido aprender algo de Heráclito, que tenía del movimiento una concepción más justa.
El ejemplo más conocido de la dialéctica de Zenón es el célebre argumento de Aquiles y la tortuga. Aquiles, el de los pies ligeros, no podría alcanzar en la carrera a una tortuga, un animal tan lento, si éste comienza la carrera con una pequeña ventaja. Supongamos que
Aquiles parte del punto A y la tortuga del punto B, y también, para facilitar la demostración, que Aquiles corre tres veces más aprisa que la tortuga. Cuando Aquiles alcance el punto B, la tortuga habrá llegado a C, y cuando aquél llegue a C, el animal se hallará en D, y así sucesivamente.
La distancia entre ambos no cesará de disminuir y acabará por ser tan insignificante, que no podremos representarla; pero esta distancia nunca será igual a cero, sino que siempre permitirá que la tortuga vaya en cabeza.
Zenón era aficionado a estas piruetas dialécticas. Si se admite que la distancia entre A y B es de un kilómetro, Aquiles alcanzará a la tortuga cuando ésta haya recorrido medio kilómetro, pues entonces Aquiles habrá recorrido 3 x 0,5 kilómetro; es decir, 1,5 kilómetro. Pero Zenón divide el trayecto de modo que esta meta no es alcanzada por ninguno de ambos adversarios, pues 1 + 1/3 + 1/9 + 1/27 + 1/81, etcétera, nunca llegará a 1,5. Aquí también Zenón cometía el error de dividir el movimiento, que en realidad es continuo.
Zenón había iniciado su carrera como defensor apasionado de la doctrina ortodoxa de los eleáticos, pero cayó en el escepticismo y acabó por sostener que el conocimiento era imposible, doctrina que más tarde influiría en los sofistas.
Zenón de Elea.
De Jenófanes a Zenón, el pensamiento filosófico recorrió largo camino y pasó de la crítica de la religión tradicional al examen de los fenómenos cambiantes del mundo visible para oponerse, finalmente, a todas las verdades admitidas. Los tres principales representantes de la escuela de Elea (Jenófanes, Parménides y Zenón) sacudieron la indolencia intelectual de sus contemporáneos, y se impusieron la tarea de sacar a la humanidad de su pereza innata y conducirla por el camino del pensamiento. En ello radica el aporte de los eleáticos al esplendor de la filosofía.