Durante nueve días con sus noches, el náufrago fue zarandeado por las olas; Ulises agotó hasta el último resto de sus fuerzas para sostenerse en la quilla de su desgraciado navío; al fin, la marea lo arrojó a la playa de una isla. Allí, en las verdes riberas, crecían magníficas y perfumadas flores, y en medio de un maravilloso bosque lleno de melodiosos trinos, un serpenteante sendero conducía a la caverna donde moraba la bella ninfa Calipso. Cuando ésta advirtió al extranjero, le dio su bienvenida, lo atendió amable y le rogó que se quedase junto a ella para alegrar su soledad. Sin embarcación ni útiles para construir otra, Ulises no podía abandonar la isla; no tenía, pues, elección y debía aceptar el ruego de la hermosa ninfa. Mas en su ánimo el deseo de volver a su patria era cada vez mayor.
De esta manera transcurrieron siete años. Un buen día, cuando se encontraba llorando junto al mar, como sucedía muy a menudo, sintió que una mano se posaba sobre su hombro y oyó una suave voz detrás de él. Era Calipso, que le sorprendía por primera vez en su dolor. Viendo cuánto ansiaba volver a su patria, le prometió su ayuda para regresar a Itaca. Le dio un hacha y otras herramientas para construir una balsa con la que pudiera atravesar el mar. Cuando el esquife estuvo listo y provisto de mástil y velas, Calipso entregó a Ulises provisiones y vestidos tejidos por ella misma, y llena de tristeza se despidió de él, deseándole un feliz viaje.
Ulises y Calipso
Regreso y venganza de Ulises
Ulises se hizo por fin a la mar y regresó a Itaca. La primera persona que vio al desembarcar fue a una joven y bella pastorcilla, en quien reconoció a su protectora, la diosa Palas Atenea, quien le ayudó a ocultar en una cueva los tesoros que había traído, cegando la entrada con una gran piedra. Después le dijo: "Primero, deberás hacerte pasar por extranjero, y para ello voy a transformarte, a fin que no seas reconocido". Y tocándole con su varita mágica, su piel se arrugó con rapidez; los cabellos, rubios como el oro, desaparecieron de su cabeza; sus rozagantes vestidos blancos se transformaron en harapos de mendigo y la espada se trocó en bastón de caminante.
"Vete a casa de Eumeo, el anciano porquerizo —dijo la diosa—. Él te pondrá al día en las cosas de tu casa, porque se mantuvo fiel a ti y a tu hijo Telémaco. Pero no descubras a nadie tu verdadera personalidad." El anciano pastor acogió al pobre extranjero, le ofreció hospitalidad y diole de comer y beber. El fiel porquerizo refirió a Ulises la vida regocijada que llevaban en su casa los "huéspedes" de Penélope, que, además de haberse invitado a sí mismos, aspiraban a la mano de su esposa.
Al día siguiente, Telémaco, hijo de Ulises, visitó al pastor y saludó con afecto al anciano mendigo. Mas, de repente, Ulises fue transformado por Palas Atenea y recobró su forma primitiva. Telémaco pasó de súbito de la sorpresa a la alegría al hallarse ante su padre, y propusieron en seguida la mejor forma de echar a los huéspedes importunos que asediaban a Penélope con sus peticiones de matrimonio. Telémaco no debía hablar a nadie del regreso de Ulises ni preocuparse del trato que los "pretendientes" dieran a éste.
Al día siguiente, Ulises se dirigió al palacio real acompañado de su fiel pastor. En el camino encontraron al cabrero de Ulises, que llevaba a palacio los más hermosos animales del
rebaño para el banquete de los huéspedes. Era un cómplice de los pretendientes e injurió a Ulises, creyéndole verdadero mendigo. Luego se toparon con el perro de Ulises, echado sobre un montón de estiércol, a la entrada del palacio. El animal, en otro tiempo ágil y vivaz, estaba ahora tan débil por lo viejo y abandonado, que no podía moverse; pero cuando vio a Ulises, lo reconoció en seguida, tendió su cabeza hacia él y moviendo la cola, brincó de alegría. Tamaña prueba de fidelidad conmovió tanto a Ulises, que se le escaparon las lágrimas. El fiel animal murió momentos después de reconocer a su dueño.
En la sala principal del palacio se celebraba una alegre y ruidosa fiesta. Al ver tantos invitados sentados ante las mesas llenas de manjares y bebidas, el dueño de la casa fue mendigando a cada uno un poco de pan. Antinoo, el más orgulloso de todos, se divirtió con él escarneciéndole, y al final le arrojó un banco a la cabeza. Ulises se mordió los labios y se sentó humilde a la puerta. Apareció entonces otro mendigo, llamado Iro, muy popular por su pereza y su glotonería, a quien se le tenía destinado el lugar junto a la puerta. Cuando vio al extranjero, se encolerizó y gritó a Ulises que le dejara el sitio libre. La disputa entre ambos mendigos regocijaba a los comensales, que los excitaban a la lucha y prometían una salchicha grande al vencedor. Iro, más diestro para la injuria que para luchar, recibió un puñetazo tan fuerte de Ulises, que cayó al suelo inerte y sangrando. La escena provocó en los espectadores hilaridad "hasta morirse casi de risa". Las risotadas subieron de punto cuando el viejo levantó a su joven adversario y lo arrojó de un manotazo al patio. Luego lo colocó ante la puerta y le dijo: "¡Ya puedes permanecer aquí sentado toda la vida y defender la puerta contra los perros y puercos! ¡Pero cuidado con mostrarte grosero hacia los extranjeros!"
La actitud de los juerguistas no daba lugar a dudas: el viejo mendigo les inspiraba respeto. Los esclavos, por el contrario, no le mostraban la menor deferencia y se burlaban a cada palabra graciosa que les dirigía. La más encarnizada era Melanto, que Penélope había educado como a una hija.
La hora del ajuste de cuentas se acercaba. Penélope tomó una decisión: considerando que era un deber suyo respecto a Telémaco, quiso poner fin a todas aquellas francachelas diarias. Al día siguiente, anunció a los pretendientes que estaba decidida a elegir esposo. Quien pudiera tensar el colosal arco de Ulises y disparar con la misma habilidad que él, sería su esposo. La prueba consistía en disparar una flecha y atravesar los anillos de doce segures colocadas una tras otra. Todos los pretendientes aceptaron la proposición.
Pronto se vio que nadie era capaz de tensar el arco de Ulises, por más esfuerzos que hiciesen. Por eso se burlaron del audaz y viejo mendigo cuando quiso probar suerte. Pero Penélope dijo: "No sería razonable despreciar a un huésped hasta el punto de no dejar que lo intente. Y nadie será tan necio para temer que este anciano se convierta en mi esposo". Ulises cogió el arco. La expectación era enorme. El viejo mendigo tensó el arco con tanta facilidad como si se hubiera tratado de un juego de niños y, con mano firme, disparó una flecha que atravesó los doce anillos. Después tomó una nueva saeta y dijo: "Ahora voy a ver si doy en un blanco que aún no fue alcanzado por flecha alguna". Disparó y Antinoo cayó al suelo herido de muerte. Entonces, todos quisieron echar mano de sus arcos y lanzas. Pero la víspera por la tarde, Ulises y Telémaco habían quitado todas las armas de la sala. El más animoso de los pretendientes sacó la espada y se lanzó contra Ulises, pero fue atravesado por una flecha. Telémaco, Eumeo y otro fiel servidor ayudaron a Ulises, y entre todos hicieron una verdadera matanza. Las muchachas que intentaron ayudar a los pretendientes, sus amantes, dándoles armas, tuvieron el mismo fin. Fueron colgadas en la plaza. El cabrero murió también con muerte vergonzosa.
Por fin, Ulises era otra vez dueño de su casa. Mandó retirar los cadáveres, limpiar la sangre y purificar el aire de la sala, quemando en ella azufre; después, mandó una esclava a las habitaciones de Penélope, para anunciarle el regreso de su marido. Penélope no podía
creerlo. Pero pronto desaparecieron sus dudas y la alegría no conoció límites. Los esposos tenían muchas cosas que contarse.
Así termina la epopeya de Ulises, en donde aparece un tema tratado con frecuencia por la literatura universal: la esposa fiel que aguarda el regreso de su esposo, abrazándole por último tras vencer toda clase de dificultades.
Ulises y Penélope, por Francesco Primaticcio, 1560. Óleo sobre lienzo. Museum of Art, Toledo (Ohio).
El ser humano común y corriente, simbolizado en la comitiva de Ulises, aparece constantemente expuesto a las fuerzas superiores de la naturaleza, manejadas por los dioses o por los hijos espurios de éstos. Sólo se salva gracias a la obediencia a sus jefes, representados por Ulises, y a la astucia y, amistades de éstos (los dioses que lo se cundan en momentos críticos), reflejándose así en el poema la política de entonces, basada en consejos aristocráticos que toman decisiones bien deliberadas, y en alianzas religiosas (anfictionías) entre las ciudades-Estados (polis). Muchas otras cosas trasparecen en la obra, pero sobre todo se trasunta gran emoción por el ser humano, optimismo respecto a su capacidad para sortear hados poderosos, orgullo ante su moral, intachable en comparación con la que repudiaban en sí mismos proyectándola a sus dioses.
Al revés de la Ilíada, la Odisea constituye la epopeya, no ya de hombres frente a hombres, sino del hombre contra todo. Este antropocentrismo fue característico de la cultura griega, cuyos santuarios, a diferencia de los monumentos orientales, se nos antojan hechos a la medida del hombre, y cuya filosofía pondrá a la razón de cada cual como metro (canon) de la verdad (Protágoras) y sólo reconocerá la conveniencia del todo armónico humano como criterio de moralidad (Epicuro). El hombre es fin en sí. El Occidente irá deduciendo en la práctica las consecuencias de proposición tan colosal. En el antropocentrismo griego finca la raíz última del pelagianismo, a la vez que del pluralismo y de la avasalladora eficacia de la cultura occidental.