Después de la caída de Temístocles, Cimón fue el hombre más popular e influyente de Grecia. Era el prototipo de guerrero ansioso de vida, "el hombre que abrazaba y mataba con el mismo entusiasmo". De espíritu magnánimo, cualquiera podía entrar en sus huertos a coger fruta, siempre tenía mesa dispuesta para los pobres y paseaba por la ciudad con un cortejo de servidores que distribuían vestidos y dinero a los ciudadanos pobres y honrados.
Sin embargo, pese a tantas cualidades y gran talento estratégico, Cimón no era un estadista.
Mientras fue comandante en jefe de las fuerzas de la liga ática, Cimón continuó las hostilidades contra los persas en Jonia y Tracia, logró brillantes victorias y obtuvo rico botín. Luego, al liberar Tracia de la dominación persa, recuperó sus extensos dominios familiares y las minas contiguas, con lo que se encontró de súbito en posesión de una gran fortuna. Los recursos de sus tierras y las enormes riquezas que sacaba de sus correrías navales, le permitieron practicar la beneficencia en gran escala y dedicar parte considerable de sus bienes en levantar hermosos edificios públicos, orgullo de los atenienses.
La Confederación marítima de Delos no cesaba de aumentar su poder y contaba en esta época con más de 200 navíos.
Pero la protección que dispensaba la poderosa Atenas tenía sus fallas. La mayoría de los miembros confederados no sentían afición al servicio armado y preferían pagar un tributo anual. Pronto, casi todas las ciudades adoptaron el sistema y Atenas tuvo que asumir sola la defensa común. Los atenienses sancionaron esta situación en 454, trasladando el tesoro de la Confederación a Atenas, con el pretexto que el dinero estaría más seguro que en Delos. De hecho, esta medida convertía a la liga marítima de Delos en un imperio ático cuya capital era Atenas; los ciudadanos de ésta dispondrían a su antojo de las arcas de la Confederación. Era evidente que ellos protegían a sus aliados ante la amenaza persa. Además, los tiempos de las ciudades pequeñas habían pasado. Imposibilitadas de mantener su independencia, no les quedaba más remedio que vivir sujetas a Atenas o a Persia.
Cuanto más se convertía Atenas en potencia marítima, tanto más urgía la democratización de sus estructuras políticas, pues los mayores contingentes de marinos los proporcionaba el pueblo. Con la victoria de Salamina y las operaciones navales subsiguientes, los marinos adquirieron conciencia de su valer. Y cuanto más se apoyaba el Estado en una política naval, y por consiguiente en la clase popular, tanto más exigía ésta la recompensa por sus servicios.
Mas a pesar de su manifiesta benevolencia con el pueblo y su carácter afable, Cimón se opuso al movimiento democrático. Aristócrata por nacimiento y jefe natural de los conservadores, admiraba el sistema de gobierno espartano y, opuesto a Temístocles, propugnaba una colaboración estrecha entre Atenas y Esparta.
Gracias a su enorme popularidad, pudo convencer a sus conciudadanos para que ayudaran a Esparta, presa de graves dificultades. Los ilotas mostraban inquietud y esperaban la ocasión favorable para levantarse contra sus opresores. Ésta se les presentó en 464, cuando Esparta fue sacudida por un tremendo terremoto que abrió profundas grietas en su suelo y
desprendió enormes rocas, que rodaron por las laderas del Taigeto. Aprovechándose de la confusión general, los ilotas se rebelaron y el movimiento se extendió con rapidez impresionante hasta Mesenia. La situación alcanzó tal gravedad, que los espartanos tuvieron que pedir ayuda a los atenienses. El partido democrático de Atenas quiso abandonar a los espartanos a su suerte, pero Cimón se inclinó en sentido opuesto, exhortando a sus conciudadanos "a no permitir que Grecia perdiera un pie".
Pasado el peor peligro, los espartanos comenzaron a sospechar de las intenciones de quienes llegaron en su socorro e insinuaron a Cimón que sus servicios ya no eran necesarios. La indignación de los atenienses fue inconcebible. La política de Cimón les había acarreado humillaciones. Soplaban vientos favorables para los demócratas.
Hasta entonces, toda iniciativa democrática se estrellaba en el Areópago, que podía oponer su veto a las decisiones de la asamblea popular cuando las juzgaba incompatibles con el espíritu de las leyes. Los miembros de este venerable organismo, semejante en cierto modo al tribunal espartano de los éforos, eran elegidos a perpetuidad. Por eso tenían tanta experiencia; pero eran también muy conservadores. El Areópago elegía por sí mismo sus miembros y no rendía cuentas a nadie. Los demócratas atacaron esta fortaleza conservadora y dieron un golpe de Estado que la privó de sus derechos políticos, no dejándole más atribución que la de intervenir en las sentencias de muerte.
Todas las miradas se dirigieron entonces a Pericles, joven de noble alcurnia, gran cultura y auténtico genio político. Su elocuencia era tan brillante, que se decía de él que "su lengua es tempestad y rayo" y por ello se le apodó "el Olímpico".
Pericles no podía competir con Cimón en el arte de ganarse votos. Aristócrata por cuna y por sus maneras, era reservado, digno e imperturbable, pero sus opiniones eran las de un demócrata. Descendiente de Clístenes por línea materna y educado en la tradición de- mocrática, estaba convencido que solamente el autogobierno podía dar al pueblo la educación cívica básica para el desarrollo de una cultura notable y elevada. Pericles casó en primeras nupcias con una dama ateniense que ya había estado casada con el "más rico del Ática", pero fue una boda desafortunada que acabó en divorcio, y Pericles se enlazó de nuevo con la bella
Aspasia, oriunda de Mileto. Este matrimonio fue feliz, pero no tuvo valor jurídico, porque —
nótese— los atenienses negaban derechos cívicos a los nacidos fuera de los muros de la ciudad. El encanto y gentileza de Aspasia convirtieron su morada en punto de reunión de los intelectuales atenienses y fue, sin duda, la primera mujer que organizó un salón literario. El mismo Sócrates estimaba la conversación de Aspasia. Naturalmente, la esposa de Pericles fue blanco de las calumnias de las demás mujeres. ¡No estaba bien visto en Atenas que una mujer casada alternara así con los hombres!
Pericles consiguió el ostracismo de Cimón, y su caída señaló el fin de la política amistosa con Esparta. La consigna entre los atenienses fue entonces "¡Guerra a los persas!", y también "¡Guerra a Esparta y a la Liga del Peloponeso!"
Esparta reaccionó con energía y empezó a comprender el error cometido al retirarse de la guerra contra los persas, la que había dado el dominio de los mares a los atenienses. Esperando ocasión de recuperarse con una intervención armada en Grecia central, encontró el pretexto en las disensiones que enfrentaban a sus distintos Estados. Los espartanos se pusieron de parte de unos y los atenienses, de parte de los otros. Pronto los antiguos aliados de Platea se encontraron frente a frente en una guerra declarada.
Atenas tenía que combatir en dos frentes y en ambos experimentó alternativas de éxitos y fracasos. Pero, a la larga, el pueblo ateniense, poco numeroso, no podría resistir tantos asaltos, y Pericles lo comprendió así. Los griegos acababan de conseguir otra victoria naval sobre los persas, tan brillante como las anteriores. Determinó, pues, aprovechar la coyuntura para firmar un tratado de paz lo más ventajoso posible. Esta victoria fue alcanzada cerca de Chipre por una flota que Cimón, vuelto del exilio, comandó durante casi toda la campaña. "Casi" toda, pues murió poco antes del triunfo. Su última orden fue que se ocultara su muerte mientras su pueblo no lograra la victoria.
Pericles se aprovechó del triunfo de Chipre para enviar una embajada a Susa, en 448. Sin embargo, no se llegó a firmar una paz definitiva, ni consiguió del gran rey que reconociera la independencia de los jonios, objetivo de guerra de los atenienses. Con todo, Persia prometió no ejercer de momento su soberanía sobre Jonia, no enviar su flota al mar Egeo ni situar fuerzas de tierra en las costas egeas del Asia Menor a una distancia inferior a una jornada.
La mencionada "paz" de 448 daba fin a las guerras nacionales de los helenos, primer forcejeo entre Oriente y Occidente. La nueva generación ateniense que sucedía a los vencedores de Maratón y Salamina se oponía, más que a los persas, a los espartanos. Había que ajustarles cuentas.
Dos años después del pacto con los persas, ambas ciudades rivales firmaban una paz que sólo fue un armisticio valedero para treinta años. El tratado reconocía a Esparta la jefatura de la Liga del Peloponeso y a Atenas la de la Confederación de Delos. Ninguno de los dos rivales intentaría atraerse a los aliados del otro. Y cuantas diferencias surgieran entre ambos, serían discutidas y sometidas a arbitraje.
Así acabó la primera fase de la guerra del Peloponeso. Otras seguirían después, mucho más sangrientas y nefastas.
La Acrópolis de Atenas, vista desde los Propileos.
ATENAS EN TIEMPOS DE PERICLES
La victoria de los helenos sobre las huestes orientales parece un milagro. La lucha se desarrolló con tanta energía que franqueó los límites del territorio persa, mérito que debemos atribuir en especial a los atenienses. Su heroísmo y espíritu de sacrificio fueron recompensa- dos en Salamina. Atenas se convirtió en núcleo de Grecia. Que si no, su historia nos importaría hoy tanto como la de Egina, Megara o cualquier otra polis; o sea, casi nada.
Ello se debió, en primer lugar, a un gran estadista a quien la confianza popular consolidó tanto como a un tirano de otros tiempos, pero que, al revés de éstos, pudo conservar su autoridad no por el terror, sino por el ascendiente moral sobre sus conciudadanos y por su elocuencia incompatible: Pericles.
Este poder ilimitado no es la única semejanza entre Pericles y un tirano como Pisístrato. Ambos hicieron progresar la cultura ateniense y embellecieron Atenas con monumentos magníficos. Para este fin, Pericles no dudaba en acudir a las arcas de la Confederación.
Uno de sus adversarios le advirtió que Atenas tendría mala fama en toda Grecia si los demás griegos viesen "de qué forma la ciudad se engalana como una mujer frívola, con oro y piedras preciosas, con dinero de ellos". A lo que respondió Pericles que Atenas no tenía que rendir cuentas a sus aliados mientras su flota les protegiera de los bárbaros, aparte que todos los griegos participaban del esplendor de Atenas.
La época de Pericles es el "siglo" de oro de la Grecia antigua. El arte de la tragedia florecía allí con las obras maestras de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Entonces vivían
Heródoto, "el padre de la historia", y Tucídides, el mayor historiador griego. Anaxágoras,
amigo de Pericles, hizo de Atenas un centro de filosofía, y la ciudad fue todavía más célebre gracias a Sócrates, el más conocido de todos los filósofos, y a su discípulo Platón, cuya noble figura aparece al final de este período.
Terminada la guerra y restablecidas las relaciones normales con Persia, el comercio y la industria adquirieron nuevo impulso, prosperidad que permitió el florecimiento de una elevada cultura en la pequeña ciudad levantada en torno a la roca de la acrópolis. Desde el cabo Sunión, en el extremo sur de la península ática, los marinos divisaban el magnífico templo de Poseidón levantado por aquel pueblo de navegantes. Y cuando entraban en El Pireo, veían brillar la lanza y el casco de Palas Atenea, diosa tutelar de la ciudad. Fidias había
hecho colocar en la cima de la Acrópolis la estatua de esta diosa, estofada con el oro capturado en Maratón.
Atenea Parthenos. Copia romana en mármol de la colosal estatua de Fidias en el Partenón. Atenas, Museo Nacional.
Pericles hizo de esta Acrópolis un símbolo de la grandeza de Atenas. En el emplazamiento de los templos destruidos por los persas ordenó levantar magníficos santuarios, en primer lugar el incomparable Partenón, "la morada de la virginidad", dedicado a Palas Atenea. Para el interior del templo esculpió Fidias otra estatua de la virgen tutelar, efigie de marfil y oro asentada sobre una peana de madera.
El historiador Plutarco, que cinco siglos más tarde pudo aún contemplar los monumentos de la Acrópolis en todo su esplendor, no halló palabras para expresar su admiración ante la belleza de sus detalles, la claridad y nobleza de sus líneas y las armoniosas proporciones del conjunto. "Cada artista puso cuanto pudo de su parte para ejecutar a la perfección el trabajo que le fue asignado", dice.
Desde entonces, dos milenios han dejado su huella sobre estas obras de arte, y todavía experimenta el visitante actual, como antaño Plutarco, la impresión de su perenne juventud. Uno se siente "elevado en la transparencia de un éter luminoso", como expresa un coro de Eurípides. Estos monumentos estaban destinados a los dioses y a ennoblecer con su pureza
sublime a quienes los crearon. Pericles quería que, durante su dirección, Atenas irradiase belleza a todo el mundo griego.
Nunca se ha visto, en toda la historia del mundo, que una civilización se desarrolle espontáneamente con tanta rapidez como la griega durante el siglo V antes de Cristo. En el espacio de dos generaciones, venció a una potencia mundial sin darle esperanzas de desquite; creó una marina poderosa; llevó el arte dramático a su apogeo; la escultura logró su esplendor; la arquitectura rozó las fronteras de lo imposible; la historia se aproximó al status científico y surgieron sistemas de pensamiento filosófico a los que nuestra generación es todavía deudora, y todo ello en una ciudad que no contaba más de 25.000 ciudadanos libres. Una familia de aquella época podía conocer en persona a seres tan excepcionales como Milcíades, Temístocles y Pericles; Esquilo, Sófocles y Eurípides; Fidias, Anaxágoras y Sócrates; Heródoto y Tucídides.