Las Termópilas y Salamina
Termópilas 19 lugar por donde tenían que pasar por necesidad para ir de Tesalia a Grecia
central. En dicho lugar, el monte Eta forma acantilado sobre el mar y el desfiladero entre las aguas y la escarpada pared era tan estrecho entonces, que los carros tenían que pasarlo en hilera. Hoy es mucho más ancho gracias a los aluviones de un río, el Sperchios.
En este lugar, Leónidas situó unos 5.000 soldados—entre ellos 300 espartanos selectos y 1.000 hombres de las regiones vecinas—. Más lejos, hacia el este, en la extremidad septentrional de Eubea, la flota griega tomaba posiciones para un combate decisivo.
Los griegos contuvieron durante seis días el avance enemigo en las Termópilas. Jerjes llegó al lugar y mandó un mensajero a Leónidas para invitarle a entregar las armas; los
17Heródoto; VII, 46. 18Heródoto; VII, 35.
19Termópilas significa “Puertas Calientes”. Las fuentes sulfurosas al pie del monte Eta han dado su nombre al
espartanos respondieron: "¡Ven a tomarlas!" Asimismo, cuando se les dijo a éstos que los persas eran tan numerosos que oscurecerían el sol con sus flechas, exclamó uno de los soldados: "Tanto mejor, así combatiremos a la sombra".
El rey de Esparta, Leonidas, heroico defensor del paso de las Termópilas. Jacques-Louis David, 1813
Jerjes esperó a que todas sus tropas se concentraran allí, convencido que los griegos, ante tan gran multitud, evacuarían el desfiladero sin lucha. Así nos lo cuenta la tradición. Jerjes esperó quizás más tiempo todavía, para que el arribo de su flota amenazase a los defensores por retaguardia y forzara su retirada. Pero la armada griega resistió con tanta energía a la flota persa, que ésta tuvo que retirarse con graves pérdidas y no pudo amenazar la retaguardia de Leónidas. Jerjes, entonces, decidió atacar las Termópilas antes que los defensores recibieran ayuda del Peloponeso. Heródoto lo cuenta así:
"Dejó pasar cuatro días esperando a cada instante que el enemigo levantara el campo. Al quinto día, como le viese determinado a resistir más bien que a volver la espalda—desfachatez y locura a su parecer—, lanzó al ataque medos y cisios y lleno de ira ordenó que trajesen a su presencia a aquellos locos. Los medos lanzados contra los griegos cayeron en gran número y otros acudieron en su ayuda, pero el esfuerzo fue tenazmente quebrantado. Como los medos fueron acogidos con tanta aspereza, se les retiró del combate y fueron sustituidos por ‘los Inmortales’, creyendo que éstos, al menos, liquidarían al enemigo con facilidad y rapidez, pero no tuvieron mejor fortuna que los batallones medos, por combatir en un corredor angosto y con lanzas más cortas que las griegas; la superioridad numérica de nada les servía."20
El combate duró dos días, con grandes pérdidas para los persas, que en aquel desfiladero tan estrecho no podían emplear su mejor arma: la caballería. Pero un traidor condujo a Jerjes por un sendero que rodeaba las Termópilas y su nombre, Efialtes, quedó como ludibrio para la posteridad.
Muchos caminos atraviesan hoy aquellas montañas, pero en la época de las guerras médicas sólo bosques casi impenetrables cubrían la mayor parte de la región.
Llegada la noche, diez mil "Inmortales" emprendieron esta ruta desconocida y al romper el alba llegaban a otro desfiladero, escarpado y fácil de defender, guarnecido por 1.000 foceos; pero los foceos no cumplieron con su deber. Sorprendidos durante el sueño, huyeron pronto y su defección significó la muerte de los defensores de las Termópilas, que los persas podían ahora atacar por la espalda. Aquella misma mañana, Leónidas supo por los exploradores que le combatirían en dos frentes. Reunidos en consejo de guerra, algunos griegos propugnaban seguir en sus puestos y otros preferían evitar la inútil matanza. Al fin, Leónidas despidió a los que querían marcharse y se mantuvo en su puesto con los espartanos y 1.100 beocios.
Atacados de frente y por la espalda, los espartanos combatieron hasta la muerte21 y los
persas tuvieron que pagar un sangriento tributo para forzar el paso. Con un valor sobrehumano, los espartanos y sus compañeros de armas facilitaron la retirada del grueso de su ejército y consiguieron así una victoria moral. Más tarde, los espartanos levantaron un monumento a sus hermanos caídos en las Termópilas, en cuyo epitafio se leía:
"Caminante, ve a decir a Lacedemonia que sus hijos han muerto sin abandonar su puesto."
Antes de iniciar la expedición, parece que Jerjes discutió con un viejo rey de Esparta emigrado en Persia acerca de las posibilidades defensivas de un pueblo tan poco numeroso como el griego. "¿Cómo es posible —decía el persa— que unos miles de hombres que no están dirigidos por una voluntad personal puedan resistir a un ejército como el mío? Otra cosa fuera si los griegos estuvieran gobernados, como los persas, por un hombre. El temor hacia su jefe los volvería más valientes y el látigo les obligaría a enfrentarse con un enemigo superior en número." El espartano, que, aunque emigrado, conservaba el espíritu de sus compatriotas, respondió: "Tienen un señor a quien respetan mucho más que lo que os respetan vuestros
súbditos. Ese dueño les ordena no huir ante el enemigo, cualquiera que sea su fuerza, sino permanecer en su puesto y vencer o morir. Este señor es la ley".
Cuando los persas consiguieron forzar el paso de las Termópilas, toda la Grecia central se les entregó. Mientras, las fuerzas de los ejércitos del Peloponeso se reagruparon en el istmo de Corinto y se fortificaron para defender la península. Tras la derrota de Leónidas, la flota griega abandonó sus posiciones de Eubea al enemigo, y evacuó Atenas y el Ática. Temístocles embarcó a todos sus hombres útiles en los navíos que anclaron entre el Ática y la isla de Salamina y los atenienses buscaron refugio para sus mujeres y niños en Salamina, Egina y el Peloponeso. Reunidas las escuadras de Corinto y otras ciudades costeras con los navíos atenienses cerca de Salamina, toda la flota griega sumaba de 300 a 400 navíos.
Batalla de las Termópilas.
Un oráculo de la Pitonisa había preconizado que "muros de madera" salvarían a Atenas. "Por muros de madera hay que entender, naturalmente, la flota", decía Temístocles. Y parece ser que así persuadió a sus conciudadanos a entablar la batalla decisiva por mar.
Desde Salamina, los atenienses presenciaron el saqueo del Ática y la destrucción de Atenas y de la Acrópolis por los persas. Los bárbaros se vengaban así del incendio de Sardes.
Temístocles quería atraer a la flota persa, anclada en Atenas, para entablar batalla en Salamina. Todo dependía de ello. Si rehusaba el combate y atacaba las costas del Peloponeso, sembraría allí el pánico entre la población, los navíos de la Liga del Peloponeso serían llamados para defender su patria y la Hélade dividida sería presa fácil para los persas. Por el contrario, junto a la angosta bahía de Salamina, los griegos tendrían ventaja y la flota persa no podría sacar provecho de su superioridad numérica. Los capitanes griegos se enzarzaban en estériles discusiones: ¿permanecerían aún agrupados a lo largo del Ática? El más acérrimo propugnador de una retirada hacia el Peloponeso era Euribíades, almirante espartano y comandante en jefe.
El historiador Plutarco nos cuenta que Euribíades quería levar anclas y partir hacia el estrecho de Corinto, pero Temístocles se oponía a este plan. Euribíades, encolerizado, exclamó: "Temístocles, en una carrera, al que sale antes de tiempo le pegan con una vara". "Sí —respondió Temístocles—, pero quien llega demasiado tarde no recibe la corona de laurel."
Otro cometió la imprudencia de decir a Temístocles que un hombre que había perdido a su patria no tenía derecho a impedir que los demás acudieran en socorro de las suyas. Temístocles le respondió: "Nosotros, los atenienses, hemos abandonado nuestras casas y murallas, es cierto, pero tenemos aún una ciudad que es la mayor de Grecia: son nuestros 200 barcos, que están dispuestos a ayudaros si queréis que os salven; pero si nos abandonáis por
segunda vez, la Hélade verá cómo los atenienses poseen una ciudad libre que vale más que aquella que nos han quitado". Entonces, los del Peloponeso comenzaron a temer la defección de los atenienses y quizá su marcha a Sicilia o al sur de Italia. En situación tan desesperada, Temístocles ideó una estratagema para forzar a sus aliados a quedarse y combatir. Aquella misma tarde envió un esclavo de confianza a decir a Jerjes, que él, Temístocles, era en realidad amigo secreto del rey de reyes, le aconsejaba atacar a los griegos en el acto; si perdía tiempo, huirían y Jerjes se vería privado de una victoria gloriosa y segura, ya que había disensión en el campo heleno: "Veréis —decía el mensajero— cómo combaten entre sí y no contra vos".
Esquema de la batalla naval de Salamina.
No sin razón, muchos historiadores rechazan la veracidad de casi todas las anécdotas históricas, ni conceden más valor a estos relato, que el de reflejar la impresión causada por los personajes importantes de la historia sobre sus contemporáneos o la generación siguiente.
Consideran el relato de la "traición" de Temístocles como una fantasía y juzgan que Jerjes hacía tiempo que estaba decidido a atacar. Las tempestades del otoño se acercaban y era preciso adoptar una decisión. Durante más de un mes, el rey sabía que los griegos abandonarían la bahía de Salamina para maniobrar en aguas más extensas. Resolvió así atacarlos antes de perder esta ocasión favorable y desplegó su flota durante la noche.
Arístides, el viejo adversario de Temístocles, que poco antes recibió autorización de los atenienses para volver del destierro, fue el primero en prevenir a los jefes griegos. Reunió su flota aquella misma noche con el mayor secreto y atravesó las líneas persas para participar en la lucha común. "Hoy debemos competir en defensa de nuestra patria", dijo, tendiendo la mano a su enemigo político.
Los helenos no tenían elección: debían vencer o desaparecer. Combatirían, pues, con heroísmo para salvar sus hogares, mujeres e hijos. La batalla se desarrolló desde el alba hasta el crepúsculo. Los persas mostraron también desprecio total por la muerte, pues, como dice Heródoto, "cada uno se superaba tanto cuanto temía al rey". Jerjes hizo instalar un trono en lo alto de una colina, frente a Salamina, precisamente donde la bahía era más estrecha, para seguir las incidencias del combate.
Trirreme.
Las maniobras persas carecían de coordinación; los griegos, por el contrario, habían establecido una táctica común: sus alas envolvían a los navíos persas y los empujaban unos contra otros para privarlos de libertad de movimientos. El plan tuvo éxito y muy pronto un desorden indescriptible reinó en la flota persa. Los navíos se obstaculizaban entre sí y se causaban más pérdidas que las que pudo infligirles el enemigo. La bahía se cubrió de restos de barcos y de cadáveres; sólo la noche puso fin a la matanza. Los persas perdieron la mitad de sus navíos y las bajas en hombres fueron bastante más graves que entre los griegos. En efecto, como los persas no sabían nadar, si los navíos hacían agita, se ahogaban; en cambio, los griegos, más entrenados en deporte, ganaban Salamina a nado en caso de naufragio.
El resto de la marina persa, antes tan poderosa, se batió en retirada. Los atenienses alcanzaron uno de los mayores triunfos de la historia del mundo. Escuchemos a Plutarco:
"Los helenos sabían que cuando llega la hora del combate, ni el número ni la majestad de los barcos ni los gritos de guerra de los bárbaros pueden atemorizar a los hombres que saben defenderse cuerpo a cuerpo y tienen el valor de atacar al enemigo."
Entonces se apreció el acierto de Temístocles, al hacer de sus compatriotas marinos antes que soldados de infantería. En Salamina, el espíritu de Occidente venció a las masas agrupadas por un déspota oriental.
Temístocles quería llevar la guerra a Asia, enviar allí a la flota victoriosa y sublevar las colonias griegas contra el rey, maniobra que hubiera podido cortar la retirada a las tropas de tierra de Jerjes. En el peor de los casos, hubiera forzado al rey a abandonar Grecia más pronto y la campaña griega habría terminado. Pero Esparta temía exponer el Peloponeso dejando partir a la flota y rechazó la propuesta ateniense. Los espartanos obligaron, pues, a los griegos a entablar otra batalla sangrienta en su propio suelo al año siguiente. Jerjes, al frente de una parte de su ejército, regresó por donde había venido, pero dejaba la mayor parte de sus fuerzas en Grecia bajo el mando de su yerno Mardonio, que estableció su cuartel general de invierno en Tesalia. El ejército no podía, desde luego, permanecer en la saqueada Ática. Las tropas que acompañaban a Jerjes fueron diezmadas por el hambre y las enfermedades, y cuando alcanzaron el Helesponto, los puentes habían sido destruidos por las tempestades de otoño. No obstante, una flota los aguardaba allí y pudo transportar al ejército al Asia.
Los persas habían sufrido cuantiosas pérdidas, pero el rey disponía de recursos inagotables y pudo rehacer sus fuerzas con facilidad. Le quedaban suficientes navíos para enfrentarse con la flota helénica y sus tropas ocupaban Grecia hasta el istmo de Corinto. Gracias a esta base de operaciones y a la ayuda de Beocia y Tesalia, la sumisión del
Peloponeso sólo era cuestión de tiempo. Jerjes pasó el invierno en Sardes, para no alejarse demasiado del teatro de operaciones y también para impedir un nuevo levantamiento de los jonios.
Salamina.
Platea y Micala
El Ática conoció de nuevo los horrores de la guerra en la primavera de 479, cuando el ejército persa de Mardonio reemprendió la marcha, saqueándolo todo a su paso. Por segunda vez, los habitantes tuvieron que buscar refugio en Salamina. Sin embargo, en el último momento, Mardonio les ofreció la libertad si firmaban un tratado de paz con Persia, pues necesitaba la flota ateniense para atacar al Peloponeso. Sólo un miembro del consejo de Atenas votó por la reconciliación con los persas y fue condenado a muerte por los atenienses.
Al rechazarse con desprecio su proposición, Mardonio incendió Atenas por segunda vez.
Trabajo costó a los atenienses persuadir a los espartanos que abandonaran sus posiciones en el istmo de Corinto. Incluso tuvieron que amenazarles con acordar el tratado de paz con Mardonio si no mandaban ayuda al Ática. La mayor parte de los demás estados del Peloponeso también enviaron contingentes.
Al saber que el ejército del Peloponeso se había puesto en marcha, los persas se replegaron hacia el oeste, hacia Beocia, hasta Platea y Tebas, donde el terreno era más favorable para la acción de la caballería. Los griegos eran mandados por Pausanias, rey de Esparta, general competente y muy .popular por su sangre fría ante las situaciones más desesperadas. Los efectivos griegos sumaban casi tanto como los persas, incluso más numerosos según algunos, pero no debemos olvidar que no tenían prácticamente caballería, mientras que los persas disponían de excelentes tropas montadas. Bastaba una maniobra enérgica y hábil de la caballería persa para hacer vacilar a los griegos desde el principio del combate. Durante la retirada que siguió, el centro de los griegos, compuesto por contingentes
enviados por los Estados pequeños, quedó desguarnecido, porque aquéllos emprendieron la huida.
Las cualidades militares de los espartanos salvaron entonces a Grecia. Perdido el contacto con los atenienses que formaban la otra ala, Pausanias se halló ante los persas con una tercera parte de los efectivos. Los asiáticos, ligeramente armados, lanzaban un asalto tras otro, pero no pudieron romper las líneas de la infantería espartana. Hasta Mardonio pereció al intentar reagrupar a sus tropas, y su muerte fue para los persas la señal de la derrota.
Un botín de riqueza incalculable esperaba en el campo persa a los vencedores. Pausanias capturó enormes cantidades de oro y plata y el tesoro fue repartido entre los Estados que participaron en la lucha, quedándose Pausanias con la parte del león.
Por fortuna para los griegos, los de Tesalia y su excelente caballería quedaban a la expectativa. Los tebanos, por el contrario, parece que combatieron con furia contra sus viejos enemigos, los atenienses. Éstos los derrotaron y contribuyeron como nadie a la victoria al ocupar el campo persa que Mardonio mandó fortificar.
En Platea terminaron las guerras médicas, "desafío entre el arco y la lanza", como las denomina el gran dramaturgo Esquilo. En adelante, los helenos podían vivir tranquilos: Oriente no les atacaría más. El suelo griego no sería hollado por otro invasor hasta pasados dos siglos. La victoria de Platea fue decisiva. Sin embargo, no contribuyeron a ella todos los griegos, sino dos de sus Estados más poderosos ayudados por otros más pequeños.
Durante estas guerras, los griegos estuvieron a menudo al borde de la catástrofe. Platón dice con acierto: "En estas guerras que tanto se admiran, se han pasado por alto cosas que no honran precisamente a los griegos".
Poco después de Platea, Grecia recibió otra buena noticia: el resto de la flota persa había sido aniquilado junto a la península de Micala, cerca de la isla de Samos. La victoria de Platea influyó felizmente en la escuadra griega que patrullaba cerca de Delos para proteger las Cícladas de la flota persa. Deseando contribuir también, los marinos hicieron rumbo a Samos, donde estaba anclada la flota persa para prevenir todo intento de rebelión de los jonios.
Los persas sentían tal miedo hacia los vencedores de Salamina, que trataron de evitar otro encuentro en el mar, pese a que su flota era casi tres veces más poderosa que la griega. Para salvar sus naves, las vararon en una playa cercana a Micala, las rodearon de fortificaciones y distribuyeron las tropas de tierra por este campo atrincherado. Pero los griegos no se dejaron impresionar. Desembarcaron y asaltaron el campo enemigo. Los persas se vieron perdidos e incendiaron los restos de la soberbia flota destinada a someter a Grecia.
Según la tradición, estos hechos ocurrieron el mismo día que la batalla de Platea, cuando en realidad debieron ocurrir algo más tarde. Temístocles hubiera deseado entablar combate un año antes. Como había supuesto, la victoria de Micala fue la señal del levantamiento de los jonios y. la metrópoli pudo ayudar entonces a las colonias. De esta forma, por primera vez en su lucha contra los persas, los griegos iniciaban la ofensiva.