La fe en la omnipotencia potencial del hombre se fundaba en dos explicaciones míticas: una, la de Prometeo, a quien, encadenado, las águilas devoraron vivo en castigo por haber regalado a la humanidad una chispa de inteligencia robada a los dioses; y otra, la de que los linajes humanos proceden, de una u otra forma, de los dioses. Esto se ve claro en los "héroes", hijos mestizos de un padre divino y una madre humana, o viceversa. Los héroes fueron cantados en innumerables leyendas y poemas. Aparecen en los relatos de la guerra de Troya; Teseo y otros personajes de la tragedia griega figuran también entre los semidioses.
Hércules Farnesio. Escultura helenística. Museo de Nápoles.
Hércules, a quien los griegos llaman Heracles, era el más popular de los héroes de las antiguas leyendas griegas. Hijo de Zeus y de una reina de Tebas, ya en la cuna había dado pruebas de una fuerza excepcional. Un día se le había encontrado acostado con dos grandes serpientes, una en cada mano: él las había estrangulado al ser atacado.
En su juventud cuidaba rebaños. Conduciendo un día sus animales, encontró en una encrucijada a dos diosas: una de ellas, bella como el día, prometió al mancebo una vida de
placer si la seguía. Hércules le preguntó quién era. "Soy la diosa del amor." La otra divinidad tenía un rostro grave y serio: era la diosa del deber. Dijo a Hércules: "El camino por el que te llevaré está erizado de dificultades y exige muchas renuncias, pero al final alcanzarás una gloria inmortal y un lugar entre los dioses del Olimpo". "Tú serás mi guía", le contestó Hércules.
Por entonces, Hércules se puso al servicio del apoltronado rey Euristeo de Micenas, quien le encargó doce trabajos de lo más difícil que pueda imaginarse, advirtiéndole que no sería emancipado de la esclavitud hasta haberlos cumplimentado. Hércules los llevó a cabo con pleno éxito y su proeza se hizo proverbial con el nombre de "los trabajos de Hércules". Su primera hazaña fue matar al León de Nemea, con cuya piel se hizo un manto que lo protegía de los golpes. Después luchó contra la hidra de Lerna, serpiente de varias cabezas y aspecto monstruoso que vivía en las tierras pantanosas del país de Lerna. Hércules cortó primero algunas cabezas de la hidra, pero por cada una que cortaba brotaban en seguida otras dos; entonces mandó a un esclavo que cauterizara las heridas con un madero ardiendo antes de que las nuevas cabezas empezaran a crecer. Cuando par fin mató a la hidra, emponzoñó sus flechas en el veneno del monstruo para hacerlas mortíferas.
Hércules realizó los trabajos uno tras otro. Uno que parecía imposible era la limpieza de los establos del rey Augías, donde se había acumulado el estiércol de miles de bueyes durante treinta años. Hércules resolvió el problema haciendo pasar el río Alfeo a través de las cuadras y en pocos días los montones de basura fueron arrastrados por las aguas. Más tarde, Hércules llegó al final del mundo donde se encontraba el gigante Atlas, cargando a sus espaldas la bóveda del cielo. Hércules lo invitó a robar unas manzanas de oro del jardín de las Hespérides, las hijas del Sol; entretanto, sustituirían al gigante sosteniendo en sus hombros la bóveda celeste. Pero cuando volvió con las manzanas de oro, Atlas se negó a coger de nuevo la carga. "Entonces me veré obligado a permanecer en tu lugar —dijo Hércules—. Bien, por lo menos ayúdame a poner un cojín sobre mis espaldas." Atlas no iba a negarle este pequeño favor. Mas tan pronto como Hércules se vio libre de la carga, huyó con las manzanas de oro y dejó al gigante lanzando imprecaciones.
El último trabajo que Euristeo le había encargado consistía en sacar a Cancerbero de los infiernos. Hércules, aunque muy animoso, iba con el corazón encogido cuando partió hacia la sombría morada de los espectros. Y sin la ayuda de Hermes, esta vez no habría podido tener éxito. Gracias al mensajero de los muertos pudo llegar hasta Hades, que le autorizó a sacar el perro a la Tierra. Trabajo le costó domar a este furioso monstruo de tres cabezas y serpientes en vez de pelos. Hércules se arrojó sobre el can y oprimió las tres cabezas entre sus manos; así, casi ahogado, el perro quedó reducido a la impotencia. El furioso Cancerbero se echó temblando a los pies de Hércules y se dejó llevar con docilidad. Cuando Hércules llegó ante Euristeo y le mostró el can, el príncipe quedó aterrorizado y suplicó a Hércules que apartara de su vista al animal.
Hércules era ya liberto. Pero no disfrutó mucho tiempo de la tranquilidad tan bien ganada; se fue por el mundo a luchar contra otros monstruos y poner su fuerza al servicio de los hombres. Casó con la bella princesa Deyanira. Un día, tenían ambos que atravesar un impetuoso río. Se preguntaba Hércules cómo podría salvarlo su mujer cuando apareció junto a ellos un centauro, ser mitad hombre mitad caballo. Se llamaba Neso y ofreció llevar a Deyanira sobre su lomo a la otra orilla. Pero cuando el centauro llegó allí, huyó llevándose a Deyanira. Hércules le disparó la flecha emponzoñada con sangre de la hidra. Mientras moría, el centauro tramó una venganza. Aconsejó a Deyanira que recogiera su sangre: "Si Hércules quiere un día abandonarte —dijo—, bastará con que mojes sus vestidos con mi sangre para que renazca su amor".
Algún tiempo después, Hércules hizo prisionera a una princesa bella y joven. Deyanira, movida por los celos, embadurnó con sangre de Neso una magnífica túnica que había bordado
para su marido. Apenas se la puso, el héroe fue presa de un agudo dolor: ¡la sangre estaba envenenada por la flecha de Hércules! La venganza de Neso se había cumplido y Hércules murió. Su alma fue acogida entre los dioses del Olimpo y Zeus y Hera le dieron en matrimonio a su hija Hebe, diosa de la eterna juventud.
El rapto de Deyanira, del Pollaiolo.
Orfeo y Eurídice
Una de las más bellas leyendas heroicas es la de Orfeo y Eurídice. Hace millares de años vivía en Tracia un cantor llamado Orfeo, hijo de Calíope, musa de la epopeya. Cantaba y representaba tan bien, que los animales salvajes acudían a oírle, como asimismo le escucha- ban los árboles y aun las rocas. Sus acordes armoniosos acallaban la tempestad y apaciguaban las olas. Se decía que los dioses mismos le habían ofrendado su lira. Orfeo vivía feliz con su mujer Eurídice, cuando la desgracia lo abrumó. Eurídice fue mordida por una serpiente y murió antes de que pudieran prestarle socorro. La pena de Orfeo fue inmensa. Buscaba lugares solitarios y contaba su desgracia a las piedras y a los árboles. Al fin, determinó descender a los infiernos y suplicar a Hades que le devolviera a su querida esposa.
Al fondo de un bravío precipicio, al final de un camino subterráneo, llegó a la laguna Estigia, que surca en la barca de Caronte. Entró por fin a la sala donde se encontraba Hades con su esposa. La mirada del dios se endureció al preguntar a Orfeo cómo osaba entrar en su reino sin haber sido llamado por la muerte. Sin responder palabra, Orfeo tomó la lira y expresó su dolor con acordes conmovedores; después se puso a cantar. Sus versos eran tan patéticos que el terrible Hades se dejó convencer y prometió que Eurídice le seguiría y volvería a la Tierra, con una condición: que Orfeo no volvería la cabeza atrás hasta abandonar los infiernos y llegar al aire libre. Si por temor o amor se volvía a mirar a su esposa, la perdería para siempre.
Orfeo ante Hades.
Orfeo, loco de alegría, estaba resuelto a no mirar atrás antes de llegar a la Tierra. Pasó sin dificultad junto al Cancerbero, el monstruo de tres cabezas que guardaba la entrada del reino de los muertos; bastaron unos acordes de su lira para que el temible perro se tendiese dócil a sus pies. Orfeo seguía oyendo el rumor de los pasos de Eurídice detrás de él. La salida del infierno estaba tan cerca que se veía ya la luz del sol. Pero, de repente, no oyó ruido de pasos. La angustia le hizo perder la serenidad y se volvió. ¡Sí, su mujer estaba allí, precisamente detrás de él! Pero junto a ella se encontraba Hermes, el guía de las almas, que asía ya con su mano el brazo de Eurídice para llevársela consigo. Orfeo la vio desaparecer y sólo oyó que musitaba un adiós... para toda la eternidad.
La muerte es la única valla que el hombre no puede superar y la falta de mesura —sea por soberbia, descuido, impaciencia, etcétera— trae la muerte. Comportarse con mesura es saber vivir. Aristóteles hará el encomio del equilibrio o término medio: ni miseria, ni riqueza.
Hermes, Eurídice y Orfeo. “El adiós supremo”.