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Las derechas ante la convocatoria electoral de febrero de

La derecha ourensana ante las elecciones del Frente Popular

1. Las derechas ante la convocatoria electoral de febrero de

La convocatoria electoral de febrero de 1936 no cogió de sorpresa a los diferentes sectores de la derecha ourensana. Las redes calvosotelistas se habían fortalecido notablemente desde los tiempos de la Unión Monárquica Nacional (UMN), que había nacido en abierta oposición al bugallalismo y se había extendido como una mancha de aceite gracias al apoyo de propietarios, pequeños industriales, profesionales liberales (especialmente los vinculados al ejercicio del derecho —notarios y abogados— y médicos) y sacerdotes. Cada uno de ellos contaba, a su vez, con una pequeña cohorte de parientes, amigos y deudores de favores que le proporcionaron una amplísima base electoral, más que suficiente para garantizarle su acta electoral en una coyuntura tan desfavorable como la de las Constituyentes de junio de 1931.

1 Esta comunicación se integra en el Proyecto del Ministerio de Ciencia e Innovación «Disidencia,

consenso y actitudes sociales durante el primer franquismo» del que es investigador principal Julio Prada Rodríguez.

2 VALCÁRCEL, 1992: 734-756.

3 GRANDÍO SEOANE, 1999 y PRADA RODRÍGUEZ, 2004 y 2008.

Congreso  La  España  del  Frente  Popular   73   Pero fue la muerte de Gabino Bugallal en mayo de 1932 lo que le permitió consolidar todavía más esos apoyos: el 1 de febrero de 1933, José Sabucedo Morales, ex presidente del círculo conservador ourensano, escribía a Calvo5 poniendo a su disposición los restos del viejo Partido Conservador que no habían encontrado acomodo en las filas del catolicismo social o habían rechazado travestirse en el neorepublicanismo abanderado por el Partido Radical. El ex ministro de la Dictadura aceptó encantado la jefatura de las dos facciones monárquicas interesadas en una restauración, aunque discrepantes en la persona y en los contenidos ideológicos. Su dirección simbolizaba también el nuevo juego de equilibrios en el entorno de Alfonso XIII, cada vez más cercado por las tendencias antiliberales.

Esto permitió al calvosotelismo ourensano completar su ya importante red de apoyos con toda una pléyade de notables locales que habían permanecido fieles a Sabucedo, rechazando las insinuaciones de radicales, católicos e incluso seguidores de Casares Quiroga y de la Organización Republicana Gallega Autónoma (ORGA), muy mermada de soportes locales en esta provincia del interior galaico. Así se comprobaría meses más tarde con ocasión de las elecciones del mes de noviembre, donde obtuvieron nada menos que tres actas (Calvo, Andrés Amado y el propio Sabucedo, significativamente el candidato más «votado» en los comicios, casi siete mil votos por encima del primero, y ya convertido en «jefe» de los monárquicos de Ourense)6. El proceso se completaría una vez retornado Calvo Sotelo a España en mayo de 1934, muy reforzado con su elección por Coruña y Ourense, y tras desarrollar una intensa actividad en permanente contacto con sus hombres fuertes en el sur de Galicia.

La naturaleza de sus apoyos y el pacto con los ex conservadores antaño fieles al Conde de Bugallal demuestran los evidentes límites de su discurso anticaciquil, lo cual unido al propio elitismo de la opción política que representaba no se conciliaban fácilmente con un esfuerzo por consolidar una estructura partidista estable, por ampliar su base electoral y organizativa y por un esfuerzo de agitación y propaganda públicas en la línea de los social-católicos. Todo lo contrario: nos encontramos más bien ante el clásico partido de notables cuya militancia activa no debía superar el centenar y medio o dos centenares de personas y que sólo registra una denodada actividad en período electoral. Y aún así, no mucho más que los consabidos discursos del líder en la ineludible visita a la provincia, a la consecución de pactos con sus apoyos locales y, si se estimaba preciso, al refuerzo de sus candidaturas con otros circunstanciales compañeros de viaje, fueran éstos los prohombres de la CEDA o de la Comunión Tradicionalista, y ya fuera bajo la etiqueta de la Unión Monárquica Nacional (UMN), de Renovación Española (RE) o del Bloque Nacional (BN).

Este es el esquema fielmente aplicado ante la convocatoria electoral de febrero de 1936. Los acuerdos con los hombres de Gil Robles y con los círculos carlistas condujeron a la formación del Bloque Contrarrevolucionario como resultado del entendimiento alcanzado por la cúpula de las diferentes formaciones y cuya concreción en la provincia no estuvo exenta de tensiones. En primer lugar con Falange que, como sucedió en el resto del Estado, fue excluida de la candidatura no tanto por sus reticencias ideológicas cuanto por las desmesuradas pretensiones en cuanto a puestos de salida con relación a su apoyo real; y ello sin despreciar que tampoco las fuerzas conservadores tradicionales parecían demasiado cómodas con tales compañeros de viaje, los cuales, como muy sagazmente observó el por entonces jefe provincial de la

5 BULLÓN DE MENDOZA, 2004: 393.

6 Sobre este proceso véanse, asimismo, DURÁN, 1991; NÚÑEZ SEIXAS y GRANDÍO SEOANE, 1997; PRADA

Congreso  La  España  del  Frente  Popular   74   CEDA en Ourense, Benito Blanco Rajoy, serían los primeros interesados en brindarles gratuitamente su apoyo teniendo en cuenta lo que les esperaría a los seguidores de José Antonio en caso de una victoria del Frente Popular7.

En segundo lugar, en el interior de los sectores católicos vinculados a la CEDA. En efecto: las bases del pacto pasaban por la asignación de tres puestos en la candidatura para RE y otros tantos para la CEDA, reservando uno para la Comunión Tradicionalista, por entonces también sometida fuertes tensiones internas en la provincia. A juzgar por los resultados obtenidos en 1933, los hombres de Gil Robles salían muy beneficiados del reparto habida cuenta la fuerza de los calvosotelistas, pero, en primer término, no debe olvidarse que esta fue una decisión tomada por los jefes de los partidos sin atender específicamente a la realidad ourensana y también valorar el hecho de que los católicos habían conseguido atraer hacia sus filas a una nómina nada despreciable de notables locales y, sobre todo, contaban a su favor con una maquinaria propagandística de masas con la que no podían competir los seguidores de Calvo Sotelo. La lucha en el seno de Acción Popular Agraria —el partido matriz de la CEDA en la provincia— por ocupar uno de estos tres puestos fue, a diferencia de RE (donde los candidatos serían los mismos que en noviembre de 1933), verdaderamente cainita.

La muerte de Carlos Taboada Tundidor —el principal animador de la CEDA a escala local— había dejado a los cedistas sin un líder claro para hacerse cargo de los asuntos del partido en la provincia, lo que había encumbrado a su dirección provincial al ya citado Blanco Rajoy, cuyas bases de poder estaban en Coruña. Carentes de una figura de significación, los ourensanos tuvieron que echar mano de «viejos políticos» vinculados a las antiguas redes caciquiles del Partido Conservador en los tiempos de la Restauración: Luis Espada Guntín, Laureano Peláez Canellas y Ramón Villarino de Sáa. Cuando comenzaron a sonar sus nombres, las Juventudes de Acción Popular, la sección juvenil del partido, reaccionó intentando promocionar para uno de los puestos en liza a su líder provincial con el argumento de que ninguno encajaba dentro del verdadero espíritu de la organización y que los tres simbolizaban la caduca política que tantos males había ocasionado. Especiales reproches merecía el tercero de los citados, probablemente el eslabón más débil a juzgar por los teóricos sufragios que se esperaba pudiera movilizar a favor de la candidatura. Todo fue inútil y los resortes de la vieja política caciquil funcionaron con mecánica perfección excluyendo de las listas a J. Pérez Ávila, responsable de las «Juventudes».

Los tradicionalistas tampoco se distinguieron por cerrar filas en torno al candidato a ocupar el puesto que se les había asignado. El presbítero Ramón Delage Santos era el principal animador y quien sostenía económicamente al Circulo Carlista capitalino, en el que encontraba a sus principales apoyos, pero no era muy del agrado del provisor de la diócesis y figura clave de la CEDA, Diego Bugallo Pita, que decidió no movilizar a sus apoyos a favor del primero, lo cual lo habría dejado fuera del Parlamento8.

2. El discurso político de la derecha ourensana ante la formación del Frente