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Anticlericalismo, iconoclastia y poder en Granada (1931-1936)

32 GONZÁLEZ CALLEJA, 2003.

Congreso  La  España  del  Frente  Popular   148   Aunque los conflictos desarrollados durante 1936 fueron menores a los del periodo 1931-1933, fue la etapa del Frente Popular cuando los verdaderos miedos de las derechas se vieron agudizados y en ello, la cuestión religiosa tenía mucho que decir.

Es cierto que de los 250 muertos que se calculan que hubo entre febrero y julio de 1936 como consecuencia de episodios violentos ninguno pertenecía al clero. Pero también lo es, que durante este periodo se produjo un notable aumento de la violencia política en todo el país. De este modo, las posturas catastrofistas defendidas desde la derecha provocaron que los acciones anticlericales fueran percibidas de manera más exaltada por los católicos españoles. En los meses de gobierno frentepopulista las expresiones anticlericales fueron de más a menos, desapareciendo casi completamente en vísperas de la sublevación militar33. Los sucesos más graves tuvieron lugar entre los días 5 y 13 de marzo. En Granada los altercados más sonados se producen entre los días 9 y 10 de marzo cuando son incendiados los cafés Colón y Royal, el Teatro Isabel la Católica, las sedes de Falange, de Acción Popular y del Sindicato Católico de Acción Obrerista, el convento de las Carmelitas Descalzas y la Casa de los Padres Agustinos, algunas iglesias del Albayzín y fueron atacadas algunas casas de conocidos derechistas34. Al margen de los templos, cruces y hornacinas situadas en las calles de la ciudad o de los pueblos granadinos fueron derribadas, reutilizándose las mismas como material de construcción en ocasiones.

Pero, muchos de los ataques producidos se dirigieron contra las figuras religiosas y elementos de culto. En la localidad alpujarreña de Órgiva algunas imágenes fueron destrozadas e incluso «ahorcadas». El sagrario de la iglesia fue roto a hachazos en Íllora y pisoteadas las sagradas formas. En los informes de los párrocos se destacaba la especial saña con la que eran destruidas las imágenes y las macabras profanaciones que eran cometidas. En cuanto a los autores se identificaban con grupos de «extremistas» pertenecientes al anarquismo o al socialismo y de los que destacaban su crueldad. Llamativo es el caso de Iznalloz, donde el cura de la localidad describía los destrozos indicando que en los mismos se distinguía «con más saña a las mujeres»35. Este argumento sería intencionadamente recuperado por el franquismo para remarcar el especial sadismo que caracterizaba a las milicianas «rojas»36.

Cuando el fallido golpe de Estado del 18 de julio de 1936 desencadenó la Guerra Civil, la sociedad española estaba bastante fragmentada y la convivencia deteriorada. Pero los episodios de violencia que se desarrollaron a raíz de la sublevación militar fueron de una magnitud enormemente mayor a la de los hasta entonces vividos. En efecto, la Guerra Civil española no fue causada por la violencia precedente, sino que fue el origen de la misma. No obstante, sería iluso pensar que toda la conflictividad antes descrita no constituía un caldo de cultivo ideal para el desarrollo de prácticas violentas37. Porque la situación de España no era la descrita por las visiones catastrofistas de la derecha en la que el país aparecía azotado por una ola de terror y caos, pero los conflictos obreros, religiosos o políticos, demostraban que la tranquilidad brillaba por su ausencia. En este contexto mientras en los frentes se combatirían en contra del «invasor», la contienda se iba a vencer en las retaguardias. Y fue lejos del frente donde las expresiones de anticlericalismo más violentas tuvieron lugar.

33 CRUZ, 2006: 187.

34 El Defensor de Granada, 11 al 13-III-1936; Patria, 9-III-1940; GOLLONET y MORALES, 1937.

35 Los casos los tomo de BARRIOS ROZÚA, 1999: 41.

36 Por ejemplo en FERNÁNDEZ ARIAS, 1937: 60.

Congreso  La  España  del  Frente  Popular   149   La persecución a la Iglesia se cobró casi 6.800 víctimas, de las cuales 38 pertenecieron a la diócesis de Granada y 18 a la de Guadix-Baza38. Casi todos los templos situados en la zona dominada por el Frente Popular sufrieron daños de alguna consideración, el culto fue suspendido en su totalidad, multitud de imágenes fueron destruidas, objetos religiosos, cuadros o mobiliario fueron pasto de las llamas, etc. Sin embargo, más que la cantidad de templos e imágenes destruidas y el número de sacerdotes asesinados que a día de hoy parece bien documentado, interesa preguntarse por las formas en que la violencia anticlerical se manifestó desde el verano de 1936. La violencia física contra los sacerdotes y el encarnizamiento con que les dieron muerte a muchos de ellos fueron paradigmáticos. Fueron muchos los religiosos humillados, puestos a trabajar, torturados, mutilados, etc., en un claro deseo por acabar con la dominación cultural mantenida por la Iglesia. «Matar al cura» se convirtió en un requisito obligado para el inicio de la ansiada revolución social y la fundación de un nuevo orden social39. En muchas localidades de la zona republicana los curas sufrieron

todo tipo de crueldades. Muchos aparecieron ahorcados, ahogados, asfixiados o enterrados vivos y a otros les fueron mutilados los genitales, sacados los ojos o arrancada su lengua40. Tales «ritos de violencia» constituían la manera de denunciar la sexualidad de los religiosos, desproveerles de su sacralidad o someterlos a un proceso de deshumanización. Idéntico simbolismo presentaban las exhumaciones de cadáveres de religiosos para su exposición en público, expresiones aberrantes fruto de un periodo de «antinomianismo» purificador que daría paso a una «nueva religión», a un «nuevo cielo» y a un nuevo orden cultural41.

Los templos, imágenes y objetos sagrados también sufrieron importantes actos de violencia cargada de un fuerte simbolismo. Las iglesias no sólo fueron pasto de las llamas, sino que a lo largo de la contienda fueron usadas como almacenes, graneros, garajes, cuarteles, etc., «tapiadas para impedir la entrada de fieles» y reutilizadas para actividades tan paganas como salas de cine, «casino público» o salón de baile.42 En cuanto a las imágenes religiosas y los objetos de culto se vieron sometidos a toda clase de escarnios y profanaciones. Muchas fueron paseadas en procesiones de bufa en las que los milicianos se vistieron con ropas sagradas y se burlaron de lo liturgia católica, contando en muchas ocasiones con el aplauso de buena parte del vecindario. Fue el caso de lo ocurrido en la localidad granadina de Orce, donde tras quemar la iglesia parroquial «se destrozaron las imágenes y se mofaron del culto, vistiéndose con las túnicas de las mismas y simulando procesiones con el mayor escarnio».43 Aunque las procesiones

burlescas de imágenes sagradas fueron lo más frecuente, la mofa de los ritos católicos no se limitó sólo a éstas. En la localidad granadina de Píñar se hicieron «bautismos sacrílegos de forma grotesca e indecorosa» y en el pueblo alpujarreño de Juviles se llegó a vestir a un vecino, «soltero y que es tonto de nacimiento […] con un alba de Misa y una casulla» paseándolo por todo el pueblo «haciendo en este acto imitaciones sacrílegas del culto católico»44. Aunque las hostias consagradas no fueron objeto preferencial de ataque, lo cierto es que en las localidades granadinas de Montejícar y

38 Boletín Oficial del Arzobispado de Granada, 9-VI-1939. MONTERO MORENO, 1998: 763-764 eleva

la cifra a 43 y 22 víctimas respectivamente.

39 DE LA CUEVA, 2005; DELGADO, 2001: 150 ss.

40 VINCENT, 2005: 79; DE LA CUEVA, 1998b: 356; CÁRCEL ORTÍ, 1990: 254-259.

41 LINCOLN, 1985: 259-260.

42 Son numerosas las referencias a los diferentes usos de los templos. Véase Archivo Histórico Nacional;

Causa General (AHN), leg. 1.042; Los entrecomillados, en DE CÓRDOBA, 1939: 235 ss.

43 AHN, Causa General, leg. 1.042.

Congreso  La  España  del  Frente  Popular   150   Alhama de Granada las sagradas formas fueron pisoteadas45. Como si de personas vivas se tratara, las imágenes religiosas fueron víctimas de mutilaciones, agresiones cruentas, fusilamientos y todo tipo de mofas, evidenciando que el martirio en realidad no lo sufrían las esculturas u objetos de culto, sino lo que representaban46. En Montefrío una

imagen de San Antonio fue fusilada derribándole la cabeza, mientras que en Pitres una figura del Niño Jesús fue maltratada «poniéndola a arar con una yunta». Resulta llamativa la forma en que el religioso Antonio Olaguer describía un acto sacrílego desarrollado en el pueblo cordobés de Puente Genil:

«Mientras morían los vecinos del pueblo, mientras las casas se saqueaban, ante un público soez, vestido con las ropas sacerdotales, ente ese público de diablos se celebraba en la vía pública, un sacrílego partido de fútbol. Dos equipos se disputaban un balón. El balón era la cabeza de la Purísima Concepción, patrona del pueblo, degollada en presencia de todos y

sirviendo de balón a los equipos de bandoleros y sacrílegos»47.

4. Conclusiones

La batalla entre clericalismo y anticlericalismo en España alcanzó su cenit durante los años de gobierno republicano. La proclamación de la Segunda República en 1931 le confirmó a la Iglesia sus principales temores. Las medidas laicizadoras socavaron cualquier posibilidad de entendimiento entre Religión y Estado. Pero fueron los sucesos anticlericales y el simbolismo dimanado de muchas de estas acciones las motivaciones fundamentales para que muchos católicos españoles adoptaran una posición de resignación, indiferencia o abierta hostilidad hacia el régimen democrático. El miedo a la revolución y a la agitación obrerista, se vio complementado con los brotes de anticlericalismo y provocó que numerosos sectores de la población evolucionaran hacia el antirrepublicanismo y el antiizquierdismo. En este contexto, la retirada del crucifijo de las escuelas, las burlas a las que se vio sometido el culto católico, la reclusión de las procesiones de Semana Santa en sus templos o el resplandor que los templos ardientes dejaban en los ojos de quienes los presenciaban, devinieron en elementos de enorme importancia a la hora de que grupos muy heterogéneos de personas iniciaran una deriva hacia posiciones cada vez más proclives a una solución autoritaria. De manera muy especial el ensañamiento hacia las imágenes religiosas, los violentos rituales de los que fueron víctimas los objetos religiosos, o la crueldad con la que muchos sacerdotes fueron asesinados, suscitaron un considerable impacto en las vivencias personales de muchos católicos que les marcarían de por vida, forjando de esta forma sus propias «representaciones culturales».

Cuando el 18 de julio de 1936 nacía la Guerra Civil, tanto los individuos que acudieron al frente como aquéllos que permanecieron en la retaguardia, lo hicieron con una trayectoria vital cargada de percepciones simbólicas y experiencias que les habían dejado su huella. Aunque la mayor parte de los terratenientes y caciques estuvieran del lado franquista y la gran mayoría de los obreros combatieran en defensa de la República, muchos sujetos presentaron contradicciones que ponen de relieve que, al margen de la lógica que nos llevaría a agrupar a un individuo en uno u otro bando, existieron intereses o pulsiones que motivaron conductas y actitudes «inesperadas» por parte de muchos españoles. El catolicismo se convirtió en una de estas «pulsiones» que provocaron que los sujetos presentaran contradicciones y desarrollaran actitudes que,

45 AHN, Causa General, leg. 1.043.

46 DELGADO, 2001: 133-114.

Congreso  La  España  del  Frente  Popular   151   inicialmente, parecerían incompatibles. De esta manera, individuos profundamente anticlericales pudieron sentir devoción por una determinada procesión de Semana Santa o hacia la patrona de su pueblo, mientras que pequeños propietarios y jornaleros clamaron, merced a su profunda religiosidad, por la imposición de un orden que pusiera fin a los ataques a la Iglesia católica.48

El advenimiento de la lucha armada en julio de 1936 desató los temores de muchos derechistas, católicos y conservadores que vieron como muchos «ensayos revolucionarios» se llevaban a la práctica. En la zona bajo control de los sublevados, los miedos de los católicos se vieron amplificados por los relatos del «terror rojo» que a través de la propaganda franquista, se le presentaban como reales. Es en este sentido en que las noticias de asesinatos de curas, sacrilegios a imágenes religiosas y quemas de templos, actuaron como una importantísima fuerza de movilización a la hora de inclinar a una buena parte de los españoles a prestar su apoyo al bando que le prometía acabar con «la hidra revolucionaria». Serían éstos, los vecinos y vecinas de muchas provincias los que contribuirían, de manera más o menos directa, a la forja del franquismo y a devolver a la Iglesia la hegemonía cultural sobre perdida.

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