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El devenir de los monasterios

10. La enseñanza comunitaria de Buda 1 Iniciación

10.5. El devenir de los monasterios

Aunque los bodhisattva fueran laicos, y aunque se criticase la vida monástica como egoísta y de horizontes limitados, los monasterios siguieron atrayendo a los budistas, hasta el extremo paradójico que el pueblo consideraba a muchos de ellos bodhisattvas. Aquí ocurre algo parecido, aunque por motivos diferentes en parte, a lo que durante la Edad Media afectaría a los monasterios cristianos: que, nacidos para el retiro, terminarán convirtiéndose en el centro de convivencia y de producción comercial.

En el caso del budismo, la fama de santidad del monacato, así como la protección poderosa de soberanos tales como Asoka, atraje- ron las miradas populares. Pero, como los monjes debían renunciar a todo bien personal por su voto de pobreza, y como se veían obligados a aceptar y conservar todas las donaciones recibidas para que los donantes no perdieran sus méritos espirituales pasando a engrosar los bienes de la comunidad, la vida de los monasterios se transformó rápi- damente: «los religiosos abandonaron la vida esencialmente errante de los primeros discípulos y residieron en monasterios construidos con materiales duraderos, muchos de los cuales fueron capaces de albergar a centenares, a veces a millares de monjes. El plano de estos conven- tos se hizo cada vez más complejo, y los enormes parques rodeados de murallas en los que eran edificados encerraban no solamente las

59. Las controversias respecto del arhat terminaron produciendo un cisma. En efecto, los mahasamghika se separaron del resto de la comunidad por creer que el arhat aún conserva ciertas imperfecciones fisiológicas e intelectuales, huma- nas, y que podía retroceder en el camino de la salvación perdiendo todos o algunos de los bienes espirituales anteriormente adquiridos, discrepando tam- bién sobre la naturaleza e importancia de éstos; los theravadin, por el contra- rio, veían en él a un superhombre cuya liberación era definitiva, de forma que dejaba de estar expuesto a caer en el ciclo de los renacimientos. Cfr. Marín, J:

residencias de los monjes y las salas de predicación, sino varios stupa y caitya, una higuera religiosa en recuerdo del árbol del Despertar, capillas para cobijar imágenes de Buda, a las que se rendía igualmente culto, salas de estudio, bibliotecas, refectorios, cocinas, almacenes en los que se acumulaban los bienes de la comunidad, estanques para bañarse, a veces una enfermería, pozos y diversos edículos.

La organización, mantenimiento y buena marcha de una comu- nidad de esa envergadura condujeron a crear nuevos cargos entre los monjes y algunos laicos benevolentes, como los de superior del monasterio, intendente, director de las obras, profesores, censores, etc. Poco después de principios de nuestra era vemos cómo los gran- des monasterios empiezan a prestar con intereses, o a alquilar los bie- nes que no pueden consumir, tierras, campos, huertas, prados, bos- ques, albercas, esclavos, tiendas y talleres, bienes en efectivo incluso, y sacar beneficios sustanciosos que no hacen sino acrecentar sus riquezas. Casi siempre la vida de los monjes permanece fiel a las reglas austeras definidas por los vinaya-pitaka, y el incremento de los bienes recogidos por la comunidad es en gran parte utilizado para ampliar y embellecer los edificios propiamente religiosos. Como, por otra parte, numerosos fieles y los monjes mismos consideran una obra piadosa y cargada de méritos el participar con sus propias manos en estas obras, se comprenden las maravillas artísticas que pudieron crear en estos monasterios.

Pero la residencia de los monjes ya no estaba formada por chozas ligeras diseminadas en un parque, sino por cuatro filas de celdas que se abrían a través de un peristilo a un patio cuadrado, dando así la espalda al mundo exterior y a sus múltiples causas de distracción. Cada una de las celdas conservaba unas dimensiones muy reducidas, determinadas por las reglas del vinaya, al igual que las del mobiliario rudimentario y de los vestidos utilizados por los religiosos. La natura- leza y los materiales de estos diversos objetos estaban no menos cui- dadosamente determinados, lo mismo que su buen uso y conserva- ción. Aunque ya no quedaban obligados a ir cada mañana a mendigar su alimento al pueblo vecino, no debían descuidar la limpieza de las diversas partes del monasterio, empezando por la propia celda y lo que en ella se contenía. Sólo los monjes de avanzada edad, o los enfer- mos, o aquellos que por su ciencia o competencia habían sido desig- nados para asumir tareas importantes, estaban generalmente exentos

de estos menesteres humildes y cotidianos. El alimento seguía siendo igual de frugal, el ayuno estaba rigurosamente prescrito también entre el mediodía y el alba del día siguiente, los vestidos y otros objetos per- sonales autorizados exentos de todo lujo, las actividades monásticas repartidas sobre todo entre la meditación, la predicación y el estudio o la enseñanza.

Algunos religiosos practicaban además las viejas reglas de austeri- dad retirándose a vivir en ermitas perdidas en la selva o en la jungla, o bien emprendían la antigua existencia errante de los primeros mon- jes, ya fuera para visitar algún lejano lugar de peregrinación, ya fuera por deseo de ascesis, y no comían más alimento que el recibido de limosna, se vestían con los harapos encontrados en la basura, en los depósitos de desperdicios o en los osarios, y no aceptaban otro cobi- jo que la maleza entre los grandes árboles.

Casi todos los monjes realizaban una o varias peregrinaciones recorriendo en varios meses cientos o miles de kilómetros. Estos lar- gos viajes exigían una gran dosis de valor y de renuncia, de fe y de serenidad, pues los peligros eran numerosos y variados, y la seguri- dad muy precaria. Ciertamente fueron muchos los religiosos que, habiendo partido a pie una madrugada, solos, de su convento habi- tual, llevando por todo equipaje sus tres vestidos y su cuenco para las limosnas, sucumbieron a la fatiga, la enfermedad, las privaciones, el sol ardiente de los desiertos, el frío terrible de las altas montañas, se ahogaron en las tempestades, fueron asesinados por los bandidos o los bárbaros. Los que volvían, después de largos meses, de años a veces, traían a sus compañeros algunas reliquias, una o dos obras pías grabadas sobre estrechos y largos folios de palma, cuando no se con- tentaban con aprenderlas de memoria simplemente utilizando así su memoria bien entrenada. De este modo se conservaban las relacio- nes entre los monasterios establecidos en lugares muy alejados, man- teniendo el progreso del pensamiento búdico repartido por todas partes, así como una cierta cohesión en toda la comunidad. Por lo demás, una especie de acuerdo tácito permitía al religioso que iba de paso disponer de lecho y albergue en todos los monasterios que encontraba en el camino y permanecer en ellos el tiempo que con- siderase oportuno para descansar, instruirse, discutir o enseñar, aun si los monjes que allí residían pertenecían a sectas muy distintas de la suya.

Los grandes monasterios no eran sólo focos de vida espiritual a menudo intensa, sino también centros de actividad cultural, pues la enseñanza destinada a los novicios y a los jóvenes se extendía a domi- nios de conocimiento muy variados, ajenos a la doctrina y a la disci- plina específicamente búdicas, a la gramática del pali y del sánscrito, a la métrica, a la lógica, a la medicina, a veces a las técnicas de arqui- tectura, de la pintura, de la escultura, e incluso de la alquimia y de la astrología. Los mismos laicos podían, en determinados casos, benefi- ciarse de esta enseñanza y de los consejos dados por los religiosos expertos en artes médicas.

Finalmente, la pujanza económica de los ricos monasterios y la fama de sabiduría de los monjes más eminentes condujeron a veces a la comunidad monacal a desempeñar un papel político. En efecto, algunos reyes no desdeñaban, cuando tenían que afrontar graves difi- cultades financieras, pedir a los conventos las riquezas que necesitaban, comprometiéndose a devolverlas con generosos intereses. Además, los soberanos búdicos consideraban provechoso pedir consejo a los mon- jes más sabios en lo que atañía a la dirección de los asuntos del Estado. En algunos países incluso, y en Ceilán en particular, estos religiosos desempeñaban un papel importante en la elección del rey, en caso de quedar vacante el trono. Se otorgaba así a los monjes búdicos el papel y las prerrogativas políticas concedidas a los brahmines en los países

gobernados por soberanos hindúes»60.

10.6. El culto

Anque el propio Buda estaba en contra del cultualismo, es decir, del culto por el culto, el tiempo se volvió a su vez en contra del anti- cultualismo de Buda.

El lugar religioso budista por excelencia es la pagoda o altar, cuyo origen hay que buscarlo en la antigua stupa india, originariamente una construcción funeraria convertida en la era protobudista en construc- ción semiesférica de piedra o ladrillo, en cuyo interior se guardaban y veneraban diversas reliquias sagradas. Su construcción correspondía a los laicos, para quienes constituía un mérito salvífico, costumbre aún vigente en el sudeste asiático: los monjes aportan la reliquia sagrada y los laicos construyen la pagoda, que pasa a ser lugar de ejercitación

devocional y de meditación. También desde el principio en la pagoda se ofrecían flores, fuego, e incienso en honor a Buda.

Luego vinieron los cultos a Buda representados iconográficamente mediante un árbol-bo, con un espacio desocupado a sus pies. Después, por influencia griega en la época anterior a Alejandro, surgieron los Buda-Rupa, representaciones estilizadas de Buda en piedra o en metal, llamadas impropiamente en Occidente «estatuas de Buda».

Todo eso se ha ido complicando, y a las flores, a los perfumes y a las lámparas de las primeras ofrendas se añadieron la comida y la bebida, las banderitas de seda, los carros procesionales, e incluso el canto, la música y la danza, de modo que el culto búdico ha termi- nado pareciéndose –con la excepción de las ofrendas sangrientas– al que se rendía a los dioses en los templos hindúes.