Al ser el Buda un maestro pragmático, sus pronunciamientos no pretenden tener el carácter de declaraciones definitivas en torno a la verdad, sino acoplarse a las necesidades del momento y de los indi- viduos a los que se dirige, de ahí el valor de las siguientes parábolas.
6.1. Parábola del elefante
«¡Bonzos! Esos hombres pendencieros se parecen a los ciegos... Una vez vivía un rey en esta misma Sawatthi. Este rey, bonzos, diri- gió un día la palabra a uno de sus hombres, ‘Ve y reúne en un lugar a todos los ciegos que encuentres en Sawatthi, y muéstrales un ele- fante’. El hombre cumplió lo ordenado, mostró el elefante a los cie- gos, y les dijo: ‘¡Ciegos! Esto es un elefante’. A uno le presentó la cabeza del elefante, al segundo las orejas, al tercero un colmillo, a otros la trompa, el lomo, un pie, la nalgas, el rabo, el extremo peludo del rabo. Y a todos les fue diciendo que se trataba de un elefante.
Llegó el momento en que el rey preguntó a los ciegos: ‘¡Ciegos! ¿Os han mostrado ya el elefante? –Sí, Majestad, nos han mostrado el elefante’.
– Decidme entonces, ciegos, ¿cómo es un elefante?
Los ciegos que habían examinado la cabeza del elefante dijeron. ‘¡Majestad! Un elefante es como un caldero’. Quienes habían palpado la oreja del elefante dijeron: ‘Un elefante es como un gran abanico’. Los que habían examinado el colmillo del elefante respondieron: ‘Un elefante es como una reja de arado’. Aquellos de entre los ciegos, bon- zos, que habían examinado la trompa del elefante dijeron: ‘Un ele- fante es como el timón de un arado’.
Y lo mismo ocurrió con los demás. Según hubieran palpado el lomo, el pie, las nalgas, el rabo o la punta peluda del rabo, compararon el ele- fante con un granero, un pilar, un almirez, una estaca o una escoba.
Y, en medio de los gritos de ‘¡Así es un elefante, un elefante es así; así no es un elefante, un elefante no es así!’, empezaron a liarse a puñetazos. Mientras tanto, oh bonzos, el rey se divertía en extremo. Lo mismo les ocurre, bonzos, a los ascetas ambulantes de algunas sectas. Ciegos y sin ojos, desconocen la realidad: ignoran la verdad, no saben lo que ella es. En la ignorancia de lo que es la verdad, se golpean y se hieren unas a otras esas personas pendencieras con palabras aceradas: ‘¡Así es la verdad, la verdad no es así!’.
Entonces el Sublime declaró solemnemente: ‘Esto es lo que se oye: muchos ascetas y brahmines pierden el tiempo en tales disputas entre sí. De esta manera incurren en la contradicción de las personas
que no ven la verdad, sino sólo una parte de ella»33.
6.2. Parábola de la flecha
Tras esta parábola late el menosprecio de Buda por los problemas metafísicos (sobre la eternidad del mundo, la infinitud del alma, la eternidad posmortal), los cuales –como a Kant, en casi los mismos problemas– le parecen sin salida. El monje Malunkyaputta, preocupa- do por el hecho de que Buda predica al mismo tiempo «que el mundo es eterno y que el mundo no es eterno, que el mundo es finito y que el mundo es infinito, que el alma y el cuerpo son idénticos y que no son idénticos, que el arhat existe después de la muerte, que el arhat no
existe después de la muerte, que ni existe ni no existe»34, recibe de el
Despierto esta enseñanza contenida en la parábola de la flecha: «Todo el que diga ‘no abrazaré la vida religiosa con tal señor hasta que me explique si el mundo es eterno o no es eterno’, etc, morirá sin que nada de eso le haya sido explicado. Es como si un hombre cae herido por una flecha envenenada y sus amigos, compañeros y parientes llaman a un médico para que le cure, y él dice: ‘No consen- tiré que me arranquen esta flecha hasta saber por qué clase de hom- bre he sido herido, si es de la casta de los guerreros, si es un brahmín, un agricultor, o si pertenece a la casta inferior’. O como si dijera: ‘No dejaré que me arranquen esta flecha hasta saber de qué nombre o familia es el individuo, o si es alto, bajo, o de mediana estatura, o si es negro, moreno, o amarillo, o si viene de esta o de aquella aldea, ciu-
33. Udana, 6,4.
dad o pueblo, o hasta que sepa si el arco con que me hirió era de chapa o kondanda, o hasta que sepa si la cuerda del arco estaba hecha de celidonia o de fibra de bambú, o de tendón o cáñamo de gomero, o hasta que sepa si el astil estaba hecho de una planta silvestre o cul- tivada, o si estaba emplumado con plumas de ala de buitre o de garza o de halcón, o de gallo o de sithilahanu, o si estaba asegurada con ten- dón de toro o de búfalo, o de ciervo o de mono, o hasta que sepa si era una flecha ordinaria o una flecha tajadora, o un vekanda, o una fle- cha de hierro o de diente de ternera, o de hoja de karavira’. Este hom- bre moriría, Malunkyaputta, sin haber llegado a saber tantas cosas.
La vida religiosa, Malunkyaputta, no depende de que el mundo sea eterno, y tampoco depende la vida religiosa de que el mundo no sea eterno. Lo mismo si se afirma que el mundo es eterno o que no es eterno, siempre habrá reencarnación, vejez, muerte y dolor, lamentos, sufrimiento, tristeza y desesperación, y yo anuncio la destrucción de todas estas cosas ya para esta vida. Tampoco depende la vida religio- sa de la idea de que el mundo sea finito, ni de que el Tathagata exista después de la muerte. Por tanto, Malunkyaputta, considera inexplica- do lo que no he explicado, y explicado lo que he explicado. ¿Y qué es, Malunkyaputta, lo que no he explicado? Si el mundo es eterno, o si el mundo no es eterno; si un Tathagata es a la vez no existente y no no existente después de morir. ¿Y por qué, Malunkyaputta, no he expli- cado estas cosas? Porque todo esto, Malunkyaputta, no tiene utilidad alguna, en nada afecta al principio de la vida religiosa, no conduce a la aversión, a la ausencia de pasión, a la cesación, a la tranquilidad, a la facultad sobrenatural, al conocimiento perfecto, al nirvana, y por ese motivo no lo he explicado.
¿Y qué es, Malunkyaputta, lo que he explicado? He explicado el dolor, la causa del dolor, la destrucción del dolor, y el sendero que lleva a la destrucción del dolor. Porque esto, Malunkyaputta, es útil, esto se refiere al principio de la vida religiosa, esto conduce a la aversión, a la ausencia de pasión, a la cesación, a la tranquilidad, a la facultad sobrenatural, al conocimiento perfecto, al nirvana, y por eso lo he explicado. Por tanto, Malunkyaputta, considera inexplica-
do lo que no he explicado, y explicado lo que he explicado»35.
Del mismo modo, cuando el asceta itinerante Vaccha le presenta estas contradicciones, Buda niega a la vez tesis y antítesis, procla- mándose libre de toda teoría preguntándole si él mismo sabe a su vez a dónde va a parar el fuego extinguido, si al este, al oeste, al sur o al norte. La confesión de ignorancia del propio Vaccha permite a Buda comparar el arhat con un fuego extinguido: toda afirmación concer- niente a su existencia sería conjetural36.