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DIFERENCIACIÓN FUNCIONAL Y SUS CONSECUENCIAS PARA LA FUNCIÓN DEL ESTADO

FUNCIÓN DEL ESTADO

Bajo la lógica del control, el estado operaba bajo el supuesto de la sociedad como unidad. La cohesión social, el bien común, la igualdad orientaban la acción del estado dirigiéndolo hacia el ideal de la integración. El orden social figura como responsabilidad del sistema político de una sociedad que se organiza de manera jerárquica y que sitúa al estado como el observador, interventor y decidor por excelencia del curso de lo social.

El aceleramiento de los procesos de diferenciación de la sociedad y el consecuente aumento de complejidad que estos conllevan, hacen que la imagen del estado bajo la lógica del control empiece a ser cuestionada. El predominio de la diferenciación funcional y la cada vez mayor autonomía y autorregulación de las esferas de la sociedad, han fracturado noción de integración bajo la cual se sostenía un ideal de orden unificador. La idea de unida, entendida como homogeneidad e identidad, se transforma en un símbolo idealizado que, cada vez que se define o menciona, nos parece más irreal e imposible de alcanzar. Una sociedad diferenciada funcionalmente es una sociedad caracterizada por la desigualdad de lógicas y objetivos de operación de los sistemas a la vez que por la igualdad de los mismos en relación con su posición en la estructura social (Luhmann 2007). El acoplamiento de esferas diferenciadas dibuja ahora una estructura dinámica y compleja donde ya no es posible situar al sistema político en un lugar de privilegio.

Las consecuencias del aumento acelerado de complejidad que caracterizan a la sociedad moderna de las últimas décadas, se observan no sólo a nivel de las esferas funcionales. Tanto los sistemas organizacionales como los de interacción se tornan más diversos, diferenciados e internamente complejos. Expectativas, procedimientos, principios de regulación se diversifican y aumentan haciendo que la heterogeneidad prevalezca. La complejidad de la sociedad moderna significa diferenciación, especialización,

descentralización y diversidad, lo que implica hablar de un mundo en el que orden se define por la coexistencia de diversos tipos de orden.

En este contexto, la idea de unidad ya no puede ser pensada en función de lo homogéneo o lo uniforme, sin embargo, es un concepto requerido para señalar este nuevo ordenamiento de lo social. La diferencia solo puede ser señalada y comprendida como unidad cuando esta da cuenta de una distinción entre su lado interno y su lado externo (Luhmann 2007). La sociedad como multiplicidad de distinciones, como diversidad de posiciones y de probabilidades, es una sociedad que se define por su complejidad, la que en forma paradójica significa organización. A partir de la complejidad de la sociedad se puede definir su orden, entendiendo de antemano que este, al ser complejo, no tiene un carácter teleológico. En tal sentido es que el concepto de unidad desde la teoría de sistemas, se diferencia de aquella noción de acabada de unidad en la que se sostienen/no se sostienen las teorías normativas de la sociedad sobre las que se configuraba el estado de control. La unidad es solo posible en la medida en que no es como tal una posición única dado que es a la vez tanto complejidad y multiplicidad. Las consecuencias normativas asociadas a esta forma de describir la sociedad dicen relación con el reconocimiento de los distintos discursos éticos que conviven en la sociedad, lo que se traduce en dar cuenta tanto de los puntos en los que tales discursos pueden converger en consensos como aquellos en los que se define el conflicto. Reconocer la variedad de posiciones normativas en la sociedad es negar la posibilidad de una única forma de orden o de un único proyecto moral, es entender que el orden nace de la observación de las relaciones que se establecen entre sistemas, organizaciones e individuos y que al depender de la posición espacial y temporal de estos distintos observadores, es siempre contingente y dinámico. La normatividad del mundo moderno es por lo tanto la aceptación de la diversidad, el disenso y dinamismo de la sociedad.

Las consecuencias de la modernidad y en particular las repercusiones que esta ha tenido sobre el estado y la definición de sus funciones, no son menores sí pensamos en que a pesar de esta serie de transformaciones sociales, el estado ha seguido actuando como garante de la integración y se le ha seguido exigiendo como si efectivamente pudiera cumplir esta

función. Paralelamente a la diversificación de lógicas, funciones y posiciones normativas se ha generado un aumento de demandas, expectativas y exigencias que día a día se espera el estado sea capaz de resolver. El cuestionamiento de la capacidad de respuesta del estado ante las problemáticas de una sociedad compleja, parece ser muchas veces ciego a esta propia complejidad. Se le sigue pidiendo que dirija e intervenga sobre áreas en las que no es competente, se le pide que regule esferas que operan de manera autónoma y de manera autorregulada. El estado debe ser entendido como un referente del sistema político y este último como uno más entre diversos sistemas funcionales, por ende no puede representar ni actuar sobre la sociedad entendida como un todo unitario lo que se traduce en que se encuentra inhabilitado para tomar decisiones orientadas a dirigir el curso de lo que se debe hacer en los demás sistemas. A pesar de ello, integración, bien común, cohesión social y especialmente la igualdad siguen figurando como funciones básicas y primordiales de la figura estatal.

Una serie de contradicciones y cuestionamientos derivan de este problema. Se cuestiona al estado en términos de eficiencia, en cuanto pareciera no lograr responder a la multiplicidad de expectativas y demandas de una ciudadanía más exigente y heterogénea que sigue actuando como si este fuera capaz de resolver todo tipo de problemáticas en nombre de la igualdad. Principios como la igualdad, sin embargo, tiende a reducir y simplificar la multiplicidad de posiciones normativas que caracterizan a la ciudadanía moderna. Lo común queda cada vez más reducido a una serie de valores universales asociados al respeto de los derechos humanos los que, a pesar de gozar de cierta transversalidad en términos éticos, se someten a una diversidad de interpretaciones. Los diferentes actores sociales, individuales y organizados, formales e informales que se encuentran en permanente diálogo con el estado, reclaman el reconocimiento de la diversidad, entendida como una multiplicidad de particularidades. Tal reclamo, contradictoriamente intenta ser abordado a partir de discursos normativos que aún no abandonan la figura de unidad como homogeneidad. Hablar de igualdad es pretender seguir actuando bajo la estrategia de la integración, es seguir pensando en el consenso e ignorar la relevancia del conflicto.