Los navíos del Temple
Así pues, la Orden se había organizado de forma que no tuviera que depender de nadie e incluso de manera que fueran los demás quienes no pudieran prescindir de ella. De nada habría servido todo ello, sin embargo, si los templarios hubieran estado a merced de unos armadores para transportar mercancías y gentes por mar. Además, el transporte marítimo presentaba un aspecto estratégico importante en razón del tráfico intenso que las cruzadas provocaban entre Oriente y Occidente.
La Orden del Temple no podía desinteresarse de este aspecto. Se hizo, pues, armador, se aseguró su independencia en los mares y practicó el transporte de hombres y de mercancías por cuenta de terceros. Se dotó de una flota capaz de rivalizar con la de la República de Venecia e intentó incluso hacerse con el monopolio del comercio en el Mediterráneo. No lo consiguió, sin embargo, pero lo que sí hizo fue asegurarse una gran parte del mercado en los sectores más diversos.
Aparte de las mercaderías, una gran parte del tráfico procedía del transporte de peregrinos. Sólo a partir de Marsella, los templarios embarcaban de tres a cuatro mil por año. Antes de embarcarles, les daban albergue en sus casas tales como las de Biot, Barí, Arles, Saint-Gilles, Brindisi, Marsella o Barletta. En Toulon habían hecho construir muy especialmente dos alberguerías en el barrio de la carnero del Templo, al lado de las murallas que protegían la ciudad de eventuales incursiones de berberiscos. Habían hecho incluso abrir una poterna especial en la muralla para circular libre y discretamente.
Los peregrinos tenían confianza en el Temple, pues, tal como señala Demurger, no sólo los navíos de la Orden eran escoltados, sino que ellos no tenían costumbre de vender a sus pasajeros como esclavos a los musulmanes, práctica por desgracia harto frecuente de los pisanos y de los genoveses.
Se han conservado algunos nombres de navíos templarios: La Rosa del Temple, La Bendita, La Buena Aventura, El Halcón del Temple. Los había de todos los tamaños y para todas las especialidades. Algunos, los huissiers (abastecedores), estaban especialmente equipados para el transporte de caballos. Había que construirlos de manera muy especial, poniendo sumo cuidado en las junturas. Joinville escribía a este respecto:
Se hizo abrir la puerta de la embarcación e introdujeron a todos nuestros caballos que debíamos llevar a ultramar. Luego la puerta fue cerrada, se taponó bien, igual como se llena con estopa un tonel, porque, cuando el navío se halla en alta mar, la puerta entera se ve sumergida en el agua.
Durante el transporte, los caballos estaban trabados de modo tal que no podían prácticamente moverse. En cuanto a su salida del barco, se efectuaba poco más o menos de acuerdo a la técnica de las barcazas de desembarco actuales, que permite acercarse lo más posible a la orilla. Cada navío de abastecimiento no podía transportar más que entre cuarenta y sesenta caballos. Es fácil imaginar la importancia del tráfico permanente necesario para surtir al ejército de los cruzados de cabalgaduras.
A fin de acompañar y de proteger a estas naves meridionales un tanto ventrudas, pero con una capacidad de transporte importante, habían adaptado, en el Mediterráneo, unos navíos más rápidos que los que lo atravesaban habitualmente.
Los puertos templarios
Para asegurar su independencia, los templarios trataron de poseer unos puertos privados. Tal fue el caso de Mónaco, Saint-Raphaél, Mallorca, Colliure, y sin duda Martigues, Méze, en la cuenca de Thau que no estaba separado aún del mar, y Saint-Tropez. Hacia el canal de la Mancha, cabe citar Saint-Valéry-en-Caux y Barfleur, así como Saint-Valéry-sur-Somme. En Bretaña, podemos señalar asimismo el puerto templario de Ile-aux-Moines, especialmente bien protegido puesto que estaba situado en el golfo de Morbihan. Allí embarcaban por lo general peregrinos en dirección a Santiago de Compostela. Estos puertos privados no bastaban, sin embargo, para cubrir las necesidades de la totalidad de su tráfico mercantil. Por ello mantenían además muelles en otros puertos importantes como Toulon, Marsella, Hyéres, Niza, Antibes, Villefranche, Beaulieu, Mentón. En los puertos provenzales, se beneficiaban de franquicias concedidas por el conde de Provenza, lo que no dejaba de plantear algunos problemas. Los armadores locales, que no se beneficiaban normalmente de ningún privilegio semejante, consideraban esta competencia un tanto desleal. El clima era incluso francamente de crítica en algunos casos. En Marsella, las autoridades tuvieron que ceder en parte a la presión y limitaron los derechos de los navíos templarios al comercio realizado únicamente con Tierra Santa y con España. Esto es particularmente interesante, puesto que significa que estos dos polos importantes del comercio mediterráneo estaban lejos de ser los únicos que interesaban a los templarios. En cualquier caso, considerando esta restricción como inadmisible, los templarios, pronto seguidos por los hospitalarios, abandonaron el puerto de Marsella para anclar sus bajeles en Montpellier. Los marselleses comprendieron rápidamente que este desvío del tráfico marítimo les reportaba más pérdidas que ganancias. La clientela del Temple era fiel y estaba dispuesta a cambiar de puerto para pedir prestados o poder alquilar sus bajeles. Los marselleses tuvieron entonces que suplicar para ver regresar a las dos órdenes militares. Se terminó concertando un acuerdo, según el cual dos veces por año un navío templario y otro hospitalario partirían de Marsella sin pagar el menor arancel. Muy inteligentemente, la Orden del Temple no hizo uso de esta posibilidad para embarcar sus propias mercancías, que siempre podía cargar en otros puertos que le pertenecían, sino tan sólo para llenar sus bodegas de productos pertenecientes a mercaderes marselleses.
Lo cual confirma, si es que fuera necesario, que los templarios eran unos empresarios especialmente sagaces y ladinos. Y dado que también eran unos organizadores natos, contribuían en la medida de lo posible a las mejoras técnicas y a la seguridad de los puertos. Así, en Brindisi, se debe a ellos la construcción de un faro.
Los misterios del puerto de La Rochelle
Un puerto parece haber merecido muy especialmente la atención de la Orden del Temple: el de la Rochelle. ¿Por qué? Cierto que se trataba de una obra particularmente bien resguardada gracias a la isla de Ré y a la isla de Oléron. Entre ambas, un canal que sigue llevando el nombre que le fuera dado por los templarios: el Pertuis d’Antioche. Ello no explica, sin embargo, que seis grandes rutas templarías hayan desembocado en La Rochelle y se diría algo bastante descabellado cuando sabemos que este puerto estaba destinado a no servir a los templarios más que para asegurar la exportación de los vinos de Burdeos hacia Inglaterra.
En Los misterios templarios, Louis Charpentier describe estas seis vías templarías:
1.a La Rochelle-Saint-Vaast-La Hougue-Barfleur con rutas adyacentes
hacia la costa atlántica y Bretaña.
2.a La Rochelle-bahía de la Somme por Le Mans, Dreux, Les Andelys,
Gournay, Abbeville.
3.a La Rochelle-Las Ardenas, por Angers, la región parisina y la Alta
Champaña.
4.a La Rochelle-La Lorraine, por Parthenay, Chatellerault,
Preully-en-Berry, Gien, Troyes: ruta reforzada desde Preully hasta el bosque de Othe por Cosnes.
5.a La Rochelle-Genéve, por el Bajo Poitou, la Marche, el Maçonnais, con
desvío en Saint-Pourçain-sur-Sioule hacia Chalón y Besançon.
6.a La Rochelle-Valence du Rhône por el Bas-Angoumois, Brive, Cantal y
Puy, reforzada por una ruta que unía La Rochelle con Saint-Vallier por Limoges, Issoire y Saint-Étienne.
Además, existía una verdadera red de encomiendas para proteger La Rochelle y ello en un radio de unos ciento cincuenta kilómetros. Se contaban una cuarentena de encomiendas protegidas por la cercanía unas de otras en las Charentes. A menos de cincuenta kilómetros, se encontraba Champgillon, Sènes, Sainte-Gemme, Bernay, Le Mung, Port-d’Envaux. Una veintena de kilómetros más allá, cabe señalar Saint-Maixent, La Barre y Clairin, Ensigne, Brét, Beauvais-sur-Matha, Aumagne, Cherver, Richemont, Cháteaubernard, Angles, Goux, Les Epaux, Villeneuve. Si añadimos otros treinta kilómetros, encontramos de nuevo una quincena de encomiendas. Sin duda, podría tomarse un buen número de lugares en Francia y encontrar a una misma distancia un entorno de encomiendas igual de nutrido, sin que ello deba llevarnos a hacer conjeturas aventuradas. En el caso de La Rochelle, sin embargo, conviene añadir que los templarios habían instalado en ella, sin motivo aparente, una casa provincial que tenía dominio sobre numerosas otras encomiendas y establecimientos.
Está descartado conceder a este puerto ninguna importancia en relación con Oriente. A lo sumo cabría pensar que se trataba de una escala práctica en una ruta marítima que conducía de Inglaterra a España o a Portugal. Incluso esto dista mucho de ser evidente, pues otras soluciones parecen mucho más lógicas. En efecto, La Rochelle está demasiado al sur para que las relaciones con Inglaterra resultaran muy rápidas y demasiado al norte para las relaciones con Portugal.
Jean de La Varende fue sin duda el primero en plantear una hipótesis para tratar de explicar la importancia de este puerto a los ojos de los templarios. Escribía: (27)
Los bienes del Temple eran monetarios. Los templarios habían descubierto América, México y sus minas de plata.
Hipótesis descabellada sin duda, toda vez que no es posible encontrar ninguna prueba irrefutable en este sentido. Pero merece la pena examinarla un poco más detenidamente. ¿Por qué, de entrada, diríamos que esta hipótesis es una simple broma? Por el hecho de que América fuera descubierta mucho más tarde por Cristóbal Colón, y que ello además fue fruto del azar, puesto que lo que él perseguía era llegar a las Indias por el Oeste. Ello es discutible y esta última afirmación merecería ser incluida entre las imposturas de la Historia. Cristóbal Colón no descubrió nada en absoluto y, en su época, hacía ya mucho tiempo que el continente americano era regularmente visitado.
El descubrimiento de las Américas
Sin siquiera referirnos a la historia más o menos legendaria de san Brendan, (28)
basta con remontarse a los vikingos para encontrar unos navegantes que abordaron en las costas americanas. Dieron al país el nombre de «Wineland» y crearon incluso establecimientos a lo largo de las costas de América del Norte. No se trata en absoluto de una leyenda, puesto que estos asentamientos han sido localizados y examinados por arqueólogos.
Conviene recordar también a los vascos, que iban desde hacía mucho tiempo a pescar a los alrededores de Terranova y al estuario de San Lorenzo. En cada ocasión, su campaña de pesca duraba varios meses y habían instalado in situ una especie de campamentos base donde preparaban el pescado para su conservación. (29)
Para aquellos que no hayan quedado aún convencidos, citaremos los mapas de Piri Reis, muy anteriores a Colón, encontrados con posterioridad y que representan con bastante exactitud las costas americanas.
Simplemente, quienes llevaban a cabo tales descubrimientos, al no tener como Colón una misión que desempeñar, no lo iban pregonando a los cuatro vientos. Preferían guardar el secreto y explotar eventualmente aquellos lugares sin que nadie viniera a hacerles la competencia, más que sacrificarlo todo a la gloria.
27() Jean de la Varende: Les gentilshommes (Dominique Wapler editor).
28() A propósito de san Brendan, hay que señalar que san Malo, que le habría
acompañado en su viaje, acabó por refugiarse en la isla de Aix, justo al sur de La Rochelle.
Para Jacques de Mahieu (30) es evidente que los templarios conocían la
existencia del continente americano. Se dirigían a México y, con este fin, embarcaban en La Rochelle. Tal era también la opinión de Louis Charpentier, que explicaba así la importancia de este puerto. Sólo queda, pues, seguir sus planteamientos para examinar, si no las pruebas, al menos sí los indicios susceptibles de apoyar su tesis.
Jacques de Mahieu refiere que Motecuhzoma II Xocoyotzin, más conocido con el nombre de Moctezuma, «el Emperador de la barba rubia», se dirigió así a Hernán Cortés tras la conquista de su país por los españoles:
Os considero como parientes: pues según dice mi padre, que había oído decirlo al suyo, nuestros antepasados, de los que yo desciendo, no eran naturales de esta tierra, sino unos recién llegados, los cuales arribaron con un gran señor que, poco después, regresó a su país: muchos años más tarde, volvió a buscarles, pero ellos no quisieron ya marcharse, pues se habían instalado aquí y tenían ya niños y mujeres y una gran autoridad en el país. El se volvió a marchar muy descontento de ellos y les dijo que enviaría a sus hijos para gobernarles y asegurarles la paz y la justicia, y las antiguas leyes y la religión de sus antepasados. Esta es la razón por la cual siempre hemos esperado y creído que los de allá vendrían a dominarnos y a mandarnos y yo pienso que sois vosotros, dado el lugar de donde venís.
Hay que mantener las mismas reservas acerca de la exactitud de esta perorata. Lo que no quita que los invasores españoles fueran recibidos al principio con los brazos abiertos. Los indígenas esperaban, efectivamente, el regreso de unos hombres blancos, barbudos, que llevaban armaduras e iban montados en unos caballos, venidos en unos navíos que se asemejaban más o menos a las carabelas españolas.
Templarios en América: ¿pruebas?
En realidad, tales palabras podían referirse tanto a los vikingos como a los caballeros del Temple. Es lo que, por otra parte, cree Jacques de Mahieu. Ve en este jefe llegado de otra parte un Jarl vikingo llamado sin duda Ullman. En cualquier caso, todo esto sirve para recordar que las rutas de América eran más conocidas que lo que se enseña en nuestras escuelas. La hipótesis vikinga no impide, por otra parte, la llegada más tardía de los templarios. Tanto es así que existe un curioso documento a este respecto: la crónica de Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin Cuanhtlehnantzin, descendiente de los príncipes de Chalco, que abrazó la religión cristiana. Escribió la historia de su pueblo, un grupo étnico bastante especial: los monohualques teotlixques tlacochcalques, más conocidos con el nombre genérico de chalques.
Las gentes de este pueblo, cuando se instalaron en México, venían del otro lado del Gran Mar, es decir, el Océano Atlántico. Afirmaban haber navegado en unas «conchas», término que habría que poner en relación con el de «cascos» de nuestros barcos. Eran «extranjeros en aquel país, enviados de Dios y guerreros». He aquí una definición que correspondería perfectamente a la de los monjes soldados. La hipótesis merece la pena ser examinada.
Estos hombres se daban a sí mismos también otro nombre, el de tecpantlaques. Ahora bien, tecpan significa Templo, palacio. Habrían sido, pues, las «gentes del Templo». No obstante, parece asombroso que no hubieran conservado la lengua de sus antepasados, salvo si eran un muy pequeño número y si se mezclaron con un pueblo preexistente, convirtiéndose simplemente en su casta dirigente. El apelativo sorprendente de «gentes del Templo» puede igualmente querer decir, sencillamente, que se trataba de un pueblo muy religioso.
El americanista Muñoz Camargo, en su Historia de Tlaxcala, considera como cierto que estos hombres no eran otros que unos miembros de la Ordo Pauperum Commilitonum Christi Templique Salomonici o, si se prefiere, la Orden del Temple. La organización social de las élites de este pueblo le parece, en efecto, que se corresponde perfectamente con la de la jerarquía de los caballeros del Temple. (31)
De dar crédito a Chimalpahin, los templarios —si es que se trata de ellos—, habrían llegado a México a finales del siglo XIII, lo cual no habría podido dar a La Rochelle una considerable importancia durante un largo tiempo: una treintena de años como mucho. Siempre según las mismas fuentes, los templarios habrían explorado en primer lugar la región de San Lorenzo y de Terranova.
Todo ello podría explicar por qué los mexicanos, y más en concreto los chalques, esperaban el regreso de unos hombres barbudos que debían gobernarles y procedentes de allende el Gran Mar donde nace el sol.
Jacques de Mahieu cree, por otra parte, haber encontrado rastros de la presencia templaría en América en un determinado número de símbolos.
En primer lugar, los hombres de Pizarro se asombraron de encontrar cruces alzadas en el Perú. Pero la cruz es un símbolo muy corriente en todo el mundo, fuera incluso de la religión cristiana, aunque la cruz de brazos desiguales no sea una de las más extendidas. Un elemento más interesante es que en México se encuentran numerosas cruces patadas semejantes a las de la Orden del Temple. Es posible descubrirlas hasta en el mismo escudo de Quetzalcoatl, en vasos, en pectorales de bronce. Son frecuentes asimismo en Bolivia, Colombia y Perú. Jacques de Mahieu describe también unas cruces semejantes a unas «cruces cátaras» (si es que esta expresión tiene algún sentido), y señala la presencia de «sellos de Salomón» en Paraguay.
Todo ello no prueba nada, así como tampoco la presencia de algunas palabras semejantes al francés entre las lenguas precolombinas.
Para Jacques de Mahieu, no cabe ninguna duda de que los templarios cargaban en el golfo de Santos y en el puerto de Parnaiba lingotes de plata que les habrían permitido acuñar moneda y financiar la construcción de catedrales. Siempre según el mismo autor, a cambio del metal que dio su nombre al río de la Plata, los templarios habrían proporcionado... consejos, su tecnología, sus técnicas. Para Jacques de Mahieu:
No se trata de una simple suposición. Hemos visto, por otra parte, que el edificio principal de Tiahuanacu, que los indígenas denominaban Kalasasaya y que no estaba terminado, en 1290, cuando la ciudad fue tomada por los araucanos de Kari, era una iglesia cristiana de la que el difunto padre Héctor Greslebin pudo, reproduciendo en escayola, a pequeña escala, las ruinas actuales y los bloques de piedra labrada que se encuentran a un kilómetro, en lo que constituía una cantera, levantar la maqueta. Es más, la estatua de dos metros de alto que los indios conocen con el nombre de El Fraile, es la copia exacta, estilo aparte, de la de uno de los apóstoles de la portada gótica de
Amiens: el mismo libro de cierre metálico en la mano izquierda, la misma rama de «mango» cilíndrico en la derecha, las mismas proporciones del rostro.
Observa asimismo la existencia, en el mismo lugar, de un friso que representa prácticamente la Adoración del Cordero, tal como la vemos en el tímpano de la catedral de Amiens.
El motivo central responde en sus menores detalles a la descripción apocalíptica del Cordero. Las cuarenta y ocho figuras de las tres filas superiores representan, con sus atributos respectivos, a los doce apóstoles, a los doce profetas menores y a los veinticuatro ancianos portadores de cítaras y de copas de oro, tal como los describe san Juan. En la fila inferior, se ve a dos ángeles