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Las posesiones del Temple

Asegurar la logística

Una vez aprobada la Orden, permitiéndole su Regla asumir su doble papel, religioso y militar, cabía considerar que había logrado el marco jurídico favorable a su desarrollo. Condición necesaria pero no suficiente, pues a los templarios les hacía falta una poderosa logística. No sólo habían de llevar a cabo importantes reclutamientos para formar los batallones de los monjes soldados en Tierra Santa, sino también asegurar el mantenimiento de estos ejércitos en operaciones. Había que proporcionarles sustento, armas, vestimenta, equipos, caballos, etc.

Las necesidades iban rápidamente a convertirse en colosales. Cuesta imaginar, en nuestros días, cómo los templarios pudieron hacerles frente. Tuvieron a veces que mantener hasta quince mil «lanzas» en Palestina; ahora bien, una lanza significa un caballero con todo lo que esto conlleva: escudero, pajes de armas. Estas quince mil lanzas representan, así pues, de hecho entre sesenta y cien mil hombres. A ello hay que añadir la intendencia: todos los hermanos conversos encargados del avituallamiento, del mantenimiento, de las reparaciones, del alojamiento. Pensemos que, a fin de tener siempre a disposición una cabalgadura lista, cada caballero poseía tres caballos mientras que otros dos estaban destinados a cada uno de sus servidores. En torno a esta tropa gravitaban igualmente los capellanes del Temple y los obreros encargados de las construcciones y de su mantenimiento. No hay que olvidar que los templarios construyeron y defendieron inmensas fortalezas en Palestina y que se aseguraron igualmente la custodia de numerosas plazas fuertes en España.

Era, pues, absolutamente necesario garantizar las defensas de la Orden y financiar el esfuerzo bélico desde Occidente. Apostar por un flujo continuo de donaciones hubiera sido demasiado arriesgado y de todas formas insuficiente. Tales donaciones eran absolutamente necesarias, pero la utilización de sus productos debía ser racionalizada y maximizada. Convenía, por supuesto, provocar un verdadero impulso de simpatía y de generosidad para con el Temple y hacerlo lo más duradero posible. A continuación, habría que administrar de manera que se multiplicara la eficacia de la financiación.

La búsqueda

Por lo que toca a la primera fase, la propaganda organizada por san Bernardo había de revelarse eficaz: los que no se comprometieron en las filas de la Orden se sintieron a menudo obligados a hacer donaciones a fin de participar en este impulso. La verdadera «gira» que Hugues de Payns y sus compañeros hicieron tras el Concilio de Troyes permitió poner en marcha el sistema. Tenía, por supuesto, la doble finalidad del reclutamiento y de la colecta de donaciones.

Hugues de Payns comenzó por las regiones donde estaba seguro de ser bien recibido: Champaña, en primer lugar, como es obvio, luego Anjou y Maine. Conocía perfectamente a Foulques V de Anjou, que había participado en la primera cruzada y mantenía a un centenar de hombres de armas en Tierra Santa. Estaba ya ganado a la causa de los templarios. Lo que es más, Hugues de Payns estaba encargado ante él de una misión más bien grata, puesto que era portador de una carta de Balduino, rey de Jerusalén. Este, que no tenía heredero varón, deseaba ver a Foulques casarse con su hija Melisenda y sucederle en el trono de Jerusalén. Foulques aceptó y facilitó la gira de Hugues de Payns con sus vasallos.

Hugues continuó su periplo pasando por Poitou y Normandía. Tuvo un encuentro con el rey Enrique I de Inglaterra, que le aconsejó cruzar el canal de la Mancha. El primer Maestre de la Orden, con la carta de recomendación en la faltriquera, recorrió entonces Gran Bretaña y se dirigió incluso a Escocia. Por todas partes, fue bien recibido y acumuló donaciones y regalos diversos. El oro y la plata recogidos fueron rápidamente mandados a Jerusalén mientras que Hugues continuaba su gira pasando por Flandes antes de dar por terminado su recorrido en su punto de partida: Champaña. En ese momento, se había formado ya una pequeña tropa alrededor de él, a lo largo de las etapas, dispuesta a embarcarse hacia Oriente.

Pero durante este tiempo, sus compañeros iniciales no se habían quedado de brazos cruzados. También ellos habían conseguido reclutamientos, dirigiéndose cada uno allí donde estaba seguro de ser mejor recibido: Godefroy de Saint-Omer a Flandes, Payen de Montdidier a Beauvaisis y a Picardía, Hugues Rigaud al Delfinado, Provenza y el Languedoc. Otro había ido a España.

Así, en 1129, los habitantes del valle del Ródano pudieron ver pasar una tropa al mando de Hugues de Payns y Foulques de Anjou con destino a Tierra Santa. En muy poco tiempo, el Maestre del Temple había conseguido reclutar trescientos caballeros, sin contar los escuderos y los pajes que les acompañaban.

La gira de propaganda había sido un éxito real y las donaciones comenzaban a afluir de todas partes. Durante décadas, el movimiento en favor del Temple no iba a dejar de crecer. Se creaban ya casas de la Orden en Occidente y se comprometían, no sólo a asegurar la intendencia, sino también a proseguir la propaganda a fin de atraer nuevos reclutamientos y donaciones. Bien mirado, el desarrollo de la Orden es espectacular, poco menos que inexplicable en su amplitud.

Todo se da

Las primeras donaciones fueron, claro está, las de los primeros templarios, puesto que su Regla les prohibía poseer nada propio. Debían ponerlo todo en manos de la Orden. Tal fue, así pues, el caso para las posesiones de Hugues de Payns, de Godefroy de Saint-Omer en Ypres (Flandes), de las de Payen de Montdidier en Fontaines, etc. Pero hubo también bienes y derechos ofrecidos por particulares:

casas, tierras, armas, objetos diversos, dinero, ropas, «impuestos»... Llegó a darse incluso el caso de alguno que hizo donación de su propia persona a la Orden del Temple a cambio de un beneficio espiritual. Bernard Sesmon de Bézu fue un curioso ejemplo de ello. Hizo donación de su persona a fin de que los templarios le ayudasen a salvar su alma y le acogieran en su Orden cuando estuviera próximo a la hora de su muerte, haciéndole así participar in extremis de su compromiso y de los beneficios celestiales que de ello pudieran derivarse. Precisaba:

y si la muerte fuera a sorprenderme cuando esté ocupado en la vida del siglo, que los hermanos me reciban y que, en un lugar adecuado, inhumen mi cuerpo y me hagan participar de sus limosnas y beneficios.

En contrapartida, hacía a los templarios sus herederos. Aparte de estos aspectos testamentarios, se vio igualmente a gentes vender sus bienes a la Orden en régimen vitalicio. Otros cedieron diversos derechos o emplazamientos concretos como un tramo de río para que los templarios pudieran construir en él un molino. Roger de Béziers fue muy generoso. Dio

su dominio llamado Champaña, sito en el condado de Razés, junto al río Aude, que lo cruza por en medio (...), con todos sus habitantes, hombres, mujeres y niños, sus casas, censos, servidumbres, sus condominios y tierras laborables, sus prados, sus pastos, sus carrascales, sus cultivos y terrenos yermos, sus aguas y acueductos, con todos los molinos y derechos de molino, sus pesquerías con entradas y salidas.

Y ello sin ninguna contrapartida, puesto que precisaba:

Los hermanos del Temple no me deberán, sobre su dominio, ni rentas, ni leudes, ni derecho de peaje ni de paso.

Algunas donaciones fueron considerablemente más modestas, como la de aquel campesino que se comprometió a proporcionar todos los años por Pascua diez huevos a la casa del Temple que había cerca de la suya.

Los que hacían las donaciones eran a menudo desinteresados o esperaban por su acción un beneficio en cuanto a la remisión de sus pecados. Pero otros consideraban aquéllas como si se tratara de puros negocios. Sus donaciones se hacían entonces a cambio de determinadas liberalidades por parte de la Orden y a menudo la garantía de ésta de protegerles, a ellos y a sus intereses, compromiso muy valioso en aquellas épocas de inseguridad.

En cualquier caso, todo fue muy deprisa. Los bienes se multiplicaron rápidamente. Así, la casa de los templarios de Douzens, en Aude, no recibió menos de dieciséis donaciones de consideración en cinco años. En Flandes, el entusiasmo fue fulgurante: en unos pocos días, se crearon cuatro encomiendas, en Ypres, Cassel, Saint-Omer, Bas-Warneton. A partir de allí, toda la región fue inmediatamente dividida en zonas y, además, el conde Guillaume Clito les concedió el remanente de Flandes, es decir los cánones debidos por cada heredero cuando éste entraba en posesión de su feudo.

En el Languedoc, se había organizado una reunión pública en la catedral de Toulouse para dar a conocer la Orden. El efecto inmediato fue, por supuesto, una colecta sustancial, pero estuvo seguida de numerosas donaciones tanto en el

Languedoc como en el Rosellón. Esta región es, por otra parte, un buen ejemplo de la expansión continua de la Orden.

En 1130, los templarios recibieron un inmueble en Perpiñán. Transformaron el lugar en fortaleza con una iglesia fortificada. En 1136 y 1137 les fueron donadas unas casas, unos prados, unas tierras cultivables, viñedos y hombres que los trabajaban. Otro tanto ocurrió en 1138 y 1140. Mucho menos se sabe de lo que ocurrió los años siguientes, pero en 1149, Gaufred, conde de Rosellón, ofreció el Mas de la Garrigue du Pont-Couvert-sur-Réart, que fue erigido en preceptoría. En 1157, los templarios vieron transferirse derechos diversos. En 1170, el conde Guinard les hizo donación de su castillo del Mas-Pal, cerca del cual crearon la aldea de Bompas. En 1176, otras tierras vinieron a añadirse a todas estas posesiones. En 1180 comenzaron a desecar un conjunto de estanques que acababan de serles donados. Diez años más tarde, los templarios se convirtieron en propietarios de todos los terrenos llanos situados al Oeste de Perpiñán. En 1207, el rey de Aragón les hizo entrega de las tierras que poseía en el Rosellón y en 1208 el obispo de Elne les concedió la iglesia de la villa con sus rentas. Nuevas donaciones de tierras y de derechos se produjeron en 1214, 1215 y 1217. En 1237, como consecuencia de nuevas donaciones, se creó la encomienda principal del Rosellón en Mas-Deu, entre Trouillas y Villemolagne.

Esto demuestra la regularidad de las donaciones a lo largo de un siglo. De hecho, en este lapso, el Temple recibió en aquella región muchas otras tierras, pero no las hemos citado, al no saber siempre con suficiente precisión las fechas. (21)

El impulso de generosidad que se ejerció en favor de la Orden del Temple adquirió proporciones particularmente importantes en Francia. Sin embargo, también otros países participaron en esta construcción. Para simplificar, podríamos decir Europa entera. Algunos, no obstante, fueron más lejos que otros. Ello fue especialmente cierto por lo que respecta a los reinos de la península Ibérica. Desde mayo de 1128, la reina Teresa de Portugal les había donado a los templarios el castillo de Soure, punto de resistencia contra los moros. No hay que olvidar que los árabes de la dinastía de los Almorávides ocupaban aún, en la época, la mitad de la península Ibérica.

En 1130, el ingreso de Raimundo III de Barcelona en la Orden, aportando con él el castillo de Oranera, fue el punto de partida de una verdadera oleada de reclutamientos, de donaciones de fortalezas y de dinero. En cuanto al rey Alfonso de Castilla y de Aragón, quiso conceder incluso por testamento a los templarios un tercio de su reino. Se alzaron protestas y el testamento acabó por romperse, pero la Orden se vio igualmente indemnizada con la cesión de las fortalezas de Curbin, Montjoye, Calamera, Monzón y Remolina.

En ocasiones algunas plazas fuertes no les fueron ofrecidas sino a cambio de algunos esfuerzos. Así fue como don Alfonso de Portugal les concedió la de Cera y toda la región adyacente a condición de expulsar de ella a los moros que la ocupaban. Así lo hicieron ellos y aprovecharon la oportunidad para fundar las ciudades de Coimbra, Ega y Rodin. Ante su creciente poderío, pequeñas órdenes militares que habían sido fundadas en Castilla y en Aragón, tal como la Orden de Monreal, se fundieron en el Temple, aportando sus bienes además de sus personas.

Así, bastante rápidamente, la Orden del Temple se vio firmemente implantada en Francia, España, Portugal, Inglaterra, Alemania, Bélgica, luego en Armenia, en Italia y en Chipre, sin olvidar Tierra Santa.

La organización de las encomiendas

Todas estas donaciones provocaron muchos celos. Hemos visto que el testamento del rey de Aragón fue impugnado; aquí y allá algunos particulares se consideraron perjudicados, otras órdenes religiosas incluso protestaron, pues, a medida que se acrecentaba el entusiasmo por el Temple, veían disminuir las donaciones que se les hacían a ellos. Por una especie de misterioso equilibrio inherente a la naturaleza humana, cuantos más amigos tenían los templarios, más celos y enemistades despertaban. En numerosas ocasiones, obispos e incluso la Santa Sede tuvieron que intervenir para solucionar los litigios. Así, en el caso de la capilla de Obstal, los templarios habían obtenido que las limosnas que se hicieran en dicho lugar durante los tres días de las Rogativas y los cinco subsiguientes pertenecieran a la Orden, siendo beneficiarios de ellas los canónigos de Saint-Martin d’Ypres el resto del año. Tuvo que intervenir el arzobispo de Reims y los obispos de Chartres, Soissons, Laon, Arras, Mons y Châlons, e incluso una confirmación pontificia para hacer posible esta disposición.

Sea como fuere, la multitud y la diversidad de estos presentes pronto exigió por parte de los templarios grandes aptitudes para su administración y organización. Eligieron como célula base de su desarrollo la encomienda. De hecho, aunque su creación dependió las más de las veces del azar y se hizo realidad en función de las oportunidades, su desarrollo respondió a unos criterios racionales.

La organización de estas encomiendas occidentales fue bajo todos los conceptos notable. Reunieron, según las regiones, cultivos, prados, viñedos, fuentes, ríos, estanques, edificios diversos, rentas, derechos. En la medida de lo posible, los templarios trataron de crear una estructuración eficaz de las regiones en las que estaban bien implantados. Asimismo se dedicaron a echar mano de algunos lugares reputados por haber albergado cultos antiguos y que tenían fama de poseer poderes especiales. Siempre que tuvieron oportunidad de hacerlo, teniendo la cabeza sobre los hombros, trataron igualmente de asegurarse rentas regulares más que aleatorias. Transformaron cada vez que les fue posible los derechos y porcentajes que habían recibido en cánones fijos. Lo cierto es que cada día de mantenimiento de su ejército de Oriente les costaba extremadamente caro y éste tenía que estar asegurado a toda costa. No podían permitirse estar a merced de una mala cosecha. Fue también por dicho motivo por lo que crearon un poco por doquier silos, comprando y almacenando cereal los años de gran producción y revendiéndolo, más caro por supuesto, pero a un precio que seguía siendo muy razonable, cuando había una mala cosecha. Resultado: unos beneficios cómodos para la Orden, pero también una ausencia total de hambruna en las regiones en las que la Orden estaba implantada; y ello durante los dos siglos de su existencia.

Para racionalizar la explotación de sus tierras y derechos y maximizar su rendimiento, el Temple no podía satisfacerse con las donaciones que se le hacían. Administrar tierras dispersas no hubiera sido ni muy práctico ni muy económico. La Orden inventó, así pues, la concentración parcelaria. Completó sus posesiones mediante una política de compras y permutas, tratando de formar conjuntos coherentes para la explotación. Si existían derechos detentados por terceros en las tierras o los bienes que les habían sido donados, intentaba siempre recomprar dichos derechos de manera que se poseyera un máximo de bienes libres de toda carga. En cuanto a las tierras más aisladas o las de menor interés que no se integraban en el seno de una explotación racional, no dudó en desembarazarse de ellas, ya mediante permuta, ya concediendo la administración de las mismas.

La finalidad era siempre en los primeros tiempos permitir a la encomienda vivir autárquicamente, luego desprenderse de la mayor cantidad posible de remanentes, de manera que sirvieran para financiar el esfuerzo de guerra en Oriente.

El poderío de la Orden inquietaba a más de uno y no era raro que se tratara de desanimar a la gente a fin de que no cedieran sus bienes al Temple. Los monjes soldados no dudaban, para conseguir sus fines, en recurrir a la astucia. Empleaban intermediarios, verdaderos hombres de paja, para comprar los bienes que codiciaban para hacérselos revender acto seguido.

En realidad, los templarios no eran los únicos en practicar una verdadera política de bienes raíces. Sus amigos los cistercienses se les asemejaban en esto un tanto, pero ellos procedían de forma menos sistemática.

Los templarios habían tenido conciencia desde el comienzo de la importancia de los intercambios comerciales para el desarrollo económico. El empleo de estos términos puede parecer curioso, pues pertenece a un vocabulario moderno. Sin embargo, a pesar de las diferencias de época, resultan adecuados, en la medida en que la Orden del Temple se comportó exactamente de la misma forma que las multinacionales actuales.

El reclutamiento había sido rápido, pero todos cuantos deseaban comprometerse no estaban siempre preparados para hacer de soldados de élite. Había entre ellos burgueses y campesinos a los que se hacía raramente caballeros y luego había también que «reciclar» a los heridos que no podían ya luchar. Lo más frecuente era destinarlos a las encomiendas occidentales donde se utilizó de la mejor forma posible los conocimientos y competencias de cada uno de ellos. Se encargaron de los cultivos, de la roturación, del comercio. Había pocos hombres de armas en estas encomiendas, por regla general únicamente dos o tres caballeros y en ocasiones algunos pajes de armas, sobre todo encargados de la policía, es decir, de la protección de las casas del Temple y de las rutas utilizadas por su comercio.

Fuera del Maestre y de algunos caballeros, la encomienda albergaba generalmente un limosnero, un enfermero, un ecónomo, un recaudador de los derechos debidos al Temple, algunos artesanos «frailes de oficios», dirigidos por un «mariscal», un fraile responsable de la venta de los productos, un capellán y un clérigo más concretamente encargado del correo y del equivalente a las actas notariales de hoy. A ello hay que añadir el servicio doméstico y artesanos laicos que formaban la «mesnada», la «gente» del Temple. Este personal doméstico era muy numeroso. Así, en Baugy, en la región de Calvados, incluía un pastor, un boyero, un porquerizo, un guardián de aves de corral, un forestal, dos porteros y seis labradores. Por supuesto, la composición de estos grupos dependía de las explotaciones y de la importancia de las tierras poseídas, puesto que a veces los templarios tenían que administrar superficies grandes como un semidepartamento, con haciendas diseminadas, aldeas fortificadas, capillas múltiples que había que servir, etcétera.

En la administración de los bienes de la Orden, el ecónomo o recaudador podía estar ayudado en su labor por un lugarteniente o por un cillerero.

Aunque los templarios sabían emplear métodos racionales, ello no era óbice para que no se mostraran pragmáticos y no se adaptaran a las costumbres locales. Esto era tanto más necesario cuanto que empleaban una mano de obra instalada in si