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Los templarios heréticos

Las acusaciones de herejía

Volveremos más adelante sobre el desarrollo del proceso, pero es preciso analizar desde este mismo momento una de las acusaciones más terribles lanzadas contra la Orden del Temple: la de herejía.

Felipe el Hermoso redactó personalmente una requisitoria que había a continuación de ser leída en todas las iglesias del reino a fin de explicar a los fieles las razones del arresto de los templarios. El rey fingía indignación y escribía:

Algo amargo, algo deplorable, algo sin duda horrible sólo de pensarlo, terrible de oír, un crimen detestable, una fechoría execrable, un acto abominable, una infamia espantosa, algo absolutamente inhumano, mucho más, ajeno a toda humanidad, ha resonado en nuestros oídos, gracias a la información que me han facilitado varias personas dignas de confianza, no sin dejarnos completamente estupefactos y hacernos temblar con un violento horror; y, sopesando su gravedad, un dolor inmenso se acrecienta en nuestro interior tanto más cruelmente cuanto que no cabe duda de que la magnitud del crimen llega a constituir una ofensa para la propia majestad divina, una vergüenza para la Humanidad, un pernicioso ejemplo del mal y un escándalo universal.

¿No se diría un texto de Madame de Sévigné, aunque menos elegante? Felipe el Hermoso proseguía hablando de bestialidad, de abandono de Dios, etc. Añadía:

No hace mucho, por medio del informe que unas personas dignas de toda confianza nos hicieron, se nos hizo saber que los hermanos de la milicia del Temple, verdaderos lobos con piel de cordero y, bajo el hábito de la Orden, insultando miserablemente a la religión de nuestra fe, crucifican nuevamente en nuestros días a Cristo Nuestro Señor, ya crucificado para la redención del género humano, y le cubren de injurias más graves que las que sufriera en la cruz, cuando, a su entrada en la Orden y en el momento en que hacen profesión de fe, se les presenta su imagen y que, por una desgraciada, ¿qué digo?, una miserable ceguera, reniegan tres veces de él y, por una horrible crueldad, le escupen tres veces a la cara; tras lo cual, despojados de las vestiduras que

llevaban en la vida seglar, desnudos, en presencia de aquel que les recibe o de su sustituto, son besados por él, de acuerdo al odioso rito de su Orden, en primer lugar en la parte baja de la espina dorsal, luego en el ombligo y finalmente en la boca, para vergüenza de su humana dignidad. Y una vez que han ofendido la ley divina por medio de tan abominables acciones y actos tan detestables, se obligan, mediante voto de su profesión y sin temor a ofender a la ley humana, a entregarse unos a otros, sin negarse, cuando se les requiera a ello, a la realización del vicio de un horrible y espantoso concubinato. Y es por ello por lo que la cólera de Dios cae sobre estos hijos de la impiedad. Esta gente inmunda ha renunciado a la fuente de agua viva, sustituye su gloria por la estatua del Becerro de Oro e inmola a los ídolos.

Tras lo cual, el rey, justificándose de antemano, aseguraba que no había dado crédito a unas habladurías, afirmaba contar con elementos suficientes para proferir tales acusaciones, y daba las órdenes oportunas para su arresto.

Lo esencial de las quejas estaba contenido en este texto, aun cuando el proceso debía añadir algunas fiorituras. Dejemos de lado por el momento la acusación de sodomía para centrarnos en el escupitajo a la cruz y la renegación de Cristo. Y, sin embargo, los templarios no parecían considerarse herejes. No negaron haber cometido faltas, considerando por otra parte que ello es algo inherente a la condición humana. ¡Pero, herejes, no! Y sobre todo no una herejía de la Orden entera.

¿Fue todo ello pura invención? Seguramente tampoco. En realidad, las cosas no son tan simples como parecen y ellos mismos reconocían que algunas partes de su ritual podían prestarse a determinadas interpretaciones, pero, en su opinión, era sólo porque no se sabía ya muy bien a qué correspondían estos elementos y, en cualquier caso, sus corazones permanecían puros.

Las confesiones

Lo cierto es que su ritual contenía puntos sobre los cuales conviene hacerse algunas preguntas. En efecto, las declaraciones de los mismos dignatarios no dejan de resultar sorprendentes.

Interrogado, el 24 de octubre de 1307, el Gran Maestre de la Orden, Jacques de Molay, declaró que en el momento de su recepción, en Beaune, le fue presentada una cruz de bronce en la que estaba la imagen de Cristo y se le pidió que renegara de esta imagen y escupiera sobre la cruz. El así lo hizo, pero, afirma, se las arregló para escupir a un lado.

Interrogado tres días antes, Geoffroi de Charnay, preceptor de Normandía, había declarado:

que después de que fuera recibido y se le hubiera puesto el manto al cuello, le trajeron una cruz en la que estaba la imagen de Jesucristo y el mismo fraile que le recibió le dijo que no creyera en aquel cuya imagen estaba representada en ella, porque era un falso profeta y no Dios. Y entonces aquel que le recibió le hizo renegar de Jesucristo tres veces, de palabra, no de corazón, según dijo. (36)

36() Las citas de los interrogatorios provienen de las traducciones realizadas por

Hugues de Pairaud, visitador de Francia, hizo una declaración análoga en lo que se refiere a su propia recepción y añadió que, cuando acogía a nuevos hermanos en la Orden, hacía traer una cruz y les decía:

que era preciso, en virtud de los estatutos de la antedicha Orden, renegar tres veces del Crucificado y de la cruz y escupir sobre ella y sobre la imagen de Jesucristo, diciendo que, aunque él así se lo ordenaba, no lo hacían de verdadero corazón. Requerido a declarar si había encontrado a algunos que se negaran a hacerlo, dijo que sí, pero que acababan por renegar y por escupir. Geoffroi de Gonneville, preceptor de Aquitania y de Poitou, declaró haberse negado a plegarse a este rito. El que le recibía, Robert de Torteville, Gran Maestre de Inglaterra, le dijo entonces que si juraba sobre los Evangelios decir a los hermanos que pudieran interrogarle que había escupido verdaderamente, no le obligaría a hacerlo. Geoffroi de Gonneville juró y Robert de Torteville le hizo a pesar de todo escupir, pero interponiendo su mano delante de la cruz. Según él, estas costumbres habían sido introducidas en la Orden por un Gran Maestre que había sido prisionero del sultán. (37) Algunos pretendían que se trataba de una de las malas y perversas

introducciones en los estatutos de la Orden del Maestre Roncelin o incluso del Maestre Thomas Bérard.

Hubo también templarios que negaron rotundamente estas prácticas, que no eran probablemente la regla general. Algunos historiadores han pensado que las declaraciones que hemos citado fueron obtenidas bajo tortura y carecen de todo valor: por otra parte, Jacques de Molay se retractó de sus confesiones. Es cierto que numerosos frailes tuvieron que decir lo que fuera para que se les dejara de atormentar, pero ¿qué pensar de la multitud de confesiones que no fueron obtenidas bajo presión?

No podemos dejar de observar que setenta y dos templarios oídos por el papa — como Jacques de Molay y los dignatarios, así como aquellos que fueron interrogados en Alemania y en Inglaterra— reconocieron haber renegado de Cristo y escupido sobre la cruz. Dependiendo de los lugares, se renegó y escupió ya una o tres veces, pero por doquier encontramos confesiones similares, a pesar de que los templarios dijeron haberlo hecho «de palabra y no de corazón». Hermanos que no fueron torturados y no tenían motivos para temer serlo, confesaron. Tal fue el caso en Florencia, donde los comisarios actuaron sin hacer uso de la fuerza, directamente en nombre del papa, o de otros en Inglaterra, en Sicilia, en Pisa, en Ravena, donde no se ejerció ninguna violencia.

Además, en todos estos lugares, las confesiones difieren un poco unas de otras, aportando toques personales. De haber sido obtenidas por medio de la astucia o de la fuerza, hubieran correspondido a un modelo estándar. Ahora bien, estuvieron acompañadas de observaciones, a veces ingenuas y bastante «vividas» que les confieren un carácter de veracidad. No encontramos ese tipo de exageraciones comunes a los métodos de la Inquisición, que no duda en recurrir al espantajo del diablo para convencer así mejor a continuación a las multitudes de lo justo de los procedimientos teniendo en cuenta lo abominable de las confesiones. En tales condiciones, no cabe ninguna duda: numerosos templarios fueron obligados a escupir sobre la cruz y a renegar de Cristo en el momento de entrar en la Orden. Se trata de una verdadera barbaridad: ¿cómo pudieron renegar unos monjes de Cristo en masa, y por qué razón?

Está claro que no se percibe ningún compromiso herético profundo, ningún apego a una doctrina que renegaría de Cristo, entre esos templarios que sin embargo confiesan. De haber sido realmente herejes, algunos de ellos habrían estado dispuestos a sufrir el martirio por sus creencias, para defender su doctrina. Ahora bien, no hay nada de ello, ni rastro de militancia. Y sin embargo estos elementos rituales son reales. Los hermanos parecen haberlos vivido como una especie de rito sin mayor importancia, una costumbre a la que era preciso someterse, con pasividad, y no verse afectados en exceso por ella. Ello significa muy verosímilmente que, en los tiempos finales de la Orden, el sentido de tales ritos no era ya conocido ni explicado, e incluso estaba acaso pervertido. Lo que habían podido contener de iniciático había dejado paso nada más que a una práctica carente de significado real.

La recepción en la Orden

El ceremonial de recepción en la Orden era en principio fijo y no parecía susceptible de crítica.

Uno se convertía en caballero del Temple como sigue. Era preciso aceptar todo un período de prueba antes de ser recibido. Aparte de que la respuesta no llegaba de inmediato, el postulante debía pasar por un período probatorio que podía durar varios meses, período durante el cual se le imponían tareas duras y pesadas. Tenía que aprender así que no entraba en la Orden por los honores, sino para servir. «Non nobis Domine, no nobis sed nomini tuo da gloriam», decía la divisa de la Orden.

Cuando la decisión de aceptar al postulante era, finalmente, tomada, se reunía el Capítulo para acogerle. La ceremonia de recepción tenía lugar de noche, como los misterios antiguos. El postulante esperaba afuera, flanqueado por dos escuderos que portaban antorchas. En ocasiones tenía que esperar largo rato de este modo. Entretanto, el comendador preguntaba a los hermanos si algunos de ellos pensaban que era su deber oponerse a la iniciación del nuevo recluta. Si nadie decía nada, se le mandaba a buscar y se le introducía en una estancia próxima al Capítulo. Allí se le preguntaba si realmente deseaba convertirse en templario. Ante su respuesta positiva, se le advertía de lo dura que sería su vida, que debería obedecer ciegamente, costase lo que costase, en qué penas incurriría si violaba los reglamentos extremadamente estrictos de la Orden. Si el suplícente persistía, sus respuestas eran referidas al Capítulo. El comendador preguntaba entonces si todos estaban de acuerdo en acoger al neófito y el Capítulo respondía: «Hazle venir, de parte de Dios». El nuevo hermano era conducido ante la asamblea reunida y decía:

Señor, he venido ante Dios, ante vosotros y ante los hermanos, y os ruego, y os requiero por Dios y por Nuestra Señora, que me acojáis en vuestra compañía y en las buenas obras de la Casa, como aquel que para siempre quiere ser siervo y esclavo de la Casa.

El comendador pasaba a explicarle entonces lo que su petición implicaba como compromiso y renuncia:

Gran cosa me pedís, buen hermano, pues no veis de nuestra religión más que la corteza que la recubre. Pues la corteza es tal que no veis sino el hecho que tenemos hermosos caballos y hermosas vestiduras, y así os parece que estaréis a

gusto. Pero desconocéis las grandes exigencias que ello encierra: pues es algo grande que vos, que sois señor de vos mismo, os convirtáis en siervo de otro. Pues difícilmente haréis nunca lo que deseéis: si queréis estar en la tierra que está de este lado del mar, se os mandará del otro: si deseáis estar en Acre, se os mandará a tierras de Trípoli, o de Antioquía, o de Armenia: o se os mandará a Apulia o a Sicilia, o a Lombardía, o a Francia, o a Borgoña, o a Inglaterra, o a otras tierras donde tenemos nuestras casas y posesiones. Y si queréis dormir, se os hará velar; y si a veces queréis velar, se os mandará ir a reposar a vuestro lecho... Cuando estéis en la mesa, y queráis comer, se os mandará ir adonde sea y no sabréis nunca dónde. Muchas veces habréis de oír que se os reprende. Ahora, considerad, buen hermano, si os véis capaz de sufrir todas estas penalidades.

Ante la aceptación del postulante, se añadía:

Buen hermano, no debéis pedir la compañía de la Casa para tener señoríos y riquezas, ni para buscar ninguna comodidad para vuestro cuerpo, ni tampoco ningún honor. Sino que la debéis pedir por tres cosas: una para evitar y abandonar el pecado de este mundo; la otra para prestar servicio a nuestro Señor; y la tercera para ser pobre y hacer penitencia en este siglo a fin de salvar vuestra alma; y tal debe ser la intención por la cual la debéis pedir.

Varias veces más, se le preguntaba de nuevo al postulante si persistía en querer entrar en la Orden. Luego se le hacía salir y una vez más el Capítulo era consultado a fin de emitir por última vez su opinión sobre el candidato. Acto seguido se hacía entrar de nuevo al que iba a convertirse en un nuevo hermano del Temple.

Todos los asistentes se ponían en pie y rezaban mientras que el capellán recitaba la oración del Espíritu Santo. El comendador planteaba entonces seis preguntas al candidato. En primer lugar, si estaba casado o célibe. De hecho, se llegó a aceptar a algún hombre casado. Tenía entonces que comprometerse a que sus bienes fueran a parar a la Orden tras su muerte y su mujer debía consentir a ello. Hay que señalar también, aunque ello fuese raro, que hubo casos de mujeres que entraron en la Orden. Por supuesto, estas monjas templarías no eran guerreras y vivían aparte de los frailes. Esto no fue permitido sino para recibir donaciones y el peligro de una tal situación no escapó a nadie; la experiencia no tuvo continuidad y se precisó:

De aquí en adelante no sean aceptadas damas por hermanas.

Citemos a título de ejemplo el monasterio de mujeres templarías que existía en Combe-aux-Nonnains, en Borgoña, y que dependía de la encomienda de Épailly. Citemos también la afiliación de la madre Inés, abadesa de Camaldules de Saint-Michel del Ermo, y de toda su comunidad, a la Orden de los Templarios. Señalemos igualmente casos similares en Lyon, Arville, Thor, Metz, etcétera.

Pero volvamos a nuestro postulante. Se le preguntaba también si tenía deudas que no pudiera satisfacer, si pertenecía a otra Orden, si estaba sano de cuerpo, si había sobornado a alguien para entrar en la Orden, si era noble (para ser caballero) o al menos hombre libre (para ser paje de armas), si era sacerdote, diácono o subdiácono, y si sufría de excomunión (aunque esto no fue durante mucho tiempo un impedimento).

Luego se le recordaba una vez más la dejación que debía hacer de su libre albedrío:

Ahora bien, buen hermano, escuchad bien lo que os decimos: prometed a Dios y a Nuestra Señora que, todos los días de vuestra vida, seréis obediente al Maestre del Temple y al comendador bajo cuyas órdenes se os destine.

Entonces, los juramentos se encadenaban, hechos todos ante «Nuestra Señora la Virgen María» y destinados a inculcar en el espíritu del postulante el hecho de que no era ya dueño de sí mismo. Pronunciaba los votos de obediencia, de castidad, de pobreza, de fidelidad a la Regla. Se le hacía jurar que contribuiría a recuperar Tierra Santa por las armas, que no abandonaría el Temple para entrar en otra Orden, que haría caso omiso de la maledicencia y de la calumnia. ¿Existía el temor a que prestara oído atento a lo que en ocasiones se murmuraba acerca de las prácticas de la Orden?

Luego el comendador «recibía» al nuevo hermano y le prometía «pan, agua y las pobres vestiduras de la casa, y esfuerzo y trabajo suficiente». Le pasaba el manto de la Orden por los hombros y lo ataba con los cordones. El capellán leía un salmo que decía: «¡Qué hermoso y agradable espectáculo ofrecen los hermanos cuando viven unidos!», y proseguía con la oración del Espíritu Santo. El comendador daba al nuevo templario el beso de la paz, besándole en la boca, lo cual era la costumbre de la época. La ceremonia había terminado.

Un secreto bien guardado

Había en esta recepción todos los elementos para sensibilizar al postulante en cuanto a la importancia de su compromiso y para solemnizarlo. Pero costaría descubrir en ella elementos iniciáticos y menos aún heréticos. En cualquier caso, nada que tuviera que ver con las confesiones de las que hemos hablado. Esto significa, evidentemente, que esta ceremonia «oficial» debía incluir unos añadidos que lo eran menos.

Sabemos, según los testimonios, que la recepción tenía lugar de noche. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que desarrollarse a puerta cerrada, con centinelas velando en torno a los edificios? ¿Por qué se reclamaba una discreción absoluta sobre el desarrollo de las reuniones? ¿Por qué se había castigado, incluso condenado a las mazmorras, a unos hermanos que se habían rebelado contra el desarrollo de la ceremonia de recepción? ¿Existían realmente elementos de ritual distintos de los descritos oficialmente y, en caso afirmativo, a partir de qué época?

En el momento del proceso, el abogado Raoul de Presles afirmó haber obtenido del templario Gervais de Beauvais una revelación importante según la cual:

había en la Orden un reglamento tan extraordinario, y sobre el cual debía guardarse un tal secreto, que todos habrían preferido que les cortaran la cabeza antes que revelarlo.

En el Capítulo general hay una práctica tan secreta que, imaginaos, por desgracia, que algún extraño fuera testigo de ella, aunque fuese éste el rey de Francia en persona, pues bien, los señores del Capítulo, sin temor ninguno al castigo, darían muerte a este testigo y no tendrían la menor consideración por su rango.

Raoul de Presles afirmaba igualmente que Gervais de Beauvais poseía un ejemplar de los estatutos secretos de la Orden y que no lo habría mostrado a nadie por todo el oro del mundo.

¿Se trataba de esa Regla de la que Jacques de Molay habría hecho destruir unos ejemplares poco tiempo antes de su arresto?