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El misterio del baphomet

Las pretendidas prácticas obscenas de los templarios

Si hemos de creer las acusaciones lanzadas en su contra, los templarios habrían coqueteado con ese mundo del revés cuyo príncipe es el demonio, universo de la negación y de los valores invertidos. En cierto modo, en tanto que inversión, la acusación de sodomía de la que fueron objeto les unía en la concepción de la época a un culto satánico.

La sodomía como práctica corriente entre hermanos de la Orden es una acusación que ha sido muy a menudo y ampliamente comentada. La importancia que se le ha dado haría pensar que algunos la consideraban menos como una desviación que como un verdadero elemento de culto. Ahora bien, conviene precisar no obstante que la mayor parte de las confesiones fueron obtenidas bajo tortura y que nada hace pensar en unas ceremonias organizadas a este respecto. Se trataba de comportamientos individuales, que no sabemos si eran tolerados o no por la Orden, y no una constante de ésta. Adelantémonos a decir que, oficialmente, esta práctica era duramente castigada de ser comprobada. Además, la Orden se había organizado más bien a fin de impedir tales actuaciones, pero sobre todo a fin de no estimularlas. Así, cuando descansaban en sus dormitorios comunes, los templarios estaban obligados a conservar bragas y calzones. Una luz debía brillar toda la noche para evitar que en la oscuridad...

Es sorprendente que, incluso bajo tortura, algunos caballeros se hubieran negado a reconocer este vicio. Muchos de ellos declararon que, en el momento de su ingreso en la Orden, esta práctica les había sido señalada como permitida. El hermano Mathieu de Bois-Audemar precisaba:

El [el que le recibía] me dijo que si alguna calentura me incitaba a ejercer mis instintos viriles, hiciera acostar a alguno de los hermanos conmigo y tuviera comercio carnal con él; y que, del mismo modo, yo debería permitirlo a la recíproca a mis hermanos.

La mayoría testimoniaron en este sentido, pero declaraban igualmente no haberlo hecho jamás y no haber sido requeridos a hacerlo por otros hermanos. Los que confesaron esta práctica bajo tortura, se retractaron de sus declaraciones tan pronto como el temor al suplicio se hubo alejado. Así, Ponsard de Gisy, que declaró

incluso que el cargo achacado a la Orden de «dar licencia a los hermanos de unirse carnalmente (era) falso» y que no lo reconoció más que bajo coacción y forzado.

Por otra parte, resulta curioso constatar que incluso los que reconocieron alegremente haber renegado de Cristo se defendieron encarnizadamente contra la acusación de uranismo. Esto prueba hasta qué punto la sodomía causaba horror a la mayor parte de ellos y en tales condiciones no se concibe cómo habría podido ser una práctica generalizada en el Temple. Sin duda, como en toda Orden religiosa, hubo quienes se tomaron familiaridades a este respecto, pero las verdaderas confesiones fueron raras. Raoul de Tavernay declaró, desengañado:

Habia que tolerarlo, debido al calor del clima de ultramar.

Guillaume de Varnage dio una explicación muy distinta. Pretendía que este vicio era tolerado, aunque contra natura, únicamente con los más jóvenes, y ello a fin de que no se sintieran tentados a frecuentar a mujeres del exterior. Se habría temido que revelaran en la intimidad del lecho los secretos ile la Orden.

Más cargada de consecuencias fue la declaración de Guillaume de Giaco, fámulo del Gran Maestre. Este reconoció haber satisfecho «una vez», en Chipre, las exigencias de Jacques de Molay. Hugues de Narsac abundó en ello al declarar que Molay acostumbraba entregarse a estas prácticas. Sin embargo, el Gran Maestre, que confesó un poco lo que se quiso bajo tortura, no aceptó jamás el reconocer este vicio.

Podemos afirmar aquí, sin temor a ser tachados de exageración, que, aunque se pudieron comprobar determinados casos de uranismo en la Orden del Temple, debieron de darse éstos también entre los hospitalarios y los teutónicos. Por lo que concierne a estos últimos, baste con citar la obra de Henryk Sienkiewicz La cruz, más conocida en Francia con el título de Los caballeros teutónicos. En una escena ciertamente carente de emoción pero en absoluto de precisión, Siegfried, el Gran Maestre, personaje retorcido y escandaloso, se empeña en discutir acerca del rapto de una jovencita con su protegido:

Tras la partida de Bergow, Siegfried hizo salir también a las dos novicias, pues quería permanecer a solas con el hermano Rotgier, al cual amaba con amor verdaderamente paterno. Se hacían incluso, en la Orden, diversas suposiciones acerca del origen de este afecto excesivo, pero nada más se sabía al respecto... Es probable, puesto que, cuando Rotgier muere en un combate de hombre a hombre, Siegfried se vuelve loco de dolor y hace torturar vilmente a Jurand, cuya hija ha capturado.

Este amor apasionado y terrible es presentado más claramente aún en dos escenas de la admirable película de Alexandre Ford de 1959 basada en la obra de Sienkiewicz. En ellas, no cabe ya ninguna duda.

Templarios homosexuales sin duda los hubo, pero conviene no generalizar y está absolutamente descartado, además, hacer de ello un elemento ritual cualquiera. Ahora bien, la Inquisición y a veces la opinión pública acostumbraban, en la época, asociar las nociones de herejía y de desviaciones sexuales. Así, el término de bougre (bribón), que designaba a los cátaros en las doctrinas originarias de Bulgaria, servía asimismo para indicar que un individuo era sodomita.

De ahí a que los inquisidores desearan meter en el mismo saco a los templarios no hay más que un paso. Tanto más cuanto que se basaban a pesar de todo en algunos elementos sospechosos. La homosexualidad era bastante corriente en los

países del Levante y, después de todo, los templarios bien habrían podido sufrir su contagio. Algunos incluso habían creído ver en la presencia de dos caballeros sobre un mismo corcel, en el sello de la Orden, un signo equívoco. Pero sobre todo estaban los ósculos recibidos por el neófito en el momento de la recepción del nuevo templario. El que recibía al neófito llevaba a éste generalmente aparte y le pedía que le diera tres ósculos: en la base del espinazo, en el ombligo y en la boca. A veces, era él quien besaba así al reclutado novel.

Mucho se ha debatido acerca de este rito ampliamente reconocido por los hermanos, incluso sin necesidad de tormento. Hay que ver, sin duda, en ello un sentido simbólico. En el curso de una ceremonia iniciática, el ósculo en la boca podía manifestar la transmisión del aliento y de lo espiritual. El ósculo en el ombligo (a veces en el sexo) habría permitido comunicar la fuerza creadora, el impulso vital. En cuanto al tercero, en el ano, algunos ven en ello el punto de partida de es a energía que los místicos orientales denominan kundalini y que debe animar uno tras otro los chakras del ser. Es obvio que ello no permite deducir que los templarios habrían podido practicar, sin embargo, un culto de Extremo Oriente. Pero su ritual podría estar relacionado con descubrimientos similares concernientes a la circulación de energías sutiles en el cuerpo.

Sin embargo, tal como cree Jean Markale, acaso sea Rabelais quien nos proporciona la mejor hipótesis. Para ello I iay que remitirse a su diálogo entre Humevesne y Baisecul en Pantagruel. Jean Markale indica:

Hay en toda la obra de Rabelais una voluntad deliberada de insistir en el valor de los aires, y especialmente en las ventosidades. Los espíritus delicados considerarán que se trata de simple escatología, pero deberían darse cuenta sin embargo del significado simbólico de los aires inferiores que proceden del mundo subterráneo, o dicho de otro modo, de la mina de donde se extrae la materia prima de los filósofos, aquella que, a fuerza de operaciones y de transformaciones, se convierte en la piedra filosofal, o digamos, de la pura luz del espíritu.

Si Jean Markale está en lo cierto, entonces es dentro del simbolismo de un ritual donde habría que inscribir estos ósculos, pero lo menos que puede decirse, una vez más, es que su sentido no era comprendido ya por los últimos templarios.

Realidad del baphomet

El artículo 46 del acta de acusación manifestaba:

Que en todas las provincias tenían ídolos, es decir, cabezas en algunos casos con tres caras y en otros con una sola, y se encontraban algunas de ellas que tenían un cráneo de hombre.

El artículo 47 precisaba:

Que en las juntas, y sobre todo en los grandes Capítulos, adoraban al ídolo tal como si fuera Dios, como si fuera su Salvador, diciendo que esta cabeza podía

salvarles, que concedía a la Orden todas las riquezas y que hacía florecer los árboles y germinar las plantas de la tierra.

Guillaume Paris les pidió a los inquisidores que interrogaran a los caballeros a este respecto y más concretamente en lo que concernía a un «ídolo que tiene la forma de una cabeza de hombre con una gran barba».

Efectivamente, algunos templarios testimoniaron acerca de este punto. Sus manifestaciones no concuerdan en absoluto y hacen pensar que no había una sola y única cabeza. Unos la vieron barbuda, otros la creyeron tallada o afirmaron que se trataba de un simple cráneo.

Régnier Larchant pretendía haberlo visto una docena de veces, «con ocasión de los Capítulos; en particular en París, el martes después del último día de San Pedro y San Pablo». Afirmaba:

Es una cabeza, con una barba. La adoran, la besan y la llamaban su Salvador (...). No sé dónde la guardan. Tengo la impresión de que es el Gran Maestre, o bien el que preside el Capítulo, quien la conserva en su poder.

Más tarde, volvió a precisar que exteriormente era de muelera plateada y dorada, y que tenía una barba o una especie de barba.

Jean Cassanhas, natural de Toulouse, la describió recubierta de una «especie de dalmática» y de cobre amarillo. Oyó que hablaban de demonio al referirse a ella y le dijeron:

He aquí un amigo de Dios que conversa con Dios cuando quiere. Dadle las gracias de que os haya conducido a esta Orden tal como deseabais.

Aunque uno la vio de plata, con una barba, volvió a ser dorada en el testimonio de Gaucerand de Montpezat, para quien tenía «la forma barbuda» de un hombre, hecha «con la í¡gura de baffomet» (¿n figuram baffometi) y que era indispensable para que el caballero pudiera salvarse.

Jean Taillefer habló de una figura humana colocada sobre el altar de la capilla con ocasión de su recepción, y Raymond Rubey dijo que estaba pintada en una pared, en forma de fresco. Jean de Tour la vio pintada también, pero en un i rozo de madera, y «la adoró en el transcurso de un Capítulo, al igual que los demás».

Raoul de Gisy aportó algunas precisiones:

He visto la cabeza en siete Capítulos distintos: se asemeja al rostro de cierto demonio, del Maldito; y todas las veces que ponía los ojos en ella, se apoderaba de mí tal espanto que apenas si podía mirarla; esta cabeza era adorada en los Capítulos.

En otra ocasión, precisó que esta cabeza fue extraída de un saco. Se le dijo que adorar este ídolo era una pésima acción. El respondió:

Mucho peor habían actuado renegando de Jesús, por lo que ahora bien podían adorar a la cabeza.

Pero era evidente que estos templarios que asistían a un ritual secreto tomado del mundo de la magia no comprendían gran cosa de lo que sucedía en él.

Algunos no la habían visto jamás, «pues no asistían a los Capítulos generales», tal como era el caso de Mathieu de Bois-Audemar y Pierre de Torteville. Otros no

habían oído hablar incluso nunca de ella, como Geoffroi de Gonneville. Guillaume de Herblay declaró:

En cuanto a la cabeza, la vi con ocasión de dos Capítulos celebrados por el hermano Hugues de Pairaud, visitador de Francia. Vi a los hermanos adorarla. Yo aparentaba adorarla también; pero nunca de corazón. Creo que es de madera, plateada y dorada exteriormente (...) tiene una barba o una especie de barba.

Para el hermano Barthélémy Boucher, se asemejaba a una cabeza de templario, «con un gorro, una larga barba blanca». André Armani le vio tres rostros, otro no le concede más que dos. A uno le contaron que era la cabeza de una de las once mil vírgenes, pero no lo creyó puesto que la cabeza era barbuda por uno de los lados y presentaba un aspecto aterrador, observación que encontramos, por lo demás, con frecuencia. Se la adoraba, por así decirlo, al grito de «¡Y, Alá!», idénticamente a los musulmanes. Guillaume Bos la vio de madera, de color blanco y negro como el estandarte del Temple. Arnaud de Sabatier la creyó también de madera.

Un caballero del Mediodía, Déodat Jaffet, vio que su preceptor le presentaba una cabeza. Esta tenía tres rostros. Le habían dicho: «Debes adorar esto como a tu Salvador y el Salvador del Temple», y el preceptor había añadido: «Bendito sea el que salve mi alma».

Petrus Valentini, que no era sin embargo más que hermano lego, habría visto en tres ocasiones el ídolo durante su recepción, en Santa Marie i Capita y en Castro Araldi. Todas las veces los hermanos veneraron la cabeza como si de Dios se tratara, pues proporcionaba a la Orden su riqueza y tenía poder para salvarla. La que le fue mostrada a Castro Araldi es, por otra parte, descrita por Vivolus como blanca, con el rostro de un hombre.

Bernard de Selgues afirmaba que la cabeza era guardada en Montpellier, (51) que

estaba vinculada al diablo y que apanda a veces bajo la forma de un gato que les hablaba. Es también bajo la imagen de un gato (y de una mujer) que Bertrand de Sylva vio al ídolo, pero Eudes Baudry mencionó un cerdo de bronce. Para otros fue un becerro. En cualquier caso, su llegada era la promesa de abundantes cosechas, de dinero, de oro, de salud y de toda clase de bienes temporales.

Las prácticas que acompañaban las apariciones de la cabeza no parecían tampoco ser uniformes. Con la capucha echada hacia atrás, los hermanos besaban al ídolo tal como se besan las reliquias y le decían: «Deus adjura me». Luego se tumbaban en el suelo para adorarla. «Adorad esta cabeza, pues es vuestro Dios, es vuestro Mahoma», decían algunos, y la comparaban a una vieja momia «de ojos brillantes como la claridad del cielo», como «piedras preciosas que iluminaban el Capítulo».

He aquí muchos elementos dispares, pero algunos pueden explicarse. En primer lugar, hubo ciertamente varias cabezas. Por otra parte, se observan algunos puntos que aparecen regularmente: el metal o la madera o, mejor dicho, ambos asociados. Está también la vellosidad. Si se da el caso de que la cabeza no sea barbuda, es porque tiene dos caras, una de ellas lampiña. Señalemos también que conversa con Dios, que proporciona la riqueza a imagen de un cuerno de la abundancia, que es el Salvador y que quienes miran su rostro se sienten aterrados por él.

51() Algunos piensan que había escondido un baphomet en una de las casas que la

Baphomets verdaderos y falsos

Los inquisidores trataron de reencontrar esas misteriosas cabezas. El 11 de mayo de 1307, la comisión convocó a Guillaume Pidoye, administrador y guardián de los bienes del Temple y, en calidad de tal, poseedor de las reliquias y arcas requisadas con ocasión del arresto de los templarios en París. Se le rogó, así como a sus colegas, Guillaume de Gisors y Raynier Bourdon, que presentaran ante los comisarios todas las figuras de metal y de madera que hubieran podido coger. No había más que una que pudiera presentar cierto interés en el contexto de la investigación. Se trataba de un busto de mujer, dorado, especie de relicario que contenía un cráneo, envuelto en «syndron rouge» y que llevaba una etiqueta con la inscripción «Caput L VIII m» (cabeza 58 m). Estamos lejos de las descripciones del baphomet, aun cuando pueda relacionarse este cráneo con la figurita femenina de la que habla el caballero Pierre Girald de Marsac. El que le había recibido en la Orden se la habría sacado de debajo de sus vestiduras diciéndole que confiara plenamente en ella a fin de que todo fuera bien.

La Crónica de San Dionisio menciona un curioso objeto encontrado en el Temple de París, «un viejo trozo de piel, que parecía totalmente embalsamado, como una tela brillante, y que tenía en sus órbitas carbúnculos centelleantes como la luz del Paraíso». Esto nos recuerda algo, pero aparte de ello, no tenemos gran cosa en concreto a que hincarle el diente.

Generalmente, las obras consagradas al Temple tienen por costumbre representar al baphomet como un diablillo barbudo y hermafrodita. Sus pechos de mujer, su sexo viril y sus alas membranosas de murciélago se han vuelto indisociables del término baphomet, y sin embargo ello no tiene estrictamente nada que ver con lo poco que se sabe merced a los testimonios. Esta descripción imaginaria es debida a una asimilación. Los ocultistas del pasado siglo decidieron, basándose o no en algunas tradiciones, que el pequeño demonio que adornaba la portada de la iglesia de Saint-Merri, no lejos de la torre Saint-Jacques, en París, no era otra cosa que un auténtico baphomet templario. ¿Es porque el lugar se halla cerca del antiguo recinto del Temple por lo que se decidió así?

Se trata, en cualquier caso, de un pequeño demonio tallado, de treinta centímetros de alto y que destaca en el lugar normalmente reservado a Cristo en la gloria: el pináculo de la portada central. Por desgracia, la iglesia de Saint-Merri, tal como puede verse hoy, no data sino del siglo XVI. Fue edificada entre 1530 y 1612, agrandada en 1743 y restaurada en 1842. Lo necesitaba, pues los revolucionarios la habían transformado sucesivamente en «Templo del Comercio» y en «Templo teofilantrópico», antes de devolverle su carácter de lugar de culto católico en 1803. Las diversas campañas de trabajos son de todos modos demasiado recientes para que la estatuilla pudiera ser un verdadero baphomet. Por otra parte, el clero local afirma que esta estatuilla en escayola no data sino de comienzos del siglo XIX, época en que habría ocupado el lugar de un Jehová primitivo. Para otros, el baphomet sería «auténtico», pero habría sido colocado allí tardíamente.

En 1870, a petición del ministro de Bellas Artes, M. de Ronchaud hizo una descripción pormenorizada del edificio, para el inventario general de las riquezas nacionales:

En 1842 se colocó bajo el doselete de las arquivoltas una doble fila de estatuillas que representan a unos personajes sentados. Dichas estatuillas son copias en escayola sacadas de la decoración de la puerta sur del transepto de Notre-Dame. Son obras del siglo XIII. El pequeño demonio que vemos en un