Los templarios en contacto con dos mundos
Los templarios fueron acusados a menudo de haberse convertido al islam. Hemos visto que el término baphomet había sido relacionado con el nombre del profeta. Y sin embargo la Orden fue sin duda virgen de toda traición a este respecto. Ello no es óbice para que la actitud de los templarios con respecto a sus enemigos —de aquellos que consideraban a los cristianos como infieles, de esos musulmanes cuya misión consistía en combatir— no fuera siempre comprendida. Se les reprochó confraternizar con el adversario.
Al entrar en Jerusalén, los cruzados habían causado una inmensa masacre de infieles. Los templarios no aplicaron jamás tales métodos. Entrar en un país por la fuerza es una cosa, mantenerse en él otra muy distinta y no cabe en absoluto esperar un resultado feliz de una ocupación que se hace en medio del desprecio de las poblaciones locales. Desde el comienzo, la Orden lo había comprendido perfectamente. Hay que decir que, contrariamente a buen número de cruzados que venían para una campaña militar y luego volvían a partir bastante rápidamente, ellos se quedaban en el lugar.
Además, se interesaron mucho por la civilización que se encontraron en Oriente. Trataron de comprenderla, de asimilar su esencia. No fueron los únicos, pues todos los occidentales que se quedaron el suficiente tiempo en el lugar sufrieron más o menos la influencia de Oriente. El clima les llevó a unas formas de vida distintas. Se acuñaron monedas bilingües con una cara en árabe a fin de facilitar los intercambios. Por ejemplo, los venecianos acuñaron en San Juan de Acre un besante de oro que llevaba concretamente el nombre de Mahoma y el año musulmán. Ello era suficiente para provocar un gran escándalo en Occidente. Numerosos cruzados estudiaron árabe y armenio. Fue especialmente el caso de la mayor parte de los Grandes Maestres de la Orden del Temple, que optaron igualmente por tener secretarios musulmanes.
Del mismo modo, en el plano jurídico, los usos del derecho musulmán sustituyeron al juicio de Dios muy practicado aún en Occidente. Se prestaba juramento sobre los diferentes libros sagrados cristianos propios de los latinos, griegos, maronitas, nestorianos o jacobitas, y sobre los textos sagrados musulmanes o judíos.
Muchos cruzados sucumbieron a los encantos de Oriente hasta el punto de casarse con musulmanas. Sus hijos, cada vez más numerosos, terminaron incluso por
constituir una verdadera comunidad cuyos miembros eran designados con el nombre de poulain.
Los templarios no manifestaron ninguna animosidad a priori contra las gentes del islam, incluso cuando combatieron contra ellas. Tuvieron, además, en sus propias tropas, auxiliares musulmanes en gran número a los que dieron el nombre de turcópolos.
Sin duda supieron apreciar también los conocimientos científicos de los árabes. La astronomía babilónica estaba mucho más adelantada que todas las demás. La Universidad de El Cairo superaba ampliamente a las de Occidente. Las más grandes y ricas bibliotecas eran islámicas. La civilización creada en el sur de España por las dinastías musulmanas convertía comparativamente en burdos a los barones francos del norte. Fue en contacto con sabios, pensadores, juristas y médicos del islam como iba a formarse la élite intelectual de Occidente. Era allí adonde iba la gente a perfeccionarse en matemáticas, en física, en astronomía, en agronomía, en filosofía. El inventor del álgebra era árabe (Khwarezmi), así como Al-Tusi, que inventó la trigonometría. Sabios como Rhazes o Avicena eran conocidos en toda Europa. Esto no podía sino despertar el respeto y la admiración de los cruzados más conscientes, y en particular de los templarios, que entraron en contacto con esta civilización tanto en España como en Oriente, mientras que en Occidente no todos los clérigos sabían escribir.
Es cierto que el respeto manifestado por los templarios hacia sus enemigos no era siempre comprendido por los toscos caballeros recién llegados de Europa.
Un día el emir Usama y el capitán turco Unur fueron a hacerle una visita a Foulques de Anjou, en Jerusalén. Usama sintió deseos de recogerse. A continuación contó lo que sucedió:
Entré en la mezquita de Al-Aqsa, que estaba ocupada por mis amigos los templarios. Al lado había una pequeña mezquita que los francos habían convertido en iglesia. Los templarios me asignaron esta pequeña mezquita para hacer mis oraciones (...). Un día entré en ella, glorifiqué a Alá. Estaba recogido en mis oraciones cuando uno de los francos se abalanzó sobre mí, me agarró y volvió mi cara hacia Oriente diciendo: «¡Es así como se reza!» Un grupo de templarios se precipitó sobre él, le aferraron y le expulsaron (...). Se excusaron conmigo diciendo: «Es un extranjero que ha llegado estos últimos días del país de los francos. Jamás ha visto orar a nadie que no esté de cara a Oriente». Yo respondí: «Ya he orado bastante por hoy». Salí, asombrado de lo descompuesto que tenía aquel demonio el rostro, de cómo temblaba, y de qué impresión había sentido de ver a alguien rezar vuelto hacia la Kaaba.
Comprensión, tolerancia, respeto mutuo, formaban parte de la filosofía de los templarios, pero de ahí a ver en ello una conversión no había más que un paso que muchos dieron demasiado deprisa. Y más teniendo en cuenta que nada de todo esto impidió a los monjes soldados estar en todos los combates, comportarse valerosamente en ellos y pagar un oneroso tributo a los guerreros de Oriente. ¡Cuántos barones francos debieron no ser vencidos gracias a la intervención providencial de los templarios que hicieron cambiar las tornas de la batalla! ¡Cuántas veces debieron de morderse los puños los cruzados por no haber querido hacerles caso!
La realpolitik de los templarios y la presunción de san Luis
En cualquier caso, los caballeros de la Orden del Temple, incluso cuando estaban convencidos de comprometerse en una táctica que no conducía sino a la catástrofe, se mostraron siempre solidarios con los demás cruzados y no les abandonaron jamás. Así fue, ante Mansura, el 8 de febrero de 1250. Habían puesto en guardia al conde de Artois, hermano del rey, previniéndole de que era una locura tratar de tomar la ciudad. El conde les tachó de cobardes. El Gran Maestre Guillaume de Sonnac palideció ante el insulto y respondió que los templarios no acostumbraban tener miedo y que le acompañarían. Pero le previno también de que ninguno regresaría probablemente con vida. Y, en efecto, fue una masacre. Los caballeros cayeron bajo las flechas y las cimitarras de los mamelucos y únicamente tres lograron escapar.
Los templarios tuvieron también que combatir la locura de san Luis, que no pensaba más que en pelear, convencido como estaba de los derechos que asistían a los ejércitos francos, y que fue el responsable de algunos de los más espectaculares desastres de estas guerras orientales. Se acostumbra a ver en este rey a un personaje adornado de todas las prendas y virtudes. ¡Qué error! San Luis, rey de la cruzada contra los albigenses y de la masacre de poblaciones del Languedoc, fue también quien se alzó contra los tratados firmados entre los templarios y el sultán de Siria. Humilló al Gran Maestre y a los dignatarios de la Orden y les obligó a pedir perdón, en presencia del ejército entero, descalzos, como a vulgares penitentes, por hacer firmado un tratado con unos enemigos. Hizo desterrar de Tierra Santa a Hugues de Jouar, que había negociado para la Orden. El fanatismo de este rey no había de tener otro efecto que arrastrar a sus hombres a la masacre y ello gratuitamente. Lo que los templarios habían sabido ganar unas veces arma en mano y otras negociando, san Luis sabía perderlo haciendo además masacrar a sus hombres. Tal como escribe Georges Bordonove:
No había muchas razones para admirar en san Luis ni al estratega, ni al diplomático: era más el príncipe de las oportunidades fallidas que un gran capitán.
Moralmente, tuvieron en ocasiones que sufrir atrozmente teniendo que pasar por cobardes cuando nunca retrocedieron, y luego viendo caer a la flor y nata de la caballería europea, porque tal barón o rey megalómano o iluminado creía que su única presencia era una garantía de victoria. ¡Cuántos templarios cayeron en combate, por nada más que por el orgullo de estos locos!...
La política de la Orden era ante todo realista. Habían comprendido que había que dividir para reinar y que, de todos modos, era imposible batirse en todos los frentes a la vez. Por otra parte, las quince plazas fuertes que poseían albergaban detrás de sus murallas a una importante población musulmana. Maltratarla hubiese sido un suicidio. Lo prudente era, pues, respetar las costumbres locales e incluso la religión musulmana, y aliarse con determinados príncipes del islam para congelar el juego al menos en un frente o en otro. Es cierto que desempeñaron a veces un papel singular de árbitros entre los reinos turcos de Siria y el califato fatimí de El Cairo.
Ello se desarrollaba siempre en el más profundo respeto mutuo. Además, los musulmanes tenían a los templarios en muy alta estima y les pedían frecuentemente que salieran fiadores de la ejecución de los acuerdos que en ocasiones firmaban con los príncipes cristianos como Ricardo Corazón de León. Hay que decir que este
último no era hombre de palabra. Así, a pesar de las negociaciones con Saladino y de los intercambios de presentes, tuvo la inelegancia de hacer pasar por el filo de la espada a dos mil quinientos prisioneros turcos.
Los templarios supieron ser fieles a sus alianzas. Firmaron, entre otros, acuerdos duraderos con Damasco, en especial para luchar contra el atabeg de Mosul. Lo esencial era impedir que todas las fuerzas del islam fueran reunidas bajo una sola mano, pues en dicho caso los cruzados no habrían podido hacerles frente.
Del bando musulmán, algunos grandes caudillos, como Nur-al-Din, intentaron esta unificación. Conscientes del peligro, los templarios ayudaron al rey Amaury I a firmar un acuerdo con el Califa en Egipto. La embajada, que incluía a Hugo de Cesarea, a Guillermo de Tiro y al templario Geoffroi Foucher, debía mucho a las negociaciones llevadas a cabo por la Orden del Temple con el visir Chawer. Así, el ejército egipcio se sumó a los francos para luchar contra Sirkuk, al que enviaba Nur-al-Din. Un hombre excepcional acompañaba a Sirkuk: Salah-al-Din, más conocido posteriormente con el nombre de Saladino.
Finalmente el conjunto de las operaciones se saldó con un tratado de paz firmado entre Amaury I y Sirkuk, y Saladino fue el huésped de Amaury durante varios días. El rey franco le prestó incluso unos navios para repatriar a sus heridos más cómodamente. Así, en 1167, como consecuencia de la campaña de Egipto, los francos pudieron presentarse como verdaderos árbitros de los conflictos regionales. Crearon una especie de protectorado franco en Egipto, dando razón a la política de los templarios.
Desgraciadamente, el rey Amaury I violó el tratado, apoderándose de una ciudad y masacrando a todos sus habitantes. Chawer se alzó entonces contra él, no dudando en emplear la táctica de poner tierra quemada por medio incendiando los arrabales de El Cairo. Los templarios se habían negado a participar en la violación del tratado y a partir de ese momento, furiosos, desarrollaron una política propia, se negaron en general a comprometerse como garantes de ningún tratado al faltar los barones francos demasiado a menudo a su palabra.
Rápidamente, Saladino se convirtió en el dueño y señor de Egipto, circunstancia que aprovechó, en 1171, para suprimir el califato fatimí de El Cairo, acabando así al mismo tiempo con el cisma religioso y reunificando todo el Oriente Próximo bajo la fe sunita, lo que los templarios querían evitar a toda costa.
La Orden buscaba de forma permanente soluciones de paz duraderas, pero ¡con qué dificultades! A mediados del siglo XIII, Armand de Périgord podía escribir al Maestre de la Orden en Inglaterra:
El sultán de Damasco y el señor del Krac han devuelto inmediatamente al culto cristiano todo el territorio de este lado del Jordán, salvo Nabulus, San Abraham y Beissen. No cabe duda de que esta situación feliz y próspera podría durar largo tiempo si los cristianos de este lado del mar quisieran a partir de ahora aceptar esta política. Pero, ay, cuántas gentes en esta tierra y en otras partes nos son contrarias y hostiles por odio y por celos. Por ello, únicamente nuestro convento y nosotros, con la ayuda de los prelados de la Iglesia y de algunos pobres barones de la tierra que nos ayudan como pueden, aseguramos la carga de la defensa.
Los reyes, tras haber galleado, dado lecciones a todo el mundo, a imitación de san Luis, regresaban a Europa salvo si habían perdido la vida sobre el terreno, de... enfermedad. A los templarios no les quedaba entonces más remedio que hacer frente a las consecuencias catastróficas de las campañas de los soberanos y reconstruir
pacientemente y con tesón lo que el orgullo regio había destruido. Verdad es que no conviene generalizar, pero en principio aquellos que no hacían más que cruzar a Oriente, con ocasión de una cruzada, resultaban más perjudiciales que útiles y, por si fuera poco, despreciaban a quienes vivían en el lugar y habían adoptado a veces algunas costumbres locales.
El riesgo de quemarse los dedos
La diplomacia de los templarios topaba con muchas dificultades en la medida en que otros distintos que ellos firmaban acuerdos con los musulmanes. Los diferentes tratados, no coordinados, no siempre eran compatibles entre sí. Surgieron conflictos, particularmente debido a la política proegipcia de los hospitalarios que se oponía a la de la Orden del Temple establecida con Damasco.
Furiosos por sus propios errores y sus derrotas poco gloriosas, algunos reyes y grandes barones no querían que se supiera cuáles habían sido las consecuencias de su impericia y de su testarudez. En tales casos, uno tiende siempre a mostrarse resentido con aquel cuya única culpa ha sido tener razón. De vuelta en Europa, algunos no se privaban de acusar a la Orden de pactar con el enemigo y de ser responsable de los problemas en Oriente. Por ello, con ocasión de su proceso, se quiso a toda costa tratar, pero sin conseguirlo, de probar que el Temple se había convertido al islam.
La atención se centró en el personaje de Gérard de Ridefort. Este fue elegido a la cabeza de la Orden en 1184 cuando el reino de Jerusalén atravesaba una grave crisis. Habiendo contraído el rey Balduino, sin heredero, la lepra, la regencia fue confiada a Guy de Lusignan. Luego Balduino se malquistó con él y designó en su lugar al conde de Trípoli. Se formaron dos partidos, dispuestos a llegar a las armas para imponer cada uno a su candidato. En el pasado, Gérard de Ridefort había esperado desposar a la hija del conde de Trípoli. Sus galanterías habían sido rechazadas. Fue entonces cuando ingresó en la Orden del Temple, pero conservó en el fondo de su corazón una herida que no conseguía cicatrizarse. Una vez convertido en Gran Maestre, la situación le brindaba una oportunidad de hacerle pagar al conde de Trípoli el desaire que éste le había infligido. Tras la muerte de Balduino V, Ridefort consiguió apartar al conde de Trípoli de la sucesión e imponer la coronación de Guy de Lusignan. Ahora bien, tal vez tenía también para hacerlo algunas motivaciones más ligadas al esoterismo. ¿No formaban los Lusignan parte del mundo mítico, igual que Godofredo de Bouillon, y ello gracias a Melusina?
En cualquier caso, la división había de favorecer los intereses de Saladino y por una vez el Temple era en parte responsable de ello. Un error táctico de Ridefort acabó mal. Saladino estuvo a punto de ser apresado, pero escapó por los pelos y finalmente fue Guy de Lusignan quien fue capturado como consecuencia de la desastrosa batalla de Hattin. Ridefort formaba parte también de los prisioneros. Fue llevado por los sarracenos junto con Renaud de Chátillon y el rey a presencia de Saladino. En su tienda ondeaba una bandera negra con la inscripción: Salah-al-Din, rey de reyes, vencedor de vencedores, es como el resto de los mortales, esclavo de la muerte. Saladino recibió suntuosamente a sus cautivos de alto rango. Le ofreció a Guy de Lusignan la «copa de la paz»: un sorbete de nieve del Hermon: «Es una noble costumbre de los árabes que un cautivo salve su vida si ha bebido y comido con su vencedor», declaró. Posteriormente Saladino hizo matar a Renaud de Chátillon, que se había revelado culpable de actos de bandidaje, pero perdonó la vida a Gérard de Ridefort sin que se sepa muy bien por qué.
Los otros templarios capturados se vieron ante la disyuntiva de tener que renegar de su fe o morir. Ninguno mostró debilidad. Doscientos treinta fueron atados a unos postes, y acto seguido torturados hasta la muerte. Entonces, ¿por qué había sido perdonado el Gran Maestre? Fue enviado a Damasco con el rey y Saladino se sirvió de ellos para pedir a unas guarniciones cristianas que depusieran las armas. A continuación, les concedió la libertad. ¿Habían traicionado su causa o bien Saladino había manejado la situación hábilmente sembrando la duda y despojando así de toda credibilidad a unos enemigos que, de lo contrario, habrían sido convertidos en héroes o en mártires?
Se acusó a Ridefort de haber salido de este apuro entregando al rey, y por más que continuó batiéndose y encontró la muerte en combate frente a Acre, un año más tarde se siguió hablando de él como de un traidor. Y cuando Geoffroi de Gonneville, comendador de Aquitania y de Poitou, dijo en el proceso que las prácticas basadas en malos principios fueron introducidas en la Orden por un maestre que había sido prisionero de los sarracenos y que habría cometido traición, se pensó enseguida en Ridefort. Sin embargo, determinados templarios declararon más bien que estas prácticas habían sido introducidas por maese Thomas Bérard, gran amigo de la familia de Voisins, muy conocida por los amantes del misterio de Rennes-le-Château. (68) Cuando se examina el señorío de Bérard, que duró de 1256
hasta 1273, no resulta fácil sin embargo encontrar una pista interesante relativa a una traición cualquiera en favor del islam. Podemos, a pesar de todo, contar un curioso suceso.
En 1263, el papa Urbano IV convocó al mariscal del Temple, Étienne de Sissey, para hacerle saber que era indigno y que iba a ser destituido de sus prerrogativas. Se desconocen las razones de este enojo papal. Algunos autores han supuesto que se trataba de una aventura galante. Étienne de Sissey se negó a presentar su dimisión y fue excomulgado por el papa. Ello no fue óbice para que volviera a ocultarse en el seno de la Orden, protegido por Thomas Bérard. Este último fue hecho prisionero durante la toma de Saphad. Habría sido liberado mientras que otros templarios fueron ejecutados, pero todo eso es muy inconcreto y no permite sacar ninguna conclusión.
Puede pensarse también en Guillaume de Sonnac (1247-1250), a propósito de quien se decía que: «El Maestre del Temple y el Sultán de Egipto habían hecho tan