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El discurso mediático y la invención de los ni-n

In document EL DERECHO A PROGRESAR (página 125-142)

Disputas entre la lengua neoliberal y la lengua popular

4.2. Las promesas de futuro en los proyectos hegemónicos

4.2.4. El discurso mediático y la invención de los ni-n

Desde el campo de la comunicación, uno de los principales interrogantes en torno a la juventud ha sido cuáles son los discursos que los han inventado (Reguillo, 2000) y, luego, los han clasificado y “estigmatizado (…) como guerrilleros, subversivos, egoístas, patoteros, apáticos y peligrosos de acuerdo a los diferentes tiempos históricos” (Saintout y Varela, 2015:1). Estos trabajos han hecho especial énfasis en el rol de interpelación ideológica de las industrias culturales y de los medios de comunicación.

A partir de un sondeo en torno a la emergencia manifiesta del PROG.R.ES.AR en la superficie discursiva de los medios de comunicación hegemónicos entre 2014 y 2017, pudimos distinguir cuatro momentos representativos de inscripción en sus agendas: a) el lanzamiento del programa en enero de 2014, b) la ampliación de la cantidad de jóvenes destinatarios en marzo de 2015, c) el conflicto en torno al recorte presupuestario y el despido de trabajadores a mediados de 2016, y d) la baja de un 50% de los titulares del derecho en el primer semestre de 2017. Su aparición estuvo desencadenada a raíz de declaraciones de funcionarios públicos, o bien, de la movilización en el espacio público de actores relacionados al programa. Focalizaremos, en este artículo, en dos portales de noticias que tienen una posición dominante en cuanto a cantidad de visitas diarias: Clarín y La Nación.

Desde el día del lanzamiento del programa a principios del 2014, los medios categorizan a los destinatarios como “jóvenes ni-ni”, identificándolos con un sector poblacional que “ni estudia ni trabaja”. El diario La Nación titula: ProgresAr, el nuevo plan del Gobierno para los jóvenes "ni-ni" (22/01/14), mientras que Clarín hace lo propio: La Presidenta volvió con un plan de subsidios para los jóvenes (23/01/14). La etiqueta “ni-ni” surge en la plataforma mediática, dado que no había sido utilizada en la alocución presidencial al momento de anunciar el PROG.R.ES.AR. Tampoco los significantes “plan” y “subsidio” fueron seleccionados para describir la política pública en el discurso de Cristina Fernández de Kirchner.

Los días siguientes, los medios refuerzan la asociación del PROG.R.ES.AR con la categoría “ni-ni”. La Nación publica un análisis de Silvia Stang, titulado Más de la mitad de los jóvenes tiene problemas serios de inserción social (27/01/14) que, en su primer párrafo, describe: “Algunos no estudian, no trabajan ni se proponen hacerlo. Otros buscan empleo, pero no lo consiguen. Y un tercer grupo logra insertarse en el mercado laboral, pero en puestos precarios”. Por otro lado, en la bajada de la nota Plan Progresar: el Gobierno dice que hay 105 mil anotados (31/01/14) de Clarín, el medio

insiste que el programa fue lanzado “para asistir a la franja social de los jóvenes que no estudian ni trabajan”.

Más allá de la intencionalidad de la operación discursiva realizada al referenciar a los jóvenes como “ni-ni”, debemos señalar que la categoría era inadecuada dado que, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), de los potenciales titulares del derecho en ese período el 31,4% trabajaba, el 29,3% estudiaba y el 10,1% estudiaba y trabajaba. Aquellos que no estudiaban ni buscaban trabajo representaban el 17,6%, mientras que el resto buscaba trabajo.

Luego de que, en marzo de 2015, la Presidenta de la Nación anunciara el aumento de la cuota del PROG.R.ES.AR y del piso de ingresos familiares para poder ingresar, Clarín y La Nación publican una serie de notas en las que cuestionan la cantidad de lo que denominan “beneficiarios de planes sociales”. En el caso de Clarín, resultan significativas las notas Ocho millones de personas reciben algún tipo de plan social (22/03/15) que lleva como volanta “El Estado en la economía” –situándolos como dos campos diferenciados y delineando un movimiento de intromisión de uno en el otro–, y Más de 17 millones de personas reciben todos los meses pagos de la ANSeS (25/04/15), cuya volanta reza “La caja del Estado”.

La Nación publica las notas Se duplicó en dos años el presupuesto para planes sociales (18/04/15) y En un año, unas 460.000 personas dejaron de buscar trabajo (03/05/15). En ambas utilizan como fuente a economistas que aseveran que hay “políticas públicas que desincentivan el ingreso”; que “hay programas sociales que ‘sacan’ a los jóvenes del mercado laboral” y que el PROG.R.ES.AR -entre otros- son “subsidios a la inactividad”. De este modo, los dos medios llevan a cabo un desplazamiento respecto al período anterior: ya no se deslegitima a los jóvenes destinatarios, sino al Estado y sus políticas. En 2016, el primer año del gobierno de Mauricio Macri, resulta significativa la ausencia de tratamiento de las denuncias de despidos y recortes en el programa en Clarín y La Nación, que fueron visibilizadas por

otros medios nacionales de diversa línea editorial: El Plan Progresar empezó a retroceder (Página 12, 22/07/16) y Acampan para protestar contra recortes del plan Progresar (Perfil, 07/10/16) son algunos ejemplos de ello. La excepción la aporta una nota de La Nación en la que encontramos un dato del ajuste presupuestario del PROG.R.ES.AR, pero en un lugar desjerarquizado. En el onceavo párrafo de Producción, Salud y Cultura, en el ranking de recortes en el presupuesto de 2017 (24/10/16), detallan: “En la Anses se registra un fuerte recorte del plan Progresar, destinado a la formación de jóvenes pobres, que pasa en términos nominales de $ 8900 millones a $ 5500 millones”.

En los primeros tres meses de 2017, medio millón de jóvenes dejaron de percibir el PROG.R.ES.AR, lo que representaba la mitad de los titulares del derecho, de acuerdo con los datos provistos por la Anses. Ello motiva que en medios de diversos posicionamientos ideológicos emerja el significante “ajuste” para graficar la situación: Página 12 titula El ajuste llega a las becas (23/06/17), en tanto que Perfil publica Ahora denuncian que el Gobierno suspendió el Plan Progresar (27/06/17), con la bajada “El oficialismo vuelve a estar envuelto en la polémica por presuntos ajustes en áreas sensibles”.

Clarín y La Nación nuevamente se distinguen en la selección semántica. Mientras el primero prefiere hablar de “revisión de 23 mil asignaciones a estudiantes”, el segundo habla de un “congelamiento temporal de este beneficio”. Además, ambos matutinos optaron por jerarquizar en los elementos de titulación el supuesto motivo de la suspensión: Por falta de controles, revisarán una parte de los planes Progresar (28/06/17), publica La Nación, y atribuye la responsabilidad a que “institutos terciarios y universitarios se demoraron en certificar la regularidad”. Por su parte, en la nota Anses dio de baja a 94 mil alumnos del Plan Progresar porque este año dejaron de estudiar (27/06/17), Clarín cita a fuentes indeterminadas del organismo ejecutor explicando que “se empezaron a ajustar los controles”. En uno, el mecanismo de culpabilización se dirige a las instituciones de educación superior y, en el otro, a los jóvenes.

4.2.5. ¿Qué juventud para qué proyecto de país?

El giro individualista no alcanzó excluyentemente a la política pública que aquí analizamos, sino que responde a un paradigma de gestión estatal. La pregunta que podríamos formular es si se trata de un rasgo de época que puede adjudicarse a la ideología del proyecto político gobernante, o bien, si estamos frente a un discurso de “individualismo meritocrático” que, con tensiones y contradicciones, ha logrado una continuidad a través de las últimas tres décadas. Al analizar la “cultura-PRO” –por las siglas del partido de gobierno– Ezequiel Adamovsky señala:

La visión de una nación que ya no se imagine como un conjunto de ciudadanos construyendo colectivamente un futuro sin injusticias, sino como una colección de “emprendedores” sin pasado generando las condiciones para el crecimiento individual de cada cual, se apoya en impulsos que ya existen en nuestra sociedad. (2017:231)

Desde esta perspectiva, nos encontramos frente a discursos sedimentados, sentidos comunes, que son reconocidos, reformulados y potenciados por el discurso estatal. Jorge Alemán posee una hipótesis aún

más contundente al respecto. Para él, el neoliberalismo es el primer régimen histórico que intenta lograr una dependencia tanto simbólica como estructural del sujeto, capturar las palabras y los cuerpos:

Esta es precisamente la novedad del Neoliberalismo: la capacidad de producir subjetividades que se configuran según un paradigma empresarial, competitivo y gerencial de la propia existencia. (Alemán, 2016:15)

Esta disputa en el campo de la subjetividad incluye, para Alemán, la producción biopolítica de sujetos con mandatos implícitos de consumo, que implicarían concebir la relación con uno mismo y con los otros “bajo las formas de la mercancía, la competencia, la gestión de intereses, el emprendedor de sí, la vida del endeudado o los diversos imperativos mortíferos de la autoayuda y la felicidad” (2016:54).

Otra interpretación posible ofrece Chantal Mouffe, quien considera que la democracia moderna articula dos tradiciones diferentes: la liberal, con sus principios de imperio de la ley y la libertad individual, y la democrática, cuyas ideas máximas son la igualdad y la soberanía popular. Entre “igualdad” y “libertad” existe una tensión irreconciliable, en tanto para el liberalismo prevalece la idea de que “es legítimo establecer límites para la soberanía popular en nombre de la libertad” (Mouffe, 2000:22), por ejemplo, bajo el dogma de la inviolabilidad de la propiedad. Este conflicto irresoluble constituye, según Mouffe, la paradoja en la que se desenvuelven nuestras democracias contemporáneas.

Aunque profundizaremos sobre ello en los siguientes capítulos, cabe destacar que las resignificaciones que realizan los jóvenes destinatarios del PROG.R.ES.AR a partir de los sentidos circundantes sobre el programa distan de ser unívocas. En los debates que mantienen en los grupos creados en las redes sociales para intercambiar información respecto a la política pública, vemos que se replican las dos condensaciones dominantes.

Por un lado, hay jóvenes que describen al PROG.R.ES.AR como un derecho: “Así como los jubilados tienen derecho a recibir su dinero nosotros los estudiantes también porque somos el futuro”, afirma Yanny; “Ah sí, como si fuera una limosna que él -en referencia al Presidente Macri- nos da todos los meses... ¡Es un derecho!”, sanciona Kathleen.

Pero también la cosmovisión individualizante emerge bajo diversas formas: “hay que aprovechar este beneficio e invertirlo en algo que nos va a ayudar para cuando se corte todo esto, estudien, sean profesionales y no se detengan todos somos capaces de todo depende de la voluntad de uno y las ganas” dice Joel; “Estudien chicos y no esperen nada de nadie, apliquen a su vida las palabras ESFUERZO y SACRIFICIO”32, considera Ema.

La existencia de estas tensiones discursivas, de estas disputas de sentido, nos dan la pauta de que la victoria del neoliberalismo en la producción de subjetividades no es absoluta. Vale la pena recordar, con Ernesto Laclau (2009), que podemos distinguir dos tipos de demandas: mientras que las demandas democráticas pueden ser absorbidas diferencialmente por la institucionalidad –como podría ser el caso de un joven que reclama al Estado que ha sido dado de baja erróneamente y se soluciona su situación individual de manera administrativa–; las demandas populares permanecen insatisfechas y tienden a enlazarse equivalencialmente en una identidad política más amplia. Un ejemplo claro de este último tipo de demanda es visible en el discurso del grupo de Facebook “Beneficiarios suspendidos del PROG.R.ES.AR”, en el cual los jóvenes se convocan explícitamente a organizarse y movilizarse para visibilizar la demanda.

Como describimos anteriormente, cada proyecto político interpela a sus “ciudadanos ideales” y delinea trayectorias para que los jóvenes puedan adquirir tal estatus. Es decir, invocan qué juventud prefiguran para cada proyecto de país. Pero, a la vez, los jóvenes demandan en qué proyecto de

país quieren ser ciudadanos. Es allí donde encontramos los umbrales para sostener que de la ampliación de las subjetividades políticas antagónicas a la institucionalidad neoliberal vigente puede emerger una voluntad política transformadora.

4

La falta

–Desde que lo pasaron al Ministerio de Educación es un caos–, Mariela abre y cierra ventanas de Excel a una velocidad apabullante. Estábamos frente a frente, separadas por su escritorio, pero había volteado la pantalla de su computadora para que entre en mi campo de visión. – Vienen acá después de haber deambulado por una decena de lugares sin encontrar respuestas, pero nosotras tampoco les podemos dar muchas certezas.

–¿Qué problemas tienen?–, consulto.

–Que dejaron de cobrar sin que medien explicaciones, que hace meses les figura que el trámite está en etapa de evaluación, que les piden papeles que… ¡Acá está!– exclama y me señala una de las planillas que había abierto. Leí fugazmente el encabezado de las columnas: “Cuil/Apellido y nombre/Localidad/Fecha Nacimiento/Establecimiento Educativo…”– ¿Ves?, este es de 2017–, explica mientras desliza la rueda del mouse hacia atrás. Pasados cinco segundos, exhala inflando los cachetes y abandona su mecánica labor. Baja la vista hacia el teclado al tiempo que entrecierra los párpados tras sus anteojos de montura metálica. Acto seguido, hunde la tecla “Fin” con el índice derecho. –Mirá, lo que te decía, casi quince mil. Catorce mil novecientos noventa y dos para ser precisa.

–¿Quince mil sólo en la Universidad Nacional de La Plata? Es decir, deben ser muchísimos más si sumamos los de otros establecimientos educativos de la ciudad–, tanteo.

–Sí…. sólo nos mandan éstos datos desde el Ministerio. Es una pena que no tengamos un panorama más detallado. Eso nos permitiría, por ejemplo, trabajar más focalizadamente en la inserción universitaria de los pibes que terminan la secundaria. Nosotras damos talleres para divulgar la oferta académica de la Universidad en algunos colegios con los que venimos articulando, pero lo ideal sería llegar a todas las escuelas plateneses.

–Los destinatarios del PROG.R.ES.AR, ¿Vienen para acá si tienen consultas o problemas?

–Bueno, en teoría no. No podemos hacer mucho más que explicar cómo completar los formularios según nuestra interpretación del nuevo reglamento… o indicarles dónde deben reclamar –reconoce Mariela–. Pero es lo que está pasando desde que lo sacaron de la órbita de Anses.

–Claro, el Ministerio de Educación de la Nación no tiene sedes acá como para hablar cara a cara con alguien… El contacto con los ejecutores de la política pública queda limitado a las “quejas” que podés enviar por la plataforma web–, analizo.

–¡Imaginate! Con las dificultades que tienen algunos pibes que viven en barrios alejados del casco urbano para venir a cursar, ¡menos van a poder ir a hacer un reclamo a Buenos Aires! Anses por lo menos tiene varias sedes en el centro, en Los Hornos, en Gonnet… Sumado a los operativos móviles que se hacen por todos los barrios para resolver cualquier trámite del organismo.

Arrimé la puerta de madera maciza al salir de la oficina y caminé unos pasos hasta el balcón del patio interno del Rectorado. Me apoyé en su baranda de hierro y dejé caer mi vista a lo largo de sus imponentes columnas. Sus bases de mármol se fundían con unos mosaicos estilo caleidoscopio en distintas tonalidades de gris, cada uno surcado por un elegante arabesco geométrico. Forcé la mirada para hacer foco en el papel rosa pastel que sostenía en mi mano, suspendida sobre la baranda. Había un número de teléfono y un nombre: Francisco. Era uno de los destinatarios PROG.R.ES.AR de la Casa de Estudios en la que me encontraba, uno de los

quince mil. “Son dos hermanos de Agronomía, divinos –me había indicado Mariela–. Vienen todo el tiempo porque no les están depositando y lo necesitan urgente porque adeudan un par de cuotas del alquiler. Creo que Francisco es el mayor”.

Francisco me citó a las 8 de la mañana en la biblioteca que tienen en conjunto la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales y la Facultad de Ciencias Veterinarias en el bosque platense. “Podes a esa hora? Porque a las 9 entro a cursar y a la tarde se me complica”, me había explicado por WhatsApp. Asentí, ante el escaso margen para explorar otra alternativa. Me estaba esperando en la entrada del moderno edificio, al lado de una puerta vidriada que quedaba al abrigo del bloque de cemento de tres pisos con forma de herradura. Medía alrededor de un metro setenta, tenía pelo castaño claro y un rostro infantil. Llevaba una chomba lisa azul marino, unos pantalones tipo “cargo pampero” color verde musgo ajustados en los tobillos y zapatillas de lona.

Entró resuelto y traspasó el mostrador del hall tras el que conversaban dos mujeres de mediana edad. Soltó la mochila a los pies de una de ellas, que no se inmutó, y avanzó por el pasillo. Quise seguir sus pasos, pero me frenaron. “¡Disculpá! Tenés que dejar la cartera y anotarte”, me dijo una de las bibliotecarias señalando un libraco abierto. Especulé que el objeto que apuntaba debía ser lo único “retro” del lugar: serían unas mil hojas rayadas tamaño oficio, encuadernadas con una tapa bordó. Mientras firmaba, me imaginé su lomo estampado en letras oro, pero no lo comprobé.

Francisco se había detenido unos metros más adelante para esperarme. Cuando vio que me habilitaron el paso, retomó su apresurada marcha hacia el segundo piso y me dirigió hacia una sala de lectura. Recién cuando nos sentamos me di cuenta que, por fortuna, me había quedado con el celular en la mano cuando abandoné mi bolso.

–Si te parece bien, voy a grabar–, tanteo y, luego de corroborar su mudo gesto de consentimiento, prosigo: –Me comentó Mariela que tenías el PROG.R.ES.AR el año pasado, pero que ahora están con tu hermano esperando los resultados de la evaluación para ver si continúan en el programa…

Se atrincheró tras lanzar su respuesta, tan esquiva como su mirada, que escudriñaba el otoñal horizonte aún violáceo a través de una de las paredes vidriadas de la sala. La habitación, que parecía una gran pecera rectangular suspendida en el aire, ya estaba colmada de estudiantes. Volví a mirar la hora con incredulidad: eran las ocho y cuarto. Noté que la entrevista continuaría, bajo otra modalidad, la persecución que habíamos montado en el pasillo. Pero, ahora que lo tenía acorralado en la silla de enfrente, dudaba cuál debería ser mi próximo movimiento. Mi instinto científico me impulsaba a seguir al acecho, no obstante, mi racionalidad emotiva rogaba que libere a mi presa.

–¿Qué pensás del programa?–, disparé culposa. Al menos podía precipitar un desenlace que sospechaba inevitable.

–Que está re bueno –enfatizó–. Mi familia, mis viejos, los dos son jubilados. Nos ayudan en todo lo que pueden, pero trabajamos los dos… hacemos changas.

–¿Y qué significaba para vos?– sólo cuando terminé de descargar la pregunta comprendí lo tortuoso que sería apegarme al protocolo que había diseñado para la investigación. Con Francisco debía hacer una inflexión verbal que lo cambiaba todo. La conjugación en pasado desgarraba cualquier interrogante. Me di cuenta de que ya no podía esperar una alocución descriptiva de mi interlocutor. Cada palabra que saliera de su boca iba a estar fracturada por el tiempo.

Francisco no tenía el PROG.R.ES.AR. Lo había tenido hasta hace unos meses y tenía la expectativa de volver a tenerlo, pero no tenía certezas de que esto fuese a suceder ni cuándo tal cosa tendría lugar. Debería

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