Disputas entre la lengua neoliberal y la lengua popular
4.2. Las promesas de futuro en los proyectos hegemónicos
4.2.1. El progreso en la retórica política
La retórica, como técnica de análisis lingüístico, es aquella que estudia los efectos del discurso en sus destinatarios, por lo que su función resulta insoslayable para en los proyectos tendientes a la construcción de hegemonía. Incluye las diversas operaciones de metaforización y las relaciones metonímicas, entendidas como el desplazamiento del significado
entre dos o más elementos o la asociación de significantes con sentido análogo (Howarth, 2005:79).
Las trayectorias juveniles, atravesadas por sus posiciones en el presente y sus proyectos a futuro, no son lineales y ni están predeterminadas. No obstante, podemos afirmar que los jóvenes organizan sus relaciones sociales en diálogo con ciertos parámetros hegemónicos sobre qué trayectorias son construidas como posibles y deseables y cuáles no. El PROG.R.ES.AR, como política de inclusión, retención y terminalidad educativa, formula y legitima una trayectoria para los jóvenes. Estos recorridos simbólicos trazados representan una suerte de mapa social para los ciudadanos, un esquema que otorga una relativa certeza sobre los “puntos de llegada”, es decir, sobre los horizontes viables.
Debemos llamar la atención también sobre el hecho de que la política pública lleva el nombre del progreso, por lo que arrastra históricamente una serie de asociaciones semánticas: funciona como un mito –siguiendo la concepción de Georges Sorel (1976)– de reparación o plenitud futura. Su polisemia es la que convoca la inscripción de proyectos particulares diversos. Más allá de la representación que cada uno tenga sobre qué es progresar, su apertura metafórica apela a la articulación de voluntades heterogéneas.
En los dos primeros años de vida de la política pública (2014-2015), podemos dar cuenta de un gran volumen de enunciaciones que aluden de manera manifiesta al PROG.R.ES.AR, en especial en el momento de su lanzamiento –en un acto público encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner al que asistió un variado arco de representantes políticos, sociales, de derechos humanos, gremiales y religiosos, además de una multitud de público joven–; y en el momento en el que se anunció la ampliación de los titulares del derecho a partir de una modificación en las condiciones de ingreso, realizado un año más tarde. En ambos, la alocución presidencial desencadenó una fuerte presencia del tema en la agenda mediática. Sumado a ello, la política se difundió a través de operadores territoriales y de organizaciones sociales que se encargaron de promover su
inscripción conversando directamente con los y las jóvenes, es decir, la divulgación de la política pública excedió las vías de comunicación oficial y fue militada por los movimientos políticos.
Por el contrario, en los siguientes dos años (2016-2017) la política pública fue sometida a una progresiva invisibilización. El presidente Mauricio Macri, prometió en campaña “no sacarle la ayuda” a nadie, lo que incluía mantener el PROG.R.ES.AR. En 2017 casi 500 mil jóvenes dejaron de percibir la transferencia, lo que significaba una baja de aproximadamente un 50% de los destinatarios. Si bien algunos portales informativos opositores lo denunciaron, el recorte fue silenciado en los multimedios hegemónicos. La reacción de los jóvenes encontró en las redes sociales el principal espacio de enunciación. En varios grupos de Facebook administrados por jóvenes titulares del derecho brotaron las denuncias de aquellos que se enteraron sorpresivamente de que habían sido dados de baja. Incluso se creó el grupo “Beneficiarios suspendidos del PROG.R.ES.AR”. Podemos aventurar que este bullicio virtual tuvo algún tipo de efecto como inscripción pública de la demanda, ya que al tiempo las transferencias fueron realizadas aduciendo “errores técnicos y administrativos”31.
Pero además de la diferente intensidad de interpelación del discurso estatal, debemos recordar cuáles fueron los desplazamientos semánticos operados sobre la política, a los que ya hemos aludido en el segundo capítulo de esta investigación. En 2014, en la retórica de la presidenta Fernández de Kirchner, se realiza una cadena equivalencial entre el PROG.R.ES.AR y “un proyecto de vida”, “una esperanza de futuro para todos los argentinos” y un “sistema de seguridad social [que] reconoce al sujeto de derecho humano”. Además, al referirse a los jóvenes destinatarios del programa, los identificó como “hijos del neoliberalismo” –apuntando a que se sociabilizaron en un contexto de pérdida del empleo y de reducción de las posibilidades de crecimiento– y declaró que, por ese motivo, eran aquellos que “necesitan
31 De este contexto habla Valentina (trama 3) cuando recuerda que le cortaron la
de la presencia del Estado precisamente para salir adelante”. Adicionalmente, en 2015, la presidenta anunció “políticas para profundizar este proyecto de inclusión” y sostuvo que “ya no es una política focalizada, sino que pasamos a universalizar el derecho a estudiar”.
En su discurso hay, asimismo, una retórica sobre el progreso. La presidenta postula que el PROG.R.ES.AR batalla contra el desempleo juvenil en tanto estudiar es “la mejor herramienta para que puedan avanzar”. Vemos aquí como la educación articula equivalencialmente diversos significados: es un derecho universal, es una herramienta para el progreso – específicamente, para el acceso a oportunidades laborales– y es una plataforma de inclusión social. Además, la inclusión y el progreso funcionan como metáforas de plenitud futura, proyectadas a través de las trayectorias educativas.
En otro pasaje del discurso de 2015, Fernández de Kirchner afirma: …queremos dar el mayor grado de igualdad posible. No hay cosa más maravillosa para alguien que cree en la política como gran transformadora y fundamentalmente como gran promotora de la movilidad social ascendente que ha sido nuestra historia, tratar de equiparar y de igualar los derechos de todos los argentinos. (12/03/2015)
Se destaca aquí el carácter polisémico de la política que engloba sentidos como el de la transformación, la promoción de la movilidad social ascendente y la igualación de los derechos. Esta vez, la metaforización opera para representar la totalidad de lo social, a “los argentinos”, puesto que la igualdad, como metáfora de futuro deseable y de plenitud social, deviene un potente articulador de sentido para representar al conjunto de la sociedad. Por su parte, en 2016, el presidente Macri se refiere al programa en un acto de entrega de diplomas a los/as estudiantes que finalizaron sus estudios con el PROG.R.ES.AR con mejores promedios. Allí, identifica a la política pública como “un buen plan” que “va a seguir estando cerca de aquellos que necesitan el empujoncito”. Interpeló a los jóvenes que “se
esfuerzan día a día para crecer” y, luego refirió a trabajar juntos “con el esfuerzo de la dignidad, que es el que lleva a la autoestima”. Finalmente, evaluó: “Estoy acá porque creo en cada uno de ustedes, porque sé que pueden dar muchísimo más de lo que dan hoy y nuestra tarea es crear las condiciones para que eso suceda” (08/04/2016).
A partir de las cadenas equivalenciales construidas en cada acto retórico presidencial, observamos la construcción de dos campos semánticos antagónicos que esquematizamos a continuación:
1. Progresar como derecho: seguridad social = universalización del derecho a estudiar = proyecto de vida = esperanza de futuro para todos los argentinos 2. Progresar como plan: ayuda = empujón = esfuerzo = dignidad = autoestima
= “dar más”
Por un lado, observamos una condensación de sentido en torno a la política pública como derecho de los jóvenes, o bien como prerrogativa para el cumplimiento de otro derecho, el de estudiar. Al mismo tiempo, se construye sentido en torno al Estado como aquel que “debe estar presente” para los jóvenes que lo necesitan, a los que se caracteriza como víctimas de un orden social, el neoliberalismo, identificado como el generador de las injusticias respecto al ejercicio de los derechos. La interpelación se realiza en dos direcciones: hacia los jóvenes como “proyecto de vida”, y hacia el conjunto de la sociedad, como “proyecto de inclusión” y “esperanza de futuro”.
La segunda condensación de sentido realiza una inversión de la retórica universalizante fundacional, equivaliendo el PROG.R.ES.AR a un plan, significante asociado históricamente en la discursividad política nacional a un marco interpretativo asistencialista. El sujeto interpelado es un individuo al que el Estado "ayuda” o “empuja” para que se autorrealice – para que tenga “dignidad” y “autoestima”–, posibilidad que en últimas instancias depende del “esfuerzo” de cada uno. La responsabilidad se subvierte: ya no es el Estado el que debe garantizar el estudio, sino que cada individuo-joven debe “dar más”, desplazamiento que se consuma cuando el
gobernante asevera “creo en ustedes”. Todo lo anterior se refuerza con un contexto enunciativo de exaltación al mérito personal: se trata de un acto en el que se premia a los mejores promedios, a los que el presidente se dirige con nombres propios.