La voz de Juan Gelman irrumpe en el preludio de esta investigación convocándonos a que soñemos mejor. Este es, desde ya, un llamado seductor, pero nos preguntamos: ¿Cómo hacemos tal cosa? ¿Cómo mejoramos nuestra imaginación? ¿Se tratará de idealizar el futuro? Tal vez, la respuesta este en el reverso de esta última pregunta. Para orientarnos, en este epílogo, como cierre precario y potencial apertura, invocamos a Antonio Gramsci.
Será necesario remontarnos al origen, a la primera y principal pregunta de la filosofía: ¿qué es el hombre?
En cada hombre puede hallarse lo que es ‘cada hombre’. Pero a nosotros no nos interesa lo que es cada hombre por separado o, lo que es lo mismo, cada hombre en cada momento. Si pensamos en ello, veremos que con la pregunta sobre qué es el hombre queremos significar: ¿Qué puede llegar a ser el hombre? ¿Puede dominar su destino? ¿“Hacerse”, crearse una vida? Decimos, pues, que el hombre es un proceso y, precisamente, el proceso de sus actos. (Gramsci, 1999:26)
La pregunta fundamental y fundacional sería, entonces, si podemos ser artífices de nuestra vida y de nuestro destino. Es, simultáneamente, un cuestionamiento por la libertad y por sus límites, por las condiciones dadas hoy a nuestra vida. En consecuencia, podríamos comprender que la “naturaleza” del hombre es la historia. Ahora bien, ¿qué es la historia? Gramsci nos indica que para desentrañar este interrogante es necesario distinguir “progreso” de “devenir”:
El progreso es una ideología, el devenir de una concepción filosófica. (…) en cuya constitución entran ciertos elementos culturales históricamente determinados. (…) el ‘devenir’ es un concepto filosófico del cuál puede estar ausente el ‘progreso’. En la idea de progreso está sobreentendida la posibilidad de una medición cuantitativa y cualitativa: más y mejor. (Ibidem:31. El destacado nos pertenece)
De este modo, lo que envuelve la idea de progreso es la posibilidad de establecer una medida. Asumimos que esta no está prefijada ni es fija, pero si es “fijable” precariamente. A su vez, es una medición que demanda que se contemplen ciertas “fijaciones” legadas por el pasado, para amoldarse a su métrica o superarla:
El nacimiento y el desarrollo de la idea de progreso corresponden a la conciencia difusa de que se ha alcanzado cierta relación entre la sociedad y la naturaleza (incluido en el concepto de la naturaleza el de azar y de ‘irracionalidad’) por la cual los hombres en su conjunto están más seguros de su porvenir, pueden concebir ‘racionalmente’ planes generales para su vida. (Gramsci, Ibidem)
El camino que nos señala Gramsci nos lleva a deducir que la idea del progreso ha tenido efectos en dos dimensiones: en el campo de la subjetividad, como racionalización de los proyectos vitales y como traza de los horizontes de posibilidades; y en el campo de la constitución de sujetos políticos, puesto que habla de una seguridad sobre el porvenir que impacta a “los hombres en su conjunto”. No sería del orden de una sensación íntima, si no de una programación común sobre el futuro y una orientación para la acción colectiva.
Volvemos a preguntarnos: ¿qué significa soñar mejor? En este punto, podemos conjeturar que no se trata del devenir de una idea, puesto que en el acto de “mejorar” hay implícita una voluntad de transformar el estado presente de algo.
Del mismo modo, la idea de progreso involucra una reestructuración de los horizontes de posibilidades que sobredetermina la acción sobre las condiciones del presente. La proyección del sujeto tiene su correlato en una praxis sobre la vida cotidiana. Funciona como punto nodal para significar dicha acción: para darle sentido a la vida. Ese el efecto “material” de la “idea” de progreso.
No es necesario discurrir mucho más sobre el rol de la idea de progreso en la modelación de las prácticas políticas. No obstante, nos preguntamos ¿tienen estas prácticas una orientación específica? ¿Hay un sentido particular del progreso?
Para Gramsci, “es indudable que el progreso ha sido una ideología democrática; también lo es el que ha servido políticamente a la formación de los modernos Estados constitucionales” (Ibidem:32). Los detractores de la idea de progreso señalan que en la naturaleza hay fenómenos irremediables y azarosos, como la erupción de un volcán, que arriesgan nuestra vida sin que la acción humana pueda ejercer ningún tipo de contrapeso. Pero también es cierto que “en el pasado eran mucho más numerosas las fuerzas irresistibles: hambre, epidemias, etc.” (Gramsci: Ibidem). De lo que se ha perdido la fe en las sociedades contemporáneas no es de la idea de progreso sino de su lugar en el discurso democrático. A entender de Gramsci: “La crisis de la idea de progreso no es, pues, crisis de la idea misma, sino de los portadores de la idea, que se han convertido, ellos mismos, en ‘naturaleza’” (Ibidem).
La pregunta de cómo soñar mejor podría reformularse así: ¿cómo imaginamos el progreso? Posiblemente, la tarea que hoy nos convoca es reinscribir la idea de progreso en el imaginario democrático. Que vuelva a ser nombre de una seguridad en torno al porvenir que oriente la acción transformadora. Que sea una medida para “ordenar” el destino, para reducir la percepción de inevitabilidad, para “dominar” la contingencia. El progreso,
al detener la desolación de la incertidumbre, amplia el horizonte de lo posible:
La posibilidad no es la realidad, pero también aquella es una realidad: que el hombre pueda hacer o no hacer una cosa tiene su importancia para valorar lo que realmente se hace. Posibilidad quiere decir “libertad”. La medida de la libertad entra en el concepto de hombre. Que existan las posibilidades de no morir de hambre, y que se muera de hambre, tiene importancia, según parece. (Gramsci, Ibidem:33)
Libertad y posibilidad, en la visión gramsciana, son condiciones objetivas. Lo que necesitamos para llevar a cabo una praxis emancipatoria es conocerlas: “saberse servir de ellas. Querer servirse de ellas” (Gramsci, Ibidem:33). Eso implica un reconocimiento de los medios por los cuales tal progreso es posible, de las herramientas que hacen que “tal voluntad sea concreta, determinada y no arbitraria” (Gramsci, Ibidem). Gramsci concluye que el hombre es un bloque histórico de elementos subjetivos y objetivos. Es su libertad concreta:
El hombre, en este sentido, es libertad concreta, es decir, aplicación efectiva del querer abstracto o impulso vital en los medios concretos que realizan tal voluntad. Se crea la propia personalidad: 1) dando una dirección determinada y concreta (“racional”) al propio impulso vital o voluntad, 2) identificando los medios que hacen que tal voluntad sea concreta, determinada y no arbitraria; 3) contribuyendo a modificar el conjunto de las condiciones concretas que realizan esta voluntad en la medida de los propios límites de la potencia y de la manera más fructífera. (Gramsci, Ibidem)
No se trata de soñar más. Imaginar un futuro luminoso no alcanza. Las utopías pueden sumergirnos en una ensoñación. La consecuencia más probable de un ejercicio excesivo de la idealización es terminar dormidos.
Para soñar mejor hay que conocer los recursos de los que podemos valernos para realizar nuestros proyectos. La posibilidad de “hacerse” una
vida siempre está condicionada por la situación. Tanto como un artista necesita servirse de óleos y de un lienzo para crear. Para avanzar, debemos ir materializando la imaginación. Debemos ir concretando la voluntad para reducir su arbitrariedad.
Y ese poder ser artífices de nuestro destino reclama para sí el nombre de la política. Soñar mejor requiere que tengamos los pies en la tierra.
Los derechos emergen como proclama: ese es el momento de apertura de sus efectos performativos. La demanda de que sean reconocidos es una dirección para la construcción de una voluntad emancipatoria. Pero en su efectivo cumplimiento los derechos devienen recursos, herramientas, medios, para impulsarse más allá. Para avanzar. Para progresar.
¿Qué nos están pidiendo los pedacitos? ¿Piden que imaginemos, proclamemos y demandemos el derecho a progresar? ¿Piden que lo hagamos realidad efectiva?
Para enganchar los sueños rotos de tantos jóvenes al tejido del sueño general, es urgente disputar al mercado la hegemonía sobre las relaciones económicas extendiendo el imaginario igualitario a los dominios del progreso. Resulta imperioso ampliar las libertades concretas. Esto demanda una praxis para mejorar cualitativamente las posibilidades. El sentido de una política emancipatoria es el aumento de la calidad de la vida.
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