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Trayectorias de ciudadanización: entre el derecho y el deseo

In document EL DERECHO A PROGRESAR (página 85-89)

Jóvenes/Estado: horizontes ciudadanos en la subjetividad

3.3. Trayectorias de ciudadanización: entre el derecho y el deseo

El vínculo de los jóvenes con el Estado requiere ser pesando también a través de la forma particular de identificación emanada de este último en las democracias contemporáneas: la ciudadanía. El discurso estatal y, más particularmente, el legal-jurídico, tiene la capacidad de regular las fronteras de inclusión/exclusión y protección/expulsión de una sociedad, lo que le otorga un lugar privilegiado para (des)vincular identidades colectivas e

(in)habilitar las posibilidades de agencia sobre el espacio público. La ciudadanía debe ser analizada como un proceso dinámico: incluye la definición de los sujetos-ciudadanos, del contenido de los derechos y de los compromisos que relacionan al sujeto con el Estado (Jelin, 1996). Como proceso de ciudadanización articula “múltiples dimensiones (representacional, cognitiva, afectiva, ético-moral, actitudinal, etcétera) en las que se significa y actualiza la vida común de una sociedad” (Kriger, 2013:s/n).

Como identidad política, la ciudadanía está en permanente transformación a raíz de movimientos centrípetos y centrífugos, instituidos e instituyentes. Por ello, en las huellas del significante podemos rastrear equivalencias individualizantes –en tradiciones liberales y republicanas–; como también asociaciones semánticas propias de una visión colectivista, donde la ciudadanía es aquello que vincula a los sujetos con una comunidad política a partir de una serie de derechos que el Estado debe garantizar. Situándonos en esta última plataforma, comprendemos con Eduardo Rinesi que “los derechos, por definición (y a diferencia de lo que pasa con los privilegios o con las prerrogativas, y también con los deseos y con los intereses) o son universales o no son” (2013:24) y, por otro, que “hay derechos porque hay Estado”, en tanto fuera de él lo que solemos encontrar no es “el individuo libre de todas sus cadenas, sino las formas más tremendas de la pobreza, la marginación y la falta de derechos” (2013:29).

En las representaciones de los sujetos, los derechos devienen un poder que tiene una doble inscripción. Por un lado, funcionan como potestades, como algo que se “tiene” y que habilita a ejercer determinadas acciones. Vale la pena retomar un comentario de Judith Butler contra ciertas concepciones de “individuo posesivo” propias del capitalismo para relativizar el carácter de posesión respecto a los derechos. En realidad, lo que éstos representan es nuestra interdependencia a un mundo social que nos hace vulnerables a las formas sociales de privación:

Incluso cuando tenemos derechos, somos dependientes de un modo de gobierno y de un régimen legal que confiere y le da sustento a esos derechos. O sea que, en definitiva, ya estamos afuera de nosotros mismos antes de que exista cualquier posibilidad de ser desposeídos de nuestros derechos, tierra y modos de pertenencia. (Butler y Athanasiou, 2017:19). Por otro lado, los derechos se inscriben como demanda. Esta es la forma de inscripción más recurrente porque los derechos suelen naturalizarse y cuando enunciamos que “tenemos derechos” es, justamente, cuando hemos sido privados de ellos. Inversamente a lo que sucede desde la lógica del consumo, desde una plataforma de derechos podemos dar cuenta de las desigualdades: no se trata de que existirían “diversas” y “plurales” formas de ser joven, sino que la desigualdad evidencia que existen jóvenes que han sido desposeídos, violentados a partir de privaciones.

Durante la larga década neoliberal en la Argentina se llevó a cabo una dinámica de desciudadanización provocada por la pérdida de derechos colectivos en el mundo del trabajo, la educación y la participación política, espacios que actúan de soportes sociales para la construcción identitaria. En palabras de Maristella Svampa:

El proceso de desregulación e individualización no sólo significó el declive y la fragmentación (política y social) de la ciudadanía, sino también la legitimación generalizada de modelos de ciudadanías restringidas, que no poseen un alcance universalista ni aspiraciones igualitarias. (2005:79) Por esta razón es que preferimos hablar de trayectorias de ciudadanización, haciendo referencia a su carácter procesual e inacabado. No involucra solamente los derechos contingentemente adquiridos, sino también la potencialidad de los sujetos de demandar por sus derechos cuando éstos, paradójicamente, están presentes en el discurso a partir de su ausencia. En clave psicoanalítica, podemos plantear a la demanda como una falta de tener: es lo que fisura a los sujetos impidiendo su completitud, pero al mismo tiempo, es lo que los moviliza a intentar llenar ese vacío. De ese

modo, la demanda supone una búsqueda de plenitud que augura la articulación con otros.

Algunos estudios sobre jóvenes de la década del ’90 definieron a la juventud a partir de “moratorias” sociales, aduciendo que los jóvenes tendrían cierta capacidad de retraso de las responsabilidades de la adultez, aunque esta se distribuiría diferencialmente en función de la pertenencia a distintos sectores socioeconómicos. Entendemos que esta categorización significó la negación de los jóvenes como sujetos políticos, deslegitimando su participación en las luchas simbólicas que involucran al conjunto de la sociedad y situándolos en un “puro presente”, marca epocal propia de la construcción de subjetividades neoliberales. La “trayectoria”, por el contrario, nos da indicios sobre las posiciones ocupadas por los sujetos, pero también sus imaginarios a futuro, sus horizontes de expectativas. En el reverso de la demanda –las opresiones que se denuncian, los derechos que se exigen– están los proyectos que los jóvenes trazan para sus futuros biográficos y colectivos.

En síntesis, la inclusión de los jóvenes en un “nosotros ciudadanos de determinado Estado-nación” puede habilitar formas emergentes de decisión en el escenario público, no condicionadas a prácticas de sujeción-repetición. Los jóvenes como sujetos políticos se construyen en esta brecha entre la estructura indecidible y la decisión, dado que “el proceso de articulación de la subjetividad colectiva no puede pensarse por fuera de las experiencias históricas, pero tampoco rehuyendo del espacio de libertad-creación que los actos subjetivos colectivos tienen en su desarrollo” (Retamozo, 2011:63).

En los entrecruces de la interpelación estatal y las demandas de las y los jóvenes, pretendemos reconstruir las trayectorias de ciudadanización, que incluyen las gramáticas de participación existentes y las que están siendo creadas o imaginadas.

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