Jóvenes/Estado: horizontes ciudadanos en la subjetividad
3.1. La juventud: un universal para la equidad
En la década del ‘90, los estudios pioneros sobre las juventudes en América Latina dieron una fuerte disputa contra la biologización de la identidad juvenil, es decir, sobre su demarcamiento a partir de un atributo etario. Se señaló el carácter históricamente construido, situacional y relacional del concepto (Pérez Islas, 2000), sólo identificable a partir de las diferencias y equivalencias que establecen con otros sujetos sociales y de las relaciones de poder y sentido que delinean sus fronteras. Para considerar las diversas formas de vivir y percibir lo joven (Reguillo, 2000), el discurso académico consensuó la productividad de designar a los y las jóvenes en plural. Se distinguió que entre dos clases sociales existen más diferencias de “juventud” que las diferencias entre los jóvenes y adultos de una misma clase (Margulis y Urresti, 2008).
De este modo, se hizo especial énfasis en hablar de “juventudes” en plural para contemplar los variados modos de experimentar esta adscripción identitaria. Sin embargo, en una época marcada por la fragmentación social y la desafiliación política, algunos de estos trabajos se refugiaron en el
análisis de los jóvenes en términos de una “subcultura”, estetizando sus prácticas –o dicho inversamente, desmaterializándolas– y aislándolos en un campo autárquico que resistía al “mundo adulto”. Pero hay que recordar que “no hay planeta joven”, como dice Florencia Saintout (2009); es decir, la identidad juvenil no es ajena las relaciones de sentido que circulan en una sociedad, ni a las relaciones de poder que se establecen entre sus diferentes sujetos políticos. Es importante, entonces, tener en cuenta el vínculo que los y las jóvenes como grupo etario entablan con los adultos o, como es el caso del presente estudio, con agencias gubernamentales.
Por otro lado, la categoría “juventudes” encierra un nuevo riesgo, en tanto también es posible ocultar enormes desigualdades en el plural. Cierta tradición culturalista de las ciencias sociales se ha cimentado en la región a través de una matriz neoliberal de pensamiento que describe las heterogeneidades, a costas de invisibilizar el conflicto que erige dichas diferencias. La lógica del mercado, hegemónica en dicho período, supo redituarse de dicha dispersión de las identidades sociales. Es así como, a fin de cuentas, el relativismo, como operación intelectual y política, ha diluido la pregunta por el poder y por la construcción de hegemonía, que tan precisamente dilucidó Bourdieu:
Las divisiones entre las edades son arbitrarias. (…) De hecho, la frontera entre juventud y vejez en todas las sociedades es objeto de lucha. (…) Esta estructura, que existe en otros casos (como en las relaciones entre los sexos), recuerda que en la división lógica entre jóvenes y viejos está la cuestión del poder, de la división (en el sentido de repartición) de los poderes. Las clasificaciones por edad (y también por sexo, o, claro, por clase…) vienen a ser siempre una forma de imponer límites, de producir un orden en el cual cada quien debe mantenerse, donde cada quien debe ocupar su lugar. (1990:119)
Es nuestra hipótesis que, a la luz de las trasformaciones sociopolíticas contemporáneas y de las luchas discursivas aún pendientes, sobreviene a los estudios de juventud un desafío en sentido inverso al enarbolado a
principios de la década del ’90 para luchar contra la homogeneización biológica. Esta vez, la pregunta en singular por la “juventud” puede ser el parámetro que evidencie las desigualdades –y el conflicto de fuerzas de poder/sentido que las produce– dentro de una lengua de derechos. Pero, además, el universal “juventud” puede servir de significante articulador de los diferentes jóvenes en una totalidad social, vigorizando su inscripción pública como sujetos políticos.
Debemos interrogarnos de qué modo los horizontes de las transformaciones de la ciudadanía (im)posibilitan la articulación de la propia identidad con la totalidad social, como sujetos de derechos universales, con pleno derecho de membresía a una comunidad. El discurso de una política pública como el PROG.R.ES.AR puede superar su objetivo literal de delinear trayectorias educativas a recorrer para los jóvenes, para permitir imaginar - a través de su apertura metafórica y mítica- trayectorias de equidad y emancipación para el conjunto de la sociedad.
Preguntarnos qué imaginarios se construyen sobre el futuro y qué ideales se proyectan para la sociedad cobra especial relevancia al trabajar con una política pública como el PROG.R.ES.AR en tanto su propia formulación va anudada a un conjunto de ideales sobre qué es el progreso social y, en particular, qué modos de realización vital y social se prefiguran para los y las jóvenes. En otras palabras, el programa en sí es un elemento del proyecto político; es un enunciado que da pistas sobre el modelo de sociedad que se pretende generalizar. El discurso de la propia política pública produce una proyección sobre qué trayectorias deberían transitar los y las jóvenes para su efectivo ingreso en la comunidad política, es decir, les notifica cómo deberían actuar (y “ser”) para devenir legítimos ciudadanos.
En este capítulo, nos interesa ofrecer algunas pistas sobre cómo se están constituyendo las subjetividades políticas juveniles en el marco de las luchas discursivas contemporáneas.