Los hombres pasan mucho tiempo discutiendo y gastan muchos argumentos, mucha fuerza y muchas reservas nerviosas.
Discuten en todas partes: en casa, en la oficina, en el taller, en el autobús, en la terraza del café, en múltiples reuniones, asambleas, comisiones, etc. Con frecuencia "se agotan" en discusiones, se ponen nerviosos, se vuelven mezquinos, se ofenden, se dividen, y rarísimamente dan el triunfo a la Verdad. ¿Por qué? Si estamos auténticamente al servicio de la verdad ¿cómo difundirla a nuestro alrededor? ¿Cómo "hay que ser" para que no degeneren nuestras discusiones?
— ¿Has observado que en muchas discusiones cada uno se retira del debate más firmemente convencido que antes de que está en la verdad? ¿Por qué? Porque no hay sólo argumentos que se esgrimen sino hombres detrás de los argumentos. Por lo cual una discusión no es sólo un intercambio de ideas, de razonamientos, sino, durante casi toda ella, una lucha entre dos hombres y especialmente entre dos sensibilidades.
— Durante la discusión piensa siempre en el otro. Si «derribas su argumentación», si «echas por tierra su razonamiento» no
dudes que nueve veces de cada diez ofendes además al que los defendía. ¿Has vencido? No. Ayudas al otro a convencerse plenamente de aquello de que acaso no estaba seguro. Le constriñes a encontrar nuevos argumentos, más fuertes que los anteriores. Y tú sigues discutiendo, tu lógica es implacable, le acorralas en sus últimas trincheras. Al fin queda reducido al silencio, ¿Eres vencedor ahora? Tampoco. No has convencido su sensibilidad; al contrario. En voz baja, se dirá el otro: «sí… pero», y a partir de ese pero, esta sensibilidad humillada dará origen, hoy o mañana, a nuevos razonamientos.
— Ofendes al otro cuando condenas en masa: «¡tu argumentación no se aguanta en absoluto!» «quedas completamente al margen de la cuestión», «esto nada tiene que ver con el problema»,
Ofendes al otro cuando ironizas: «no tocas de pies en el suelo»,
«pobre amigo mío, ya no estás en tus cabales», «sueñas, no lo dudes».
Ofendes al otro cuando te vuelves mezquino... aunque sólo sonrías:
«discurres como un muchacho», «deberías acudir a un médico», «estás completamente loco».
No insistas ya; primero hay que curar la herida. Excúsate con franqueza: si no tienes valor para ello, calla humildemente y procura agradar para endulzar el dolor.
— Si el otro te ofende es que tú le has ofendido. Párate, afloja, cálmate y cura la llaga.
Si el otro te dice:
«Evidentemente, yo no soy bachiller», «yo no tengo estudios»,
«yo no tengo experiencia, soy demasiado joven para com- prenderlo...»,
le has humillado. Aunque seas realmente superior a él, has de pedirle que te perdone. Reconoce tu incompetencia en tal o cual punto, reconoce el valor de un punto de vista distinto:
«tu opinión es interesante; reconozco que soy demasiado intelectual; me falta el contacto con la vida»,
«razono ya como un viejo, tu reacción es reveladora, me
aporta...»,
…y el otro ante ti no será ya el pobre que recibe limosna sino el igual que intercambia.
¿Quieres discutir con otro? Comienza por conquistar su simpatía; y si quieres conquistar su simpatía, comienza tú a brindarle tu amistad. De este modo, aunque el otro se te presente como un adversario, un extranjero, un enemigo, no pierdas un solo instante considerándole como tal; recógele, ora y mírale como a un amigo, como a un hermano, como a Cristo.
— Si el otro se entrega de lleno a la discusión, tú también. No podéis oíros. Antes de hablar, desentiéndete del problema, de los argumentos, de la solución. Vacíate. Tu orgullo y tu amor propio son malos consejeros. Tu sensibilidad todo lo enreda. Hay que
abordar la cuestión, vacío de todo prejuicio, dispuesto a aceptar los argumentos del otro.
— No concedas la misma importancia a todos los problemas y no te dediques con la misma energía a disertar sobre:
la mejor lejía, la que deja la ropa más blanca y sin desgaste, o el lugar ideal para el interruptor eléctrico,
o las ventajas y desventajas de la televisión, o el problema de la colonización,
Antes de hablar, sobre todo antes de ponerte nervioso, recógete un momento y juzga con objetividad la importancia del tema.
— Comienza siempre por lo positivo. Conviene, ante todo, que uno y otro podáis mutuamente deciros sí, en vez de no; de otra manera, el mecanismo de oposición y de lucha se desencadenará y los sí se opondrán a los no y los no a los sí.
— El otro, hablando, va más allá de su pensamiento. Tú también. Por eso os encontráis el uno tan lejos del otro. De hecho, los dos estáis próximos, vuestras opiniones no están en oposición; al contrario, muchas veces se complementan. Esfuérzate en comprender el aspecto que presenta el otro, si quieres que él pueda comprender el que tú has expuesto.
— A un bebé de tres semanas se le dan 540 gramos de leche por día; a uno de tres meses 720 gramos; a un adulto un filete; a un anciano enfermo un caldo ligero. Si das un filete a un bebé no le «aprovechará» ¿Por qué no medir para cada uno lo que de verdad
se le acomoda? Ten paciencia. Por querer dar demasiado corres el riesgo de que el otro no «aproveche nada».
— Todos cambian de modo de pensar, a veces rápidamente; no es frecuente que alguien cambie de modo de pensar por los argumentos de otro que se empeñó en convencerle. Así pues: si por auténtica preocupación por la verdad te empeñaste en hacer cambiar a alguien, no te digas: voy a demostrarle que yerra, sino voy a ayudarle a descubrir por sí la verdad. Muchas veces el otro estaría dispuesto a aceptar «la» verdad pero rehúsa «tu» verdad, ¿Por qué monopolizas la verdad? Existe independientemente de ti; de cada diez veces, nueve, haciéndola tuya, la desfiguras.
— Si quieres salir airoso en tus discusiones, olvídate de ti mismo, respeta al otro, no seas como el rico que da limosna al pobre, sino como el que se presenta al amigo para unirse a él y con él descubrir la verdad.
— ¿Se trata de una verdad religiosa? Entonces no olvides nunca que el Cristianismo no se demuestra con razonamientos e ideas, pues antes que una doctrina es una persona. La verdad es Jesucristo No se discute a Jesucristo, se le acoge. «Discutir religión» es ante todo ser testimonio y ayudar a encontrar a Jesucristo.