Algunos hombres llevan a cabo en una hora el trabajo que otros realizan en cuatro: algunos resuelven un problema, toman una decisión, superan un obstáculo en algunos minutos; y otros, en cambio, tropiezan con ellos días y días; algunos exponen con claridad un tema, escriben sustanciosamente a un amigo, se relacionan íntimamente en pocos minutos; otros, en cambio, necesitan muchas horas para salir sólo parcialmente airosos; algunos entran con facilidad en el recogimiento de la plegaría, otros no pueden "recogerse". Y es —entre otras razones— porque hay quienes saben concentrarse y entregarse de lleno a la tarea del momento presente y quienes son unos distraídos crónicos, incapaces de ordenar y dirigir sus potencias indisciplinadas. ¡El hombre sólo es eficaz cuando se sabe concentrar!
— La lupa es capaz de causar un incendio porque sabe re- coger la luz y el calor del sol y los hace converger en un solo punto.
Si sabes aunar tus fuerzas y emplearlas a fondo en la batalla, en el momento y en el lugar preciso del combate, no necesitarás muchas tropas para vencer. Te bastará movilizarlas rápida y totalmente.
— La concentración no es en esencia una manera de «obrar», sino más bien una manera de «ser». Podrás concentrarte con facilidad si has rearmonizado y unificado tu vida interior
— Rehúye, en lo exterior, cuanto podría dispersarte.
Evita el atiborramiento en tu despensa, en tu mesa de trabajo, en tu cartera, en tus bolsillos... y esto evitará el atiborramiento de tu espíritu.
No hagas muchas cosas a la vez.
Plantea los problemas uno tras otro. Saca una carpeta del archivo cuando la anterior esté ya arreglada y colocada en su sitio. Ábrela, sí de verdad tienes intención de reflexionar sobre el problema o de resolverlo.
— No eches una «ojeada superficial» sobre este libro, esta revista, esta carta; lee un capítulo, un artículo, escribe la carta; si no, guárdalo todo, y ahórrate la ojeada, Dispersas y agotas tu atención repartiéndola fragmentariamente.
— ¿Quieres cosechar bellos frutos? Poda tu árbol.
¿Quieres cortar bellas flores? Sacrifica algunos capullos.
¿Quieres ser eficaz? Aprende a limitarte; si quieres llevarlo todo a cabo no lograrás que valga le pena.
— Si la manga de riego está acribillada de agujeros, difícil- mente llegará el agua al agujero de salida. Tapa los escapes, la presión volverá.
Si hablas a troche y moche, despilfarras tu pensamiento. Si reaccionas «por un sí o por un no» agotas tus fuerzas.... no tendrás «presión» a tu alcance, cuando la necesites.
— El niño que tiene el pupitre lleno de juguetes, los bolsillos llenos de caramelos y la cabeza llena de fantasías no puede prestar atención a sus obligaciones.
Si quieres reservar en ti, para ti solo, algunas alegrías, algunos sufrimientos algunos deseos, algunos ensueños... te ocurrirá lo mismo; te dispersarás y no podrás concentrarte,
— ¿No puedes privarte de soñar? ¿No puedes prescindir de hablar? ¿No puedes dominar tu emoción?
tienes razón; no se trata de ahogar la vida sino de servirse de la misma cuando convenga y como convenga. No destruyas nada, clasifícalo todo y ordénalo todo para poder hallarlo de nuevo.
¿Cómo? Dándoselo todo, tranquilamente, a Dios. — Cuanto hay en ti es fuerza viva;
tu espíritu, tus ideas, tu imaginación,
tu sensibilidad, tus aspiraciones, tus impulsos, tus emociones, tus afectos, tus antipatías,
tu entusiasmo, tus desánimos, hasta tus tentaciones...
pero este dinamismo aturdidor que estalla en todos sentidos queda con frecuencia mal orientado o despilfarrado. Si quieres aprovecharlo bien, has de dejarlo, desde luego, todo para Dios, con una confianza absoluta. Cuando nada reserves, en todo saldrás
airoso, puesto que Dios te procurara, en el instante previsto, cuanto necesites para llevar a cabo la tarea presente.
— Concentrarte no es correr tras cuanto hormiguee en ti para aguantarlo por fuerza, inmóvil y dispuesto, sino más bien hacer el vacío, dándolo todo.
— Para hacer el vacío, modérate: el cuerpo, los músculos, los nervios; luego da en regalo al Padre todas tus potencias. Contémplale, déjate mirar y luego entrégate a la tarea del momento.
— Ofrécete así cada día a Dios durante algunos momentos privilegiados de recogimiento y de silencio. Durante el día, particularmente cuando estés inquieto, atosigado, abrumado, repite tu gesto en un instante de amor y te hallarás totalmente dispuesto y eficiente, sin duda.
— Si obras «mal de tu grado»,
si tomas tu trabajo «corno una carga», si vives «porque hay que vivir»,
tu acción, tu trabajo, tu vida, impuestas desde fuera, serán una esclavitud; pero sí aceptas cada una de tus actividades, obrarás de dentro a fuera, y serás hombre libre, apto para el recogimiento.
— Aceptar cada una de tus propias actividades es decirte antes de cada acción, por insignificante que sea:
Cuanto más me concentro más me valoro, consiguiendo ser eficiente.
No estoy solo sino en una inmensa cantera donde todos necesitan este gesto, esta palabra, este contacto; con todos, construyo el Mundo, unifico a la Humanidad, la salvo.
¿Para qué prestar atención a la importancia externa de mi obra, si he de llevarla a cabo? Lo que cuenta es la profundidad de mi amor.
En el fondo de esta acción, Dios está ya trabajando y me ha citado.
...si así lo haces la carga se trocará en una obra gigantesca y no te sentirás ya repartido, disperso, sino intensamente presente.