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TU HERMANO SUFRE Y MUERE

In document Triunfo - Michel Quoist.pdf (página 188-196)

Es espantosa la miseria de los pueblos subdesarrollados y alarmante la inconsciencia de los pueblos desarrollados que no ponen todo su esfuerzo en salvar a sus hermanos que sufren. Por falta de amor el abismo entre privilegiados e indigentes se ensancha de día en día. El mundo de mañana arriesga su tranquilidad. Un cristiano no puede dormirse ante la responsabilidad que tiene de todos los hombres; el Señor le encargó amar a los otros como a sí mismo.

Hemos escrito estas líneas inspirados en el pensamiento y en frases del Abbé Pierre. Las citas directas son escasas, porque lo más importante en este asunto ha sido recogido en conversaciones con él.26

— Sabemos ya que en el mundo dos de cada tres de nuestros hermanos están desnutridos; y que millones de ellos no tienen cobijo, no pueden ir a la escuela, etc.

Si no ponemos todo nuestro esfuerzo en salvarlos, la miseria de la Humanidad nos condenará.

26 Leed L'Abbé Pierre vous parle. Éditions Le Centurion (Bonne Presse); Em-

— «¿Qué has hecho tú?» — sigue diciendo el Señor; la voz de la sangre de tu hermano llega clamando desde la tierra hasta mí (Gén4, 10).

1. Frente a un invasor, las naciones movilizan todas sus fuerzas económicas y humanas para salvar a su pueblo.

Frente a la miseria, enemiga declarada de dos tercios de la Humanidad, si el tercio privilegiado no moviliza todas sus fuerzas económicas y humanas perecerá.

— Es muy cierto que es una sola la guerra absolutamente justa siempre: la guerra contra la miseria. (Abbé Pierre)

— Dando algo, salvamos a muchos hombres; pero como no lo damos todo, impedimos a estos hombres que vivan con decencia y sobre todo, con dignidad; es decir, por sí mismos, no de limosna.

Como consecuencia estos hombres se armarán un día para arrojarnos y destruirnos. Puesto que no los amamos bastante, nos odiarán.

— Dando algo, permitimos a muchos el acceso a un mínimo de cultura.

pero como no lo damos todo, les impedimos que hallen en sí mismos los medios de superar su miseria.

Como consecuencia, estos hombres sabrán cada vez más que sufren, que continuarán sufriendo... y se rebelarán.

— Pocos son los hambres que odien alguna vez a quienes les han amado con sinceridad; es decir, a quienes se entregaron con absoluto desinterés: no sólo desinterés material sino incluso con la renuncia de todo deseo de que se lo agradezcan.

una persona una sociedad una Iglesia

se manifiesta al servir ante todo a los más poderosos, a los más ricos, en vez de servir primeramente a los que más sufren, a los más pobres.

— La inconsciencia y la falta de madurez de los pueblos pri- vilegiados son espantosas: se gastan millones para salvar a un hombre extenuado, perdido en una cima nevada, o para dar con un náufrago, y al mismo tiempo se deja morir de hambre a millones de hombres a quienes un puñado de arroz salvaría.

— Cuando los esposos disputan o se enojan ¿cuál es el re- medio más eficaz para poner fin a sus querellas y disconfor- midades? La abnegación por el hijo enfermo o agonizante.

Los hombres de hoy no conseguirán la unificación de los barrios, de las ciudades, de las naciones, del mundo, si no movilizan todas sus fuerzas para ayudar a sus hermanos que más sufren,

— Desde el momento que el hombre convierte su bienestar en fin, decae y muere.

Hay que volver a dar al hombre de Occidente, esclavo de necesidades cada día más tiránicas, una razón válida de vida o condenarse a desaparecer.

por sí mismo, con una disgregación interna

o a manos del innumerable ejército de los que sufren, que acabarán por sublevarse de un modo irresistible.

— La única razón de vida válida para el drama esencial del mundo moderno, es no ya tan sólo la lucha contra la injusta desigualdad de las clases sociales sino la lucha contra el es- pantoso subdesarrollo de pueblos enteros.

— El hombre se salva únicamente cuando se convierte en salvador. (Abbé Pierre)

— Quien quiera que seas, lector de este libro, aún si eres pobre, eres privilegiado viviendo en un país privilegiado. Todo privilegio es una responsabilidad.

Privilegio del dinero y de los bienes materiales. de la salud

de la cultura de la educación de la fe.

Cuanto más importantes sean tus privilegios tanto mayor es tu responsabilidad y tanto más dura será tu reprobación si no te sirvieron para el bien de todos.

— Imagina que por una coincidencia de circunstancias ex- traordinarias ignoras que uno de tus hermanos vive, sí, pero en indigencia y en grave peligro de muerte: no eres responsable de su salvación.

Pero desde el momento en que conoces no sólo que vive sino también que sufre, si no pones todos tus esfuerzos en salvarle, quedas definitivamente reprobado ante los hombres y ante Dios.

— ¿Osarías decir: esta semana no he pegado a mi mujer; no he envenenado sus alimentos... luego la amo?

Pues no digas tampoco: «esta semana no perjudiqué a mi prójimo»; luego le amo, estoy en paz.

— El Señor no sólo nos manda «no perjudicar al prójimo» (los paganos pueden vivir así)

sino también amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

— «Si amarle como a mí mismo» no significa ayudarle antes que a mí mismo cuando es menos dichoso que yo ¿qué sentido puede tener? (Abbé Pierre)

— «Ayudar antes que nosotros a quienes sufren más que nosotros.» (Abbé Pierre)

— Si puedes ser feliz sin los demás,

si tus contemporáneos pueden ser felices sin los demás.

tú y tus contemporáneos seréis reprobados, porque «amarás al prójimo como a ti mismo» no es un «consejo» evangélico sino un precepto. El consejo es: «Ve, vende todos tus bienes y sígueme.»

— Si directa o indirectamente das las sobras de tus bienes, no eres caritativo... no admirable: cumples con tu deber y nada más que tu deber.

Dar tus sobras no significa precisamente distribuirlas, sino hacerlas fructificar en provecho de los demás.

— No se trata de aspirar a que los hombres sean iguales en todo, sino

y «convertir» a quienes atesoran a expensas de sus her- manos.

Los hombres están hechos para intercambiar sus riquezas por amor.

— Si alguien se ahoga ante tus ojos, no pierdas el tiempo diciendo: «Culpa suya; debería saber nadar». Sácalo del agua y enséñale a nadar.

Y si no quiere aprender, no creas ya que has acabado tu tarea: has de persuadirle y ayudarle a querer.

— No digas de un hombre (o de un pueblo): «Culpa suya, si vive en la miseria; debía haberse espabilado como yo». Te condenarías.

No por estar menos dotado que tú ni porque tenga menos posibilidades materiales ni incluso porque sea perezoso, de- pravado, tienes derecho a robar lo que debería pertenecerle.

Pero si tienes más dotes que él, sí son mayores tus posi- bilidades materiales, si eres más intrépido, más virtuoso… debes ayudarle con todas tus fuerzas a capacitarle para salvarle a sí mismo.

De modo que nunca ha de acabar uno de amar...

— Como que no eres responsable de la miseria del mundo de un modo «individual» sino «colectivo»

tampoco eres responsable de su salvación de un modo «individual» sino conjuntamente con los hombres privilegiados.

A responsabilidad colectiva corresponde el deber de com- prometerse a un esfuerzo colectivo.

no sueñes con hechos extraordinarios; pero examina con claridad las posibilidades de tu vida cotidiana:

primero y ante todo, comprométete en tu ambiente a luchar en el seno de los organismos profesionales, políticos, familiares...

De este modo lucharás directa o indirectamente contra la miseria y para el «mejoramiento humano».

Sacrifícate económicamente de vez en cuando a favor de los movimientos que trabajan para la liberación de los más necesitados.

Procura enterarte personalmente y hacer que se enteren los que te rodean de la angustia espantosa de los pueblos subdesarrollados. La opinión pública es cada vez más poderosa y conviene que pese con toda su fuerza en el despertar de la conciencia de los individuos y de los pueblos privilegiados.

Cada día en tus plegarias acuérdate de la Humanidad, de la que más sufre.

El precepto es para todos, el consejo para algunos. A algunos, solteros o casados, acaso se les pida más.

La perfección del amor estriba en convertirse en «uno de ellos», uno de entre los que más sufren, para descubrir con ellos, desde el fondo de su miseria, los medios y el poder de la salvación.

— En el Juicio final, ante «todas las Naciones reunidas» ¿qué te dirá el Señor?

«Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; no tenía cobijo y me acogiste; andaba desnudo y me vestiste; estuve enfermo y me visitaste; encarcelado, y viniste a

mí...» O acaso tendrá que decirte: «no me diste de comer, no me diste de beber…» (Mt 25, 31- 46)

En esto estriba el éxito o el fracaso de tu vida y de la vida de las Naciones privilegiadas. Si lo ignoras, el resto es pura ilusión.

COMPROMETER TODA LA VIDA PARA SALVAR EN-

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