El drama del hombre moderno radica en la posibilidad que tiene, cada vez más, de poseer los bienes materiales. Olvida la esencia de los mismos y da todo el valor a su posesión. Esta facilidad —tan limitada todavía en muchos, pero aun para éstos, generadora, si no vigilan, de deseos también completamente absorbentes—acumula en el corazón del hombre una insaciable hambre de gozo.
Obcecado, engañado, olvida el hombre que su verdadera grandeza no puede consistir en la altura de su pedestal, sino en la profundidad de su alma abierta a lo divino. No crece ya: y menos mal aún, si no queda un día definitivamente aplastado por el peso de su trono efímero.
— Quieres siempre ser más grande, más poderoso, y para conseguido pasas tu vida agitándote, trabajando, luchando para adquirir «bienes».
Si tienes una bicicleta, quieres una «mobylette». Cuando tienes ya una «mobylette», deseas una moto. Comprada la moto, sueñas con un «2 HP»17.
17 2 HP = 2 Horsepower (hp) = moto con una potencia de 2 Caballos (Nota del
Con tu «2 HP» proyectas ya inscribirte para pedir un «4 HP». y así siempre en todas tus riquezas materiales cuyas necesidades se vuelven tanto más exigentes, cuanto más las sa- tisfaces.
— Para obtener los «bienes» necesitas dinero.
Si ganas cuatro mil pesetas piensas que «para llegar» necesitas al menos seis mil.
Cuando cobras seis mil, dices que para ir bien, necesitarías ocho mil,
... y si cobrases millones, te parecería «un poco justo», habida cuenta del tren de vida que hay que llevar, del porvenir que hay que preparar...18
— El Mundo moderno es tu cómplice. Para él los grandes hombres son los que han adquirido una enorme riqueza, disponen de gran poder o han conseguido una fama de «vedettes».
Para él, los sistemas políticos, las sociedades, las empresas, los cerebros y los brazos son tanto más respetables cuanto más permiten o rinden una mayor «producción».
Cuando alardeas de intelectualismo, piensas aún en términos de cantidad más que de calidad, de adquisición más que de reflexión, y almacenas imágenes, ideas confeccionadas, juicios prefabricados. Revistas, «digests», documentales... «enriquecen» tus conocimientos y tus impresiones.
— Tienes razón queriendo engrandecerte, pero te equivocas lamentablemente empleando los medios que empleas.
18 ¿Hay que puntualizar que no adoptamos aquí posición contra los salarios ele-
vados, sino contra el apego a los bienes materiales y el deseo de poseer siempre más y más?
Te construyes un escaño y te subes encima para aparecer más grande.
Añades unos centímetros a tu escaño y crees que ya has crecido...
Pero el poder y la grandeza del hombre no radican en su «haber» sino en su «ser».
— ¿Qué importa la altura de tu pedestal? ¿Qué importa la altura de tus tacones?
No es «por abajo» por donde podrás crecer, sino hacia el in- finito, «por arriba».
— Al niño que desea distraerse, montañas de juguetes serán tan sólo causa de ociosidad y molestia.
Al aficionado a la música, la más bella colección de ins- trumentos silenciosos no le aportará alegría alguna.
El que quiere amar no saciará su hambre con la multiplicidad de las aventuras sentimentales.
El hombre, que fundamentalmente está por entero tendido hacía el infinito, no colmará el abismo de sus deseos con la acumulación de los bienes materiales.
— Cuanta mayor necesidad sientas de bienestar para vivir feliz, más aumentarán las ocasiones de sentirte insatisfecho y perpetuamente desventurado.
— A fuerza
de desear los bienes materiales, de afanarse por obtenerlos,
el hombre acaba por entrar progresivamente en la incapacidad radical de enfocar su vida hacía una finalidad distinta. Aquí está lo trágico de su destino.
Se extravió en la encrucijada: no sabe ya que hay otra senda. Si alguien viene a decírselo, no le cree ya.
— Si te conviertes en esclavo de los bienes materiales, des- naturalizas todas las cosas:
el Estado sólo será para ti el medio de mantener el orden necesario para la producción y la distribución de los bienes;
la moral, el medio de regular los derechos de cada uno para la adquisición de las riquezas,
la religión, el medio de adquirir con más seguridad,
la beneficencia, el medio de tranquilizar tu conciencia aconsejando dar algo de tus bienes.
A los ojos de los hombres, acaso seas un «hombre de bien»; en realidad, no solamente no te engrandeces sino que pierdes talla.
— El haber nada añade a tu persona. El haber te hace «aparecer» pero no «ser».
Los hombres, uno tras otro, la humanidad entera,
participan en la perpetua confusión sobre la verdadera grandeza, Sólo cuando hayan renunciado a construir solos «una ciudad y una torre cuya cima llegue al cielo» (Génesis 11, 4) podrán esperar alcanzar el infinito.
— Es preciso que te libres de la esclavitud de los bienes ma- teriales.
Has de cambiar tu manera de pensar. Has de convertirte.
Pasa la mayor parte de su tiempo intentando adquirir «algo». Recupera, a todo precio, un poco de tiempo para llegar a ser «alguien»: detente, reflexiona, admira, ama sin interés, ora.
— Dices: «No trabajo por mí sino por los hijos; ¡no quiero que lleguen a ser, tan desgraciados como yo!». Si pensando en «su porvenir», sólo ves su situación material, yerras. Educar a un hijo es darle el alimento pero también, y principalmente, materia para «ser».
— ¿Quieres preparar el porvenir de tus hijos? Haz que sean hombres.
Si conviertes a tus hijos en hombres, tranquilízate, ellos sabrán adquirir cuanto materialmente haga falta, para seguir siéndolo y para serlo más.
— La riqueza y el poder materiales no son en sí mal alguno; el mal está en creer que son la condición para la verdadera grandeza.
— Al fin y al cabo, poco importa que seas rico; lo que importa es que seas completamente libre en tus riquezas.
San Pablo escribe a los Corintios: «Que quienes compran, vivan como si nada poseyeran; quienes disfrutan del mundo, como si en realidad no disfrutasen de él» (1 Cor 7, 30-31)
— No se requieren muchos bienes para paralizar a un hombre e impedir que se desarrolle; basta con que los estime por encima del espíritu; le aplastan.
— Es preferible que un día pases realmente hambre de pan a que tu alma quede lentamente paralizada, luego sofocada por el peso de tus riquezas.
— Por el simple hecho de ser pobre no dejas de ser, auto- máticamente, esclavo de las cosas materiales: el sueño, la envidia, los celos, la lucha por obtenerlas (no por hambre de justicia y amor al prójimo, sino por deseo de gozar de ellas egoístamente) son una atadura «espiritual» con el riesgo de revestir tanta gravedad como la otra.
— Para tener la seguridad de que no te atas a los bienes materiales, despréndete, de vez en cuando, voluntariamente de algunos, dándolos.
Si te dude, renueva tu gesto, ya que es señal de que los bienes comienzan a pegársete al alma, Acabarías por confundirlos con «tú mismo».
— Cuanto más desprendido estés de los bienes materiales, tanto más libre serás para alcanzar la verdadera grandeza.
Jesucristo nos dijo que nadie puede servir a un mismo tiempo a dos señores: Dios y Mamón.
— Si quieres ser grande, escoge a Dios.
Tu mísero pedestalito te ofrece algunos centímetros de altura, Dios te ofrece el infinito,