valor no está en
los contenidos que
enseñamos, en los
programas que or-
ganizamos, ni en las
lecciones que im-
partimos. Nuestro
valor duradero ra-
dica en las relacio-
nes que forjamos.
76 Una escuela para cada estudiante
© narcea, s. a. de ediciones presentó un informativo en la televisión de Estados Unidos, y a su hija. La conversación se centró en la vida que Walters llevaba en cuanto celebridad y cómo afectaba esto su rela- ción con su hija. En algún momento, bien Barbara o bien su hija mencionó que habían estado juntas en todos los acon- tecimientos importantes, como recitales, actos de gradua- ción y cumpleaños, lo que había impuesto una planificación creativa con el fin de salvar la agenda profesional extrema- damente ocupada de Barbara. Después, una de ellas matizó que, aunque hubieran estado juntas en todas las fechas im- portantes, eso no es lo que construye las relaciones.
Lo que enriquece significativamente las relaciones son los momentos sin importancia pasados juntas, los momen- tos tranquilos, como el de sentarse juntas en la playa o compartir un largo viaje en coche. Reconocieron que les habían faltado algunos momentos de ese tipo.
Ese pequeño matiz, que formaba parte de una entrevista mucho más larga, me caló hondo. Cuando examinamos la importancia de las relaciones como ayuda para alcanzar el éxito educativo, recordamos la idea de que algunos de los momentos sencillos, irrelevantes, son vitales para conseguir nuestros objetivos.
Tengo la sensación de que hay una fuerte correlación en- tre la cantidad de tiempo pasado juntos y la calidad de la relación que se forja.
El esfuerzo para crear una fuerte conexión entre el adulto y cada estudiante ha llevado a incluir programas de asesora- miento en muchas escuelas del país. Según mi experiencia, los programas de asesoramiento han tenido una importan- cia enorme para establecer unas conexiones fuertes entre los estudiantes y un adulto afectuoso. Sin embargo, el éxito de los programas de asesoramiento que implementé en cin- co centros escolares diferentes no dependían tanto de un currículo elaborado o de una especial formación del perso- nal como de una variable bastante sencilla: el tiempo.
Descubrí que dejar a un pequeño grupo de estudiantes con un adulto, a diario y durante un tiempo significativo (18-20 minutos), fortalece las relaciones. Los profesores y
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las administraciones del país buscan formas de reforzar sus programas de asesoramiento y, sin embargo, obvian el in- grediente secreto que revelaba la entrevista con Walters: la magia del tiempo.
El tiempo no estructurado, el tiempo tranquilo, el tiempo muerto puede servir para entablar unos lazos fuertes entre los adultos y los estudiantes. El concepto de que el tiem- po es un factor crítico para el establecimiento de vínculos entre estudiante y adulto quedó perfectamente destacado en una reciente experiencia que tuve acompañando a un grupo de chicos de 4.º, el último curso de educación secun- daria (16 años).
Cuando estaba finalizando el curso escolar, un profesor, representante de nuestro Departamento de Orientación, vino a hablarme de la creación de un club de alumnos de 4.º curso en la Kennebunk High School. En el Departamento de Orientación trabajan con los estudiantes que les remiten por tener dificultades en el centro. El equipo investiga por qué estos alumnos tienen problemas académicos o sociales y trabaja para elaborar planes de acción para ayudarlos. La idea de un grupo o club de alumnos de 4.º curso partió de la preocupación del Departamento por un grupo de estu- diantes de 3.º curso de Educación Secundaria (15 años) que no parecían adaptarse bien a nuestro instituto. Sus califica- ciones estaban por debajo de la media; daba la sensación de que no les gustaba el instituto y la mayor parte de los profesores tenían la impresión de que estos alumnos se en- frentaban a un siguiente curso muy difícil con la posibilidad de no terminar con éxito la Educación Secundaria. La idea de formar un grupo que se reuniera periódicamente con el director del instituto se inspiró en otra organización de nues- tro centro que había alcanzado gran notoriedad, el grupo conocido como el “Club del Capitán”.
El “Club del Capitán”, una clase en realidad, estaba dirigido por nuestro jefe de estudios, el profesor Thomas Farrell. En él, veinticuatro de nuestros mejores estudiantes se reunían semanalmente con el profesor Farrell para aprender destre- zas de liderazgo y de toma de decisiones. Para convertirse en miembro del grupo, se exigía a los estudiantes que firmaran
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© narcea, s. a. de ediciones un contrato en el que se comprometían a no consumir drogas. Farrell, que tiene un largo e impresionante historial de traba- jo en programas de educación sobre las drogas, había creado un programa muy popular en nuestro centro. Después de va- rios años, este programa adquirió tanta popularidad que se inició un segundo grupo para estudiantes más jóvenes. El éxito de este modelo innovador llevó a nuestro Departa- mento de Orientación a estudiar la idea de que otros estu- diantes, un grupo de alumnos de 4.º curso de Educación Se- cundaria, pudieran beneficiarse de un programa similar. El profesor que preguntó inicialmente por la posibilidad de crear ese grupo señaló que estos estudiantes no estaban co- nectados con nuestro instituto en el sentido de una escuela
para cada estudiante, previsto en nuestra misión. Defendió
de forma convincente, y yo me mostré de acuerdo, la asun- ción del reto de crear un grupo especial para estos chicos. A decir verdad, no tenía ni idea de lo que haría con estos estudiantes, pero sí tenía claro mi objetivo de mejorar su conexión con nuestro instituto.
Empecé invitando a cada uno de los veinticuatro alumnos del grupo a tener un encuentro individual conmigo. Les pedí que se unieran a nuestro grupo basándome en las sencillas promesas resumidas en la lista siguiente. Su participación satisfactoria supondría el 25% de su nota. Ellos tenían que:
1. Asistir a una clase extra todos los miércoles.
2. Introducirme, solo ligeramente, en su mundo acadé- mico.
3. Completar un proyecto, como grupo, de 30 horas de servicios a la comunidad.
4. Permitir mi ayuda, académica y personal, poniendo a su disposición recursos a los que yo tuviera acceso como director.
5. Participar en una actividad final divertida.
De los veinticuatro estudiantes entrevistados, catorce se ins- cribieron en el grupo y trece se mantuvieron activos durante todo el 4.º curso de educación secundaria. El programa fue un éxito rotundo, basándonos en el hecho de que diez de los chicos mejoraron espectacularmente su nivel académico, mientras que dos se mantuvieron en el mismo, y solo uno no llegó a rendir igual o mejor que en el curso anterior.
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Sin embargo, las razones del éxito de este programa tu- vieron poco que ver con mi trabajo. En realidad, la mayoría de los miércoles, cuando me preparaba para salir de casa a trabajar, tenía que soportar la frustración de que (una vez más) no había planeado nada para mi grupo. De las treinta clases, aproximadamente, que tuvimos, solo la mitad, más o menos, contó con actividades significativas planeadas. El resto de las actividades del grupo durante el curso fueron poco estructuradas, consistiendo a menudo en conversar informalmente o en jugar a juegos de mesa.
Cuando tratamos de descubrir por qué tuvo éxito este grupo a pesar de mis evidentes faltas de planificación y or- ganización coherentes, llegamos a una única conclusión: yo les había hecho a estos estudiantes el regalo de mi tiempo. Tuvieron más éxito por la sencilla razón de que alguien había pasado un tiempo de calidad con ellos. A los estudiantes no parecía importarles que las actividades no estuviesen muy preparadas ni que fuesen especialmente interesantes; res- pondían simplemente porque una persona estaba dispuesta a pasar el tiempo con ellos. Muchos de los padres de estos estudiantes manifestaron que estos alumnos esperaban con impaciencia nuestras horas de reunión. Algunos de los con- tactos más importantes con ellos tuvie-
ron lugar durante los tiempos muertos y no en las actividades muy organizadas.
Cuando trabajamos para establecer relaciones en nuestros centros escolares, tenemos que recordar la idea que des- cubrí cuando escuché la entrevista con “las Walters”, la importancia de los mo- mentos informales. A menudo, cuando tratamos de establecer relaciones con nuestros alumnos y alumnas, son más útiles las actividades no estructuradas.
lo QUE EstÁ MÁs AllÁ DEl CURRÍCUlUM
Aunque este apartado cabría con facilidad en otros capí- tulos, he optado por incluirlo aquí porque los educadores